La importancia de honrar a los héroes

 

La naturaleza del héroe

Un héroe es un ser que encarna los valores de una sociedad, se enfrenta a situaciones críticas con valentía, es capaz de realizar acciones admirables y beneficiosas para el colectivo y, gane o pierda en su epopeya, muere finalmente con arrojo.

Los héroes mitológicos lo son por ser sobrenaturales; los épicos tienen carácter puramente humano. Los primeros son hijos de dioses o semidioses, mientras que los segundos se significan por varios elementos comunes, que conforman su singular naturaleza.

Para acceder a la categoría de héroe es necesario recorrer un camino difícil y angustioso, un camino pleno de amenazas y de privaciones que, como la vida misma, siempre termina en tragedia.

 

El trayecto del héroe

El héroe ha sorprendido en su niñez al mostrar capacidades insondables que le permiten realizar hazañas asombrosas.

Es honesto, valiente, entregado a su estirpe, seguro de si mismo, y perseguidor de sus objetivos con inusual determinación, sin reparar en dificultades ni obstáculos.

Siempre tiene un antagonista con quien libra encarnizadas batallas, al borde mismo del abismo, mas vence siempre, salvo en la contienda final, y retorna victorioso a su entorno natural.

Porta un arma que le da carácter y notoriedad, un arma que le identifica y de la que, a menudo, toma el nombre.

Es un ser superior que, sin embargo, es capaz de ponerse al nivel del común de los mortales, por lo que genera simpatía e adhesión con su gente.

Es portador de un coraje inverosímil, que le faculta para abordar las vicisitudes de su epopeya y asumir su destino con gallardía.

No tiene miedo a la muerte ni rehuye los riesgos, ya que su existencia está al servicio de una causa mayor, que es la supervivencia de su grey, y la perpetuación de sus valores.

Es utópico, consciente de que la meta es imposible, mas cada paso que se logre es un avance hacia el estado de perfección.

Un héroe es, por tanto, un ser venerable, distinto del mártir, que sufre e incluso muere por defender un ideal, mas sin los valores que porta el héroe, ni la épica con que afronta la adversidad. Tampoco las personas muy capacitadas que emprenden grandes metas pueden considerarse héroes, puesto que no existe arrojo, identificación social, encarnación de valores ni muerte.

La palabra héroe ha sido banalizada y, en cierto modo, desprovista de su profundo contenido, si bien el héroe, según la acepción más pura del término, es un ser magnético y sublime, digno de la mayor de las consideraciones.

El rostro del torero. Toro Cultura.

 

El precio

El ascenso al olimpo tiene un precio exorbitante: sacrificar la vida propia superando los instintos humanos más básicos, a fin de preservar a las personas, o bien su esencia cultural. El héroe practica una suerte de inmolación, algunas veces provocada por él mismo, otras veces asumida, las más sobrevenida por las amenazas que voluntariamente acepta. Es un precio absoluto, el mayor de los posibles. El héroe se desprende de su más íntima esencia y de su futuro en un acto de conmovedora entrega.

 

El héroe ha de formarse y esculpir su carácter en el sacrificio, en la abnegación y en la más refinada filantropía. Afronta batallas aparentemente perdidas, y se enfrenta a enemigos formidables, indómitos, cercanos en algunos casos a la propia divinidad.

 

El valor

Un héroe es el patrimonio más valioso que puede tener un colectivo humano, pues es el más alto exponente de los valores grupales, los reafirma, los exhibe, e inspira a las generaciones sucesivas.

Un héroe fomenta la transmisión oral y escrita de los hechos del pasado, creando tradición y, en muchos casos, también un mito.

Cualquier movimiento social, cultural o político anhela su propio altar habitado por sus titanes. La muerte, un solo muerto, purifica cualquier credo y le otorga trascendencia. Una revuelta popular no se consagra hasta que no muere algún militante ejerciendo la lucha. Una prueba atlética no se engrandece mientras que ningún corredor ofrende su vida en el esfuerzo. Una montaña no es admirable hasta que no se cobra la vida de un experto escalador. La cara de la muerte ha fascinado al hombre desde que tiene consciencia de su propia trascendencia y del desafío que supone soportar su mirada fría y monocorde. El héroe la vence en su derrota final, pues adquiere la condición de inmortal en la memoria de su linaje.

