El lenguaje secreto de los banderilleros.

El subalterno es un hombre de piel de bronce, cuando no renegrida, que enseñorea su torería con leve movimiento de hombros en el paso, gesto adusto en la mirada y un cierto aire solemne en cuantas empresas acomete, que entre el alba y el ocaso es consciente de ser portador de un aura especial propia del sacerdocio que ejerce.

Ya en el patio de cuadrillas un subalterno que se precie viste terno agitanado, gasta postura aflamencada, mira con recelo a cuantos se acercan al matador, ya sean prohombres de la fiesta, se dice a si mismo profesional cada vez que pinta la ocasión y habla con su maestro quedo y en bajo registro.

Los doctores en Tauromaquia aún no han discernido cuál es el sortilegio que opera durante el paseíllo, pues los más de los banderilleros demudan su actitud al cambiar sedas por percales, estiran los brazos, sueltan la lengua y transmutan en personas sustancialmente diferentes, procaces y, en caso extremos, histriónicas.

El, hasta instantes antes, auxiliador, se convierte en oráculo y el ayuda de cámara en conspicuo consejero. Resulta difícil de comprender  qué mecanismo opera para que consumados maestros con veinte años de alternativa y centenares de festejos a sus espaldas sean tan sensibles a las consignas que su cuadrilla va desgranando desde el callejón, y como cumplen, de forma cabal, cuantas indicaciones llegan a sus oídos, sin cuestionarlas en punto alguno, como si emanaran del propio Olimpo taurino.

El ambiente que se crea en el callejón, especialmente si la lidia tiene lugar cerca de la barrera, constituye en microcosmos que con frecuencia no coincide en nada con el ánimo de los tendidos, y puede decirse que en veinte metros cuadrados tiene lugar una auténtica conferencia privada, en la que el matador es el intérprete del libreto que los peones, y algunas veces el apoderado, recitan al tiempo que redactan.

Como en cada uno de los ámbitos de la cultura de la Tauromaquia, en éste también se ha desarrollado un lenguaje propio, rico y exuberante, cambiante con el transcurso de los años, que facilita la comunicación entre el matador y su cuadrilla, mas no siempre resulta inteligible para los no iniciados.

A continuación se expone un breve prontuario que facilita la comprensión de las conversaciones que se dan entre profesionales de oro y plata a lo largo de la lidia.

Acostúmbralo: Encélalo, es decir, invitación a provocar la vehemencia del toro en la persecución de los señuelos.

Aire: Conminación a guardarse mediante la lejanía a los pitones del toro, dejando un amplio espacio de distancia.

Alquilarse: Trabajar puntualmente en una cuadrilla diferente a la habitual a cambio de unos emolumentos.

Atácale: Invitación a realizar un toreo más próximo a la res y dinámico a fin de provocar la repetición de la envestida.

Cerrado: Dícese del toro cuando ocupa una posición cercana a las tablas.

Como los ángeles: Símil empleado por los peones para referirse a la calidad del toreo realizado por su maestro.

Crúzate: Exhorto para que el muletero se sitúe en línea con el pitón contrario, para provocar la envestida profunda y emocionante.

Dale distancia: Conminación a citar al toro desde lejos para no frustrar su celo.

Date importancia: Invitación a solemnizar la actuación muletera del maestro.

Desmayaíto: Condición del cite con gesto de desmayo cercano a la levedad.

Duélete:  Consigna tendente a evidenciar ante el público que el torero sufre, por efecto de la lidia, algún tipo de lesión que pondrá en valor su entrega y su abnegación.

En el mundo: Término con dos acepciones diferentes. Si el subalterno pronuncia esta frase con el dedo índice de la mano derecha alzado está significando que su matador ese el número uno del mundo, de los toros se entiende. Si se vocaliza sin gesto adicional su significado es que no se ha visto un toreo más ajustado a los cánones en el mundo entero.

Enséñale: Encélalo.

Enséñalo: Invitación a mostrar la aviesa condición del toro para justificar la falta de lucimiento en la faena.

Es un dije: Descripción del toro cómodo y falto de trapío, también conocido por “bonito”. La reiteración de la expresión a lo largo de la lidia pretende estimular el ánimo del matador e inhibir sus miedos.

Hueco: Se emplea en imperativo para conminar al muletero a guardar distancias con el toro.

Ole los toreros “güenos”: Elogio castizo y corriente en el habla del callejón.

Pónsela: Consejo de aproximar la muleta a la cara del toro para provocar la embestida.

Quítale las moscas: Invitación a machetear por la cara, para mermar la condición física del toro y prepararlo para la suerte suprema.

Róbale: Sugerencia para que el torero aproveche el viaje hacia la querencia, y obtenga un pase fácil y de poco riesgo.

