Media verónica en una de rejones

Pedrito de Mérida había visto el toro. Guarecido en el burladero de la segunda suerte explicaba al caballero rejoneador Roberto Armendáriz qué hacer y por qué hacerlo, en un registro pedagógico impropio de su oficio. El jinete decidió cambiar de montura y fue entonces cuando el auxiliador se hizo presente en el albero, se acercó quedo al toro, con las piernas juntas y paso breve, entró en jurisdicción y dibujó cuatro verónicas sueltas, sin ajuste, con moderado afán de lucimiento, hasta que vio que el viaje del toro era franco y remató con una media llena de aroma, de cierto aire belmontino, desmayadas las manos y bajo el capote, con el mentón hundido en el pecho. Más allá del recurso lidiador Pedrito de Mérida puso las gotas de esencia torera de la noche.

El resto del festejo se dibujó entre alardes de monta alejados de la cara del toro, galopes al hilo de la barrera, sombrerazos, guiños al tendido, sonrisas y lidias muy convencionales, las más de las veces escasas de ajuste.

El público se divirtió y ya se computa el primer triunfador de la feria, Roberto Armendáriz, jinete navarro que supo conectar con el tendido y ofreció detalles que calaron en el ánimo de los asistentes.

Reseña:

Iradier Arena de Vitoria. Un cuarto de entrada en noche plácida.

Toros de Castillejo de Huebra corpudos, cuajados, con edad y romana, reglamentariamente desmochados para el arte del rejoneo. Mansos y descastados.

Roberto Armendáriz: Oreja y oreja.

Manuel Manzanares: Silencio y silencio.

Óscar Borjas: Oreja y aplausos.

 

El vestido de torear: cien voces para describirlo.

La lengua es una de las manifestaciones culturales de mayor relevancia que una sociedad puede poseer.

Joaquín Vidal, posiblemente el cronista más innovador en la terminología taurina de la historia, aseguraba que “La brillantez y la concreción del vocabulario taurino es uno de los grandes valores de la fiesta. Quizá no haya ninguna parcela del lenguaje donde existan tantos vocablos para definir las cosas más nimias como la taurina” (Joaquín Vidal, “40 años después”)

Analizando el vocabulario taurino, referido exclusivamente a la indumentaria de los toreros en la plaza, existen más de cien términos que definen con una asombrosa concreción los más mínimos detalles y permiten, empleando pocas palabras, describir con precisión cartesiana el aspecto de los lidiadores.

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En los próximos días vamos a publicar un artículo sobre el vestido de torear, su génesis y realidad actual, y hemos considerado oportuno introducirlo con este breve diccionario que permitirá a los aficionados manejar adecuadamente los términos y comunicar con gran exactitud y detalle sobre esta apasionante parcela de la cultura de la Tauromaquia.


 

 

A

Abalorios: Cuentas agujereadas que se unen y cosen para componer figuras en el vestido de torear.

Alamar: Presilla situada al borde de chaquetilla y chaleco compuesta por la muletilla con formas de trébol, rosa o pentapunto, de la que cuelgan los caireles.

Alzapón: Portezuela que tapa la parte anterior de los calzones y de alguna clase de pantalones que se empleaba en los ternos de principios del siglo XIX

Añil: Raso o seda del vestido de torear de color azul oscuro, con visos cobrizos.

Arzobispo: Raso o seda del vestido de torear de color morado claro, similar al del atuendo de los obispos.

Azul Bilbao: Raso o seda del vestido de torear de color azul fuerte similar al que ha hecho célebre la villa vizcaína.

Azul cobalto: Raso o seda del vestido de torear de color azul intenso.

Azul eléctrico: Raso o seda del vestido de torear de color azul claro y brillante.

Azul pavo: Raso o seda del vestido de torear de color azul intenso, similar al del plumaje del pavo real.

Azul rey: Raso o seda del vestido de torear de color azul muy intenso.

B

Banda: Bordado lateral y longitudinal que adorna la taleguilla.