Foto @VictorBarrio

 

Los héroes del toreo

La figura del torero reúne, en lo esencial, las condiciones necesarias para erigirse en héroe virtual. Sólo la muerte en el ruedo le otorga de forma definitiva ese status. La muerte de un matador no es un accidente, más bien al contrario, forma parte del argumento de la Tauromaquia, que es una lucha cruenta entre la fuerza brutal, desatada del animal, y el conocimiento y la inteligencia del hombre. La ortodoxia del toreo no pretende limitar los riesgos vitales, sino perfeccionar un arte ancestral que permite burlar la certeza de la muerte con galanura. El toreo tiene todos los aditamentos para mitificar las gestas celebradas en el ruedo y convertirlas en leyenda. El santoral taurino consagra varios cientos de héroes. Un siglo atrás la pérdida de la vida de un hombre en las astas de un toro conmovía a la sociedad que se movilizaba, lloraba y glorificaba al caído por la recreación del rito, surgía la lírica, y se ponía en marcha una imparable leyenda. Las culturas se sustentan en mitos y creencias compartidos. Su preservación depende la solemnización a que se sometan. Las culturas más longevas son aquellas que han sido capaces de ensalzar a sus héroes, referentes de sus valores, y compartir con emoción las leyendas que engendraron.

Ignorar a los héroes es la actitud más letal que puedan adoptar los creyentes en cualquier credo. El toreo moderno está muy cerca de ningunear a sus legítimos héroes. Tal vez porque comience a temerse la estética de la muerte.

Honremos a los héroes del toreo por los méritos contraídos, y por la asombrosa capacidad que tienen para explicar sin palabras los arcanos trascendentes de la Tauromaquia.

Honremos la memoria de Víctor Barrio haciendo realidad su sueño más querido.

Honremos a Iván Fandiño difundiendo y perpetuando sus valores.

Honremos a todos los que han hecho más grande la fiesta de los toros, y al hombre un ser más admirable.

 

 

Javier Bustamante

Para Toro Cultura

El miedo

El miedo existe, es tangible, es corpóreo, es real.

Puede adquirir forma humana o transformarse en un leve halo, colarse por debajo de las puertas, permanecer entre las hojas de un libro, apostarse en un rincón sombrío, o envanecerse en el aroma de una flor abandonada.

Puede instalarse en el techo de una habitación, en penumbra, y pasar allá la noche entera amenazando a los sueños.

Puede danzar con las tinieblas, infiltrarse en sus perfiles, huir de la luz o atraerla.

El miedo puede inocularse en un organismo y transmitirse a otro por un leve tacto, por la yema de un dedo, por una suave caricia, por el aliento, por el tono de una voz cadenciosa.

El miedo vive en las palabras, en muchas palabras, y en el tono solemne de una sinfonía; puede vibrar en las notas destempladas de una charanga y crecer en el silencio insondable del vacío. Puede vivir enérgico en las olas del océano y también hacerse presente en el goteo fútil, monótono de un viejo grifo.

El miedo puede manifestarse en una pantalla de televisión, sin aspavientos, pegado a las imágenes, sutil y cruel a un tiempo, cercenar voluntades y ganar el ánimo de quien las observa.

Puede esperar detrás de un espejo, acechando a los rostros, desfigurarlos y devolverlos perversos, con su propio rictus, solemne y malicioso.

El miedo habita en los relojes que se lanzan a descontar minutos, en su tic tac mortecino, en su ritmo cansino, en su espera fugaz, en la proximidad de la meta o en la meta misma.

El miedo vive en cada gesto del hombre, en cada pensamiento, en cada idea, en las palabras más sutiles y también en las más gruesas.

