Museo de la Plaza de Pamplona, una experiencia en todos los sentidos

El nuevo Museo de la Plaza de Toros de Pamplona se revela como un modo de mostrar la Tauromaquia moderno, tecnológico y multisensorial. Su original concepto permite a muchos descubrir los arcanos del toreo, y convertir la visita en una experiencia transformadora.

La Casa de Misericordia ha invertido más de 200.000 euros en un proyecto concebido por el reconocido arquitecto y miembro de la Junta Fernando Redón, lamentablemente fallecido antes de ver su obra acabada, que logra emocionar a los visitantes, y convertirse en una vivencia memorable.

Museo Taurino Plaza Pamplona

El museo, lejos del modelo tradicional que exhibe cabezas de toros, estoques y añejos trajes de luces, acerca al visitante de forma tangible a las diversas Tauromaquias, dentro de un espacio mágico, como es la plaza pamplonesa, que es otra de las protagonistas de la visita. Proyectada en 1920 por Francisco Urcola según idea original de Joselito, es construida en estilo neoclásico, con puros elementos jónicos y dóricos, e inaugurada en 1922 con gran éxito. En 1966 es remodelada por Rafael Moneo, ampliando su aforo hasta las casi 20.000 localidades, siendo el mayor coso de España, tras la Monumental de Las Ventas de Madrid.

Recorrer La Estafeta, doblar la curva de Telefónica, bajar la rampa de acceso a la plaza y encontrarse los portones abiertos es lo más parecido a correr un encierro sin toros. Una vez bajo tendido, justo en el estrecho pasillo que conduce al ruedo, se proyecta un audiovisual sobre las tres paredes del recinto que reproduce con asombroso realismo las carreras que llevan a los corredores hasta este punto, para muchos angustioso. La recreación es espectacular, con tres proyectores simultáneos que dotan a las escenas de gran crudeza, realzado por un sonido envolvente, elaborado a partir de cientos de registros obtenidos en el transcurso de los encierros pamploneses, que mezcla gritos de sorpresa, alegría, admiración y pavor.

Con el pulso aún acelerado por la proyección, los visitantes acompañados por un monitor, cruzan el ruedo pisando el mítico albero, o bien ganan la puerta de los corrales recorriendo el callejón. Pueden palparse los tableros de madera grana y las troneras en las que los dobladores se resguardan en el estertor del encierro, y observar las astillas de los burladeros provocadas por los derrotes del toro.

Museo Taurino Plaza Pamplona

La visita a los corrales, tantas veces mostrados por televisión, descubre una nueva dimensión del espacio en el que los toros serán sorteados y enchiquerados, y muestra a través de visores, la recreación tridimensional de las estancias de los bravos en este lugar.

El recorrido continúa por las cuadras, habilitadas con elementos abatibles para mostrar dos nuevos audiovisuales.

El primero versa de manera didáctica sobre la vida del toro en el campo y su crianza, y ha sido grabado en las fincas de Miura, Jandilla y El Parralejo, divisas asiduas a la Feria del Toro.

Museo Taurino Plaza Pamplona

El segundo se muestra en una cuadra contigua aún mayor, provista de los comederos y las barras separadoras de los espacios para los caballos de picar, y alberga en su parte posterior la naturalización del toro Coquinero de Jandilla, lidiado en esta misma plaza. La proyección simultánea de imágenes en diez pantallas de diversos tamaños se centra en el perfil de la plaza Monumental, los preparativos para la corrida, los tercios de la lidia y sus protagonistas. De nuevo el sonido asume un papel sustantivo e intensifica la espectacularidad de las imágenes. El visitante tiene también la ocasión de disfrutar de catorce columnas de fotografías luminosas que glosan la historia de la plaza, así como de un plano que reproduce en recorrido del encierro que muestra el sentido de avance de la manada en tiempo real, ilustrado con imágenes históricas de cada tramo. Junto a la salida del recito existen pantallas que reproducen carteles anunciadores de la “Feria del Toro” y de las “Fiestas y Ferias de San Fermín” que abarcan un siglo de historia viva del toreo en Pamplona, muchos de los cuales son litografías magistrales.

Museo Taurino Plaza Pamplona

La visita incluye la posibilidad de observar dos de los lugares sagrados del coso: la sala de toreros y la capilla, espacios mágicos y venerables, cuyas paredes son testigos cada año de escenas de gran concentración y enorme carga emocional. Cientos de toreros, entre ellos todas las figuras, se han conjurado aquí con la vida, y han tenido meditaciones trascendentes, cada uno según su propio credo. Conmueve pensar en cuáles habrán sido los últimos pensamientos que habrán merodeado por la mente de Belmonte, Manolete, Ordóñez, Bienvenida, Paquirri, Manzanares, El Yiyo, José Tomás, Enrique Ponce, Padilla, El Juli o Morante de la Puebla antes de pisar el albero.

Quien crea que ya lo ha visto todo encontrará aún una sorpresa más. El visitante puede acercase a la puerta de chiqueros, tomar un capote profesional, sentir su peso y firmeza, acariciar su recio percal, dibujar lances en el aire y acercarse a la imponente silueta de un toro de Miura, disecado de cuerpo entero, que emerge de la tiniebla de toriles para dar lidia.

Mariano Pascal, miembro de la Junta de la Casa de Misericordia, organismo benéfico organizador de la Feria, recibe a Toro Cultura a las puertas de la Plaza y, además de acompañarnos amablemente en la visita, nos facilita otros datos de gran interés para los aficionados: “El perfil de los visitantes es mayoritariamente internacional, ya que un 70% proceden del extranjero, siendo los más numerosos los franceses, alemanes y holandeses. También existe ya una experiencia con turistas chinos y japoneses, que entienden perfectamente la muestra y quedan gratamente sorprendidos. El museo emplea en este momento a cinco personas que atienden a cerca de doscientas personas al día”

Museo Taurino Plaza Pamplona

La Casa de Misericordia es ambiciosa, y tiene como objetivo conseguir “60.000 visitas anuales, tantas como la catedral de Pamplona, referencia turístico local”

El museo es un organismo vivo, en continuo cambio evolutivo, pues pese a que lleva sólo un mes abierto, ya existe un concurso de ideas para ampliarlo y perfeccionarlo.

“El objetivo -continúa Pascal- es mantener el coso activo todo el año, acercar la Feria del Toro a los aficionados de todo el mundo, y difundir la Fiesta entre los miles de visitantes que anualmente se dan cita en la capital navarra”.

El horario de visita comienza a las 10:30 y continúa de forma ininterrumpida hasta las 19:30. El precio de la entrada es de cinco euros, si bien existen descuentos para grupos, menores y otros colectivos.

Esta experiencia demuestra que la dimensión cultural de la Tauromaquia interesa en todo el mundo, y que cuando se pone en marcha un proyecto ambicioso y bien concebido, es además rentable.

 

 

Javier Bustamante

Para Toro Cultura

 

 

Las claves del Éxito de Azpeitia, la feria diferente.

En un tiempo en que se prohíben ferias, se cierran plazas, se acosa a los aficionados, y se asiste pasivamente a la agonía de cosos centenarios, la Feria de Azpeitia ha celebrado un ejercicio más, disfrutando del narcótico aroma del éxito.

Azpeitia Toro Cultura

El valor de cuanto se dice es enorme, ya que además se desarrolla en una situación especialmente desfavorable, como demuestran los siguientes datos objetivos: tiene lugar en una población de 14.000 habitantes, gobernada por una coalición radical de corte antitaurino, sin figuras en el cartel, en una plaza de no más de 3.500 asientos, con un presupuesto muy limitado, sin apoyos mediáticos de envergadura, ni, por supuesto, subvenciones públicas.

Analizar la situación y explicitar las causas de este extraño éxito es un ejercicio saludable, por cuanto que otras Ferias bien podrían obtener valiosas conclusiones que pueden mejorar su futuro.

Primero: La cultura como elemento vertebrador.

Hace siglos, tal vez milenios que Azpeitia tiene su propio modo de vivir la Tauromaquia. El carácter de sus gentes, lo abrupto del paisaje, su estilo de vida ancestral componen su idiosincrasia, hasta el punto que puede hablarse de un modo de vivir la fiesta específico y diferenciado de otras tierras. Allá el arrojo y el esfuerzo son valores superiores a la inspiración y la pinturería. Allá se va a la plaza sin saber bien quién torea, y no es extraño que en el ecuador de la corrida un espectador pregunte quién es el de grana y oro. Allá se celebran festejos populares como la sokamuturra, los encierros y las vaquillas para los más pequeños, como garantía de continuidad cultural. Allá se vive el toro como algo natural, ceremonial y festivo al alcance de todos.

Azpeitia ha perpetuado la bella tradición de interpretar, a la muerte del tercer toro, el zortziko de Aldalur, música fúnebre en honor al banderillero muerto lustros atrás. Solemne acto en el que los toreros permanecen inmóviles y toda la concurrencia escucha de pie y en silencio los acorde tristes que ataca la banda. Es uno de esos momentos mágicos, mitad recuerdo y mitad promesa, en los que sólo cabe la emoción.

Las raíces culturales de la Tauromaquia en Azpeitia son profundas, se han preservado a lo largo de los años, y son compartidas por sus gentes, sin diferencias por edad, credo o estatus económico.

Segundo: la apuesta por un modelo diferenciador.

La normalidad es una nulidad y por eso es necesario ofrecer al cliente algo distinto, con señas de identidad propias, que facilite la diferenciación. Además es preciso apostar por este modelo con convicción y en el largo plazo. La Feria de Azpeitia ha cincelado un nuevo paradigma, basado en el rigor, alejado del modelo seriado con nombres de abolengo, para los que comparecer sobre el albero azpeitiarra no representaría reto alguno. La cartelería de los últimos años anuncia divisas como Palha, Adolfo Martín, José Escolar, Valdellán, Ana Romero, Pedraza de Yeltes y nombres como Sergio Serrano, Alberto Aguilar, Paulita, Miguel Ángel Delgado, Morenito de Aranda, Javier Castaño, Manuel Escribano, Juan del Álamo, Sánchez Mora, Pérez Mota. Hay que remontarse en el tiempo para encontrar toreros como El Cid o José María Manzanares, diestros con indudables méritos, pero, en muchas tardes, menor disposición que los citados. La transición hacia este nuevo modelo fue larga y complicada, con temporadas en las que se rayaron las pérdidas, si bien la fe inquebrantable de la Comisión Taurina ha hecho posible el actual estatus de Feria señera.