Rómpelo: Incitación a practicar el toreo por bajo, exigiendo la entrega física del toro, lo que merma sus condiciones.

Se deja: Expresión que significa que el toro no presenta especiales dificultades para consumar el toreo actual.

Sí: Frase afirmativa para refrendar un pase especialmente bien rematado.

Sin molestarle: Conminación a ejecutar el toreo a media altura para evitar que el toro humille y sea quebrantado.

Tiempo: Invitación a evitar la precipitación en el cite, posponiendo el toque para distanciar los embroques.

Tócale: Recomendación de agitar levemente la pañosa para llamar la atención del toro.

Va a servir: Reflexión sobre las adecuadas condiciones del toro para la lidia moderna.

Vámonos: Voz empleada para conminar al lidiador a que finalice la tanda de pases.

Vamos a gustarnos: Invitación a vivir la lidia con intensidad y pasión.

Vamos a perdérselo: Sugerencia para que el muletero retroceda cada vez que se aproxime el embroque, perdiendo un paso en cada pase.

Vamos a sentirnos toreros: Apelación a la interpretación del toreo desde la pasión más intensa que en ocasiones raya en el patetismo.

Véndelo: Imperativo que incita al matador a solemnizar el pase con gestualidad histriónica previa al mismo.

Venga ya: Voz de protesta hacia la presidencia empleada para excitar al público en la petición de trofeos.

Visto: Expresión para significar que el toro ha mostrado su condición y ésta ha sido interpretada por los lidiadores.

Una vez finalizado el festejo el subalterno retomará su gestualidad solemne y su verbo discreto, y guardará para sí cuantos detalles, por nimios que parezcan, que expliquen el comportamiento del toro y la actitud del torero.

Si algún aficionado se le aproxima en tono amistoso, con afán de descifrar las claves que han marcado el devenir de la tarde, el subalterno permanecerá impertérrito, mirará al suelo, se ajustará la casaca con un leve gesto de hombros, fruncirá el ceño con desdén y añadirá en tono críptico: “Es que lo que pasa en el ruedo no puede describirse con palabras”

 

 

El vestido de torear: simbología y estado del arte.

Si el mariscal francés Claude Victor y las tropas napoleónicas no hubieran sometido a cerco a la ciudad de Cádiz entre 1810 y 1812, Francisco Montes Paquiro, nacido en Chiclana en 1805, no habría podido sentir el asombro propio de un niño e inspirarse en la brillante indumentaria de los dragones galos para diseñar el vestido de torear, y el atuendo de los lidiadores sería hoy, posiblemente, muy diferente al que conocemos.

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Breve síntesis histórica.

Hasta el siglo XVI la Tauromaquia está dominada por la praxis ecuestre, la lidia a pie no se considera arte, de modo que cada torero viste a su manera, de acuerdo con la tradición de su origen y condición, predominando entre los pajes atuendos de corte rural, en telas toscas, tonos obscuros, líneas discretas y sencillez en el diseño.

En el siglo XVII el ayuntamiento de Madrid proporciona a los lidiadores bandas de colores con las que se engalanan y dan mayor vistosidad a las suertes, iniciativa que es imitada por otras ciudades, en algunas de las cuales se instituye una gama cromática oficial que se respeta en cualquier evento y aportan señas de identidad a los festejos que tienen lugar en cada coso.

En el XVIII se producen novedades significativas en la indumentaria de los toreros y son  prestigiosos pintores como Juan de la Cruz o Francisco de Goya los que representan retratos de lidiadores luciendo calzón, coleto de ante, mangas acolchadas y cinturón ceñido, y es a finales de este siglo cuando Costillares introduce bordados, pasamanería de oro, camisa con chorrera, calzón corto, pañoleta, alamares metálicos y vistosos botones como primer atisbo de orden estético en la concepción del vestido.

Desde ese momento y hasta la publicación por parte del genio de Chiclana de “Tauromaquia o arte de torear” en Madrid, 1836, obra fundamental para comprender  el rito de la lidia, la vestimenta que se emplea es esencialmente costumbrista, sin variar en lo sustancial del atuendo que chulos o majos visten en sus jornadas festivas, con las innovaciones formales introducidas por Costillares antes citadas, y es en este momento cuando Paquiro propone un nuevo concepto que ha perdurado en lo esencial hasta la actualidad. Aparecen las lentejuelas, los botones de adorno y los alamares con fines exclusivamente estéticos. Las hombreras crecen y la chaquetilla mengua para otorgar mayor prestancia a la efigie de los lidiadores, los machos ganan en funcionalidad para ceñir el vestido de torear al cuerpo de su portador, la montera se instituye con rango de ley y se introduce el terno como unidad estética entre la taleguilla, el chaleco y la chaquetilla.