El miedo vive en cada mirada ansiosa, en cada leve golpe de párpados, en la visión borrosa de la amenaza, en el fondo obscuro de cada pupila dilatada.

El miedo habita las manos enlazadas, cada palma sudorosa, cada gesto contrito, cada sonrisa triste; el miedo.

El miedo ronda cada rincón del universo y cada segundo de la historia, el miedo es imbatible, es inabarcable, es cruel, es voraz, es feroz.

El miedo crece de forma natural en los patios de cuadrillas y en los callejones. En ese espacio mágico se le espera, se le respeta y se le teme. Puede encarnarse en forma de hombre anciano o ceñir el cuerpo gitano de una mujer morena. Puede gastar gesto adusto o sonrisa cínica; puede mirar a los ojos o al infinito; hablar con ritmo pausado o instalarse en silencio en una esquina.

El miedo no necesita esfuerzos para vencer, no tiene prisa, no se apresura, es paciente, pues anida en la derrota amarga de sus víctimas, en lo que fue y en lo que no puedo ser. Y en lo que será.

El miedo es paciente, es ilimitado, es ambicioso, todo lo puede, todo lo quiere y todo lo alcanza.

El miedo es ignorar qué va a pasar en el instante que sigue, sabiendo que puede ser lo último que pase.

 

Paola Dimaio

para Toro Cultura

 

 

El arte de la litografía taurina en el siglo XIX

La popularización de la Tauromaquia y su conversión en el primer espectáculo de masas en España fue posible, entre otras razones, por la aparición de técnicas de comunicación que permitían llegar a muchos miles de personas con un estímulo visual polícromo y convincente. Los maestros grabadores trabajaron con denuedo durante el siglo XIX para perfeccionar las artes litográficas y dotar de realismo y espectacularidad a los motivos publicitarios. Se trata, sin duda, de una de las corrientes precursoras de la publicidad moderna que aporta estampas bellísimas plenas de emoción, capaces de conmover al público. Charles Heitt fue uno de los primeros en admirar este nuevo recurso artístico, y no dudó en proclamar que “Los carteles de toros españoles están compuestos de tal modo que son capaces de sacar dinero a las piedras”

 

Por la divisa - Colección Toro Cultura

Panorámica general de las técnicas de grabado.

Si bien los sistemas de grabado tradicionales, como la xilografía, que emplea matrices de madera, y el huecograbado, ya existían en España desde el siglo XVI, no es hasta la aparición de la Litografía, inventada a finales del XVIII cuando se hace posible realizar en serie reproducciones a varios colores con gran fidelidad de motivos de carácter taurino.

Las técnicas de grabado más primitivas datan de hace treinta siglos en Mesopotamia, si bien van depurándose en su paso por China y no es hasta el Renacimiento cuando puede hablarse de su desarrollo real en Europa.

Las disciplinas son muchas y son susceptibles de división en dos grandes grupos como son los grabados en relieve y al hueco. Ambos tienen en común que se produce una matriz con un motivo concreto, que es entintada y transmite al papel por presión la imagen que contiene.

Las técnicas al relieve se caracterizan porque la pieza que se emplea para la impresión, llamada matriz, es erosionada en las partes que se quiere que aparezcan en blanco, y sólo se transmitirá tinta la cota más alta o superficies prominentes.

Entre ellas destacan la xilografía, cuando la base es de madera tallada, y la linografía, en cuyo caso la matriz es de linóleo, un material más maleable que se obtiene mezclando aceite de lino, madera y serrín.

El grabado al hueco emplea una lógica diferente, ya que se trabaja una plancha, generalmente metálica, en la que se practican incisiones o huecos poco profundos, que serán los que retengan la tinta y, por consiguiente, impregnarán después la superficie que quiere imprimirse.

La plancha puede trabajarse de modo directo, mediante procedimientos físicos como el buril, la punta seca o la mezzotinta; y de modo indirecto, es decir, empleando ácidos para desgastar las zonas que serán después depositarias de la tinta, apareciendo el aguafuerte y el aguatinta.

