Ofrenda al arte del toreo

Diego Urdiales y Sebastián Castella rindieron ayer, en el coso de la Ribera, cumplida ofrenda al eterno arte del toreo, oficiando sin ambages el milagro de la casta brava aleada con la sutil inspiración artística. Ambos olvidaron su cuerpo mortal y afloraron su dimensión espiritual, casi mística, para esparcir sobre el albero frescas esencias de romero el primero, y secos efluvios de almizcle y maderas nobles el segundo. Dos aromas diferentes, dos orígenes alejados, dos culturas distintas que convergen en un mismo concepto, que no es otro que la mixtura del valor y la inspiración, y como por ensalmo recrean la Tauromaquia.

El maestro Urdiales, que estrenaba la cátedra del toreo clásico ganada dos días atrás, comparecía pleno de crédito y con fuerza de ánimo inquebrantable. Dio una nueva clase magistral de su materia, fundamentada en el temple y la colocación, convirtiendo en hilo de seda la hosca acometida inicial de su lote, en terciopelo los derrotes y en aire de primavera cada pase y cada serie.

Sebastián Castella vino a mostrar su toreo incontestable y propuso una verticalidad y una quietud vertiginosas. Citó de lejos, aplicó el valor sereno para pasar a sus toros a una distancia inverosímil de sus femorales, no se enmendó, allá amague el toro con cornearlo y si le prende, como ocurrió ayer en su último trasteo, se recupera de la paliza en un instante, y vuelve a la cara del toro aún con mayor valor si cabe. Sebastián Castella es un gallo, tiene orgullo y no tolera que otro torero, ya sea catedrático, le gane la pelea y obtenga un triunfo aún mayor que el suyo.

Pero ayer no se trataba de aritmética sino de emoción, de la emoción indescriptible que sintió el aficionado al vivir en el mismo coso la encastada nobleza de la corrida de Fuente Ymbro y el valor sereno de dos auténticos titanes.

Ofrendas así engrandecen el arte y lo convierten en una manifestación sublime de la capacidad del ser humano para engendrar belleza. Los que compartimos el ritual sentimos por instantes el brillo magnético de la plenitud y el legítimo orgullo de pertenecer a la estirpe de estos dos creadores. Vivimos una lección de humanismo y sensibilidad que quedará grabada en nuestro corazón hasta el final de los días. Gracias maestros.

 

Reseña:

 

Plaza de toros de “La Ribera” de Logroño, veintitrés de septiembre de 2015, más de media plaza en tarde fresca.

Toros de Fuente Ymbro, desiguales de presentación, nobles, bravos y encastados, salvo el primero de comportamiento incierto, manso, tal vez burriciego.

 

Diego Urdiales, de azul marino y oro: Dos pinchazos y estocada, silencio. Estocada, dos orejas. Estocada desprendida, un golpe de descabello, una oreja.

Sebastián Castella, de coral y oro: Estocada trasera, oreja. Gran estocada, dos orejas. Estocada, oreja.

 

Diego Urdiales y Sebastián Castella salieron a hombros aclamados por el público.

 

Tauromaquia desnaturalizada.

Lo que sucedió ayer en el coso de la Ribera de Logroño no fue sino una subversión del arte de lidiar toros en plaza, pues se propuso una fiesta insulsa y cruelmente desnaturalizada. Comparecieron en el ruedo dos figuras consagradas de la Tauromaquia, Morante y El Juli, junto con un joven matador recién doctorado, Roca Rey, y no tuvieron mejor quehacer que medirse a un encierro chico, débil y descastado de Zalduendo. El aficionado, que acude a estas citas con la ilusión de vivir emociones intensas, salió de la plaza con serias y profundas dudas sobre el devenir del arte de Cúchares. La primera atañe al ganadero, pues no se explica el esmero en la selección y la crianza de reses de lidia, cultura ancestral del campo bravo, para echar semejante media docena de inválidos descastados. La segunda concierne al genio de La Puebla del Río, torero de esencias donde los haya, que se empecina en lidiar toros que no tienen lidia, pues en algunos casos salen moribundos del toril. Véase su faena al cuarto y se comprobará que no hay más que medios pases y postura aflamencada sin atisbo alguno de desafío, pues el toro claudicó en cuanto vio el señuelo. La tercera afecta a El Juli, torero poderoso como pocos, que se vio obligado a interrumpir sus insustanciales trasteos por exigencia del público, quien veía en los amagos de pase un sainete de mal gusto. La cuarta tiene como referente a Roca Rey, matador de nuevo cuño, prometedor y entregado, a quien corridas así terminarán desacreditando, pues está aún por ganar el título de maestro, y para lograrlo habrá de mostrar conocimiento, inspiración y arrojo. La quinta cuestión atañe a la empresa, quien habrá hecho ya su cálculo sobre el efecto que esta neotauromaquia puede tener sobre futuras ferias, y específicamente sobre el ingreso esperado en taquilla. La sexta duda tiene como protagonista a Iván García, valeroso torero madrileño que se despidió del escalafón de oro hace un mes, matando en Cenicientos una corrida de José Escolar y ayer pareó y lidió vestido de azabache. Las razones de su decisión fueron la falta de oportunidades y unos emolumentos cercanos a cero. Seis dudas que inquietan al aficionado y afectan gravemente al arte y al negocio. La Tauromaquia es emoción, y lo que emociona al público es el valor de hombres que asumen riesgos para engendrar arte ante toros poderosos que venden cara su vida. Eventos como éste contribuyen a la degradación ética y estética del arte de torear y pueden convertirlo en una escenificación de escaso sentido.