Este devenir de los usos sociales y de la Tauromaquia a lo largo de los siglos ha gestado una indumentaria única en la historia, que ha inspirado a grandes modistas como Giorgio Armani, Francisco Montesinos, Lorenzo Caprile, o Francisco Rodríguez fascinados por la figura del torero y la grandeza de la lidia, vistiendo a matadores como Cayetano Rivera, César Jiménez, Enrique Ponce o Rivera Ordóñez. Incluso un irredento aficionado que ha dejado una huella indeleble en la historia del arte como Picasso diseñó un vestido para Luis Miguel Dominguín, dando fe de origen a un nuevo concepto, como es el vestido picassiano, que ha perdurado hasta nuestros días y constituye la esencia de la corrida a la que nomina.

Caso similar es el de la indumentaria goyesca, fundamentada en la estética de la obra del maestro de Fuendetodos, profundo conocedor de la Tauromaquia, alumno de Martín Barcáiztegui, practicante de suertes diversas, si bien conviene precisar que no hay constancia documental de que el pintor diseñara vestido de torear alguno, siendo este atuendo concebido e incorporado al profundo armario de la moda taurina con mucha posterioridad.

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Simbología.

Lo sustantivo del traje de luces no es, en modo alguno,  su practicidad.  Basta con ceñirse una chaquetilla y calarse una montera para comprobar la enorme incomodidad que generan y hasta qué punto dificultan los movimientos del torero en la plaza. Lo que, a lo largo de los siglos, ha alimentado este proceso creativo ha sido su espectacularidad y la virtualidad de resaltar los rasgos atléticos de quien lo viste.

Si convenimos que la longitud de las piernas es atributo propio del un varón fuerte y capaz, veamos la longa taleguilla y la breve chaquetilla como recursos para ampliar el efecto visual de las extremidades. Si concedemos que la anchura de hombros denota fortaleza y vigor atendamos a las floreadas y amplias hombreras que adornan la casaca. Si el aparato reproductor fuera indicativo del poder físico y de los niveles de testosterona en sangre, observemos cómo se muestra la entrepierna del lidiador, explícita, libada tan solo por una breve capa de seda. Y si la esbeltez de la anatomía es inspiradora de deseo, entendamos el ceñimiento de sedas, platas  y oros alrededor del cuerpo torero, envoltorio mágico y críptico de la liturgia.

De igual modo los colores vistosos de las sedas cubren una amplia gama cromática que oscila entre el primera comunión y el catafalco, el blanco y el negro, la iniciación y el culmen de la vida, mantilla y sudario, principio y fin de los días de un lidiador.  Entre ambos extremos, luz pura y oscuridad absoluta, caben centenares de matices, pues la nómina de colores en rica y caprichosa, como atestiguan el celedón, el fanta o el nazareno, e indican el estado de ánimo del torero, su situación profesional, su estilo lidiador, su origen étnico y la disposición con la que acude esa tarde al coso.

No se conoce toricantano que haya prescindido del blanco en su ceremonia iniciática, confirmando con bordados en plata la pureza de su ánimo. El grana es tono intenso, que estimula la acción y el arrojo y genera un torrente de emociones, de ahí que se hable del grana y oro como terno de matadores valientes, vitales y ambiciosos. El amarillo y sus tonalidades afines como el crema o el caña es portador de mal agüero, de modo que es evitado por casi todos los lidiadores, si bien algunos lo emplean significando reflexión y conocimiento. El azul en su riqueza de registros como el pavo, arzobispo, eléctrico, cobalto, rey, Bilbao, marino y celeste es un cromo estable y elegante que transmite profundidad y reposo. El tabaco es uno de los tonos más clásicos y se asocia desde antiguo con magisterio y la madurez y es por tanto empleado por toreros veteranos que dictan sus clases magistrales sobre el candente albero. El verde con sus múltiples matices botella, olivo, celedón, hoja y manzana simbolizan la esperanza y la fe con la que el diestro comparece en el cónclave. El catafalco es propio de toreros al final de su andadura, desprende poca luz y es símbolo de la introversión con la que muchos matadores actúan en sus últimas tardes, cuando afirman sin ambages que torean para ellos mismos por el puro placer de versa aún capaces de engendrar arte. Los brillos de oro y plata de pedrería, canutillo, lentejuelas y abalorios confieren al matador una gran vistosidad y lo rodean de una aura mágica que hipnotiza al público y hace del torero un sacerdote en contacto con la divinidad, capaz de jugar cada tarde en la leve frontera que distancia la vida de la muerte. Sólo los elegidos son capaces de adentrarse cada puesta de sol en los confines de la vida y penetrar en el terreno ignoto que establece límite con la muerte, permanecer ahí mientras dure la inspiración y volver incólume a celebrar al anochecer el éxito obtenido y la continuidad de la vida.