La litografía constituye un modo de grabado diferente que ocupó un lugar de privilegio en las artes gráficas en la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX, momento en el que surgen con fuerza las fotocomposiciones, más precisas y económicas, relegando a aquella a un lugar testimonial fuera de los circuitos comerciales.

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El origen de la litografía.

Aloÿs Senefelder, músico frustrado de origen checo reconvertido a impresor, obsesionado por la idea de superar el grabado tradicional, experimentó por azar con unas notas trazadas sobre una piedra caliza, descubriendo que ciertos ácidos mordían la superficie de la piedra que no estaba protegida por la tinta de sus anotaciones. Pronto descubrió el modo de aprovechar ese ligero relieve de sus trazos como matriz entintada que vertería al papel, tantas veces como quisiera, el dibujo original. Corría 1796 y, tras tres años de frenética experimentación, fundó en Munich el primer taller litográfico de la historia. Su mente ambiciosa le impulsó a crear talleres en las principales ciudades europeas y a publicar en 1818 un manual sobre las artes litográficas de gran éxito, traducido en años sucesivos al francés, el ingles y el italiano. En España se inaugura el primer taller litográfico en 1819, gracias a la pensión en el extranjero de la que disfruta el militar y grabador José María Cardano, quien viajó a París y Munich, donde aprendió el oficio del propio Senefelder. Madrid, Barcelona y Cádiz son las primeras capitales en disponer de talleres litográficos, y es en ésta última donde hoy puede encontrarse un interesante museo municipal que versa sobre estas técnicas.

El proceso litográfico.

El principio físico sobre el que se basa la litografía es la mutua repulsión del agua y las grasas. Dado que la tinta es un elemento esencialmente oleaginoso el juego de zonas secas y húmedas posibilita el binomio de luces y sombras, de claros y oscuros y, en definitiva, la representación de contornos.

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Para que el proceso sea un éxito debe partirse de una piedra caliza excepcional, como la que se encuentra en las canteras de Solenhofen, Pappenheim y Kelheir en Baviera. La calidad de estas piedras es tal que si se humedece su superficie, el agua queda retenida durante minutos, de modo que rechazan cualquier material graso como la tinta. El éxito de estas nuevas técnicas fue tanto que a principios del siglo XIX el mundo entero demandaba estas piedras, computándose más de 3.000 obreros en las canteras. Los maestros grabadores, tras años de esfuerzo e investigación, fueron definiendo y perfeccionando un proceso artesanal que consta de las siguientes fases:

Primero: graneado.

Consiste en aplanar la superficie de la piedra para lograr uniformidad en el dibujo y la impresión. Para ello se emplea arena húmeda que se extiende sobre la superficie de la matriz, colocando sobre ella otra piedra que se moverá en sentido circular para lograr el pulimiento. Cuando la piedra es de grandes dimensiones se emplea un levigador, esto es, un platillo de hierro fundido con manubrio que facilita el deslizamiento y la rotación.

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Segundo: dibujado.

Una vez pulida la piedra es preciso evitar el contacto de las manos, el polvo o el vaho pues podría dificultar la correcta adhesión del lápiz. Entonces se procede a dibujar sobre su superficie el motivo que se quiere replicar. Para ello, y dado el peso de las piedras, se emplea una mesa especial, con un disco en el centro que permite el giro y facilita su movimiento sin la intervención de las manos.

Tercero: acidulación.

Para fijar el dibujo se somete a la piedra a un tratamiento en toda su superficie de un mezcla de ácido nítrico, goma arábiga y agua. Es una fase en la que el tiempo desempeña un papel fundamental ya que son necesarios quince minutos para que el fluido ejerza su efecto.

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Cuarto: entintado.

La superficie de la piedra es humedecida para lograr el efecto sustancial del proceso. Inmediatamente después se aplica un rodillo con cuero impregnado de tinta, de modo que ésta queda en la superficie seca del dibujo, pero es repelida por el resto de la piedra, pues aún conserva la humedad incompatible con las tintas.

Quinto: estampación.