Barboquejo: Correa que sujeta el castoreño del picador por debajo de la barbilla. Hasta principios del siglo XIX también algunos toreros de a pie lo empleaban en sus monteras

Berenjena: Raso o seda del vestido de torear de color morado obscuro, similar al del fruto de la solanácea.

Blanco: Raso o seda del vestido de torear de color blanco.

Bota: Calzado firme del picador que le protege desde el pie hasta la rodilla.

Botella: Raso o seda del vestido de torear de color verde, similar al del vidrio verdoso.

Bragueta: Apertura frontal superior de la taleguilla.

Burdeos: Raso o seda del vestido de torear de color grana obscuro, similar al del vino francés.

C

Cabos: Extremos de la pasamanería como caireles y machos que en algunos vestidos son de color diferente al resto de la guarnición.

Cairel: Remate en forma de fleco que cuelga de las muletillas formando un alamar  y, en algunas ocasiones, de las hombreras.

Calzona: Pieza de gamuza, cuero de gamo, que cubre las extremidades inferiores del picador con botonadura que se monta sobre la bota.

Camisa: Prenda de vestir de tela blanca que cubre el torso del torero, abotonada por delante con cuello y mangas.

Canario: Raso o seda del vestido de torear de color amarillo intenso.

Canela: Raso o seda del vestido de torear de color marrón, similar al de la especia.

Capote de paseo: Capa en seda o raso profusamente adornada con bordados y pasamanería que emplean los toreros sólo para recogerse al realizar el paseíllo.

Casaca: Chaquetilla.

Casaquilla: Casaca o chaquetilla. Habitualmente se emplea para referirse a la del picador.

Castañeta: Lazo con el que los toreros se recogen la coleta.

Castoreño: Sombrero del picador de ala ancha y plana y copa baja con cinta y borla que antes era de piel de castor.

Catafalco: Raso o seda del vestido de torear de color negro. Es la base sobre la que descansaban tradicionalmente los ataúdes en un velatorio que era de color negro.

Cazoleta: Abultamiento practicado sobre las hombreras con profusión de bordados, abalorios y pedrería.

Celeste: Raso o seda del vestido de torear de color azul claro, similar al del cielo despejado en la mañana.

Chaleco: Prenda de raso y guarnición sin mangas que se porta bajo la chaquetilla.

Chaquetilla: Prenda externa que cubre el tórax del torero realizada en raso con hombreras y guarnición vistosa.

Chenel: Raso o seda del vestido de torear de color malva. Queda el término como homenaje al genial matador madrileño, pues era uno de sus colores favoritos.

Chorrera: Guarnición de encaje que se añade a la camisa en su parte frontal.

Corbatín: Corbata fina y lisa que emplean los toreros.

Cordoncillo: Cordón grueso habitualmente del mismo color que el punto que sirve para integrar la cazoleta y añade valor estético al vestido.

Crema: Raso o seda del vestido de torear de color amarillo claro.

E

Entretela: Conjunto de telas superpuestas que dan cuerpo a la chaquetilla sin permanecer a la vista.

Esclavina: Parte superior y doblada del capote de paseo del torero.

Espuela: Pieza metálica punzante que el picador lleva prendida en el talón para estimular al caballo y provocar sus movimientos.

F

Fajín: Faja liviana de seda con la que se adorna la cintura del torero dando varias vueltas a su alrededor.

Fanta:  Raso o seda del vestido de torear de color naranja encendido, similar al del popular refresco.

G

Golpe: Cada uno de los elementos que dan relieve y adornan el traje de torear.

Goyesco: Vestido de torear inspirado en el tiempo y la obra de Francisco de Goya, si bien no consta que el genial pintor aragonés diseñara traje alguno.

Grana: Raso o seda del vestido de torear de color rojo vivo.

Gregoriana: Armadura que cubre la pierna derecha del picador, que es la expuesta en la suerte de varas inventada por Gregorio Gallo.

Gualda: Raso o seda del vestido de torear de color amarillo intenso.

Guarnición: Complementos que adornan al vestido como caireles, alamares, golpes o cazoletas.

H

Hombrera: Remate ovalado situado sobre los hombros que une el cuerpo de la chaquetilla con las mangas.

