Se confirma el origen trianero de Diego Urdiales.

Era el secreto mejor guardado de las últimas temporadas. Muchos sospechábamos, pocos se atrevían a hablar. No fueron suficientes sus triunfos en Logroño en 2001 con toros de José Luis Marca, ni el indulto de “Molinito” de Victorino Martín el 2007 también en el coso de la Ribera, ni siquiera la faena triunfal en San Isidro en 2008 a un toro de Carmen Segovia. Tal vez la vuelta al ruedo en La Maestranza el 12 de abril de 2010 tras un faena de corte clásico a un toro del Conde de la Maza, avivó la sospecha, si bien no ha sido hasta esta semana, tras sus dos emotivas lidias de corte diverso en el coso Logroñés, cuando el entorno del torero se ha visto obligado a reconocerlo: Diego Urdiales es de Triana. Las manifestaciones del Faraón de Camas días atrás en un periódico cordobés, asegurando que Morante y Urdiales son los toreros que más le agradan han podido ser el detonante definitivo de la confesión. Nació el último día de mayo de 1975 en la calle Pureza, junto a la Parroquia de Señora Santa Ana, entre aires de la Real Maestranza provenientes de la otra orilla del Guadalquivir.

No se entiende bien la contumacia del entorno del torero por silenciar este hecho que, de haber sido conocido antes, habría acelerado la carrera del matador. Lo mismo ocurre con el resto de su biografía, que según el documento filtrado hace pocas horas por fuentes oficiales, contiene los siguientes elementos: su padre fue picador en la cuadrilla de Curro Romero entre los años 1980 y 1999; su madre, de sangre gitana, cantó flamenco en su juventud hasta que contrajo matrimonio; su abuelo paterno fue banderillero de Gitanillo de Triana en los años cuarenta. Pronto se interesó por el toro y a los doce años ya tentaba en fincas de Jerez, Medina Sidonia y Algeciras junto a consumados maestros de quienes aprendió el oficio. El resto de su trayectoria no sorprende dados estos antecedentes.

Ayer, ante un toro serio y encastado de Fuente Ymbro, Diego Urdiales volvió a recrear la Tauromaquia, esta vez con dosis de dramatismo, pues el toro, astifino y duro de pezuña, vendía caro cada pase, y no se dejaba  ganar la pelea en ningún instante. El fino torero de Triana pisó terrenos comprometidos, bajó los señuelos, cargó la suerte cuando fue posible, calibró las distancias con precisión cartesiana y  corrió la mano con destreza y magisterio. La luz de una segunda salida a hombros de la plaza de la Ribera en poco más de 24 horas parecía un hecho, sin embargo el estoque apuntó a todo lo alto encontrando hueso por tres veces. No hubo trofeo, si bien el duende y la galanura evidenciaron una vez más que el pellizco de este torero rezuma efluvios del Guadalquivir.

Una vez que el orbe taurino conoce la noticia, es probable que el nombre de Diego Urdiales figure en los carteles de todas las ferias, y que sus emolumentos cuadrupliquen o quintupliquen a los actuales. Craso error estratégico el cometido hasta hoy por  los apoderados del torero.

Reseña:

Plaza de toros de Logroño, 24 de septiembre de 2014, casi media entrada en tarde nubosa.

Toros de Fuente Ymbro, con trapío salvo el sexto,  nobles y fuertes, con comportamientos diversos, destacando primero y quinto de encastada nobleza.

Juan José Padilla (de Jerez): Oreja y oreja.

Diego Urdiales (de Triana): Silencio y ovación.

Leandro (de Valladolid): Ovación y silencio.

Toreo neoclásico de Diego Urdiales.

Toreo neoclásico de Diego Urdiales.

Tras los abusos del Barroco, la sociedad demanda un cambio, y los artistas no tienen mejor recurso que rememorar las obras clásicas grecolatinas y reinstaurar el estilo más sobrio y perfecto que han conocido los tiempos, con el apelativo de neoclásico. Si bien la historia, los gustos y las corrientes sociales tienen un comportamiento pendular, no podrá negarse que existe un canon clásico, inmutable, que perdurará por lo siglos como el modelo a seguir por haber alcanzado la perfección y constituir la quintaesencia de la creación humana.

De eso estuvo ayer disertando Diego Urdiales desde que se abrió de capa con ajustadas Verónicas, hasta que asestó la estocada canónica a su primer toro. Dialéctica clara de la esencia del toreo, citando en la distancia adecuada, con la suerte cargada, embarcando por delante, ajustando el embroque a la cadera y rematando el pase para engendrar el siguiente. Muleta tersa, figura erguida y mentón clavado en el pecho.

