Arte e industria.

Un instante antes de que el presidente ordenara la comparecencia del primer toro sobre el albero Azpeitiarra, pudo observarse en el callejón del coqueto coso guipuzcoano  una imagen insólita en la moderna Tauromaquia. Codo con codo compartían los agónicos momentos que anteceden a la lidia los diestros Alberto Aguilar y Saúl Jiménez Fortes, pudiéndose comprobar que el segundo supera en estatura al primero en no menos de veinte centímetros. Un espectador conspicuo en historia bíblica musitaba para sí “David y Goliat” al tiempo que se acariciaba el mentón en actitud evaluativa de lo que podía esperarse de semejante competencia. Ninguno de los presentes sospechábamos en ese momento que la distancia entre uno y otro actuante iba a ser más sutil pero más contundente, la misma que existe entre el arte y la industria.

Lo que sucedió fue que el pequeño Alberto Aguilar dio una lección de torería con su encastado primero, pisando terrenos comprometidos, corriendo la mano sin ambages, cruzándose al pitón contrario cada vez que era posible, colocándose siempre en el lugar adecuado para ligar series imposibles, haciendo volar las telas con delicada templanza y entrando a matar con tal verdad que el ciclópeo toro a punto estuvo de prenderlo por la pechera, ganado con toda justicia una oreja y el reconocimiento del público de esta feria singular.

También ocurrió que el gigante Saúl Jiménez Fortes deambuló toda la tarde por el diminuto ruedo ceniciento produciendo tal cantidad de pases que parecía que la factoría siderúrgica anexa había conectado sus máquinas para seriar pases en redondo, martinetes y circulares, como si los fuera a almacenar para suministrar el resto del año a sus mercados nacionales e internacionales. Cuando los stocks de producto taurino estuvieron suficientemente abastecidos, Saúl Jiménez Fortes decidió acometer la empresa más audaz: matar al noble toro de Pedraza de Yeltes que no tenía ninguna responsabilidad en este repentino rebrote industrial, y ahí fue cuando el gigante se empequeñeció hasta la irrelevancia. Dejó una estocada tendida y desprendida, atacó con el descabello sin convicción hasta que el palco, en ejercicio de las funciones que preceptúa el reglamento, le envió tres avisos sucesivos y el productor seriado abandonó el ruedo con la misma expresión en el rostro que un operario metalúrgico al escuchar la sirena que da por finalizado su turno.

Reseña:

Azpeitia, 2 de agosto de 2014, casi lleno en tarde plomiza y lluviosa.

Toros de Pedraza de Yeltes, con romana y edad, fuertes, nobles  y encastados. El quinto fue premiado con la vuelta al ruedo.

Alberto Aguilar: Oreja y ovación tras aviso.

Juan del Álamo: Ovación y oreja.

Jiménez Fortes: Silencio y bronca tras tres avisos.

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