Los bordados de oro fueron empleados en el siglo XIX inicialmente por los varilargueros pues suyo era el protagonismo de una lidia basada en el primer tercio, hasta que los espadas se adueñan del espectáculo y se arrogan en honor de vestir con el metal más preciado. Los banderilleros no tiene ese privilegio . Los bordados en plata indican humildad y los remates blancos pureza juvenil. Los enigmáticos hilados en azabache, propios de toreros con duende, transportan al espectador al escenario de lo críptico  con un punto de transgresión propio de los toreros gitanos.

Nada es casual en la indumentaria y todo es para engrandecer la figura del torero que realiza el rito de la lidia enfrentándose precisamente al toro, tótem de culturas ancestrales, símbolo sagrado desde épocas remotas del poder y la masculinidad.

Algún debate hay centrado en la terminología, puesto que “vestido” es más propio de la indumentaria femenina, y sobre si el matador, en su antagonismo con el toro, desarrolla el rol de la mujer, burlando al macho, obcecado por su fuerza bruta y sus instintos, haciendo uso de la astucia y la inteligencia. Esto, como todo en el apasionante ejercicio de la interpretación del arte, es cuestión de opiniones, de sensibilidades y de leves matices.

No se conoce actividad humana en la que se disponga tal de riqueza ornamental para pertrechar a un guerrero para la lucha a muerte, y que, de modo implícito, esté impregnado de la estética de la mantilla iniciática, del sudario final. Tal es la grandeza de los hombres capaces de desafiar a Tauro para la gloria o para la tragedia.

El arte de elaborar vestidos de torear.

En la actualidad la elaboración de vestidos de torear es una actividad artesanal, desarrollada por sastres especializados que han elevado a la categoría de arte el vestido del guerrero.  Son pequeños negocios, casi siempre de carácter familiar que emplean a no más de diez personas y abastecen a clientes fieles que confían en el buen hacer y la experiencia de sus maestros sastres. Poco más de dos docenas de sastrerías suministran en España a los ocho mil profesionales del toreo y además diversifican su actividad hacia otros sectores, como la indumentaria religiosa, disfraces especiales e incluso vestimenta y atrezo para películas y series de televisión.

Estas pequeñas empresas han encontrado también en el aficionado a la Tauromaquia un cliente sensible que adquiere capotes semiprofesionales, trajes de luces en miniatura, bolsos y carteras adornados con golpes y alamares, cinturones, llaveros, pulseras, broches y una larga relación de complementos que permiten tangibilizar el arte de torear y adoptar un estilo de vida formalmente diferente.

La localidad aragonesa de Utebo acoge a la Sastrería Daniel Roqueta, torero en el estilo, los andares y el modo de conversar. Su voz ronca, su rigor y el trato respetuoso son sus señas de identidad. No tarda el maestro en sastrería en recordar sus duros inicios en el mundo del toro, pues hubo de fugarse de casa para poder viajar a las dehesas y a las plazas donde se ofrecía una oportunidad a los jóvenes. Para evitar a sus padres la agonía les escribía desde los lugares que visitaba hasta que el destino, y la información que manejaba su padre, hicieron que confluyeran en Madrid el día en que iba a celebrarse una capea. Su buen porte, su estilo agitanado y una ilusión desmedida no fueron suficientes y Daniel Roqueta hubo de buscar un oficio del que poder vivir, y pronto vio en la sastrería taurina una buena salida para alimentar su nostalgia al mismo tiempo que mitigaba el hambre.

El proceso de elaboración de un traje de luces comienza con una primera visita del torero a la sastrería en la que elige el color, el hilo, que puede ser oro, plata, blanco o azabache, el bordado en lentejuela o canutillo, las guarniciones, esto es, los alamares, caireles, golpes y cazoletas y, en ocasiones, los motivos y formas a representar sobre la tela. Salvo que haya realizado un encargo poco tiempo antes, se toman las medidas para ajustar al máximo el vestido a la anatomía del torero, pues se trata de un elemento de precisión del que puede depender la salud de su portador.

En la siguiente fase el sastre realiza acopio de materiales, tela de raso, forro, textil encolada, hilo y pasamanería al gusto del lidiador, y cuando está todo en el obrador comienza a tomar cuerpo la cábala, haciendo uso de un orden lógico, meditado, lento, pleno de simbolismo y tradición, de acuerdo con el canon que el fundador aprendió y hoy comparte con su hijo, su nuera y un empleado.

La elaboración del patrón, piedra angular del vestido, requerirá mente ágil y manos hábiles para disponer del señuelo en torno al cual va a articularse cada una de las piezas que compondrán el arte final. La chaquetilla es elemento más complejo puesto que requiere un armazón rígido que aporta apresto, mientras que la taleguilla y el chaleco no precisan más que de las oportunas medidas y el corte correspondiente del raso que se prenderá a un forro liviano. El patrón se dibuja en papel y se esculpe después en telas gruesas encoladas que darán cuerpo a las tres piezas clave de la chaquetilla: las dos laterales y la posterior. Lego se materializan hombreras, con idéntico concepto, y las mangas, flexibles y desprovistas de soporte.