 

 

Reseña:

 

Plaza de toros de “La Ribera” de Logroño, veintidós de septiembre de 2015, casi tres cuartos de plaza en tarde fresca.

Toros de Zalduendo, chicos, anovillados, flojos y descastados. El sexto tuvo algo más de aliento.

 

Morante de la Puebla, de nazareno y oro: Silencio. Vuelta al ruedo.

El Juli, de añil y oro: Silencio. Silencio.

Roca Rey, de rioja y oro: Oreja. Oreja tras aviso.

 

Iván García, de azul y azabache, saludó tras parear al tercero.

Andrés Roca Rey salió a hombros.

Diego Urdiales gana la cátedra.

El maestro Diego Urdiales ganó ayer la cátedra del toreo clásico con explícita y merecida distinción “cum laude”. Después de su clase magistral en Bilbao, aún hoy comentada en los mentideros, comparecía el diestro riojano ante conspicuo tribunal, presidido por Curro Romero, catedrático emérito de la materia, y antes de que pudiera abrirse de capa ya estaba la parroquia ovacionando con fervor. Tal vez conmemorando las dos excelentes faenas vividas un año antes en este mismo coso de la Ribera o quizá como homenaje a la brillante temporada que se le conoce en su tierra, la afición riojana rindió tributo al hombre que comienza a ser un torero de culto. El temario que expuso se centró en cuatro materias; a saber: la distancia, el temple, la reunión y la colocación, y aún tuvo tiempo de desplegar el anexo de la torería. Empleó para su disertación práctica el caso “Delicado”, torito negro de Jandilla, avieso ante capotes y rehileteros, que rindió su encastada nobleza a la delicada muleta de Urdiales. Se venía el torito a la flámula con alegre galope, humillado, buscando su presa con codicia y encontraba cada vez un pase más templado. Recargaba el de Jandilla cada vez que lo burlaba Urdiales y ya estaba el maestro colocado en el lugar de torear. Entregaba su exigente embestida y el torero lo embarcaba con la muleta planchada y remataba en la cadera con un sencillo giro de muñeca. Con semejante libreto ciñó naturales, mandó en redondo, adornó trincherazos y cobró una estocada señera que le valió la cátedra. El aroma que dejó en el aire eclipsó la labor de sus dos compañeros, pues Manzanares, de catafalco y azabache, gastando postura aflamencada, como caído de un cuadro de Romero de Torres, no superó la prueba del remate en la cadera y, magnetizado por el toreo periférico, dibujó dos faenas pulcras, mas alejadas del canon clásico propuesto por Urdiales. Garrido manejó las capas con inspiración renacentista, si bien hubo de recurrir al encimismo en el último tercio como recurso para justificar el desconocimiento de los arcanos del toreo clásico. Arcanos que bien maneja y ha preservado durante decenios el acreditado catedrático Curro Romero y, al parecer, ha confiado ya al nuevo titular de la causa. Gloria para ellos y para el toreo.

 

 

Reseña:

 

Plaza de toros de “La Ribera” de Logroño, veintiuno de septiembre de 2015, tres cuartos de plaza en tarde calurosa.

Toros de Las Ramblas (los tres primeros) flojos y descastados. Toros de Jandilla, noble y encastado en cuarto, avisado en quinto y flojo y noble el sexto.

 

Diego Urdiales, de verde botella y oro: Pinchazo y estocada, una oreja. Gran estocada, dos orejas.

José María Manzanares, de catafalco y azabache: Pinchazo y estocada, silencio. Estocada, silencio.

José Garrido, de azul pavo y oro: Estocada, oreja. Estocada, ovación.

 

Diego Urdiales fue sacado a hombros entre el delirio de la afición y la satisfacción de Curro Romero, a quien brindó el toro del triunfo.

El vuelo del capote de José Garrido.

Se hace presente con gesto solemne José Garrido en los medios de la plaza de La Ribera, se echa el capote a la espalda y cita con su vuelo sutil al primer toro de Paco Ureña recién picado. El toro se viene noble al señuelo, humillado, al trote y el torero extremeño dibuja cuatro gaoneras plenas de temple y ajuste, rematando con una revolera airosa. Recibe a los toros que habrá de matar a la verónica, manos bajas, movimiento sutil de cadera, suerte cargada y mentón clavado en el pecho con perfil belmontino, y ya está la atmósfera bullendo de aroma a toreo caro.