Azpeitia Toro Cultura

Tercero: El toro como piedra angular de la Fiesta.

La selección del toro en Azpeitia es rigurosa. El presidente de la Comisión hace cabal seguimiento de las divisas de mayor solera, recibe vídeos y fotografías, dialoga con ganaderos, escruta genealogías, y elige las tres que mejor se adaptan a la cultura de la plaza. Una vez seleccionadas viaja a la dehesa al menos tres veces, una en diciembre, otra en abril y una más en julio para supervisar las labores de embarque, no vaya a ocurrir que suban al camión toros no reseñados.

En Azpeitia primero se compran las corridas y después se habla con los toreros que estén dispuestos a matarlas. No hay veedores, y si los hay lo hacen a título meramente informativo, pues la Comisión jamás permite injerencias en este terreno.

Días antes del inicio de la Feria, la Comisión, orgullosa de su trabajo, desencajona las corridas en un acto público al que asisten multitud de aficionados, y también de no aficionados, para los que la efigie del toro es un símbolo sagrado. Claro indicio de transparencia, pues el público pude comprobar el trapío de los toros antes de retirar sus entradas, aún a riesgo de lesiones o inutilización de los pitones.

La presentación de las reses es impecable. Trapío, romana y casta es la trilogía que mejor define al toro de Azpeitia que, con frecuencia, no tiene nada que envidiar al de Pamplona e incluso al de Madrid. Se consagra la variedad de encastes como un valor, hasta el límite de conseguir anunciar en tres tardes tres hierros de tres encastes diferentes.

Los toros saltan a albero liberados de crotales, identificativo poco digno de un instante trascendente, limpios de capas, siempre en tipo de su encaste, lustrosos, enseñoreando su figura por el diminuto ruedo, con frecuencia causando admiración en los tendidos y arrancando ovaciones de salida.

Azpeitia Toro Cultura

Cuarto: Los toreros no seriados.

Llegarse a Azpeitia, alojarse en sencillos hoteles, respirar el aire fresco y húmedo de agosto, pasar inadvertido para la inmensa mayoría de la gente, mezclarse con personas de diversa condición, pisar el modesto patio de cuadrillas, mirar al tendido y divisar en la lejanía las cumbres de Izarraitz es, para un torero, una experiencia reparadora. Saber qué tipo de toro espera en los chiqueros quebranta el ánimo, mas quienes pisan el albero de este coso saben que repetirán si triunfan, y que la indolencia será castigada con el ostracismo. Torear en Azpeitia es perder la noción del calendario e ignorar cuando se volverá a vestir de luces.

Anunciarse en la Feria de San Ignacio es un honor, y al mismo tiempo una oportunidad de demostrar que se está en disposición de lidiar en cualquier rincón del orbe taurino.

Quinto: El modelo de gestión no mercantilista.

La Comisión Taurina, integrada por cuatro miembros aficionados, suscribe con el Ayuntamiento año a año el contrato más absurdo de la historia, pues trabajan gratis, asumen las eventuales pérdidas que podrían alcanzar un cuarto de millón de euros y, si existe beneficio, se destina a una causa justa y altruista. Es un juego inexplicable por la razón que se justifica por su pasión taurina y su compromiso con el pueblo, su cultura y sus tradiciones.

Se trabaja con intensidad para la afición, sin otro objetivo que su satisfacción y su fidelización. No hay exclusivas, no existe otra meta que el compromiso, no hay contratos blindados, y todos los miembros de la Comisión ponen sus cargos a disposición del Ayuntamiento cada vez que se hace balance del serial.

Azpeitia Toro Cultura

Sexto: Los pequeños detalles que engrandecen el rito.

El coso presenta siempre un aspecto impoluto, barreras gritando en grana y tendidos luciendo en blanco, corrales operativos, puertas y cerrojos engrasados. La diminuta sala de toreros, que hace las veces de punto de oración, exhala pulcritud desde una sencillez que sobrecoge.

La Comisión elige el diseño del cartel anunciador tras concurso, lo imprime con primor, presenta combinaciones en acto solemne, y despierta, antes de que el primer toro hoye el albero, la admiración del planeta taurino.

Recluta areneros, monosabios y porteros, les inculca el valor del servicio, les suministra indumentarias adecuadas que lucen con orgullo por formar parte del círculo de iniciados.

Selecciona la cuadra de caballos sin reparar en gastos que ciñen petos impolutos, y realizan la suerte con agilidad y espectacularidad, sensibles a las órdenes el torero.

Contrata la banda de música del pueblo, de acreditada solvencia y amplio repertorio, que lanza al aire las notas solemnes del pasodoble, e interpreta solos que provocan la ovación del público.

La Tauromaquia en Azpeitia alcanza registros difíciles de observar en otros lugares, y da la sensación de que todos los actores involucrados en esta bella obra acuden al escenario conjurados en servir al arte, más que en servirse de él.

 

 

Eibar: enclave estratégico y reducto romántico.

Acceder al centro de Eibar exige atravesar polígonos industriales, algunos vetustos, jalonados por pabellones en desuso; cruzar calles ruidosas, largas y estrechas pobladas por esbeltos edificios; encarar cuestas empinadas y renunciar a ver el sol poco más que unas horas al día, pues las montañas que rodean al valle son altas y escarpadas. Eso si el día no es brumoso como corresponde a su clima cantábrico.

Sin embargo la Tauromaquia se asienta muy pronto y con fuerte arraigo en este entorno agreste. Es en el siglo XII, concretamente en 1162, año en el que el rey Sancho VI El Sabio, para festejar la reconciliación con un viejo enemigo, manda capturar y lidiar tres toros de los que habitan las montañas cercanas al solar de Irure. Tras el festejo ofrece la carne a los perros, quienes comen con tal ansiedad que mueren al instante. Desde esa fecha el blasón de esta estirpe se forma con tres cabezas de toro y otras tantas de perro, y es, a decir de los eibarreses, el origen absoluto del toreo.

Desde esa fecha hasta 2009 trascurren más de ocho siglos de diversas Tauromaquias, todas ellas vividas con pasión por decenas de generaciones que encuentran en el toreo un referente festivo y cultural perfectamente engarzado en su idiosincrasia.

Plaza de toros de Eibar.

La fecha crítica es el 17 de mayo de 2009, día en que alternan toreros de la talla de Paco Ojeda, Espartaco, Litri, Ortega Cano y Niño de la Capea en lo que se denominó después “la última corrida” de la historia en Eibar.

Sin embargo algunos hombres buenos no tenían los mismos planes, y en 2014, contra todo pronóstico, se reinaugura el coso, asumiendo el promotor grandes dificultades y realizando un generoso esfuerzo para recuperar una plaza emblemática y estratégica. Un canto a la libertad cultural en un entorno especialmente hostil. Un gesto encomiable de rebeldía cívica que el tiempo pondrá en su lugar.

Comprender el presente y prever el futuro de la Fiesta en la ciudad armera exige entender el contexto en el que se desarrolla la Tauromaquia, tomar su débil pulso y conocer a las personas que están haciendo posible la inesperada resurrección de una plaza centenaria.

La plaza de Eibar puede ser el paradigma de la reactivación de la Fiesta en otros muchos lugares del universo taurino.

 

Unas instituciones beligerantes con la Fiesta.

La alternancia política ha hecho de Gipuzkoa un territorio complicado para el desarrollo del arte de torear. Bildu, coalición radical independentista, se ha opuesto e incluso ha prohibido el toreo en San Sebastián y Tolosa, y lo ha tolerado en Azpeitia, bastión del toro bravo.

Canales Rivera en Eibar.

El Partido Nacionalista Vasco, El Partido Socialista y el Partido Popular apoyan con diverso grado de intensidad la celebración de corridas de toros, si bien no las impulsan, y en muchos casos las condenan a la indiferencia e incluso a una suerte de clandestinidad social, pues para muchos es un desdoro disfrutar con la cultura del toreo, y los festejos que se celebran son observados desde la distancia, cuando no criticados de forma velada.

La fuerza emergente Podemos es abiertamente contraria al toreo y ha programado su prohibición en los lugares en los que gobierna, prohibición que está comenzando a hacer efectiva en varios lugares de España. Su perfil populista se sirve de cualquier estímulo que parezca revolucionario o transgresor para alentar a los diversos segmentos del electorado que le prestan su voto. El toreo, que es para muchos supuestos progresistas una reminiscencia del feudalismo social y del autoritarismo político, se emplea como señuelo para demostrar que impulsan un cambio social de gran calado.

Eneko Andueza, concejal socialista y escritor taurino.

Eibar es una población de tradición republicana en la que el Partido Socialista obtiene históricamente buenos resultados electorales y, en la actualidad, ostenta la alcaldía. Uno de sus concejales y teniente de alcalde, Eneko Andueza, es un gran aficionado a la Fiesta, escritor taurino y activo partícipe en las redes sociales. Su postura explícita y firme a favor de la Tauromaquia ha facilitado la recuperación de los festivales taurinos y ha contribuido a devolver vida al coso. En la actualidad impulsa un manifiesto a favor de la Tauromaquia que pretende sentar postura y conseguir la adhesión de fuerzas vivas del partido, como diputados, senadores y presidentes de Comunidades Autónomas. Estas iniciativas son siempre de agradecer, si bien el principal beneficio que pueden causar a la Fiesta es excluirla del debate político, puesto que no es patrimonio de ningún partido o tendencia, si no de todo aquel que sienta una emoción indescriptible al ver pasar a un toro cerca del cuerpo de un torero.