La piedra entintada es cubierta con el papel a imprimir y ambos se colocan en una máquina que dispone de una regleta que presiona al papel sobre la piedra, lográndose la transmisión de los dibujos. Esta fase se repite tantas veces como colores se quieran imprimir, que pueden alcanzar la veintena, con matrices específicas para cada uno. La precisión en la aplicación de los colores sucesivos resulta determinante, puesto que una leve desviación del papel o de la matriz en las últimas aplicaciones, arruinaría un papel que ya habría sido impreso en varios colores.

Las piedras pueden emplearse para multitud de copias pues apenas sufren desgaste, e incluso un nuevo graneado borrará el dibujo y predispondrá la piedra para convertirse en una nueva matriz al realizarse el proceso de nuevo.

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Hitos de la litografía en España.

En marzo de 1819 se inaugura el primer taller litográfico en España en la madrileña calle de Hortaleza, estando activo sólo seis años, al parecer por las dificultades que sufría para encontrar papel y piedras adecuadas. Su enfoque es cartográfico y su misión dar cobertura a las mediciones de los marinos españoles en sus periplos por el mundo. Fernando VII funda en 1826 el Real Establecimiento Litográfico con el objeto de reproducir las grandes obras de los pintores españoles y darles así universalidad. El monarca le asigna el monopolio que se mantiene hasta 1836, año en que se proclama libertad litográfica, con la excepción de una concesión al empresario barcelonés Antoni Brusi, quien acomete en 1819 la inversión en el segundo taller tipográfico de España. Posteriormente vendrían los de Cádiz y Asturias.

Paralelamente son muchos los grandes artistas que han empleado la litografía para conseguir un número considerable y limitado de copias de una obra. Entre ellos cabe destacar a Toulouse-Lautrec, Picasso, Joan Miró, Antoni Tápies, Piet Mondrian y un largo etcétera de creadores que se vieron seducidos por este procedimiento artesanal e ingenioso de perpetuar su obra artística.

 

La litografía Taurina.

Con la introducción del arte litográfico a mediados del siglo XIX muchos grabadores, expertos en otras técnicas como el aguafuerte, fijan su atención en la calidad de los acabados, la policromía y la posibilidad de imprimir series largas que ofrece esta nueva técnica, se forman el la misma y comienzan a producir motivos diversos, en los que la Tauromaquia ocupa un lugar preeminente.

 

Francisco de Goya:

El antecedente de la litografía de temática taurina es la tetralogía elaborada por Goya en un viaje hacia París, entre 1824 y 1825, conocida como “Toros en Burdeos”. El pintor aragonés había realizado en 1816 su célebre “Tauromaquia”, compuesta por 44 grabados, de los que 11 fueron, según su criterio, defectuosos, si bien en este caso empleó la técnica del aguafuerte. Estas cuatro primeras litografías representan una tauromaquia popular, poblada de lidiadores anónimos, festiva, hasta cierto punto caótica, alejada de las figuras consagradas que inmortaliza en su célebre serie de aguafuertes.

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Juan Víctor Adam:

Pese a que su especialidad es representar escenas de caballos y batallas, este fecundo litógrafo galo publica en 1834 la serie “Corrida de toros. Doce cuadros dibujados al natural” que titula también en idioma francés. La temática y la estructura de la obra recuerdan a la obra de Antonio Carnicero impresa en 1790 haciendo uso de técnicas de huecograbado, en quien posiblemente se inspiró. Sin embargo en este caso los toros tienen unas dimensiones ciclópeas, rostros diabólicos y cornamentas inverosímiles. Los lidiadores emplean ropas demasiado sofisticadas y peinados suntuosos, alejados de los usos de la época. Existen además algunos detalles técnicos que permiten cuestionar el conocimiento del arte de lidiar toros del grabador, como el infame golletazo con que despacha a un toro su lidiador en la décima lámina o el vuelo inverosímil de las telas. En cualquier caso es una obra estimable y representa, tal vez, la primera serie romántica, plena de exageración y estilización de las figuras.

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Wilheim Gail.