Y eso es todo. Al menos todo lo memorable que va a ocurrir el día de la fecha en el moderno coso riojano.

No está la plaza para festejar la recreación de la verónica, pues los cerca de tres mil espectadores son más partidarios del muleteo alegre que de las esencias. Jalean dos faenas largas y superficiales del propio Garrido y de Paco Ureña, y las premian con sendas orejas, sin que se atisbe duende ni inspiración en ninguna de ellas. Faenas contumaces y repetitivas, con largas series, las más de las veces escasas de ajuste, fiel recreación del toreo seriado al que se abona la mayor parte del escalafón.

Cuarto de plaza para testificar la realidad de una tarde escasa de arte, escasa de emoción, escasa de público, en la que las gotas de fino perfume las aporta el torero pacense, y tal vez valgan por si solas la contrata del día siguiente.

 

Reseña:

Plaza de toros de “La Ribera” de Logroño, veinte de septiembre de 2015, un cuarto de plaza en tarde calurosa.

Toros de José Cruz, con capas castañas y negras, de diferentes hechuras. Nobles los dos primeros, flojo el tercero e inválidos los tres últimos.

 

Miguel Abellán: Palmas. Silencio.

Paco Ureña: Oreja tras aviso. Palmas.

José Garrido: Oreja tras aviso. Silencio.

 

La Tauromaquia de Romero de Torres.

Julio Romero de Torres, fiel intérprete del espíritu cordobés, es aficionado al toreo, y frecuenta la compañía de grandes maestros de la época, a algunos de los cuales retrata, mas nunca en el ruedo, pues prefiere escenas estáticas, alegóricas, plenas de simbolismo que, en si mismas, alumbran una Tauromaquia.

La pintura de Romero de Torres se rige por unas claves que coinciden con los valores universales de la lidia, hasta el punto que puede decirse que el genial pintor cordobés mece sus pinceles al compás de la verónica y enfoca sus cuadros del mismo modo que un torero administra terrenos y distancias.

Su obra pictórica puede interpretarse en dos dimensiones: por un lado los motivos propiamente taurinos y por otro la magia de sus demás cuadros, que constituyen una continua y lúcida alegoría de los valores del toreo.

Tauromaquia iniciática.

Siendo aún niño da sus primeros pasos en la modesta revista “El Toreo cordobés”, de la que es durante varios años director artístico, publicando sencillos dibujos a plumilla inspirados en esencia de la fiesta.

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Años más tarde, reviviendo el espíritu juvenil, retrata a Belmonte de novillero en 1909, cuando sólo contaba con 17 años y era aún desconocido para el público. El torero aparece vestido con corbata, imberbe, mirando con seriedad casi infantil al observador. En la esquina inferior derecha del lienzo, junto a la firma del pintor, aparece la siguiente leyenda: “Al gran novillero Juanito Belmonte en prueba de nuestra amistad y también por tu brindis”

Tal vez como manera de completar este ciclo iniciático, en 1929, un año antes de morir, pinta “La niña torera”. En la penumbra bajo tendido, una joven de mirada enigmática, vestida con una taleguilla plúmbea cubre su dorso con un capote de paseo del mismo color. Mira al espectador al tiempo que la luz del ruedo se filtra por una puerta arqueada de la plaza de Las Ventas, situada en la parte superior del cuadro. La influencia del Art Decó resulta evidente en este lienzo, lo mismo que la identidad de su musa, la actriz Elena Pardo, a quien Romero pintó no menos de diecisiete veces.

Tauromaquia magistral.

A principios del siglo XX Romero de Torres acomete un audaz proyecto: quiere realizar una serie de retratos de los grandes toreros de la época. Así en 1900 retrata a Guerrita, segundo califa, algo avejentado tras su retirada de los ruedos. La obra es uno de los emblemas de la pintura taurina y representa al torero con el capote de paseo al hombro junto a las escaleras de su casa. El cuadro se realiza por encargo del banquero López de Alvear y preside el club taurino de Guerra hasta la muerte del espada.

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Recientemente ha sido autentificado un retrato al óleo de Lagartijo, primer califa, al parecer realizado pos mortem, en el que el torero aparece en busto, mirando hacia la izquierda con aire ausente, vestido de paisano.

En 1911 pinta a Machaquito, tercer califa, de cuerpo entero, en postura garbosa posando de luces. El cuerpo del torero se representa fornido y esbelto y tiene como fondo la plaza de la Corredera de Córdoba, lugar en el que años atrás se corrían toros. Hoy se exhibe con gran éxito en el museo de Bellas Artes cordobés.

Seis años después vuelve a representar a Belmonte, en esta ocasión con el capote al hombro, posando desnudo, cubierto apenas por una capa, con registros similares a “La niña torera” y tal vez complemento de un díptico.

El pintor apalabra varias veces el posado de Joselito, rey indiscutible de los toreros, si bien la vida intensa de Gallito y su carácter inquieto dificultan el ajuste, hasta el punto que poco antes de la tarde de Talavera pudo haberse fijado un fecha para el encuentro, encuentro que ya nunca podría producirse.