 

Activismo antitaurino violento tolerado por los poderes públicos.

Las diversas policías, dirigidas por el gobierno correspondiente, permiten manifestaciones contrarias a la Tauromaquia a pocos metros de las plazas de toros, en las que un puñado de individuos armados de potentes megáfonos, que nada saben del toreo, insultan gravemente a los aficionados, desean la muerte a los toreros, prescriben la autoinmolación del público y se mofan de manera gruesa de los protagonistas del espectáculo.

Plaza de toros de Eibar.

En Eibar puede verse a este colectivo que se desplaza por toda la geografía vasca ejerciendo la provocación, a no más de diez metros de la plaza, cerca de las taquillas junto a un lugar de paso obligado de los espectadores. Ninguno se vuelve, nadie responde al insulto ni se queja de la contaminación acústica. Una vez que empieza el festejo continúan con su agresión verbal, que se escucha con nitidez desde los tendidos, y no cesa hasta una hora después de su inicio. Si el más elemental sentido del respeto a la pluralidad cultural no lo remedia, asistir a los toros en una plaza así va a convertirse en un acto tan incómodo como comprometido, e incluso arriesgado, pues la inquina que se adivina en los rostros de la docena y media de agresores es una promesa clara de violencia gratuita.

 

El empresario romántico.

Óscar López, matador vizcaíno.

Luis Mari López es un industrial de la vecina localidad de Ermua que ha consagrado su vida al toreo. Tras treinta años organizando la feria taurina de su localidad natal, empleando una modesta plaza portátil para dar festejos mayores, acomete, a la edad a la que muchos se jubilan, una aventura aún más audaz: recuperar de sus cenizas la histórica plaza de Eibar.

Su pasión por la fiesta le llevó a conseguir que su hijo Óscar tomara la alternativa el día de Santiago de 1998 y asegura que si su nieto tiene vocación no le temblará la mano para facilitarle oportunidades. Él sabe de lo que habla y de las dificultades que tiene un niño para ser torero en esta tierra. Tal vez por eso invite a novilleros a participar en sus plazas sin que, a diferencia de otras ferias, tengan que pagar por torear. Cuestión de estilo.

Luis Mari López, empresario taurino.

El peso de las pérdidas acumuladas en sus últimos años de gestión en su pueblo no puede tanto como su corazón torero y su generosidad con todos los estamentos de la fiesta, especialmente con la afición y con los toreros modestos.

Luis Mari López compra novillos, contrata a tres espadas, nueve auxiliadores, dos taquilleros, tres mulilleros, dos areneros, un administrador y un seguro por si se produce la suspensión. Imprime carteles, contrata el transporte de las reses, paga tasas, emplea los servicios veterinarios, restaura lo más necesario de la plaza, viaja, habla por teléfono, atiende a la prensa y homenajea a sus amigos. Tanto esfuerzo para conseguir poco más de quinientos asistentes al festejo.

Luis Mari López asegura que su objetivo es “recuperar la fiesta en Eibar” y sueña con un cartel compuesto por Enrique Ponce, Alejandro Talavante y Miguel Ángel Perera. Conociendo a la persona caben pocas dudas de que el pequeño ruedo de la Plaza Untzaga será testigo, más pronto que tarde, del arte de estos tres lidiadores.

 

Una plaza cercana al abandono.

El actual coso fue construido en 1903, y remodelado en 1959 para mejorar la comodidad y aumentar el aforo hasta 3.300 espectadores, si bien en la actualidad, los planes de evacuación impuestos por el Ayuntamiento limitan a menos de 2.000 el número de espectadores que pueden darse cita en los tendidos.

Plaza de toros de Eibar.

Es una plaza de tal austeridad constructiva que por fuera no parece un coso, y por dentro exhibe materiales modestos que la hacen impersonal e incómoda.

A lo largo de su historia han hollado su albero grandes toreros del siglo XX y XXI, como Cocherito de Bilbao, Machaquito, Rodolfo Gaona, Manolete, Pepe Luis Vázquez, Pepe Luis Vargas, Curro Romero, Rafael de Paula, Curro Vázquez, César Rincón, Julio Aparicio, Finito de Córdoba, Ortega Cano, Javier Conde, Canales Rivera, Julio Benítez y Cayetano Rivera Ordóñez. Junto a ellos han alternado valerosos diestros locales, como Pedrucho, titular de la peña taurina de Eibar, Iluminadito, Armerito y el mismísimo Ignacio Zuloaga, apodado El Pintor, referente sustancial del toreo vasco.

Los ecos de las tardes de gloria se han desvanecido y los corredores descubiertos que conducen a los tendidos muestran las huellas del paso del tiempo en silencio, en un silencio tal vez reverente y doliente que duró un largo lustro.

Pasillo descubierto de la plaza de toros de Eibar.

Esta modesta plaza estuvo condenada a muerte en 2009, si bien las dificultades económicas para erigir en su espacio una infraestrutura multiusos parecen ser las salvadoras del coso centenario.

Desde ese año hasta el pasado 2014 en que el actual empresario retoma la actividad taurina con un festival, el coso permaneció inactivo, criando hierba en el ruedo, pudriendo el olivo y agrietando lentamente sus viejos tendidos.

 

La afición adormecida.

El eibarrés es hombre de mirada viva, juicio rápido, cuerpo fuerte cuando no orondo, manos poderosas y palabra firme. Es persona abierta, inquieta, generosa y emprendedora, que confía en sus posibilidades y acomete proyectos con absoluta naturalidad. La prosperidad que durante decenios distinguió a esta tierra tiene su fundamento en la singular determinación de su gente para organizar y actuar, de modo que no sorprende que cuente con un colectivo de aficionados capaces de disfrutar alrededor de la cultura del toreo.

La Peña Taurina Pedrucho de Eibar, homenajea al más célebre de los toreros de la ciudad, nacido en 1893 y doctorado en San Sebastián treinta años después. Sus actuaciones se desarrollan en España y América, además de en otros lugares más exóticos, como Roma, Budapest, Cagliari, Hungría y Egipto. No alcanzó el estatus de figura si bien se le reconoce su entrega, su valor sereno y su conocimiento del oficio, lo que facilitó su acceso a la dirección de la escuela de tauromaquia de Barcelona, ciudad en la que murió en 1973

Público en la plaza de Eibar.

Esta entidad data de 1948 y estuvo presidida entre 2007 y 2011 por Jaime López de Guereñu, director comercial de una importante empresa de la zona, dirigente del PNV local, y gran aficionado, que no escatima esfuerzos en la promoción de la fiesta. Su iniciativa dinamizó  la peña hasta el punto de organizar actividades culturales muy diversas, siempre relacionadas con el toro y la lidia, aumentando la masa social de manera notable.

La Peña Pedrucho tiene su sede en el Arkupe, un reconocido bar de la plaza Untzaga frecuentado por todo tipo de público, en el que las tertulias taurinas aún pueden escucharse. La Pedrucho, que absorbió en 1994 a la Peña Taurina Eibarresa, es el garante de la cultura del toro en la ciudad armera y la encargada de mantener vivo el pulso de la afición aún en los largos meses de invierno.

Jaime López de Guereñu con Canales Rivera.

Una apuesta de futuro.

Cada plaza que se cierra es una grave derrota para el toreo. Cada plaza que se recupera es un acto sublime de libertad y de compromiso con la pluralidad.

Tal vez dentro de un siglo, cuando se estudie este periodo tan convulso para la Tauromaquia, los nombres de Luis Mari López, Jaime López de Guereñu y Eneko Andueza figuren ya grabados en el libro de la historia como el eslabón necesario para perpetuar un tradición de mil años.

Sin embargo las circunstancias que rodean a la tauromaquia en la Eibar son poco favorables. Una afición adormecida por años de inactividad del coso; unos poderes públicos que, o bien no colaboran o están directamente en contra; una plaza al borde del abandono con estructuras muy precarias; y una opinión pública manipulada por concentraciones de antitaurinos que, en número de diecisiete, se colocan a la puerta de la plaza con la anuencia de la autoridad, gritan con potente megafonía, insultan y tratan de intimidar a los asistentes a los festejos.

En un entorno así cuesta creer que exista un empresario taurino romántico y, junto a él, una afición selecta, generosa y entregada. Tienen todo nuestro apoyo, como deberían tener también el apoyo de todo el orbe taurino. El caso de Eibar es el paradigma de la recuperación del derecho a la libertad cultural. Hay esperanza porque hay pasión, capacidad de trabajo y talento.

Larga vida a la cultura del toreo en Eibar.

Luis Mari López, empresario, con los toreros.

 

El sorteo de los toros, primer acto de la liturgia.

El ritual taurino comienza al mediodía, cuando el sol alcanza su cénit y las luces son más claras. En ese momento, cuando aún no existen las sombras, se reúnen en los corrales de la plaza los protagonistas del festejo junto con la autoridad, encarnada por un delegado gubernativo, para invocar a la suerte.

El carácter supersticioso de algunos toreros e incluso su concepción determinista de la vida y la lidia, convierten a este acto solemne en un rito de gran trascendencia, hasta el punto de enviar embajadores de plena confianza y, una vez celebrado, solicitar informes precisos de cuanto haya podido vivirse, si bien nunca están presentes, para conjurar el mal fario._DSC0541 copia

No siempre fue así, pues hasta 1896 el ganadero determinaba el orden en que se jugaban los toros, atendiendo a su interés, reservando para el final las mejores reses al objeto de generar una buena impresión en los aficionados y a mantener el interés del público hasta el último momento del festejo. De ese tiempo data la expresión “no hay quinto malo” para significar que el criador reservaba para ese turno el toro de mejores expectativas para la lidia. Si embargo muchos ganaderos eran acusados de favorecer a los toreros más poderosos, los que podían exigir, destinando para ellos los toros de mejor nota. Fue el torero guipuzcoano Luis Mazzantini el pionero en exigir por contrato la asignación del orden de lidia por sorteo, harto de que la gran figura del momento, Guerrita, fuera sistemáticamente favorecido por los criadores.