L

Lazo: Adorno en forma de cordón anudado situado en la parte frontal de la zapatilla.

Lentejuela: Adorno circular, habitualemnte metálico con un agujero en el centro que facilita el bordado al traje.

Lila: Raso o seda del vestido de torear de color morado claro.

Luto: Raso o seda del vestido de torear de color negro.

M

Macho: Borla situada en los extremos de los cordones con los que se ajusta la taleguilla y se adornan las hombreras.

Machos: Protuberancias laterales de las monteras.

Malva: Raso o seda del vestido de torear de color morado pálido tirando a rosáceo, similar al de la flor.

Marfil: Raso o seda del vestido de torear de color crema claro, similar al de los colmillos de los elefantes.

Marino: Raso o seda del vestido de torear de color azul obscuro.

Medias: Prenda de tejido elástico que cubre desde el pie hasta la rodilla y permiten unir las zapatillas con la taleguilla.

Mona: Protección metálica que se dispone en la pierna izquierda del picador para protegerle de los golpes que recibe contra la barrera por el empuje del toro.

Monilla: Mona.

Montera: Tocado aterciopelado plano por la parte superior con dos machos que sobresalen en los laterales.

Moña: Adorno del castoreño en forma de piña unido a la cinta que circunda la copa.

Moña: Prenda de malla, en forma de bolsa, y con cordones o cintas, usada por los lidiadores para recoger el pelo o adornar la cabeza.

Moras: Hebras firmes y gruesas que componen la parte externa de la montera.

Morillas: Moras.

Muletilla: Parte superior de un alamar asida a chaquetilla o chaleco de la que penden los caireles.

Musgo: Raso o seda del vestido de torear de color verde obscuro, similar al del musgo.

N

Nazareno: Raso o seda del vestido de torear de color azul intenso, similar al de los ropajes de Jesús el Nazareno.

P

Palo de rosa: Raso o seda del vestido de torear de color rosa claro, cercano al blanco.

Pañoleta: Pañuelo anudado al cuello que empleaban los toreros en lugar del corbatín.

Pañueleta: Pañoleta según una voz antigua.

Pasamanería: Conjunto de golpes, cordones, machos, flecos, caireles y demás adornos, que sirven para guarnecer y adornar los vestidos de torear.

Pedrería: Conjunto de piedras y cristales que integran alamares y cazoletas.

Pentapunto: Muletilla con forma de cinco puntos alineados en dos filas que compone un alamar.

Picassiano: Vestido de torear inspirado en la obra de Pablo Ruiz Picasso, quien llegó a diseñar un terno para Luis Miguel Dominguín.

Pizarra: Raso o seda del vestido de torear de color gris obscuro, similar al de esa piedra.

Plomo: Raso o seda del vestido de torear de color gris obscuro, similar al de ese metal.

Postizo: Coleta postiza que emplean los toreros para proteger la nuca en posibles caídas y distinguir su condición de torero fuera de la plaza.

Primera comunión: Raso o seda del vestido de torear de color blanco.

Punto: Hilo a emplear para bordar el vestido, que suele ser de oro, plata, blanco o azabache.

Purísima: Raso o seda del vestido de torear de color azul claro, similar al de los mantos de la Virgen.

R

Raso: Tela externa que da color al vestido también conocida por seda.

Redecilla: Prenda de malla, en forma de bolsa, y con cordones o cintas, usada por los lidiadores para recoger el pelo o adornar la cabeza.

Rosa: Cazoleta.

Rosa: Forma de la muletilla del alamar que simula esa flor.

Rosa: Raso o seda del vestido de torear de color rosa.

S

Sangre de toro: Raso o seda del vestido de torear de color rojo intenso, similar a la sangre del toro.

Seda: Tela externa que se empleaba hasta la aparición en la segunda mitad del siglo XX de telas sintéticas daba color al vestido de torear.

T

Tabaco: Raso o seda del vestido de torear de color marrón, similar al del tabaco negro.

Taleguilla: Prenda que cubre las extremidades inferiores del lidiador de tiro muy largo que alcanza hasta la corva.