Tauromaquia simbólica.

El simbolismo de Romero de Torres es uno de los más celebrados de su tiempo, y ha pasado a la historia de la pintura española por su profundidad y clarividencia. En el ámbito taurino existen tres obras que deben conocerse, por mostrar con nitidez el concepto de la Tauromaquia de los primeros años del siglo XX

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“La consagración de la copla” es, para muchos, el cuadro más representativo de la obra del pintor, puesto que en ella confluyen todas las fuentes de inspiración de sus pinceles. Es creada en 1912 y en primer plano aparece Machaquito, en pose idéntica a la de su retrato de un año antes, y al fondo dos estatuas que representan a Guerrita y Lagartijo, completando así el califato. Este cuadro pone de relieve la pasión del pintor por el toreo y la importancia que le atribuye como elemento inspirador y significativo de la cultura cordobesa.

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“Ofrenda al arte del toreo” es, posiblemente, una de las obras más simbólicas y sensuales del pintor. En el lienzo aparece una mujer desnuda, apoyada en una columna, que cubre sus piernas con una capa y sujeta en su mano derecha una rama de laurel, signo del triunfo. Al fondo, iluminado por una luz crepuscular, se aprecia el perfil de un coso en ruinas. En la explanada que separa a la mujer de la plaza existe una gran cruz, simbolizando el sacrificio necesario para obtener el éxito en la Tauromaquia. A los pies de la voluptuosa mujer hay una lápida con tres nombres, Lagartijo, Guerrita y Belmonte. La ruptura del califato por sustitución de Machaquito por Belmonte fue muy comentada en la época, si bien no existe una explicación cabal y no consta que el pintor la justificara en momento alguno.

Una de las obras de mayor carga lírica de Romero es el “Poema de Córdoba”, políptico fechado en 1913 en el que, haciendo uso de su habitual registro alegórico, representa con asombroso patetismo las siete almas de la ciudad. Córdoba guerrera, barroca, judía, cristiana, romana, religiosa y torera se suceden en escenas ricas en simbología, encarnadas siempre por graves mujeres. En el caso de la Córdoba Taurina es la modelo Ángeles Muñoz quien inspira al pintor, portando una capa roja sobre su hombro, cubriendo un rico vestido dorado, y un clavel en su mano derecha. El fondo representa la plaza de la Corredera, engalanada con mantones de manila y, en escultura sobre columna, al gran maestro Lagartijo. Al pie de la estatua aparece el propio Lagartijo brindando la muerte de un toro recién abatido. Es una de las obras que más satisface al pintor y la define como “la reencarnación del pasado en el presente”

Romero también cultiva la ilustración con éxito, elaborando carteles anunciadores, como los de la Feria de la Salud o la gran corrida patriótica que se celebra en Madrid en 1921, siempre respetando su estilo y el aroma refinado de su trazo.

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Tauromaquia póstuma.

En uno de sus más dolorosos trabajos, pues se trata de un amigo, retrata a la plumilla el rostro cadáver de Lagartijo. El torero, que había retado a la muerte sobre el albero más de mil de tardes, fallece en su domicilio de la calle Osario de Córdoba de forma natural el día primero de agosto de 1900 y el dibujo es publicado en Madrid por “El liberal” el día tres. España entera tiene así noticia directa del óbito y llora al maestro, pues fue un torero valiente y hombre generoso y cortés.

Tauromaquia transversal.

El estilo de Romero puede considerarse renacentista y es por ello que, junto al retrato psicológico, pinta al fondo un paisaje explicativo de la realidad del modelo. La influencia de Tiziano y Leonardo, admirados fervientemente por el artista cordobés, es palpable en cada una de sus obras, con luces y sombras conmovedoras.

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Su pintura es profunda y serena; alegórica y simbólica; es femenina y trascendente; y en algunos momentos melancólica y dramática.

La mirada de cualquiera de sus mujeres destila una carga emocional tan intensa que no deja al observador indiferente. Son miradas sobrias, profundas, rigurosas y a la vez enigmáticas. Mujeres atormentadas, sensuales y temibles, que hechizan y atemorizan en un solo instante.

No hay lugar para la frivolidad, no hay artificio ni sonrisas, salvo en Sibila de la Alpujarra en el cuadro “Pecado”, cargado de ironía.

En la obra de Romero no hay fiesta, sino rito solemne.

No hay alegría sino trascendencia.

No hay lugar para la impostura y si aroma intenso, trágico a veces, y siempre grave.

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En sus cuadros nada es casual y todo tiene un significado profundo de raigambre cultural e histórica.

Su obra huye de lo evidente para sugerir al espectador el esfuerzo de la comprensión de una realidad estimulante.

Tal vez el pintor intente, valiéndose de una asombrosa simbología, conectar con el público iniciado y desarrollar una visión de su mundo, de un mundo vigoroso, plural y pleno de contenido.