En este momento el puzle del señor Roqueta consta ya de tantas piezas como acaba de referirse, que habrán de ser enriquecidas con el bordado, realizado con máquinas de asombrosa precisión, el cordoncillo y las lentejuelas, maniobras estas últimas que precisan de manos certeras, capaces de plasmar cada golpe con la pulcritud propia de un pintor flamenco. Acto seguido se incorporarán alamares y caireles, rúbrica necesaria del arte del maestro, se unirán los machos, hasta culminar el proceso con las rosas o cazoletas y la pedrería, que añadirá fulgor y quilates al vestido de torear.

Para que la obra esté completa sólo resta hilvanar las tres piezas básicas de la chaquetilla, laterales y posterior, añadir las hombreras y acoplar las mangas, sólo por la parte superior, ya que la axila queda libre para entorpecer lo menos posible los naturales movimientos de los brazos del torero durante la lidia.

El sastre Roqueta apuesta por la tradición en las formas y la innovación en el fondo, concibiendo un vestido de luces más ligero y flexible que los tradicionales, empleando materiales sintéticos, mas evitando la más fútil concesión que pueda, ya sea remotamente, poner en cuestión la profunda torería de cada una de las piezas que componen la indumentaria de los oficiantes.

El maestro Roqueta es un testimonio vivo de la existencia de actividades artesanales ancestrales, unidas a un estilo de vida distinto, que en cualquier país serio sería motivo de orgullo y sería exportado al mundo causando admiración. Como muestra de ello toma un capote y dibuja el lance despacioso, mudando el rostro hacia la nostalgia, rememorando tal vez, el día que sus padres le encontraron en Madrid y tuvo el valor de dedicarles, como epílogo de su gran aventura, tres verónicas y media.

 

Exhibición ecuestre.

Exhibición de doma y monta de los centauros socorridos por hombres de plata y bronce, germen del toreo a pie. El público se divirtió, ovacionó, pidió trofeos y disfrutó de quiebros y galopadas, remolinos, toreo a la grupa, banderillas largas y cortas, a dos manos, rosas, telefonazos e incluso una recepción a porta gayola. La presidencia concedió cuatro orejas y la puerta grande para el caballero portugués, auxiliado por el pequeño gran Kito, de berenjena e hilo blanco, decano de los toreros portugueses, con cuarenta y cinco años en los ruedos y sesenta y dos en el carnet, ejemplo de supervivencia gallarda en un medio hostil.

La Feria de La Blanca 2014 ha finalizado. La respuesta del público ha sido escasa y en la retina de los aficionados queda aún la impronta de la encastada nobleza de los toros de Palha y el valor sereno de Sánchez Vara y Joselillo.  Es momento para la reflexión.

Parece evidente que es necesario aplicar la imaginación e innovar. La fórmula de las figuras con toros inválidos puede funcionar en el corto plazo, pero decepciona al público que no vuelve a la plaza. La de las casi figuras con toros igualmente tullidos es una subversión de la anterior con resultados aún peores.

Los ejemplos de Azpeitia, Pamplona, Bayona y Bilbao, ferias muy próximas geográficamente pero a distancia sideral en el concepto, deben servir como patrón para la reconstrucción de lo que un día no muy lejano fue “La Puerta del Norte”

La supervivencia en entornos complejos es posible, siempre que se produzca la adaptación al medio, como demuestra cada tarde el pequeño gran Kito, con su mirada limpia, su aire solemne, su capotillo y su machete.

 

Reseña:

Multiusos Iradier Arena, 8 de agosto de 2014, un tercio de entrada en tarde calurosa.

Toros de Castilblanco reglamentariamente desmochados para el rejoneo, flojos y descastados.

Hermoso de Mendoza: Oreja y ovación.

Sergio Galán: Aplausos y oreja.

Joao Moura: Oreja y oreja saliendo a hombros.

La verdad y nada más que la verdad.

En poco más de dos horas de ritual se descifraron de forma categórica sobre el albero vitoriano los arcanos fundamentales de la Tauromaquia eterna, que, como saben los aficionados, son dos: la encastada nobleza del toro y el valor sereno del torero para aceptar sus envites y recrear el arte de torear. Y todo desde la más natural autenticidad. Ayer, contra el pronóstico de la oficialidad, se dictó una clase magistral de Tauromaquia que muchos debieron vivir, pues no abunda en el orbe taurino este tipo de magisterio.