El arquitecto y pintor Bávaro, nacido a principios del siglo XIX, Wilheim Gail, viajero infatigable e ilustrador del costumbrismo, produce en 1829 la serie “Corrida de toros en la plaza de Sevilla”. Consta de diez litografías con tintes románticos que se interesa además por asuntos librados fuera del ruedo, como el ambiente del patio de caballos o la oración previa a la corrida. El autor distingue algunas de sus láminas con la leyenda “ad. nat”, lo que indicaría que se trata de escenas tomadas al natural. La suerte de matar representada en la novena lámina es un despropósito por el modo en que el matador clava la espada y el lugar que escoge para la estocada, lo que de nuevo hace sospechar que su conocimiento del toreo es sólo superficial. Los toros lucen cornamentas aberrantes y su tamaño es, en relación con el de los toreros, otra vez excesivo, en claro contraste con el legado de Goya, nutrido de toros chicos, cornicortos y vareados.

 

Luis Ferrant:

La Litografía Nueva, sita en la calle Caballero de Gracias de Madrid, imprime en 1840 la colección de doce suertes de toros, obra de Luis Ferrant.

Se trata, con toda probabilidad, de la primera serie romántica sobre el toreo obra de un artista español que, sin renunciar a la esencia de estilo, modera las dimensiones de los toreros, la sofisticación de su atuendo y, sobre todo, la alzada de los toros, que ahora sí parecen verosímiles. Tal vez influido por la serie de Carnicero, Ferrant se limita a representar lo que ocurre sobre el albero, obviando los tendidos y cualquier otro personaje que no sea protagonista directo de la lidia. De este modo que consigue fijar la atención del espectador en lo verdaderamente relevante de su composición, que es el arte y el valor de los toreros de la primera mitad de siglo para enfrentarse a los toros en plaza.

 

Francisco Lameyer:

Pintor, impresor, militar y viajero portuense nacido en 1825 de amplia obra pictórica con motivos diversos en los que destaca su profunda mirada a Marruecos, plena de costumbrismo. Hacia 1845 litografía seis escenas taurinas con evidentes influencias de Goya, refinadas, dinámicas y realistas. Muestra el pintor un profundo conocimiento de la fiesta y de la mecánica del toreo, reflejando en modo admirable diversas suertes, entre las que se encuentra el salto de la garrocha. Lameyer se interesa por el entorno social de la lidia y retrata también a los actores secundarios y al público algunas veces con tal precisión que casi serían personas reconocibles.

 

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William Price Lake:

Publicada en Londres en 1852 con el título “Hand-book for travellers in Spain” consta de veintiséis litografías, y es obra del arquitecto, viajero y artista gráfico que da nombre a la serie. Se trata de una de las propuestas litográficas de temática taurina más reconocidas en la actualidad por la precisión del dibujo, la amplitud cromática y la viveza de las suertes, tomadas al natural por el propio autor. Price es muy preciso en rostros, situaciones e indumentarias de los personajes, si bien los toros que representan son, una vez más, descomunales, tal vez influido por su recuerdo de algunas razas de manso que existieron en su Inglaterra natal. El autor destaca por la armónica concepción de las composiciones, en las que ya se adivina su posterior aportación al incipiente mundo de la fotografía, de la que fue precursor.

 

Gustav Doré:

Es uno de los grabadores más reconocidos del siglo XIX, con una vasta obra de temática muy diversa, en la que destaca la ilustración de textos clásicos de grandes literatos, como Dante, Balzac o Cervantes, así como de obras religiosas, entre las que se encuentra La Biblia. En 1855 viaja a España en compañía de Teófilo Gautier y Paul Dalloz, tomando notas para una serie litográfica de seis láminas muy celebrada, “Corrida de toros”, que se publicaría cinco años después en París por Turgis. En ellas es palpable el protagonismo del toro, fuerte y dinámico, que embiste con fiereza y nunca parece estar dominado por sus lidiadores. Es sin duda una serie con tintes dramáticos, puesto que en cada instante parece que el toro va a vencer al hombre con su infinita pujanza.