Los valores que afloran en la obra de Julio Romero de Torres son los de la Tauromaquia eterna.

 

Javier Bustamante para Toro Cultura.

 

Sánchez Mora: el valor de la confianza.

Sebastián Sánchez Mora ha demostrado, en las pocas oportunidades de que ha dispuesto, que es un torero de esencia, con aroma a toreo caro, clásico y digno heredero de la estirpe de toreros gaditanos iniciada por Paquiro en su Chiclana natal. A la escasez de contratos se ha unido un nuevo contratiempo, pues una lesión en su mano izquierda le impide sujetar los trastos. Sin embargo, a sus treinta años, otea el futuro con optimismo, tal vez porque ha superado ya adversidades, ha desarrollado la confianza en su fuerzas y ha forjado un espíritu de guerrero que convive con su corazón de artista.

El torero cita al equipo de Toro Cultura en la Venta de Pascual de Medina Sidonia, una de esas tabernas con sabor que pueblan la ruta del toro, y nos ofrece una conversación ágil e intensa, si rehuir materia alguna, validando una vez más la máxima belmontina de que se torea como se es.

Sebastián Sánchez Mora, un torero de esencia que se encuentra en una situación difícil. ¿Quieres explicarnos cuál es tu actual estado?

No tengo habilidad en la mano izquierda ni tengo fuerza. He perdido la destreza y eso me impide coger la capa y la muleta. Estoy en contacto con médicos por si encuentran algún tipo de solución.

¿Lo ves posible? ¿Te sigues sintiendo torero?

Hombre, eso nunca se pierde. Esto es como el que está vacunado. Cuando se mete esto en las venas ya no sale nunca.

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¿Cómo surge tu vocación?

Nací en Chiclana y vivo en Medina, en plena ruta del toro. Por el negocio de mi padre pasaban toreros, hubo contacto y me impactó ese glamour. Mi padre les decía “llévate el niño”, me llevaban y eso te va calando. Yo comencé yendo al campo a andar entre los toros con un banderillero de aquí. A mí me entraba pánico, pasaba mucho miedo, pero siempre quería volver. Después empecé a entrenar de salón, luego me puse delante de una becerra y me dije “esto es para mí”

Caminaba por el campo sin defensas, pasaba por lo de Cebada, El Machorro y La Quinta, entre las corridas de toros de Madrid. Yo era un peque de 7 u 8 años, y ver esos toros me impactaba. Lo viví desde el punto de vista rústico. Lo primero que me enamoró fue el toro en el campo, y después el toro en la plaza.

Tienes unos principios muy prometedores, triunfas en certámenes de novilleros, tomas la alternativa hace siete años y pronto hay un parón en tu carrera. ¿A qué se debe?

Es culpa mía. La culpa es siempre de la persona. Si hubiera cortado orejas en Sevilla y en Madrid esto sería distinto. Con algún apoderado me equivoqué. Estuve cinco años si ver un pitón pero seguía entrenándome, campo y amigos, como los Cebada, Lucas Carrasco o Expósito De Tornay. Se portaron muy bien y cada vez que tenían un toro que no podía ir a la plaza por haberse partido un pitón me dejaban ponerme delante. Así es más llevadero, no le pierdes el contacto al toro y te hace aumentar la afición y endurecer el carácter. Y eso sí, cuando te dan una oportunidad en una plaza sabes que es matar o morir.

Cinco años sin torear festejo alguno ¿Cómo puede afrontarse eso? ¿No es tiempo suficiente como para desistir?

Cada año que pasaba tenía menos miedo. Cada animal que me ponían lo veía más fácil. Es mirarlo desde la otra óptica, saber que cada tarde no es un compromiso sino una oportunidad. Yo paso mucho miedo, es verdad, pero con cada animal tenía yo más oxígeno, me veía más capaz y pensaba “sí, esto es para mí”. Si no es este año será el siguiente, y si no el otro. Lo que peor llevaba era cuando me prometían una corrida, como por ejemplo en El Puerto, y luego se olvidaban de su promesa. Eso era lo peor. Una persona que lucha, quiere torear y sufre cachondeo. Eso es lo peor. Prefiero que me digan que no me pueden poner a que me prometan y luego sea no. Eso es un bajón emocional muy fuerte. Pero afortunadamente tenía cerca de estos fenómenos, estos ganaderos, que me daban campo.

Entrenamiento y confianza en uno mismo. Es admirable mantener la fe en esas circunstancias. ¿Cómo fue ese quinquenio tan duro?