Comenzó la faena el torero de Arnedo por estatuarios, para homenajear la escultura; encadenó naturales, pases en redondo y de pecho en un espacio inverosímil, para rememorar la arquitectura; pasó de muleta con ritmo lento y majestuoso, para reconocer a la música;  y aún tuvo pinturería con un molinete invertido, como salido de los pinceles de Romero de Torres; cobró la estocada de la feria, en corto y por derecho, haciendo la cruz sin ambages, dejándose ver y dándole todas la opciones al toro, para alimentar la creación literaria.

Un homenaje así a las bellas artes sólo puede proceder del alma de un artista que combina sensibilidad y valentía, arte y decisión; de una mente ágil y clara, y de un corazón de guerrero.

Toreo con basa, fuste, capitel y ábaco; toreo adintelado, simétrico y preciso; toreo macizo y liviano; toreo austero y generoso a la vez.

Diego Urdiales es un torero, en el estricto sentido del término, sobrio, clásico y auténtico. No abundan matadores de esta catadura, y el magisterio que exhibió ayer sobre el dorado albero logroñés, debería ser asignatura obligatoria para todos aquellos aprendices de torero, algunos con varios años ya de alternativa.

Reseña:

Plaza de toros de Logroño, 22 de septiembre de 2014, media entrada en tarde nubosa.

Toros de El Torero, discretos de presentación, flojos y manejables, salvo los dos primeros que mostraron nobleza y codicia.

Diego Urdiales: Dos orejas y ovación.

El Fandi: Ovación y silencio.

Iván Fandiño: Silencio y silencio.

Diego Urdiales salió a hombros.

El valor de la estética.

El patio de cuadrillas de la plaza de la Ribera era ayer, instantes antes del comienzo de la corrida, un hervidero de aficionados, tantas mujeres como hombres, a la caza de la foto que subir al perfil de las redes sociales.

La escena resultaba  sorprendente, pues de los tres espadas que esperaban el comienzo del festejo,  sólo uno arremolinaba ante si a un centenar de personas que le saludaban, posaban o simplemente admiraban al diestro, mientras los otros dos, uno titular y otro sobresaliente, combatían la tensión charlando con la cuadrilla o apurando un cigarrillo, ajenos a semejante trajín.

Cuando se rompió el paseíllo y salió el toro, se pudo apreciar con toda nitidez cuál es el valor de la estética, que no es otro que la diferencia entre gustar y arrebatar.

El diestro “admirado”, de nombre José María Manzanares, viste con sedas caras, tonos profundos, alamares destellantes, chaquetilla corta y taleguilla ceñida. Peina con esmero cabellos azabache y luce en la coleta un mechón rubio que da para ensayar un enigma. Sus andares son armoniosos, su postura aflamencada, su movimiento de brazo suave, su trazo limpio y su giro de muñeca preciso.

El diestro “obviado”, de nombre Paco Ureña, derrocha valor cada tarde, pisa terrenos comprometidos, ciñe los pases en la misma cadera, se pasa los pitones rozando la seda, jamás rectifica, soporta parones y miradas del toro con un valor sereno que eriza la piel y acelera el latido.

Ambos vistieron ayer de azul marino y oro, ambos se aproximaron mucho a su canon, ambos desplegaron sin ambages su Tauromaquia, ambos pasaron de muleta a sus toros con solvencia, mas al final del festejo la afición seguía posando con Manzanares.

Reseña:

Plaza de toros de Logroño, 21 de septiembre de 2014, tres cuartos de plaza en tarde calurosa.

Dos toros desmochados de Carmen Lorenzo para el arte del rejoneo con embestida alegre y noble.

Cuatro toros de Juan Pedro Domecq, justos de presentación, primero inválido, los otros tres nobles, descastados  y flojos.

Hermoso de Mendoza: Silencio y dos orejas.

Manzanares: Silencio y oreja.

Ureña: Silencio y aplausos.

 

 

Cantidad.

El eterno debate sobre la preeminencia de la calidad sobre la cantidad quedó ayer perfectamente plasmado sobre el dorado albero del coso de la Ribera. Tres matadores de la fila dos alternaron con seis toros de dos ganaderías venidas a menos. Tres mil personas instaladas sin apreturas en los tendidos y tres orejas en los esportones de los espadas. Quince centímetros de herida en la pantorrilla izquierda del segundo de turno, y lo más notorio: cientos de pases con que entretener al bondadoso público riojano.

Esa es la medida de la mayoría de los festejos que se anuncian con alarde gráfico en cuantas plazas componen el orbe taurino.