A partir de ese momento es el azar el que determina el destino de los hombres de luces, establecido ya como precepto en los reglamentos taurinos de todo el mundo.

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Ganadero o mayoral, matadores, habitualmente representados por banderilleros de confianza, gerente de la empresa organizadora, apoderados y algún periodista reconocido forman un grave conciliábulo pródigo en gestos serios y palabras a media voz. Estos hombres, las más de las veces frunciendo el ceño, observan quedos los siete u ocho toros enviados desde la dehesa, que previamente han superado el reconocimiento veterinario y son considerados aptos para la lidia.

La mirada experta de los banderilleros escruta astas, culatas, cuellos, morrillos, extremidades y proporciones, así como el fenotipo general del toro, especulando con su similitud al llamado “toro tipo”, es decir, aquel cuyo perfil es el clásico del encaste al que pertenece, promesa tácita de comportamiento ejemplar.

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Estudian la geneaología de cada res, asistidos con frecuencia por el mayoral e indagan en su recuerdo el comportamiento de sus ancestros, tomando en consideración la familia a la que pertenecen, el semental que padreó y la vaca que engendró y crió a cada uno.

Cada detalle narrado por el mayoral, por nimio que pueda parecer, es tenido por cuestión mayor, mientras éste desgrana livianas reflexiones sobre el comportamiento del toro y su biografía.

Los subalternos mueven con pequeños cites a los toros en el corral, constatando su viveza, prontitud, gestualidad en la acometida y actitud en el grupo, pues no todos los toros tienen el mismo comportamiento ni la misma condición.

Un toro sereno, atento que coma y beba con naturalidad es un animal seguro de sus fuerzas, descansado y apto para el combate. Si además su aspecto se parece al perfil clásico de la casa se dirá que “está en tipo” y eso cotiza en el mercado de los sorteos taurinos.

Tras densos minutos de observación, reflexión y debate ya tienen los banderilleros una previsión clara de lo que puede esperarse de cada res, y de manera consensuada, eligen seis de los toros enviados, dejando al resto como sobreros. El criterio que emplean es el de la igualdad, es decir, que los toros seleccionados tengan similar trapío, relegando a la suplencia a aquellos que desentonen con la línea media del encierro.

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El siguiente paso es más complejo, por cuanto se procede a enlotar, esto es, a emparejar los toros en tres pares de modo que se respete el equilibrio, de forma que el toro más fuerte será enlotado con el más débil y el mejor hecho con el de peor aspecto, logrando así un reparto equitativo de las opciones de lucimiento y de los riesgos propios de la lidia.

Una vez que existe consenso sobre los lotes, el representante del matador que encabeza el cartel toma tres hojas de papel de fumar y escribe con parsimonia sobre cada uno los números que luce en el costillar el lote correspondiente.

Otro banderillero procede a doblar con mesura y precisión los papeles hasta conseguir una bola perfecta, sin aristas ni indicios que permitan la identificación del lote que contiene.

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El mayoral ofrece su sombrero en cuya copa se depositan las tres bolas, se tapa con el cartel de la corrida o una carpeta, se agita y, sin mirar, los representantes de las cuadrillas van extrayendo por orden de antigüedad las bolas en cuyo vientre está tatuada la suerte.

Las expresiones suelen ser discretas y graves, si bien siempre hay un subalterno que traga saliva maldiciendo el día en que Mazzantini instituyó el sorteo, pues la han correspondido a su matador los toros más aviesos del encierro.

Tras un nuevo vistazo a los toros, los miembros de las cuadrillas deciden el orden en que van a jugarse, habitualmente el más bonito por delante, salvo en el caso del primer matador, pues no es común que rompa plaza un toro chico, ya que el público está aún acomodándose y tomado contacto con el espectáculo.

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Algunos subalternos descubren en este instante matices que habían pasado por alto, finura exagerada en los pitones, culata demasiado musculada, mirada amenazante, y convienen que el lote es más agresivo de lo que en principio parecía. Sin embargo la suerte está ya echada y la ceremonia no admite rectificaciones.

Tras esta nueva evaluación comunican al delegado de la autoridad el orden de lidia para poder enchiquerar las reses, esto es, disponerlas en corrales individuales en los que descansarán hasta el momento en que salten a la arena para confirmar o desmentir la cábala de los banderilleros.

Este proceso es realizado por los empleados de la plaza con sumo cuidado, pues la casta brava de los toros les impulsa a rematar en las puertas que unen los diferentes corrales y estos con los chiqueros individuales, pudiendo astillar sus defensas y, por tanto, que dar inutilizados para la lidia. Para ello se emplea la voz del mayoral, conocida por el toro desde el día de su nacimiento, leves silbidos y, si algún toro rehusa tomar las puertas, se utiliza una vieja bandera colgada de una garrocha como señuelo para lograr el desplazamiento del toro.

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En algunas plazas como las de Madrid, Pamplona y Bilbao el sorteo y enchiqueramiento de las reses es público y son muchos los aficionados que, previo pago de una pequeña cantidad, se agolpan en el escaso espacio de
los corrales para ser testigos de la ceremonia. En otras muchas el ritual está sólo al alcance de los iniciados, y es un reducido grupo de personas el que tiene el privilegio de presenciar el enchiqueramiento, ya sea por su participación en el mismo o por amistad con los oficiantes.

A partir de ese momento las reses velan armas en la calma de su chiquero, a la espera de que se abra el portón y salten a la arena para enfrentarse a sus lidiadores y esparcir en el aire de la tarde el aroma seco de la bravura.

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Llenar las plazas es fácil, si se sabe cómo.

La prestigiosa empresa Google, a través de su filial Google Books, ha llegado a la conclusión de que en el mundo hay en la actualidad 129.864.880 libros publicados, de los cuales, según una aproximación realizada por diversas librerías, el 30% serían de “autoayuda”

De ser ciertas ambas valoraciones, en los fondos editoriales del mundo se recogerían nada menos que 39 millones de títulos dedicados a  “conseguir cosas tales como la actualización de las potencialidades humanas (psicológicas y espirituales)”

Cierto es que el género literario de la “autoayuda” aporta ideas y principios de actuación y pensamiento, si bien los propios autores reconocen a menudo que lo fundamental para que tenga un valor práctico es creer lo que se lee y, especialmente, dar el paso de aplicarlo.

A los organizadores de funciones de toros les está ocurriendo algo parecido. Aseguran conocer las claves del éxito empresarial, algunos en base a varias generaciones practicando, si bien parece que no tienen la suficiente confianza o determinación para jugarlas con éxito.

Dígale usted a un empresario medio que tiene que aplicar la imaginación para componer carteles y le responderá: “Sí, pero aquí sólo llenan las figuras”

Dígale que el espectáculo recurrente ha hastiado ya al público y le responderá: “Sí, pero es que la afición es la que es”

Dígale lo que quiera decirle, que él tendrá en su pensamiento la siguiente idea: “Ya, pero la cosa está muy mal por la crisis”,  y una fracción de segundo después estará soñando en alguna subvención que jamás llegará.

En síntesis: el estamento organizador de espectáculos taurinos vive instalado en la depresión y, lo que es aún más grave, también en la resignación.

La experiencia más reciente de la corrida inaugural de la temporada taurina en Madrid supone una demostración práctica de que llenar la plazas es posible, incluso en las fechas menos propicias, siempre que se aplique una serie de principios de gestión, principios muy elementales que llevan empleándose con éxito en muchos sectores económicos desde tiempo inmemorial.

Primero: Son precisos toros.

Aunque parezca una evidencia lo primero necesario para llenar los tendidos son toros. Lo que el maestro Joaquín Vidal describió como “el milagro español”, esto es, “las corridas de toros sin toros”, ya no funciona. La afición sabe de encastes aborricados y de líneas aborregadas del mismo modo que reconoce el abolengo de los hierros que conservan intacta la sangre brava y detecta el perfil soberbio y punzante del toro íntegro.

El “producto cárnico” tuvo su predicamento durante los años en los que ir a la feria era un acto social arraigado en las costumbres de los españoles, si bien la realidad socioeconómica ha variado lo suficiente como para que sea precisa la comparecencia sobre la arena de algo más que media tonelada de carne bovina desnaturalizada.

Los términos Partido de Resina (antes Pablo Romero), Adolfo Martín, Cebada Gago, José Escolar, Victorino Martín y Palha no dejan indiferente a ningún espectador, antes al contrario, las retinas de los aficionados reviven sus enhiestos perfiles, sus capas por lo general cárdenas, su tranco decidido y su atávica tendencia a embestir humillando.

El aficionado sabe que cuando esa ralea pisa en albero lo hace para vender cara su casta brava y recrear en breves instantes toda la esencia de su indómita estirpe.

Segundo: Son necesarios toreros, o al menos uno.

Asumir en octubre un reto como éste y prepararse pacientemente en el campo, modelando el cuerpo y el espíritu para culminar semejante gesta no es envite que acepte cualquiera.

Para llenar plazas son precisos hombres curtidos, las más de las veces renegridos por el sol, capaces, que derrochen torería y le digan al toro ¡je!, y el toro se venga encelado en los percales, recrecido en su encastada nobleza, y ya está su lidiador dándole fiesta. Que le marquen la distancia y el trazo templado a su furibunda embestida. Hombres que no se arredren, que carguen la suerte y que, cuando la faena ya está concluida, pues el toro ha agotado ya su torrente de bravura, le citen con decisión, dando el pecho y hundan el acero en el hoyo de las agujas.

Hombres que ejerzan con rigor el sacerdocio secular de encarar al dios tauro y  desafiarlo hasta vencerle. Hombres capaces de transitar cada atardecer por el estrecho lindero de la tragedia, y de salir victoriosos para celebrar, una vez más, el discurso alegre de la vida ganada.