Manuel Domínguez - Colección Toro Cultura

 

La Lidia:

Julián Palacios, reconocido impresor madrileño, funda el 2 de abril de 1882 una de las revistas de mayor prestigio que ha conocido el periodismo taurino a lo largo de los siglos: La Lidia. Tres grandes literatos, Juan Martos Jiménez, Antonio Peña y Goñi y José Sánchez Neira, dirigen sucesivamente esta publicación, sita inicialmente en la plaza del Biombo de Madrid, referente fundamental del cronismo taurino y joya litográfica. Todos los lunes de temporada, entre 1882 y 1900, se imprime la revista en un formato de 34 por 26 centímetros, que contiene tan solo cuatro páginas, las exteriores de texto a tres columnas y la centrales litografiadas con escenas del toreo, costumbristas, camperas y retratos. Excepcionalmente se lanzan también números especiales con doble paginación y, por tanto, obra plástica de tamaño doble.

Daniel Perea es el director artístico y autor de buena parte de los dibujos que originan los grabados de esta singular publicación, si bien colaboran otros reconocidos artistas, como Vicente Bañuls, Ricardo Esteban y José Chaves. La adecuada selección de motivos, el arte del ilustrador, los vivos colores, y la calidad del papel, que ha llegado en muchos casos vigoroso a nuestros días, explican el éxito de este medio que ya es un clásico en su género.

La obra se imprime durante los tres primeros años en la imprenta de José María Ducazcal, sita en la calle Isabel II de Madrid, si bien en 1885 la propia revista se hace eco de la adquisición de máquinas propias para atender mejor el exquisito gusto de su público.

La distribución se internacionaliza y pronto es posible encontrar La Lidia en tierras de ultramar, como México y Argentina, lo que supone una expansión notable para el periodismo de la época. Tras su cierre en 1900, se produjeron varios intentos de recuperar la cabecera, si bien ninguno obtuvo el éxito de la primera publicación así nominada.

 

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Otras litografías notables.

Paramond Blanchard, reconocido pintor y litógrafo francés, aporta en 1834 dos pinturas románticas convertidas después en obra litográfica, que representan “El patio de caballos” y “La división de plaza” En España son raras, si bien fueron editadas el París por Gonfil y en Londres por Gambart, lo que aporta un nuevo indicio de la repercusión internacional del la Fiesta en a mediados del siglo XIX y el protagonismo que tuvieron las técnicas litográficas en su difusión.

También resultan notables las litografías de Legrand titulada “Combate de toros en Lisboa”, que incluye suertes propias del toreo portugués como las pegas de los Forçados.

Van Halen produce “España pintoresca y artística. Función de toros” representando con discreción artística suertes fundamentales del toreo y algunas más exóticas ya esbozadas por Goya en su obra precedente.

La Litografía Industrial Quincallera de Barcelona publica en 1840 una serie litográfica de doce láminas en formato popular y dibujo original tosco y falto de remate.

Antonio Chaman es el autor de otra serie de inspiración taurina editada por la litografía Santigosa de Sevilla en la que también se encuentran escenas de gitanos y flamencos en un registro costumbrista del gusto de los extranjeros románticos viajeros por España.

La litografía taurina representa el modo romántico de entender el toreo en una época dorada de la Tauromaquia, constituye un eslabón importante en las técnicas del grabado y aporta obras de profunda significación que han llegado hasta nuestros días como un legado de gran relieve histórico y artístico.

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

Biblioteca Carriquiri, gran reserva de la cultura del toreo

En el número 15 de la calle Génova de Madrid, en lo que tiempo atrás fue la sede acorazada de un banco, Antonio Briones, reconocido empresario riojano, conserva y difunde el conocimiento universal sobre la Tauromaquia en la Biblioteca Carriquiri.

Se trata, posiblemente, de la mejor del mundo en su género, junto con la de Marco Antonio Ramírez en México; colección viva, en continuo crecimiento, que constituye un referente internacional y una gran reserva de la cultura del toreo.