Tomo la alternativa en 2008, toreo dos o tres festivales, al año siguiente las plazas en las que había toreado debían ser repeticiones, pero pese a haber cortado orejas y rabos fue que no. En 2013, toreando en el campo con un amigo de Murcia, a un toro en Cebada, con un enorme charco, hubo compenetración, le gustó y se empeñó que toreara en un pueblo de su comunidad. La corrida salió bien, le cortamos un rabo a un toro, y ese fue el momento en que volvía vestirme de luces. Ese mismo año, en octubre, me comunican Lucas Carraso y Cebada que Joxin Iriarte, el empresario de Azpeitia, me iba a anunciar en San Ignacio. Yo pensé que de octubre a julio podría cambiar de opinión, después de tantas decepciones. Ese hombre me lo dijo sólo una vez y cumplió. Joxin es uno de los hombres serios del toro y hace falta mucha más gente así. Gente que apuesta por los jóvenes. Y casualmente el día de mi cumpleaños, el 5 de marzo del 2014, me llama Joxin y me confirma el 31 de julio con la corrida de Vandellán. Encima el día del patrón. La emoción fue muy grande. Al día siguiente no podía esperar más y me levanté a las 5 de la mañana para empezar a correr. Vivía con otra motivación. Joxin me arregló un tentadero en lo de Palha, que yo no conocía, y me echó un toro muy duro. Nos abrió también las puertas de Vandellán y nos echó dos toros. Yo no conocía al ganadero, pero según llegamos nos dijo “Tienes dos toros y dos vacas, ¿cómo lo quieres hacer?”.

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¿Qué consejo darías a la gente que en cualquier profesión atraviesa momentos difíciles en los que es normal desfallecer?

Analizarse a uno mismo. Yo entreno solo y me autoanalizo. ¿Es ésto para mi? ¿Qué puedo ganar y perder? Y si de verdad crees en ti, si estás convencido, si crees en tus posibilidades, entonces aguantas. Nadie puede estar cinco años haciendo el tonto. Las personas que tienen las cosas claras acaban saliendo adelante.

Pasan cinco años, por fin toreas en Murcia, después en Azpeitia en 2014 y la empresa guipuzcoana decide repetirte un año después ¿matas alguna corrida en esos doce meses?

Gracias a Azpeitia fuimos a Tafalla con la corrida de Cebada, en una sustitución y después matamos otra en Cadencia de la Sierra en Madrid. Ya después en enero me operan de la mano y me dejan el dedo inhábil.

¿Cómo le explicarías a un joven que no es aficionado a los toros qué se siente toreando?

De momento mucho miedo, y el que diga lo contrario no es de aquí, es de otro planeta. Esa capacidad de autoconvencerte de que eres capaz, y que le pegas un lance y aquello pasa, la satisfacción que tienes por dominar a ese animal, que tu lo enganches y lo sueltes cuando quieras, creo que eso es lo bonito, dominar aquello. Creo que no se ha inventado aún la palabra para definirlo. Es algo tan grande, tan bonito, que aunque pasen cinco, diez o quince años tu siempre sigues recordando y el cuerpo te da esa sustancia que hace que lo sientas como el primer día.

¿Es adictivo el toreo?

Muy adictivo, y además de por vida. Cuando voy a Madrid y veo por la calle a Palomo Linares, con sus años ya, según se acerca, con su clase andando y su rectitud digo: este hombre es torero.

¿Crees que la Tauromaquia es un estilo de vida?

Sí, sin duda. Un señor que ha sido torero y se retira por lo que sea, lleva una vida muy taurina, muy ordenada, reposada. El que es torero lleva incrustada la cultura del toro, las expresiones, hace todo muy taurino. Se nota enseguida cuando uno es torero y cuando no lo es.

¿Qué es el miedo?

Es falta de confianza, por lo menos para mi. Ese apuro, esa vergüenza de pegar un petardo, de hacer el ridículo, de no estar como hay que estar en una plaza.

¿No hay un miedo físico al toro, a que te parta por la mitad de un derrote?

Hay un momento, pero cuando haces el paseíllo piensas más en el petardo. Hay momentos que sí y otros que no, pero la mayoría de los toreros tenemos más miedo al ridículo.

Cuando te cierran el toro, se te viene con 600 kg a 60 por hora con una furia desatada, se tiene que sentir también miedo físico.

Para eso está la preparación.

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Entonces tu no temes una cornada.

Cuando estás en el burladero hay momentos en que estás un poco asustado, le ves las hechuras, pero en lo que estás pensando es en sacar pases, y el miedo es a no poder solventarlo, más que a una cornada.

Resulta paradójico que el día de tu cumpleaños te llame Joxin Iriarte, te diga que toreas cinco meses después, sientes una alegría desbordante y ¿no sientes preocupación por la falta de rodaje?

Ese día no. De verdad. Al revés, una gran alegría, ni pregunté ni por la ganadería. Le llamé a Lucas Carrasco, me preguntó por el hierro y no puede recordarlo. Yo recuerdo la emoción de saber que estaba anunciado en una feria a la que quiere ir todo el mundo. Es una feria en la que haces un esfuerzo y te sirve, no como en otras en las que se olvidan los méritos rápidamente.

Una lástima el desenlace de Azpeitia, después de una excelente faena, al ir a cobrar la estocada el toro te prende por el chaleco, te zarandea y te arroja al albero conmocionado.