Hombres, en definitiva, ambiciosos, que sientan pasión por el arte que desgranan cada tarde sobre el albero de los cosos del mundo.

Tercero: Conviene apelar a la épica.

La Tauromaquia no es un mero espectáculo, más al contrario, es un espectáculo sin igual en el que se vive y se muere de verdad. El toro es el único animal con el privilegio de matar al hombre como designio natural. El hombre desafía a la bestia despidiéndose cada tarde de su vida, para poder escribir así una página más de la heroica historia del toreo.

Un acontecimiento épico debe venderse como tal, con toda su crudeza, pleno de autenticidad, y el espectador debe sentir una emoción indescriptible desde que suenan los timbales hasta que el tiro de mulillas cascabelea en el arrastre.

Iván Fandiño hizo uso de este valor al declarar en las fechas anteriores a su gesta frases como “La entrega del cuerpo se parece al dolor. Algo se quebranta en el alma cuando surgen tantos sentimientos” o “Para mí la libertad no es acomodamiento, sino un acto de rebeldía del día a día” e incluso  “Tengo un compromiso con la historia, y si he de morir lo haré libre” La afición lo entendió, se entregó y llenó el coso de Las Ventas.

Cuarto: Resulta imprescindible emplear la comunicación y la imagen.

Las empresas que comercializan productos o servicios saben que la imagen es tan importante como la materialidad de lo que se vende. Indudablemente hay que ser, pero también es necesario parecer. Por esta razón las compañías más prestigiosas destinan a crear una imagen atractiva porcentajes de su facturación que alcanzan el treinta y hasta el cuarenta.

Una feria media de una ciudad media apenas si invierte en la impresión de los carteles, en la inserción de anuncios, las más de las veces desafortunados, en la prensa local y, si el ayuntamiento lo permite, gran aparato megafónico adosado a unidades móviles en la mañana anterior al festejo.

La presencia de las ferias en las redes sociales es aún insuficiente y los mensajes que se envían son seriados y tópicos, hasta el punto de generar más rechazo que adhesión. Emitir información trivial no asegura el éxito comercial. Repetir un modelo caduco jamás ofrecerá un resultado diferente al que se produce contumaz cada verano en multitud de pueblos y ciudades del orbe taurino.

La encerrona del pasado día 29 en Las Ventas fue un claro ejemplo de que hay otros modos que aventuran otros resultados.

Iván Fandiño está forjando su leyenda de acuerdo con su voluntad y su concepto de la vida y del toreo. Él sabe lo que quiere y lo dice. Él escoge a sus exégetas y son ellos los que van torneando el perfil anguloso del valeroso matador vizcaíno. Sus mensajes son claros, diferenciadores y perfectamente dosificados, empleando además en cada caso el medio más conveniente. Iván Fandiño ha logrado superar la “normalidad” para convertirse en un torero diferente, con señas de identidad claras y un discurso coherente y emocionante.

Los días posteriores al evento multitud de personas ajenas por completo a la Tauromaquia sabían que se había llenado la plaza, que los toros eran temibles y que el torero no había podido triunfar. Claro síntoma de que la gesta del matador había trascendido del ámbito meramente taurino para transformarse en un acontecimiento social.

Quinto: Es necesario internacionalizar el espectáculo.

La movilidad de la población y el gusto por conocer otras culturas facilita la incorporación a los tendidos a personas de orígenes muy diversos. La Tauromaquia y el toro son los motivos que más se identifican en el exterior con España y ofrecen un potencial asombroso a quien decida capitalizarlos.

En la corrida inaugural de la temporada 2015 en Las Ventas había público local, por supuesto, pero también se hacía notar la presencia de aficionados de fuera de Madrid y de fuera de España.

Los criterios de selección del cliente en la comercialización de espectáculos taurinos no pueden ser meramente locales, muy al contrario, el mercado de referencia debe ampliarse y considerarse al mundo como ámbito de trabajo. Para lograrlo cada corrida debe ser un evento único y distinto.

Sexto: Es preciso preparar el evento con antelación.

El cargo en taquilla de las plazas importantes se aproxima al millón de euros. Cualquier empresa del mundo prestaría atención máxima a un pedido de esa magnitud, especialmente si el beneficio puede ser del treinta, cuarenta e incluso el cincuenta por ciento de la facturación.

Sus empleados viajarían hasta lo más recóndito del planeta, se reunirían con el cliente cuantas veces fuera necesario, se ocuparían en conocer sus expectativas, configurarían una oferta plenamente convincente, tratarían de superar a la competencia, negociarían precios, cerrarían plazos, estipularían garantías, agasajarían al cliente y, además, se comprometerían a mantener impoluto el producto durante uno o más años.

Afortunadamente existen algunos empresarios que trabajan con intensidad y velan por todos los detalles. Sin embargo todavía subsiste la figura del que busca el tacazo fácil. El empresario taurino que llega la víspera de comenzar la feria, come y bebe bien, pronuncia palabras de encomio a las autoridades locales, rara vez concede una entrevista a la prensa y se oculta de los aficionados, que son los que pagan, no vaya a ser que malinterpreten los nuevos precios.

Una vez finalizado el serial hace balance de sus resultados, paga si puede sus deudas, maldice a la lluvia o cualquiera otra circunstancia que haya mermado la taquilla y toma la maleta hasta la plaza siguiente.

El torero que lo es, se entrena desde que es un niño para ser figura, renunciando a su juventud, cincela su cuerpo y su espíritu para las privaciones y el sufrimiento. Asume el riesgo supremo de perder la vida, entrega su talento en cada embroque, ofrece ventajas al toro y juega a toma y daca en la suerte suprema. Todas las tardes, todas las temporadas, y aún cuando ya se ha cortado la coleta, sueña íntimamente con la faena perfecta y torea de salón cada vez que tiene un trapo en las manos.

El ganadero vocacional selecciona sangres en el laboratorio de la tienta, cría con mimo al toro durante cinco años, mantiene a su prole, asume riesgos y mermas, negocia precios y lotes, que no siempre se respetan, y hasta que no ha rodado el último toro no tiene el espíritu en paz.

El espectáculo del pasado día 29 contó con un torero que quiere ser eterno y seis ganaderos que entienden que la crianza del toro no es un privilegio, sino la alta responsabilidad de mejorar cada día la gloriosa especie del toro bravo.

Séptimo: Ayuda vender las entradas con suficiente anticipación.

Los carteles rematados a última hora, con baile de corrales y súbitas indisposiciones de las figuras, son moneda corriente en las ferias sin sustancia, y conducen, como no puede ser de otro modo, a la ruina económica y al desprestigio del espectáculo.

El compromiso del pasado día 29 de marzo fue anunciado con antelación, publicitado como gran evento meses antes de su celebración, sin complejos ni ambages, la taquilla virtual funcionó y la afición tenía su boleto en el bolsillo días antes de que los alguaciles despejaran el ruedo, pues desde días antes se hablaba de lleno histórico en la plaza.

Octavo: Es necesario asegurar la dignidad del espectáculo.

Según un aserto del maestro Joaquín Vidal “El toreo es grandeza”

Afirmación irónica cuando el festejo se celebra en un lugar recóndito de nombre desconocido y en él interviene el novel lidiador Angelito, auxiliado por Juvenal, apoderado por Posibles, quien a su vez pretende coyunta con Esperanza Carcajosa, también conocida por “Sperance´s Sensitive”

Una corrida de éxito es un absoluto derroche de recursos. Es el acto final en el que convergen cinco años de crianza del toro y muchos más de aprendizaje y anhelo del torero. Es un rito iniciático y culminante a la vez. Es un momento de fiesta y como tal los actuantes se engalanan de sedas y oros. Destellos de lujo en chaquetillas y taleguillas confeccionadas para la ocasión. Cabellos brillantes, milimétricamente ordenados, avíos pulcros, esportones lustrosos, monteras tersas, corbatines y fajas armónicos.

El paseíllo es solemne, según jerarquías, con paso breve y mirada perdida en la aventura que se avecina. La lidia ordenada, con roles definidos y absolutamente respetuosa con lo que preceptúan los cánones centenarios de la lidia.

El día de la encerrona el público masculino asistió vestido de padrino de tan singular ceremonia y las mujeres enseñoreaban su figura vestidas de seda oliendo a perfume caro, derrochando sus mejores sonrisas.

Alguaciles y mulilleros estrenaban atuendo, investidos de la solemnidad que la ocasión requería y hasta los monosabios lucían el porte propio de las grandes fechas.

Una corrida así es el espectáculo más digno que pueda celebrarse, pues actuantes y espectadores comparten el sentimiento de grandeza, de la secular grandeza del toreo.

Noveno: Es definitivo recuperar el orgullo de ser aficionado.

La presión social que ejercen colectivos antitaurinos financiados por multinacionales con ambiciosos objetivos económicos está surtiendo su efecto. A fecha de hoy son muchas las poblaciones en las que declararse admirador de la Tauromaquia es un baldón e incluso una carga profesional. En algunos casos equivale a asumir la marginalidad propia de quien se instala en un modelo caduco y condenado por la vanguardia imperante.

Estos grupos minoritarios pero perfectamente organizados, están ganando la opinión pública y se ha instalado en el imaginario colectivo la idea de que el toro produce lástima; la idea de que el torero es un torturador; la idea de que los ganaderos son señoritos decimonónicos; y la idea de que el espectador acude a la plaza al conjuro de la sangre derramada.

Es evidente que nada de lo anterior es cierto, si bien el las disciplinas sociales, como la política y la administración local, no importa tanto lo que sea, como lo que la gente crea que es.