El coso del Puente de las Trianas y los quinientos irreductibles que allí nos citamos fuimos testigos privilegiados de cómo el hierro portugués de Palha envió un lote de excelente presentación, con edad, romana, morrillo prominente, musculada culata, cabos finos, capas negras y burracas, exuberante arboladura y diamantinos pitones. La selección de los cruces que el ganadero de Santarem hizo cinco, seis y hasta siete años atrás debió ser adecuada pues los toros mostraron un comportamiento ejemplar desde que Sánchez Vara se abrió de capa hasta que Joselillo asestó la última estocada entrando por derecho a toma y daca, brillando la casta brava en cada embroque, que no desbordó a los toreros pues son dos auténticos jabatos. Bravura hubo para satisfacer a los más exigentes y si no refulgió más fue porque los montados propinaron un puyazo muy bajo al primero y otro muy sangrado junto a chiqueros al segundo, que desmembró al toro e desaconsejó nuevas entradas al peto.

Los toreros hicieron honor a su sacerdocio, desafiando la profunda embestida de los toros con gallardía y determinación, ciñendo verónicas, chicuelinas, naturales y hasta largas cambiadas, realizando el toreo fundamental con solvencia lidiadora y fases de inspirada ligazón que llegaron al corazón del aficionado, que salió del coso con la impresión de haber asistido a la recreación del arte secular de lidiar toros con majeza y emoción.

Larga vida a la Tauromaquia, a los ganaderos exigentes y a los toreros con corazón guerrero y alma de artista.

Reseña:

Plaza de toros de Vitoria, siete de agosto de 2014, menos de un décimo del aforo en tarde calurosa.

Toros de Palha hondos, serios, bien armados, encastados, bravos  y nobles.

Sánchez Vara: Vuelta, oreja y oreja.

Joselillo: Ovación, silencio y oreja.

Los matadores invitaron al mayoral a saludar desde el ruedo cuando abandonaban la plaza entre las calurosas ovaciones del público.

 

Llanto por una oreja.

Una vez abatido a estoque el sexto toro de la corrida, mientras las mulillas realizaban con parsimonia el corto trayecto que media entre la puerta de arrastre y el tercio, el callejón del multiusos Iradier Arena era escenario de una actividad frenética. Apoderados gesticulando de modo evidente hacia la presidencia, subalternos voz en grito soliviantando a los tendidos, mozos de espadas empleando palabra gruesa y acólitos de El Fandi indignados por lo que ellos consideraban escaso trofeo. El atlético torero granadino había conseguido una oreja en su primero y había realizado un trabajo intenso en el último toro, quitando por lopesinas, banderilleando con portentosas facultades, parando después el toro por pies, porfinado derechazos y algún natural, rebullendo molinetes, marcando rodillazos y desplantes y entrando a herir con decisión. El presidente asomaba un único pañuelo por la balconada insuficiente, en aplicación del reglamento autonómico, para granjearle la puerta grande.

Fue entonces, con el toro ya enganchado a las mulillas, cuando el atlético torero de Granada, que contemplaba expectante la imagen desde el tercio, comenzó a bracear toalla en mano en claro signo de protesta, y cuando el tiro inició el arrastre evidenciando que no habría mayor trofeo, el portentoso banderillero se agachó, se encogió sobre sí mismo y comenzó a llorar. Llanto desconsolado, llanto amargo, llanto producto de la frustración por no poder salir bajo el dintel hormigonado del multiusos jaleado por casi dos mil gargantas.

Tan bajo era el ánimo del deportivo rehiletero que hubieron de ser sus compañeros de terna, Cordobés y maestro Padilla quienes tomaran la tronera del burladero y salieran a ofrecerle bálsamo en forma de abrazos y caricias, y hubo un momento en que al maestro Padilla se le escapó una sonrisa.

Reseña:

Multiusos Iradier Arena, 6 de agosto de 2014, menos de un cuarto de plaza en una tarde calurosa.

Toros de Gerardo Ortega y La Palmosilla: De diversas hechuras y presentación aceptable. Nobles y manejables.

El Cordobés: Ovación y silencio.

Juan José Padilla: Silencio y ovación.

El Fandi: Oreja y oreja.

 

Javier Bustamante para Toro Cultura.

Neotauromaquia cum laude.

La conjunción de elementos que pudo observarse ayer en el multiusos Iradier Arena y zonas colindantes es la perfecta síntesis de la Neotauromaquia que perpetran de modo sistemático e impune los prohombres de la fiesta en ferias y corridas conmemorativas.

A no más de cincuenta metros del recinto se manifestaban los anti, pancartas, silbidos, insultos, palabra gruesa, miradas desafiantes y amenazas. Todo con la connivencia de la autoridad, que observa la fiesta de toros como objeto político, que conviene esté agitado para poder obtener de él réditos electorales.