Sí, e iba en la ambulancia hacia San Sebastián y Joxin me decía “para el año que viene estás puesto”, e insistió “el año que viene terminas lo que hoy has empezado”, se te sale el pecho de satisfacción. Se me saltaban hasta las lágrimas.

¿Qué recuerdas de aquella tarde?

El primer toro de Víctor Puerto fue un saborío. Yo estaba un poco afligido, esa feria tan importante, la seriedad del público del norte, quieras o no ese público pesa. Pero luego se soltó el toro de Encabo, le hice un quite y pensé “esto es mío” Disfruté mucho con la gente pegando esos oles, el respeto del público, y la seriedad de esa plaza. Fue muy grande, muy bueno.

Fuiste responsabilizado, con un gran disposición y eso es muy importante.

Cuando una persona está confiada hasta los toros embisten mejor. Cuando un torero está cumbre no le salen los toros malos.

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¿Cómo defines tu toreo?

Me gusta enganchar adelante y soltar atrás, sin darle vueltas; me gusta el toreo para el toro. Me gusta enganchar, soltar y luego depende de cómo te sientas ese día. Creo que cada toro tiene su lidia y que el cuerpo tiene también sus días. Hay que sentir cómo viene la lidia.

Sebastián, ¿qué momento especialmente dulce recuerdas en tu carrera?

Mi debut con caballos en Sevilla, con una novillada de La Quinta, Talavante y Salvador Cortés en el cartel. El último toro lo disfruté mucho. Me dijeron Fernando Carrasco y Don Salvador “has perdido una finca” y “la primera vez que veo en Sevilla tocar la música con tres muletazos”. Aquel día fue redondo, el cartucho de pescado, el santacoloma se vino desde allí, todo perfecto, pero pinché mil veces y me quedé sin trofeos.

Lo estás sintiendo como si estuvieras allí.

Si, lo mismo que aquel día, es como si estuviera toreando ahora mismo.

Y qué momento delicado recuerdas.

Ha habido muchos, son tantos… Fuera del toro, cuando te reúnes con gente que te puede echar un cable no te ayuda, y dicen cosas que hieren. Esas son las peores cornadas, pero se curan en el campo y en la plaza. Esa es la penicilina del torero.

Y en la plaza.

El debut en Sevilla, tener el triunfo en la mano y no poder matar como es debido.

En un mismo instante las dos sensaciones.

Nunca lo olvidaré. Fue un día mágico en el que no pasé ni miedo. Salía todo, pero no tuve suerte con la espada.

¿A qué toreros admiras especialmente?

Muchos, Paco Camino, Pepín Martín Vázquez, Mondeño, Luis de Paulova, Luis Vilches… Este cuando torea no veas como los pega de largos. Los engancha adelante, los suelta atrás, te inspira, te emociona aunque toree poco.

Me hablas de toreos con pocas oportunidades.

Bueno Morante es un crack, Ponce, El Juli son catedráticos. Pero cuando vi de chico a Paulova y a Vilches en el campo, y a esos ganaderos locos pegando oles. Sólo lo he visto con esos dos, pegando votes y con piel de gallina. Sólo lo he sentido con esos dos.

Cómo es el toro de Santacoloma que tanto te gusta.

El problema es cuando te pega la mirada. Cuando te mira te dice, “ahí no estás en el sitio”. Cuando no estás colocado se te para y te mira. Y te pega una mirada que te descompone, se te hiela la sangre. Con dos ojos negros como el carbón. Y además te mira a la cara. En ese momento o te quitas o te quita él. Lo tienes que enganchar tu, no te deja que lo embobes. Hay que ganar cada pase, enganchar, muleta plana, templar, que salga la muleta por debajo e la pala. Y todo eso despacio.

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Eso si que es exigencia.

Sí. Pero después es un animal que obedece al toque y embiste muy despacio. Yo creo que es uno de los que más despacio embiste. Cuando embiste tan despacio tu cabeza puede ordenarse, correr la muleta, tocar, te deja reposar.

Pero es un encaste difícil, hay que poderle mucho.

Cuando sale el malo de Santacoloma es muy malo, pero el malo de Domecq también lo es. Y si sale un toro malo de Domecq es que estás matando una de Domecq, y eso se perdona poco. Si te sale uno de Santacoloma malo la gente perdona más.

Estás aún por confirmar pero has toreado tres novilladas en Las Ventas ¿cómo es esa plaza?

El respeto es fuerte y cuando cruje de olés no veas, aquello se cae. Es complicado, las novilladas son grandes y difíciles por sus encastes. Reconozco que en Madrid no he estado bien.

¿Cuál es el sueño taurino que más veces te asalta?

Siempre en una finca. Sueño con frecuencia con un encerrado, yo solo, toreando uno de Murube, un toro enorme, tipo Bohórquez. Hablo con el toro, él me dice por aquí, yo que por allá. Sin picadores ni banderilleros. Solos los dos. La sensación que tengo es que venimos los dos hablando y al llegar al cerrado yo lo toreo.

¿Cómo acaba el sueño?

Suena el despertador.

Faena larga entonces.