La pugna por invertir el movimiento del péndulo es ardua y larga, si bien es esencial conseguir difundir la cultura y los valores de la Tauromaquia urbi et orbe. Como dijo Morante de La Puebla “La fiesta no necesita defensa, necesita difusión”

El aficionado a los toros debe saber que forma parte de un colectivo cultural específico y que como tal tiene derecho a manifestarse, a disfrutar de su pasión, a ser protegido por los poderes públicos e, incluso, a defenderse de las agresiones y amenazas.

El aficionado a los toros es un ser con una sensibilidad especial, capaz de apreciar en pequeños matices la catadura del toro, y en las prestaciones de la labor del diestro destellos de una técnica compleja y centenaria que por instantes se convierte en un arte sublime.

El aficionado al toreo es un ser eminentemente culto, tanto como la fiesta que admira y vivencia, puesto que es consecuencia de un extraño refinamiento,  que hace posible vencer a un fuerza desatada con un leve giro de muñeca.

El aficionado a los toros en el mayor admirador de la estirpe del toro de lidia y el mejor garante su supervivencia. En cada entrada que paga está financiando el pasto que come, la finca en que vive, la sanidad de que disfruta y la libertad sin igual en que el toro de lidia inscribe su gozosa vida.

El aficionado a los toros debe vivir orgulloso por contribuir a la recreación de un rito secular que no tiene parangón en el mundo, a la supervivencia de una estirpe animal tan seductora como improbable, y a la perpetuación de una de las manifestaciones culturales de mayor calado emocional que han alumbrado los siglos.

Javier Bustamante

Para Toro Cultura

Ensayo sobre la inmortalidad

Se hace presente Iván Fandiño en el patio de cuadrillas de Las Ventas con paso breve y mirada ausente, gana la esquina más recóndita envuelto en tinieblas y silencios, y permanece allá, inescrutable, solo ante su destino, durante no más de un suspiro.

Una cámara de televisión prende su potente foco y la luz troca por completo la escena: ahora es un altar. El vestido de torear refulgente devuelve la luz enriquecida en oros y sedas caras plomizas, dibujando un aura casi imperceptible entre su anguloso perfil y los temidos ladrillos del patio de cuadrillas de Las Ventas.

Proporciones canónicas en su cuerpo musculado, esculpido con sacrificio en largas jornadas de trabajo en el campo, parecido a un dios clásico, deslumbrante, ritual, simbólico, poderoso y vulnerable a la vez.

Manos amplias y capaces, perfiladas por anchas venas, desmayadas ahora, prendiendo la levedad del capote de seda, prestas a manejar percales y aceros, muñeca rota, caricia al aire, guía de la brutal acometida de pitones diamantinos.

Su rostro, enjuto de bronce, parece el de un mesías atormentado por la vigilia. Pómulos salientes, ojos hundidos, ojeras apenas esbozadas junto a la nariz, ceño levemente fruncido, mentón prominente, labio grueso, boca apretada, mandíbula tensa, cuello estrecho, patilla fina, cabello azabache. Mira sin ver, impasible, sin mover un músculo del rostro, con rictus de elocuente trascendencia.

Alterna breves elevaciones del rostro con instantes de barbilla clavada en el pecho, algún discreto resoplido y mirada desafiante siempre al frente, buscando con ansiedad la luz que se cuela a borbotones por el portón y anuncia  la inminencia de la hora convenida meses atrás, la única hora, la definitiva.

Los que contemplamos la escena estamos absortos, magnetizados por el perfil vertiginoso del hombre que ha venido a Las Ventas a ensayar la inmortalidad. Nadie osa romper el silencio denso que rodea la escena. El maestro había pedido respeto para este trance y respeto tiene, pocos y próximos, embargados ya por su intensa emoción, sabedores de lo que se va a jugar sobre el albero venteño.

Había dicho el torero que venía a Madrid preparado para lo que pudiera ocurrir. Había dicho que la libertad no es acomodamiento, si no la rebeldía del día a día. Había dicho que el pueblo quiere héroes y gestas. Había dicho que era capitán de su alma y que buscaba la soledad y el silencio. Había dicho Fandiño que tenía una cita con la historia, y que si hubiera de morir esta tarde sobre el albero lo haría libre.

Los que allí estamos sabemos del misticismo del diestro, y también de su ambición, de su ardiente deseo de salir a la calle Alcalá izado a hombros en el ocaso de la tarde. Nadie sabe qué fuerza podrá más, nadie aventura un desenlace, nadie está en paz, nadie.

Torear es perder la noción del tiempo e ignorar si llegará mañana. Fandiño no imagina la nueva madrugada, no ha hecho cuentas más allá de esta tarde, no hay más tiempo, no hay más que esperar a que el destino resuelva la brutal encrucijada que él ha querido para sí.

Le observamos en silencio reverente, de lejos y de cerca, de frente y de perfil,  y su efigie se obstina en devolvernos siempre oro, bronce y plomo. Su determinación no hace sino agudizar nuestra duda, ¿qué puede impulsar a un humano a someterse a este trance?. Dijo Belmonte que ningún torero firmaría un contrato en un patio de cuadrillas, pero eso es para humanos, y Fandiño se apresta a lograr un nuevo estatus.

El torero prescinde de la compañía anestésica de sus hombres de confianza, ahora desperdigados en este espacio mágico y atroz que pisan al atardecer los hombres que piensan que su destino ya está escrito. Fandiño está solo, dramáticamente solo, como habrá de estarlo cuando cruce el circo y prenda con delicadeza la esclavina del percal y reciba uno tras otro los seis toros que ha convenido lidiar para conocer qué página recogerá su nombre. Para saber si su lugar en la historia es el del triunfador vivo o el del héroe que se inmola para subir directo al Olimpo junto a Granero, Manolete y Paquirri, sus referencias, los toreros que admira y dibujaba de niño en sus carpetas de estudiante.

Había dicho que la sangre del hombre sobre la arena candente dignifica la profesión del torero. Había dicho que sentía la llamada de la trascendencia, había pensado que venía a dejar esta fecha en los anales de la historia de la Tauromaquia. Había dicho y la afición le había entendido.

Faltan seis minutos para el paseo. Los alguaciles despejan el ruedo y la otra autoridad el patio de cuadrillas. El matador se ciñe su capotillo de seda, mira sin ver y ya no escucha nada porque nada hay que escuchar, más allá del silencio y de las lejanas notas del pasodoble que rasga el aire festivo del circo.

Tras un violento cerrojazo se abre el portón y Fandiño pisa la arena, ruge el público al ver su tez de bronce, su terno de plomo y oro, y sabe que le acecha su leyenda, que va a ensayar la inmortalidad.

Cuando llega al platillo del ruedo, justo en la mitad del paseo, la afición puesta en pie atrona con su ovación, y el hombre que quiere ser inmortal ignora si viste de púrpura brillante o de sudario.

Reseña:

Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid, 29 de marzo de 2015. Lleno de “no hay billetes” en la corrida inaugural de la temporada.

 

Toros de diversas ganaderías:

Primero de Partido de Resina: De bellísima estampa, aplaudido de salida, flojo y descastado.  Segundo de Adolfo Martín: Flojo y noble. Tercero de Cebada Gago: Manso y orientado.  Cuarto de José Escolar: Bravucón y correoso.  Quinto de Victorino Martín: Se descuerda en la suerte de varas y es devuelto al corral. Quinto bis de  Adolfo Martín:  Flojo y descastado. Sexto de Palha: Descastado.

 

Iván Fandiño, de gris plomo y oro con cabos blancos. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. División de opiniones.

 

 

Incidencias:

Se guardó un minuto de silencio por las víctimas del reciente accidente aéreo en Los Alpes.

 

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

Media verónica en una de rejones

Pedrito de Mérida había visto el toro. Guarecido en el burladero de la segunda suerte explicaba al caballero rejoneador Roberto Armendáriz qué hacer y por qué hacerlo, en un registro pedagógico impropio de su oficio. El jinete decidió cambiar de montura y fue entonces cuando el auxiliador se hizo presente en el albero, se acercó quedo al toro, con las piernas juntas y paso breve, entró en jurisdicción y dibujó cuatro verónicas sueltas, sin ajuste, con moderado afán de lucimiento, hasta que vio que el viaje del toro era franco y remató con una media llena de aroma, de cierto aire belmontino, desmayadas las manos y bajo el capote, con el mentón hundido en el pecho. Más allá del recurso lidiador Pedrito de Mérida puso las gotas de esencia torera de la noche.

El resto del festejo se dibujó entre alardes de monta alejados de la cara del toro, galopes al hilo de la barrera, sombrerazos, guiños al tendido, sonrisas y lidias muy convencionales, las más de las veces escasas de ajuste.

El público se divirtió y ya se computa el primer triunfador de la feria, Roberto Armendáriz, jinete navarro que supo conectar con el tendido y ofreció detalles que calaron en el ánimo de los asistentes.

Reseña:

Iradier Arena de Vitoria. Un cuarto de entrada en noche plácida.

Toros de Castillejo de Huebra corpudos, cuajados, con edad y romana, reglamentariamente desmochados para el arte del rejoneo. Mansos y descastados.

Roberto Armendáriz: Oreja y oreja.

Manuel Manzanares: Silencio y silencio.

Óscar Borjas: Oreja y aplausos.

 

El vestido de torear: cien voces para describirlo.

La lengua es una de las manifestaciones culturales de mayor relevancia que una sociedad puede poseer.

Joaquín Vidal, posiblemente el cronista más innovador en la terminología taurina de la historia, aseguraba que “La brillantez y la concreción del vocabulario taurino es uno de los grandes valores de la fiesta. Quizá no haya ninguna parcela del lenguaje donde existan tantos vocablos para definir las cosas más nimias como la taurina” (Joaquín Vidal, “40 años después”)

Analizando el vocabulario taurino, referido exclusivamente a la indumentaria de los toreros en la plaza, existen más de cien términos que definen con una asombrosa concreción los más mínimos detalles y permiten, empleando pocas palabras, describir con precisión cartesiana el aspecto de los lidiadores.