En el interior del moderno multiusos, con cubierta abatible y cómodos asientos plásticos sobre estructura de hormigón, no más de un cuarto ocupado, lo que significa que no llegaron a dos mil los espectadores del evento, dispuestos a aplaudir cualquier suceso, como que un torero se quitara las zapatillas, y solícito para la ovación y petición de trofeos.

Desde chiqueros fueron saliendo de forma sucesiva seis bóvidos de discreta presencia, débiles, descastados y aborregados. Su falta de codicia fue tal que cuando el primero, por error, cogió a su lidiador por la corva, no hizo ademán alguno de echárselo a los lomos, y menos aún de cornear, tal y como hubiera sido la obligación de un ejemplar de casta brava, sino de soltar la presa y huir de tan embarazosa situación.

Los montados practicaron con gran pericia la suerte de picar de la moderna tauromaquia, ora el monopuyazo, ora el picotazo, según fuera la catadura del bóvido de turno, dejando que el animal tope contra en peto y después aplicando la puya según conviniera al caso.

Las cuadrillas se afanaron en liquidar el segundo tercio sin hacer emplearse al astado, evitando carreras y clavando trasero, pues era ya evidente que los cuadrúpedos besarían la arena a la menor contrariedad.

En este contexto fueron los espadas quienes aplicaron los primeros auxilios a sus antagonistas, recetando pases a media altura y por fuera para no quebrantar más la delicada condición de los de capa negra, y estocadas traseras, salvo alguna excepción, para evitar fulminar a los astados en tiempo breve.

Sebastián Castella, arrojado torero, muletero solvente; Iván Fandiño, señor de Madrid y mejor estoque de España; Alejandro Talavante, torero de múltiples registros, tocado por el duende de los toreros grandes; vinieron al multiusos a abatir unos bóvidos con pretensiones de lucimiento  y cobrar unos euros, mas viendo lo que se vio y escuchando lo que se escuchó, se duda que consiguieran esto último, pues la incertidumbre económica es también suerte de la moderna tauromaquia.

Reseña:

Multiusos Iradier Arena de Vitoria. Martes 5 de agosto. Menos de un cuarto de entrada en tarde soledada.

Bóvidos de Albarreal : Terciados, sin remate ni romana, descastados, débiles y claudicantes.

Sebastián Castella: Ovación y saludos en ambos con un aviso en el cuarto.

Iván Fandiño: Ovación con petición y oreja.

Alejandro Talavante: Silencio y palmas.

Arte e industria.

Un instante antes de que el presidente ordenara la comparecencia del primer toro sobre el albero Azpeitiarra, pudo observarse en el callejón del coqueto coso guipuzcoano  una imagen insólita en la moderna Tauromaquia. Codo con codo compartían los agónicos momentos que anteceden a la lidia los diestros Alberto Aguilar y Saúl Jiménez Fortes, pudiéndose comprobar que el segundo supera en estatura al primero en no menos de veinte centímetros. Un espectador conspicuo en historia bíblica musitaba para sí “David y Goliat” al tiempo que se acariciaba el mentón en actitud evaluativa de lo que podía esperarse de semejante competencia. Ninguno de los presentes sospechábamos en ese momento que la distancia entre uno y otro actuante iba a ser más sutil pero más contundente, la misma que existe entre el arte y la industria.

Lo que sucedió fue que el pequeño Alberto Aguilar dio una lección de torería con su encastado primero, pisando terrenos comprometidos, corriendo la mano sin ambages, cruzándose al pitón contrario cada vez que era posible, colocándose siempre en el lugar adecuado para ligar series imposibles, haciendo volar las telas con delicada templanza y entrando a matar con tal verdad que el ciclópeo toro a punto estuvo de prenderlo por la pechera, ganado con toda justicia una oreja y el reconocimiento del público de esta feria singular.

También ocurrió que el gigante Saúl Jiménez Fortes deambuló toda la tarde por el diminuto ruedo ceniciento produciendo tal cantidad de pases que parecía que la factoría siderúrgica anexa había conectado sus máquinas para seriar pases en redondo, martinetes y circulares, como si los fuera a almacenar para suministrar el resto del año a sus mercados nacionales e internacionales. Cuando los stocks de producto taurino estuvieron suficientemente abastecidos, Saúl Jiménez Fortes decidió acometer la empresa más audaz: matar al noble toro de Pedraza de Yeltes que no tenía ninguna responsabilidad en este repentino rebrote industrial, y ahí fue cuando el gigante se empequeñeció hasta la irrelevancia. Dejó una estocada tendida y desprendida, atacó con el descabello sin convicción hasta que el palco, en ejercicio de las funciones que preceptúa el reglamento, le envió tres avisos sucesivos y el productor seriado abandonó el ruedo con la misma expresión en el rostro que un operario metalúrgico al escuchar la sirena que da por finalizado su turno.