Tela de cuerpo: Tela sobre la  que se aplica el raso o seda.

Tela de modista: Capa que algunos sastres adhieren al raso para darle mayor consistencia.

Terno: Conjunto de chaquetilla, chaleco y taleguilla.

Traje de luces: Vestido de torear.

Trébol: Forma de la muletilla del alamar que simula la forma de las hojas de esa planta.

Turquesa: Raso o seda del vestido de torear de color azul claro, similar al de la piedra turquesa.

V

Verde hoja: Raso o seda del vestido de torear de color verde claro, similar al de las hojas de ciertos árboles en primavera.

Verde oliva: Raso o seda del vestido de torear de color verde obscuro, similar al de las olivas maduras.

Vestido de torear: Indumentaria que emplean los toreros para efectuar la lidia producto de la evolución de los gustos y costumbres cuya esencia fue instituida de manera definitiva por Francisco Montes en la primera mitad del siglo XIX

Z

Zapatillas: Calzado ligero de suela plana sin empeine y lazada frontal que emplean los toreros.

 

 

Miguel Reta: en busca de la Casta perdida.

Desde que Mari, divinidad mitológica vasca precristiana, ordenó a los Betizu, toros rojizos y violentos, vigilar y proteger las cuevas donde vivía, hasta que Miguel Reta decidió restaurar la casta navarra, han transcurrido treinta siglos de apasionantes y diversas tauromaquias.

En el lento devenir de los siglos se distinguen tres fases perfectamente diferenciadas, que son el espectro temporal de esta fenomenal epopeya: fase primigenia, fase divergente y la fase convergente de Miguel Reta.

Fase primigenia.

Las viejas vacas rojas han vivido en semilibertad a ambos lados del Pirineo Occidental desde tiempo inmemorial, y se han preservado en su pureza por su exiguo valor comercial, ya que su carne es breve y enjuta y su leche escasa, al servicio del único ternero que pueden engendrar cada dos años.

No es difícil imaginar, viendo el escarpado terreno de los Valles del Roncal, Salazar, Erro o Arce, la variedad de recursos naturales de que han dispuesto los Betizu para mantenerse a cubierto engrandeciendo su mito, y por ese mismo motivo el celo de los audaces jóvenes navarros en divisarlas y burlar su áspera embestida para mostrar su destreza.

El prestigio de estas suertes primarias, basadas en el arrojo y en la fortaleza física, es tan notable que ya en 1122 se corren y lidian toros de este origen en Pamplona con gran éxito de participación popular.

La historia de esta estirpe es larga y fructífera, y algún estigma de bravura debió ver en estas reses primitivas Juan Gris en el siglo XIV para lidiarlas en Olite en plaza, lo mismo que haría Hernán Cortés siglo y medio después, exportando a México reses navarras para fundar la ganadería más antigua de la historia: Atenco, una leyenda con sangre brava.

Fase divergente.

Agustín Ximenez Enriquez funda en 1630 la primera empresa organizada para la cría de toros de casta navarra, continuada por su hijo quien la transfiere al Marqués de Santacara a finales del siglo XVII, considerado por muchos el patriarca del encaste.

A partir de este momento comienza la entropía: intercambios de reses, compraventa, refrescamientos, cruces con encastes castellanos y andaluces, mejoras y tientas que desembocan, bien entrado el siglo XIX, en seis hierros míticos en la historia de la tauromaquia: Carriquiri, Zalduendo, Guendulain, Lizaso, Lecumberri y Pérez-Laborda, que tantas tardes de gloria y tragedia dieron en las plazas de España, Francia y América.

La leyenda que pronto se granjeó la vacada bermeja hizo que Lagartijo y Frascuelo, remisos a ver de cerca sus cuernos cortos y veletos, accedieran a su lidia sólo en circunstancias excepcionales y que Joselito y Belmonte rehusaran enfrentarse a ellos hasta la obstinación. Son toros venerados por una buena parte de la afición, y respetados por los toreros con atisbos de admiración mal disimulados, como el regalo que el mismo Lagartijo hizo a Miura a finales del XIX: Murciélago, un semental de Pérez-Laborda de sangre navarra que aún corre, aunque muy diluida, por las venas de la mítica vacada de Zahariche.