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En los próximos días vamos a publicar un artículo sobre el vestido de torear, su génesis y realidad actual, y hemos considerado oportuno introducirlo con este breve diccionario que permitirá a los aficionados manejar adecuadamente los términos y comunicar con gran exactitud y detalle sobre esta apasionante parcela de la cultura de la Tauromaquia.


 

 

A

Abalorios: Cuentas agujereadas que se unen y cosen para componer figuras en el vestido de torear.

Alamar: Presilla situada al borde de chaquetilla y chaleco compuesta por la muletilla con formas de trébol, rosa o pentapunto, de la que cuelgan los caireles.

Alzapón: Portezuela que tapa la parte anterior de los calzones y de alguna clase de pantalones que se empleaba en los ternos de principios del siglo XIX

Añil: Raso o seda del vestido de torear de color azul oscuro, con visos cobrizos.

Arzobispo: Raso o seda del vestido de torear de color morado claro, similar al del atuendo de los obispos.

Azul Bilbao: Raso o seda del vestido de torear de color azul fuerte similar al que ha hecho célebre la villa vizcaína.

Azul cobalto: Raso o seda del vestido de torear de color azul intenso.

Azul eléctrico: Raso o seda del vestido de torear de color azul claro y brillante.

Azul pavo: Raso o seda del vestido de torear de color azul intenso, similar al del plumaje del pavo real.

Azul rey: Raso o seda del vestido de torear de color azul muy intenso.

B

Banda: Bordado lateral y longitudinal que adorna la taleguilla.

Barboquejo: Correa que sujeta el castoreño del picador por debajo de la barbilla. Hasta principios del siglo XIX también algunos toreros de a pie lo empleaban en sus monteras

Berenjena: Raso o seda del vestido de torear de color morado obscuro, similar al del fruto de la solanácea.

Blanco: Raso o seda del vestido de torear de color blanco.

Bota: Calzado firme del picador que le protege desde el pie hasta la rodilla.

Botella: Raso o seda del vestido de torear de color verde, similar al del vidrio verdoso.

Bragueta: Apertura frontal superior de la taleguilla.

Burdeos: Raso o seda del vestido de torear de color grana obscuro, similar al del vino francés.

C

Cabos: Extremos de la pasamanería como caireles y machos que en algunos vestidos son de color diferente al resto de la guarnición.

Cairel: Remate en forma de fleco que cuelga de las muletillas formando un alamar  y, en algunas ocasiones, de las hombreras.

Calzona: Pieza de gamuza, cuero de gamo, que cubre las extremidades inferiores del picador con botonadura que se monta sobre la bota.

Camisa: Prenda de vestir de tela blanca que cubre el torso del torero, abotonada por delante con cuello y mangas.

Canario: Raso o seda del vestido de torear de color amarillo intenso.

Canela: Raso o seda del vestido de torear de color marrón, similar al de la especia.

Capote de paseo: Capa en seda o raso profusamente adornada con bordados y pasamanería que emplean los toreros sólo para recogerse al realizar el paseíllo.

Casaca: Chaquetilla.

Casaquilla: Casaca o chaquetilla. Habitualmente se emplea para referirse a la del picador.

Castañeta: Lazo con el que los toreros se recogen la coleta.

Castoreño: Sombrero del picador de ala ancha y plana y copa baja con cinta y borla que antes era de piel de castor.

Catafalco: Raso o seda del vestido de torear de color negro. Es la base sobre la que descansaban tradicionalmente los ataúdes en un velatorio que era de color negro.

Cazoleta: Abultamiento practicado sobre las hombreras con profusión de bordados, abalorios y pedrería.

Celeste: Raso o seda del vestido de torear de color azul claro, similar al del cielo despejado en la mañana.

Chaleco: Prenda de raso y guarnición sin mangas que se porta bajo la chaquetilla.

Chaquetilla: Prenda externa que cubre el tórax del torero realizada en raso con hombreras y guarnición vistosa.

Chenel: Raso o seda del vestido de torear de color malva. Queda el término como homenaje al genial matador madrileño, pues era uno de sus colores favoritos.

Chorrera: Guarnición de encaje que se añade a la camisa en su parte frontal.

Corbatín: Corbata fina y lisa que emplean los toreros.

Cordoncillo: Cordón grueso habitualmente del mismo color que el punto que sirve para integrar la cazoleta y añade valor estético al vestido.

Crema: Raso o seda del vestido de torear de color amarillo claro.

E

Entretela: Conjunto de telas superpuestas que dan cuerpo a la chaquetilla sin permanecer a la vista.

Esclavina: Parte superior y doblada del capote de paseo del torero.

Espuela: Pieza metálica punzante que el picador lleva prendida en el talón para estimular al caballo y provocar sus movimientos.

F

Fajín: Faja liviana de seda con la que se adorna la cintura del torero dando varias vueltas a su alrededor.

Fanta:  Raso o seda del vestido de torear de color naranja encendido, similar al del popular refresco.

G

Golpe: Cada uno de los elementos que dan relieve y adornan el traje de torear.

Goyesco: Vestido de torear inspirado en el tiempo y la obra de Francisco de Goya, si bien no consta que el genial pintor aragonés diseñara traje alguno.

Grana: Raso o seda del vestido de torear de color rojo vivo.

Gregoriana: Armadura que cubre la pierna derecha del picador, que es la expuesta en la suerte de varas inventada por Gregorio Gallo.

Gualda: Raso o seda del vestido de torear de color amarillo intenso.

Guarnición: Complementos que adornan al vestido como caireles, alamares, golpes o cazoletas.

H

Hombrera: Remate ovalado situado sobre los hombros que une el cuerpo de la chaquetilla con las mangas.

L

Lazo: Adorno en forma de cordón anudado situado en la parte frontal de la zapatilla.

Lentejuela: Adorno circular, habitualemnte metálico con un agujero en el centro que facilita el bordado al traje.

Lila: Raso o seda del vestido de torear de color morado claro.

Luto: Raso o seda del vestido de torear de color negro.

M

Macho: Borla situada en los extremos de los cordones con los que se ajusta la taleguilla y se adornan las hombreras.

Machos: Protuberancias laterales de las monteras.

Malva: Raso o seda del vestido de torear de color morado pálido tirando a rosáceo, similar al de la flor.

Marfil: Raso o seda del vestido de torear de color crema claro, similar al de los colmillos de los elefantes.

Marino: Raso o seda del vestido de torear de color azul obscuro.

Medias: Prenda de tejido elástico que cubre desde el pie hasta la rodilla y permiten unir las zapatillas con la taleguilla.

Mona: Protección metálica que se dispone en la pierna izquierda del picador para protegerle de los golpes que recibe contra la barrera por el empuje del toro.

Monilla: Mona.

Montera: Tocado aterciopelado plano por la parte superior con dos machos que sobresalen en los laterales.

Moña: Adorno del castoreño en forma de piña unido a la cinta que circunda la copa.

Moña: Prenda de malla, en forma de bolsa, y con cordones o cintas, usada por los lidiadores para recoger el pelo o adornar la cabeza.

Moras: Hebras firmes y gruesas que componen la parte externa de la montera.

Morillas: Moras.

Muletilla: Parte superior de un alamar asida a chaquetilla o chaleco de la que penden los caireles.

Musgo: Raso o seda del vestido de torear de color verde obscuro, similar al del musgo.

N

Nazareno: Raso o seda del vestido de torear de color azul intenso, similar al de los ropajes de Jesús el Nazareno.

P

Palo de rosa: Raso o seda del vestido de torear de color rosa claro, cercano al blanco.

Pañoleta: Pañuelo anudado al cuello que empleaban los toreros en lugar del corbatín.

Pañueleta: Pañoleta según una voz antigua.

Pasamanería: Conjunto de golpes, cordones, machos, flecos, caireles y demás adornos, que sirven para guarnecer y adornar los vestidos de torear.

Pedrería: Conjunto de piedras y cristales que integran alamares y cazoletas.

Pentapunto: Muletilla con forma de cinco puntos alineados en dos filas que compone un alamar.

Picassiano: Vestido de torear inspirado en la obra de Pablo Ruiz Picasso, quien llegó a diseñar un terno para Luis Miguel Dominguín.

Pizarra: Raso o seda del vestido de torear de color gris obscuro, similar al de esa piedra.

Plomo: Raso o seda del vestido de torear de color gris obscuro, similar al de ese metal.

Postizo: Coleta postiza que emplean los toreros para proteger la nuca en posibles caídas y distinguir su condición de torero fuera de la plaza.

Primera comunión: Raso o seda del vestido de torear de color blanco.

Punto: Hilo a emplear para bordar el vestido, que suele ser de oro, plata, blanco o azabache.

Purísima: Raso o seda del vestido de torear de color azul claro, similar al de los mantos de la Virgen.

R

Raso: Tela externa que da color al vestido también conocida por seda.

Redecilla: Prenda de malla, en forma de bolsa, y con cordones o cintas, usada por los lidiadores para recoger el pelo o adornar la cabeza.

Rosa: Cazoleta.

Rosa: Forma de la muletilla del alamar que simula esa flor.

Rosa: Raso o seda del vestido de torear de color rosa.

S

Sangre de toro: Raso o seda del vestido de torear de color rojo intenso, similar a la sangre del toro.

Seda: Tela externa que se empleaba hasta la aparición en la segunda mitad del siglo XX de telas sintéticas daba color al vestido de torear.

T

Tabaco: Raso o seda del vestido de torear de color marrón, similar al del tabaco negro.

Taleguilla: Prenda que cubre las extremidades inferiores del lidiador de tiro muy largo que alcanza hasta la corva.

Tela de cuerpo: Tela sobre la  que se aplica el raso o seda.

Tela de modista: Capa que algunos sastres adhieren al raso para darle mayor consistencia.

Terno: Conjunto de chaquetilla, chaleco y taleguilla.

Traje de luces: Vestido de torear.

Trébol: Forma de la muletilla del alamar que simula la forma de las hojas de esa planta.