La simple observación de la estadística invita a pensar que la corrida respondió a las expectativas y que los aficionados saldrían de la plaza complacidos por lo acontecido en el ruedo. Sin embargo la Tauromaquia no atiende a números, sino a emociones, y emociones hubo pocas en la segunda sesión de la feria de San Mateo.

No podrá achacarse a los valerosos diestros falta de actitud, pues Paco Ureña,  Juan del Álamo y Joselito Adame son toreros con vocación y entrega irreprochables, mas la calidad brilló por su ausencia, y la corrida transcurrió por el derrotero de la vulgaridad rayando en la nadería, sin que queden registarados en la memoria de los aficionados lances dignos del recuerdo.

La explicación a este desenlace se encuentra en el capítulo de los intangibles, en el que es preciso anotar que la corrida de Torrehandilla y Torreherberos mostró falta de raza, que el ambiente en la plaza era de poca expectación, que la mayoría de los pases fueron hacia fuera y que el valor no necesariamente confiere torería.

El festejo celebrado ayer en el moderno coso riojano engrosó la estadística de la temporada, si bien no honró la memoria de la Tauromaquia.

Reseña:

Plaza de toros de Logroño, un cuarto de entrada en tarde calurosa.

Toros de Torrehandilla y Torreherberos, bien presentados, desrrazados y manejables.

Paco Ureña: Oreja, silencio y oreja.

Joselito Adame: Palmas al retirarse a la enfermería en el único que mató.

Juan del Álamo: Oreja y silencio.

Joselito Adame fue corneado por el segundo toro cuando lo pasaba de muleta con el siguiente parte médico: ‘Herida por asta de toro en el gemelo de la pierna izquierda que provoca gran destrozo en la musculatura y no afecta a vasos nerviosos. Intervenido bajo anestesia general con reconstrucción de la zona, sutura y drenaje. Pasa a la Clínica Los Manzano. Fdo. Miguel Fernández’.

 

El embrujo de Morante en una tarde sin toros.

Las corridas mano a mano han sido siempre un desafío entre dos matadores que se disputaban la primacía del toreo o, en el menor de los casos, competían por mostrar su Tauromaquia en contraposición con la de su antagonista.

Lo visto esta tarde en la Plaza de toros de la Rivera no se ha ajustado en modo alguno a este canon, pues dos consumados maestros, de contrastada solvencia, han alternado ante una corrida de de Vellosino chica, floja y descastada, que no ha permitido atisbar competencia alguna, ya que ha faltado el factor primordial de la Tauromaquia eterna: la casta.

Los seis toritos negros que han comparecido sobre el albero riojano, abantos de salida, con querencias marcadas hacia chiqueros, escasa musculatura y discretas arboladoras, no han sido más que una lejana sombra de lo que debe ser el toro de lidia, quintaesencia de la indómita casta brava, con trapío, fiereza y poder.

Uno de ellos, el segundo, se lesionó en una mano por efecto del toreo encimista de Perera y hubo de ser estoqueado de urgencia entre las protestas del público, que sólo recuperó la sonrisa cuando su matador lo finiquitó de certero descabello.

El que hacía tercero salió en actitud claudicante, dada su probervial debilidad, y la presidencia, ante las protestas del bondadoso público riojano, consideró conveniente sustituirlo por un sobrero del mismo hierro e idéntica catadura que sus hermanos.

En esta coyuntura se dio suelta al quinto, recibido con alegres chicuelinas por el maestro de la Puebla del Río, saludadas con entusiasmo por los aficionados, y ya nada fue igual en la cálida atmósfera del coliseo logroñés. El aire del capote de Morante, su pinturería singular y la porfía de su franela por dibujar el natural, aceleraron el pálpito de los corazones, que premiaron con una oreja el toreo del diestro sevillano, y pudieron ser dos, si el palco se deja envolver en el clamor del tendido.

El cartel hacía augurar un tacazo en taquilla y la salida a hombros de dos de las más rutilantes figuras de la Tauromaquia del siglo XXI. Sin embargo de nuevo los taurinos tropiezan con una realidad tan obstinada como recurrente: tímida respuesta en taquilla y el resultado artístico decepcionante.

Todos saben, aunque sólo lo comenten en privado, que el elixir que revitaliza la fiesta es la encastada nobleza del toro, y es momento de recuperarlo, antes de que el aficionado caiga en la apatía y el olvido.

Reseña:

Plaza de toros de Logroño, 19 de septiembre de 2014 . Más de media plaza en tarde calurosa. Toros de Vellosino, chicos, flojos y descastados. Morante de la Puebla: ovación, silencio y oreja. Miguel Ángel Perera:  silencio, ovación y ovación.