Paralelamente el auge de otros encastes manos fieros y de mayor plaza, como el de Vistahermosa, va relegando a los picantes toros rojos a un segundo plano, hasta que en los años setenta del pasado siglo se extinguen oficialmente, como admiten los tratadistas Cossio (1943-1976), Filiberto Mira (1987) y Delgado de la Cámara (2003), si bien este último vislumbra en las manadas de Adolfo Lahuerta y Vicente Domínguez algunos ejemplares que atienden bien al fenotipo de la casta navarra.

Las siguientes cuatro décadas son para los fieros toros navarros un periodo de hibernación casi clandestina. Condenados al ostracismo por matadores y empresarios, sobreviven en condiciones de gran precariedad dedicados a los encierros y concursos de recortadores, rodeados de incógnitas y un cierto obscurantismo mágico sobre su pureza de sangre, sin que opere control genético alguno.

Fase convergente de Miguel Reta.

Hasta que en 1997 surge la figura de Miguel Reta, técnico agropecuario, recortador, organizador de festejos populares, pastor en los encierros de Pamplona, cuyo abuelo materno fue tratante de ganado, a quien su madre inculca la afición a la Tauromaquia.

Miguel trabaja en la dirección de Ganadería del Gobierno de Navarra  y recibe decenas de llamadas de ganaderos cuyas reses son diezmadas por la tuberculosis. Estos brotes obligan a sacrificaban toros de hipotético gran valor genético, puesto que son puntas de ganado heredado de padres y de abuelos desperdigados por toda la geografía navarra. Miguel Reta observa la situación y, en su condición de experto genetista, plantea la realización de un estudio riguroso tendente a dilucidar si existe la casta navarra o está definitivamente mestizada con otras reatas. Estudia exhaustivamente la situación, contacta con técnicos y científicos y llega a plantear un proyecto de investigación de los diversos encastes, pero las distintas administraciones otorgan una baja prioridad a este propósito. Después de múltiples tentativas y muchas jornadas de trabajo consigue que el Gobierno Navarro suscriba un acuerdo con otras instituciones francesas y se investigue la raza navarra junto con otros encastes pirenaicos.

Miguel, profundo conocedor de la genética y amante pasional de la tauromaquia, asume el rol de arqueólogo necesario para indagar en la historia y tratar de reconstruir, si aún es posible, el viejo imperio de los fieros toros rojos.

Entrevista a los ganaderos que tenían algo de bravo y nutrían a los festejos populares, recaba información histórica, indaga en los hábitos y costumbres, rastrea intercambios y refrescamientos, escruta escritos seculares y, en última instancia, estudia el genotipo y lo compara con el de cabezas disecadas navarras puras del XIX, entre ellas la de uno de los toros más famosos que se lidió en Zaragoza en 1860, en honor de Isabel II, de nombre “Llavero”, que mató diez caballos y tomó 53 varas, fue indultado a petición del público y hoy muestra orgulloso su trapío en el Club Taurino de Pamplona.

Este estudio y los necesarios análisis científicos corroboran lo que era sólo una liviana intuición, desmentida por prestigiosos tratadistas, relegada a la quimera por aficionados y profesionales, y el prodigio se confirma:

Después de 120 años estas ínfimas explotaciones mantienen su entidad genética propia gracias al celo de los ganaderos por mantener su reliquia. Cierto es que experimentan algunas mezclas, pero no ofrecen resultados satisfactorios, así que mantienen sus líneas y refrescan las familias con intercambios entre ellos.

La genética es taxativa: de 15.000 reses bravas que hay en navarra, 1.000 son pura casta navarra. La mayor parte son hembras, dada la tradición de correr vacas en los festejos populares, mientras que los machos se destinan a Levante, de modo que el estado de la cabaña es de 900 hembras y sólo 35 machos puros.

En 1997 Nicolás Aranda, reputado ganadero local, ofrece a Miguel Reta sus vacas, so pena de exiliarlas a Levante, éste acepta el envite y en una fracción de segundo, sin tiempo para el arrepentimiento, se convierte en ganadero, en ganadero de casta navarra.