Por lo menos toreo soñando.

Sebastián, ¿cuál de los valores del torero admiras más?

El respeto. El respeto de siempre. Un chaval que empieza siempre trata a los mayores de usted. Los chavales en la tapia piden permiso por favor y tratan de usted a ganaderos y maestros. El respeto y admiración que hay en el toreo no los hay en otras profesiones.

Por encima del valor, de la constancia…

Sí, el respeto. Yo creo que una persona que va con respeto por la vida quiere aprender, se toma su profesión en serio. Sin duda el respeto.

Como ves el futuro de la fiesta.

La amenaza real no es la que está fuera, sino la de dentro. Debe abrirse el toreo, y dar oportunidades a los que vienen. El que lo está haciendo bien que siga, el que lo hace mal que se vaya, y eso sólo lo pueden hacer los taurinos. Hay plazas que van para arriba y se las quitan al empresario para dárselas a otro, por interés o amistad. Estos son los auténticos antitaurinos, lo demás es gente que chilla.

¿Ves riesgo de un movimiento social demoledor?

Es que esto ayuda. Si se hacen bien las cosas habrá toreo para muchos años, pero si se hace mal se está colaborando. Una tarde buena crea afición, una mala la quita. Si el toreo es estético cautiva, y si es flojo echa a los espectadores.

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¿Crees que estamos descastando demasiado el toro, que no emociona o emociona poco?

Se está poniendo el toro matemático, sinceramente. Te salen seis por la puerta y los seis son iguales. Yo creo que lo bonito es la variedad, uno cárdeno, uno jabonero, otro melocotón, no por los pelos sino por el comportamiento. Ahora va todo con la D, porque es lo que gusta a las figuras, pero entre medias habrá que meter otra cosa. Creo que el toro se mueve ahora más que antes. Ahí está lo de Victoriano del Río, que se mueve que no veas, y lo de Cebada que se mueve de siempre. Hubo una época en que el toro era un marmolillo y la gente pedía otra cosa. Yo creo en la variedad. Si todo evoluciona por qué no evoluciona el toreo.

Crees que toreros como El Pana pueden transmitir la sensación de que esto es fácil y cualquiera puede hacerlo.

No he visto a El Pana y me gustaría verlo, lo mismo que a Torres Jerez, muy amigo mío, toreros diferentes a los que el aficionado quiere ver. Pero el toro cuando coge coge a cualquiera.

El caso de El Soro es muy similar.

Ponerse delante de un toro con facultades muy mermadas es de un valor enorme. Habrá gente que lo vea de una manera y otra de otra. Yo admiro a El Soro desde pequeño y tiene una gran educación torera.

Sebastián, propón un cartel para tu confirmación en Madrid.

Corrida de Miguel Zaballos, saltillo de Salamanca, con Torres Jerez, que es amigo y le tengo ganas en la plaza. Somos amigos de categoría, pero en la plaza competimos. El otro sería Luis Vilches, pero como es tan buen torero me va a pegar un repaso. Que fueran los seis cárdenos y mejor dos de la Quinta, dos de Carrasco y dos los de Zaballos, para que al menos alguno embista. Interesa la variedad.

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¿Qué te dicen de tu mano los médicos?

Son secuelas irreversibles, de momento no tiene solución, cualquier intervención sería para empeorar. Me han dado la opción de cortar el dedo y recolocarlo, se quedaría más corto y sin movilidad, lo que no es tampoco remedio.

Un hombre que ha esperado cinco años puede con esto. Doy por hecho que te vamos a ver en plazas importantes.

Si esperé 5 años sin tener nada, ahora que tengo algo estoy seguro de que eso va a ayudar a la recuperación.

¿Cómo te entrenas?

Cuando termino de trabajar en la empresa familiar voy a correr, cojo los trastos con la derecha y poco a poco con la izquierda para no perder masa muscular. No puedo perder la forma, porque te operan y en un mes estás para torear. Espero que aparezca el mosntruo capaz con lograr esto.

¿Quieres añadir algo más?

Hacer llamamiento a que las ferias del norte y el sur de Francia, que son las más serias, den cancha a los toreros que están en paro y merecen oportunidades.

Me gustaría que constara otra cosa importante. Que ese hombre del norte cogiera más plazas, que no se quedara en Azpeitia, porque hacen falta muchos como él. Hay toreros excelentes que pueden desesperar si no les dan una oportunidad. Hacer falta señores como éste. Me dio una oportunidad después de cinco años parado gracias a que me recomendaron dos grandes ganaderos. Ya en 2004 las figuras toreaban en portátiles, quitando el puesto a los modestos que queremos hacer méritos para ir a Madrid no tenemos espacio. Deben dejar sitio para los demás.

Gracias por tu amabilidad, maestro. Te deseamos muchos triunfos porque tu toreo, tu entrega y tu confianza lo merecen, y el valor de la confianza suele ser exactamente el éxito. Estamos convencidos de que te veremos torear en las plazas importantes y además con trofeos en las manos.

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