Reseña:

Azpeitia, 2 de agosto de 2014, casi lleno en tarde plomiza y lluviosa.

Toros de Pedraza de Yeltes, con romana y edad, fuertes, nobles  y encastados. El quinto fue premiado con la vuelta al ruedo.

Alberto Aguilar: Oreja y ovación tras aviso.

Juan del Álamo: Ovación y oreja.

Jiménez Fortes: Silencio y bronca tras tres avisos.

Gravitación Universal.

Gravitación Universal.

Cuando Isaac Newton, en su libro Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, publicado en 1687, enunció la ley de Gravitación Universal, ignoraba, sin duda, lo que iba a acontecer ayer en el coqueto y diminuto ruedo Azpeitiarra.

Ocurrió que los hermosos toros de don Celestino Cuadri desplazaban su masa, en algunos casos cercana a los seiscientos kilos, con majeza y casta brava, y eran tanto más atraídos por los lidiadores cuanto mayor era la distancia entre toro y torero. En contra de los principios enunciados por el insigne científico británico, cuanto más evidente era la proximidad entre los contendientes menor era la atracción que mutuamente se profesaban, de modo que puede decirse que las tesis, hasta hoy respetadas y admiradas por el cuerpo científico internacional, fueron falsadas por una terna de coletudos, con un contraejemplo que quedará para los restos.

Este fenómeno, ajeno a las leyes de la física elemental, no tiene explicación científica según los modelos clásicos, de modo que ha de recurrirse a la Tauromaquia para encontrar cabal entendimiento.

Ya en su célebre obra “Tratado de Tauromaquia” en el año 1796 Pepe Hillo disertaba sobre la importancia de las distancias en el comportamiento del toro, asegurando que determinados cornúpetas, ante una excesiva proximidad de los engaños, inhibían su instinto agresivo y se manifestaban abúlicos y faltos de codicia. La preceptiva taurina establecía para estos casos la terapia de la distancia, alfa y omega del arte de torear, recurso indispensable para la lidia ortodoxa.

Sin embargo ayer los bien dispuestos matadores optaron por el encimismo, antítesis de de la lidia emocional y bella. Si sir Newton hubiese estado ayer en el coso Azpeitiarra lo mismo se dedica a la música.

Reseña:

Azpeitia, 1 de agosto de 2014, segunda de feria, tres cuartos de plaza.

Toros de Cuadri, lustrosos, con trapío y romana, poderosos y encastados.

Javier Castaño: Silencio tras aviso y oreja tras aviso.

Paulita: Ovación tras aviso y oreja.

Sergio Serrano: Silencio y silencio.

Encastada nobleza para torero cogido.

 

Quiso el azar que el sorteo de mediodía emparejara a Molinillo, toro de Valdellán, con Sánchez Mora, torero gaditano. Del primero se conocía su estirpe santacolomeña, sangre brava, casta indómita y agilidad felina. Del segundo nada se sabía en Azpeitia, salvo por la gacetilla que se publica cada año y por los datos, escasos, que los medios de comunicación filtraban sobre el joven matador, nacido en Medina Sidonia y portador del duende de los toreros del sur.

Quiso el azar que los hombres de confianza del matador presentes en el sorteo vieran a Molinillo más agresivo que Huertano y decidieran echarlo como sexto.

Quiso la voluntad de Sánchez Mora que la faena a su primero, Huertano, apuntara detalles de torero grande, valeroso, ajustado en el embroque y con regusto de toreo caro.

Quiso su corazón audaz tirarse a matar por derecho para cobrar un trofeo.

Quiso la casta agresiva del Valdellan vender cara su muerte prendiendo al matador por el pecho y zarandeándolo durante unos instantes de angustia, dejándolo conmocionado y apartado de la lidia.

Cuando Molinillo salto al ruedo, pasadas las ocho de la tarde;  enseñoreó su armónico trapío; desarrolló su encastada nobleza persiguiendo percales y franelas con la codicia del toro bravo, una buena parte de la afición se lamentaba de la ausencia se Sánchez Mora, y aún ahora, pasadas las horas nos preguntamos qué habría ocurrido si el azar no se hubiera desdicho y se mantuviera la cita que provocó al mediodía entre un toro de casta brava y un torero de corazón artista.

Reseña:

Azpeitia, 31 de julio de 2014, primera de feria. Casi lleno.

Toros de Valdellán, con romana y trapío, encastados, nobles y, en diversa medida, bravos.

Víctor Puerto: Bronca, bronca con aviso y oreja.

Encabo: Ovación y palmas tras aviso.

Sánchez Mora: Gran ovación recogida por su cuadrilla.

Sánchez Mora fue cogido por su primero propinándole golpes y varetazos, causándole conmoción cerebral, siendo conducido a un hospital  de San Sebastián para la pertinente observación.