Pero el trabajo es arduo ya que el tesoro genético está disperso en manos de un total de 16 propietarios distintos, lo que obliga a Miguel Reta a afinar sus dotes diplomáticas para lograr el consenso suficiente y hacerse con las 5 líneas en pureza detectadas, que muestran además evidentes diferencias morfológicas. Sucesivamente adquiere lotes de Nicolás Aranda, Adolfo Lahuerta, José Arriazu, Vicente Domínguez y Ángel Laparte, completando el insólito puzle con un éxito inverosímil. El nuevo ganadero selecciona concienzudamente y crea en 2000 el hierro que lleva el nombre de su hija Alba Reta.

La aparición providencial de un ganadero de reconocimiento mundial, poseedor de uno de los encastes legendarios como es Saltillo, que concede además que sus toros provienen de las verdes praderas de Lesaka, también en Navarra, impulsa el proyecto de Miguel y acelera, en base a una contrastada experiencia, el proceso de recuperación recién iniciado.

Victorino Martín le propone tentar para recuperar, no solo la pureza y diversidad genética, sino también el comportamiento ancestral del toro navarro en plaza, inhibido por la selección seguida en los últimos años, tendente a la lidia con recortadores y a carreras por las calles, que convirtió con el transcurso de las generaciones al toro navarro en un toro correoso, que corre, acosa y jamás humilla.

La empresa es hercúlea, puesto que se tientan más de 600 animales, no ya en la plaza de tientas de La Tejería, finca donde pastan habitualmente, si no en la plaza de toros de Estella, para evitar las fuertes querencias de la manada. Como era de esperar su comportamiento es montaraz, algunos saltan la barrera tras los lidiadores, otros regatean, los más esperan recelosos de las telas, acompañan sus vuelos sin perder la cara e incluso puede observarse algún mordisco.

Tras la procelosa tarea, la selección es estricta y la nueva manada estará integrada por 32 hembras y 4 machos, que serán responsables, aún sin saberlo, del milagro de la recuperación de la casta ancestral de los toros navarros.

En 2010 se produce un nuevo hito en la  hazaña arqueológica de Miguel Reta al comprar un hierro de la Unión, Viento Verde, que era propiedad de los Hermanos Peralta y aportar los 36 ejemplares de la reserva recién constituida.

La casta navarra está de nuevo en la élite ganadera.

Sin embargo el trabajo por hacer es aún arduo y extenuante. Los análisis de la Universidad de Navarra, la Universidad de Zaragoza y la Complutense han detectado niveles de consanguinidad notables entre dos líneas, lo que representa una complicación añadida que requerirá de un importante esfuerzo adicional.

Sin embargo Miguel Reta sigue asumiendo retos, es su carácter y su pasión, como son la integración de puntas de ganado navarro dispersas por Aragón, Valencia y País Vasco, y la más compleja y apasionante: volver a lidiar en plaza toros bravos aptos para la lidia moderna.

Este último objetivo está cifrado por el viejo Victorino de varios decenios, pero Miguel Reta no tiene prisa, sabe que su empresa es a largo plazo, que son necesarias varias generaciones para fijar caracteres y que no debe darse un paso atrás. Pese a tener ofertas procedentes de Francia para lidiar utreros, él respeta su oráculo y prepara a sus reses para un futuro glorioso que comienza ya a atisbar al ver a Alberto Aguilar tentar poderoso y a uno de sus toros acudir cinco vences al caballo de picar y encelarse en el peto.

 

Sabe que su momento llegará cuando el público entienda la diversidad de encastes y las empresas decidan emprender la apasionante aventura de la variedad y la autenticidad.

Mientras llega ese tiempo Miguel y su familia disfrutan de cada instante en el campo porque hacen lo que les apasiona y tienen la narcótica sensación de haber obrado el milagro de recuperar una parte importante del patrimonio genético de la Tauromaquia.
Larga vida para la familia Reta y gloria para los pequeños y encastados toros navarros.

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