Turquesa: Raso o seda del vestido de torear de color azul claro, similar al de la piedra turquesa.

V

Verde hoja: Raso o seda del vestido de torear de color verde claro, similar al de las hojas de ciertos árboles en primavera.

Verde oliva: Raso o seda del vestido de torear de color verde obscuro, similar al de las olivas maduras.

Vestido de torear: Indumentaria que emplean los toreros para efectuar la lidia producto de la evolución de los gustos y costumbres cuya esencia fue instituida de manera definitiva por Francisco Montes en la primera mitad del siglo XIX

Z

Zapatillas: Calzado ligero de suela plana sin empeine y lazada frontal que emplean los toreros.

 

 

La Monumental de Sevilla: el sueño de Joselito.

Hay un muro enlucido, desconchado, enmarcado por dos pilastras y un frontispicio de color albero, anexo a un edificio moderno de ladrillo y a una verja, en la calle Eduardo Dato de Sevilla. Encima reposa un dintel, con un friso  geométrico y dos pináculos estriados. Un árbol cercano lo acaricia con sus ramas y un banco oxidado le da la espalda con desprecio. Soporta el conjunto en uno de sus extremos un grueso entramado de cables y dos armarios eléctricos de uso urbano.

Un pequeño azulejo adorna el cuadro: “Aquí estuvo la Monumental de Sevilla (1918-1921) impulsada por Joselito El Gallo, rey de los toreros” Septiembre de 2012, centenario de la alternativa de Joselito. Sus partidarios.

Es necesario hacer volar los sentidos para adivinar en estas ruinas el soberbio coliseo del que formó parte esta puerta de cuadrillas, vislumbrar la silueta de los lidiadores ganando el coso, oír los vítores de 23.000 gargantas aclamando al genio de Gelves y sentir la emoción de verle salir a hombros victorioso tras haber burlado una vez más a la muerte. Hay que esforzarse para revivir el aroma a azahar, a perfumes caros y a puros habanos, escuchar el sonido seco de los cascos de los caballos sobre los adoquines, el tintineo de los cascabeles de las mulillas y el ajetreo de la afición expectante, deseosa de presenciar nuevas gestas.

Hoy queda sólo un difícil recuerdo, ignorado, de lo que fue el más ambicioso sueño del pontífice de la edad de oro del toreo.

A principios del siglo XX Sevilla era una ciudad pinturera y colorista, con ciento cincuenta mil habitantes, partida en dos: los que tenían y los que no. El espectro social era muy diverso: agricultores, ganaderos, industriales incipientes, comerciantes prósperos, pícaros, obreros, truhanes, señoritos, peones, gallistas y belmontistas. La mayor parte de la población vivía hacinada en corralas del vetusto casco urbano o en chabolas del extrarradio, en condiciones de higiene deplorables junto a suntuosos palacios y viviendas de lujo aparente. Los sombreros de fieltro y terciopelo contrastaban con las gorrillas y las viseras, las mantillas de seda o blonda con las pañoletas ajadas de algodón y los botines lustrosos de cueros nobles con las alpargatas remendadas.

Los alimentos escaseaban para muchos sevillanos y las crecidas del Guadalquivir emponzoñaban con frecuencia las calles con un manto de fango putrefacto que propagaba enfermedades infecciosas, hasta el punto que la esperanza de vida al nacer apenas llegaba a los 35 años.

El grado de instrucción de los ciudadanos era muy básico, con un 60% de analfabetos, junto a una reducida élite intelectual, interesada en el juego social y en las bellas artes, añorante aún de las colonias y el pasado glorioso de España.

En un ambiente intrincado y melancólico como este se vistió por primera vez de luces Joselito en 1908, con tan sólo trece años, hijo y hermano de toreros de trayectoria diversa, apuntando ya sus sueños y sus valores.

José Gómez Ortega no habría alcanzado la cumbre de no coincidir con Juan Belmonte García, tan grandes ambos como diferentes, tan distintos como complementarios, aleación perfecta forjada en las 257 tardes que compartieron cartel, que produce la edad de oro en el toreo.

José es la ortodoxia, la técnica más depurada, la seguridad de la lidia perfecta, el canon de pureza que puede con todos los toros, la ambición, el portento físico y la agilidad, que torea con todo el cuerpo. Y con el instinto.

Juan es la transgresión, el riesgo, el audaz torero que gana terreno al propio toro, desafiante, imprevisible, vulnerable, temerario algunas veces, el diestro sin facultades que prescinde por necesidad de las piernas para torear sólo con los brazos. Y con el corazón.

José es torero de los aficionados clásicos y estandarte de la tradición sevillana. Juan es pronto apadrinado por la élite intelectual y lleva público poco entendido a la plaza.

Joselito vive por y para el toreo hasta el límite, lo que le permite perfeccionar la técnica de la lidia como nadie había hecho antes, mostrar a los ganaderos la evolución que debe experimentar el toro para hacer posible el lucimiento del espectáculo, encumbrando el encaste Vistahermosa vía Murube Ybarra, ordenar la lidia, profesionalizar a su cuadrilla y diseñar la primera plaza de toros moderna, funcional y capaz de hacer de la tauromaquia un espectáculo popular: la plaza de toros Monumental de Sevilla.

El sueño de Joselito se dibuja en diciembre de 1915 de mano del arquitecto José Espiau y del ingeniero Francisco Urcola, con el patrocinio del empresario José Julio Lissén. Los planos minuciosos del nuevo coso son presentados al Ayuntamiento para proceder a su edificación en la Huerta de la Salud, en un extenso solar en el barrio de San Bernardo propiedad del mismo Lissén. Durante dos años un enjambre de operarios se aplica en el hormigón, el acero y la piedra y el 24 de marzo de 1917, días antes de la inauguración, el comité de seguridad del Ayuntamiento se persona en la obra y somete a la nueva estructura a una prueba rigurosa e inopinada: cada metro cuadrado debe soportar un peso de 500 kilogramos durante 24 horas. El hormigón se resiente y el informe de los peritos sugiere una nueva prueba para el 10 de abril a condición de establecer  refuerzos importantes en la obra. Este segundo examen no llega a realizarse ya que un tercio de los tendidos se desmorona con estrépito una noche obscura pocos días antes.

El sueño debe esperar un año más. Tras meses de intenso trabajo las rectificaciones y el refuerzo de la estructura resultan suficientes y será el día 6 de junio de 1918 cuando salte al albero Vallehermoso, negro zaíno de Juan Contreras al que Joselito recibe de capa, lidia y estoquea con éxito, cortando una oreja, compartiendo cartel con Curro Posada y Diego Mazquiarán “Fortuna”

A partir de este instante la Real Maestranza de Caballerías, coso privado con derecho a organizar corridas desde que en 1729 Felipe V le otorgara tal privilegio, administrado por los poderosos e influyentes Caballeros Maestrantes, debe convivir con la nueva plaza que casi dobla su aforo y resulta mucho más funcional y mucho más económica.

La influyente prensa sevillana se muestra primero escéptica y después mordaz con el nuevo coso.  Plumas del prestigio de don Criterio, de El Liberal, Gregorio Corrochano, del ABC o Selipe II, de La Unión, emplean la ironía y la acidez para referirse al la nueva plaza, su mentor, la empresa y hasta la banda de música, llegando en algunos casos al desprecio más lacerante.

Entre ese día, 6 de junio, y el 3 de noviembre se celebran 25 corridas en el nuevo recinto, con buenos resultados artísticos, más comodidades para los aficionados, mayor facilidad de acceso y salida de la plaza y boletos más baratos. La plaza del pueblo comienza a ser lo que su promotor siempre deseó.

En esa temporada el maestro de Gelves alterna cinco tardes en el escenario de sus sueños sin que Juan Belmonte, exiliado voluntariamente en Perú pueda hollar el nuevo albero.

En 1919 son 29 los espectáculos programados en la monumental con once comparecencias de su impulsor sin que se tengan noticias de Juan Belmonte salvo en el coso rival, la Maestranza. Es de nuevo una temporada gloriosa y Lissén, estimulado por sus éxitos, lanza una oferta a los caballeros maestrantes para hacerse también con la gestión de la antigua plaza, si bien su oferta es declinada.

En 1920, año aciago para la tauromaquia, Joselito realiza dos veces el paseíllo en la Monumental y hubiera realizado algunos más si no se cruza con el toro Bailaor, de la viuda de Ortega, quien le hiere mortalmente sobre la arena de Talavera de la Reina. La tauromaquia se conmociona, la afición llora, las calles se visten de luto, Sevilla asiste incrédula al sepelio, sin explicación ni consuelo. Para parte de la afición ha muerto el toreo mismo. La Monumental pierde a su principal valedor y su propietario, Lissén, que atraviesa una situación financiera delicada por el declive de sus negocios en Europa, es de nuevo acosado para que cierre su coliseo. El número de festejos desciende a 12, siendo el 10 de octubre el último día en que un toro rindió su bravura en el ruedo monumental.

Las autoridades locales, presionadas desde diversos ámbitos, perciben las flaquezas del proyecto y tardan poco en dictar la clausura de la plaza condenando al nuevo recinto a una lenta agonía, víctima del óxido y del tiempo, y a un duro escarnio al sueño de su inspirador. Un decenio más tarde, cuando sólo queda en pie parte de la estructura y el hormigón renegrido es sólo una sombra, la plaza Monumental es definitivamente demolida.

Del arte efímero de Joselito queda sólo alguna película imprecisa, una colección de instantáneas en sepia que apuntan su solvencia y su técnica, retazos menores de sus gestas. El maestro de Gelves no esculpió ni pintó, no compuso melodía alguna, no legó testimonio escrito de su arte y huyó del populismo y de la prensa, prodigándose poco en entrevistas. El único testimonio tangible de su definitiva aportación a la tauromaquia es el pequeño fragmento de la Monumental, de ese gran sueño que se desmorona entre la ignorancia y la indiferencia.

 

Javier Bustamante
para Toro Cultura