Es, en cierto modo, una ofrenda que su mentor realiza al arte, tal vez en correspondencia a los muchos momentos felices que la Tauromaquia le ha reportado y le sigue reportando, pues basta un par de minutos de conversación para comprender que es un pensador pleno de experiencias, dispuesto a compartirlas con quien sienta, al igual que él, pasión por la lidia.

 

Un universo mágico:

El ascensor centenario, con puerta manual de dos hojas de cristal biselado, enrejado de protección, espejos y banco de caoba en su interior, nos transporta lentamente a un espacio mágico, silencioso, compuesto por salas sucesivas espaciosas, pasillos alambicados, y pocas ventanas en las paredes, pues es un entorno sagrado que ni los rayos del sol deben profanar.

El aire es cálido y seco, envuelto en aromas a tintas y papeles añejos; la luz escasa e indirecta, y en la penumbra, con la calma que dan los años, descansan orgullosos, fechados entre 1547 y 2016, los libros.

Lomos de piel en tonos púrpura y ocre, verdes algunas veces, muestran sus títulos grabados con letras doradas, creando un universo armónico, polícromo, que invita a la consulta y a la lectura sosegada de la extensa colección. Los diversos volúmenes se encuentran al alcance de la mano, configurando un orden cartesiano sólo alterado por la cabeza de un toro de Carriquiri, divisa que pertenece también al señor Briones, y algunos carteles decimonónicos, anunciadores de las gestas de los toreros de la época, como Cúchares, Mazzantini, Reverte y Frascuelo ante el mítico hierro de casta navarra. Toreros de leyenda rememorados en un espacio que pronto será también legendario.

 

El custodio del arca:

Puntual a la cita nos recibe José María Sotomayor, director de la colección, erudito del toreo, enciclopedista, pues es el autor del tomo XII del Cossío, quien gestiona el centro por la pasión que siente por los libros y por la profunda amistad que le une a su propietario. Es un hombre sobrio y elegante, de palabra fácil y juicio certero, profundo conocedor de las artes del libro y de la Tauromaquia, no en vano inició su afición de la mano de su padre en 1944, y lleva 38 años asistiendo casi sin descanso a las funciones de Las Ventas.

Acompañante asiduo de Matías Prats, su querido y admirado tío, sintió la vocación de la literatura taurina a su lado, pues el periodista le encargaba pequeños trabajos de investigación y admiraba después sus dotes para la expresión escrita.

Ingeniero de profesión, ha tenido papeles protagonistas en proyectos petroquímicos en oriente medio, obras complejas de alto valor añadido, si bien comprendió su estatus cuando en una tertulia, el poeta Gerardo Diego le dijo sin ambages: “Usted no vive de la ingeniería; en realidad come de la ingeniería, pero vive del toreo”. José María nos guía por las salas, nos descubre los arcanos de esta colección única, y nos muestra, con la generosidad propia de la casa, cuantos volúmenes nos interesan, narrando con pasión la pequeña o gran historia que les acompaña.

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La colección Carriquiri:

La colección tiene su origen en el legado que hicieron al señor Briones su padre y su suegro, y desde entonces no ha hecho más que crecer cuantitativa y cualitativamente, pues su fondo es asombroso, con multitud de volúmenes valiosos y difíciles. Estuvo inicialmente ubicada en Talavera la Real, en una finca llamada Aldea del Conde, hasta julio de 1999, momento en el que llega a las oficinas del Grupo Génova, su actual emplazamiento. Desde entonces son tres las ampliaciones realizadas, años 2007, 2010 y 2015, que han generado la existencia de nuevas estanterías y también nuevas salas, en un proceso de expansión natural que recuerda a la Conservaduría General descrita por José Saramago en “Todos los nombres”.

Entre los años 14 y 15 han entrado más de 700 libros, y el ritmo de crecimiento actual acelera de manera evidente, con ratios que apuntan ya al millar de nuevos volúmenes al año.

El impulsor de este santuario regenta negocios de diversa índole, entre ellos el hotelero, que le exige viajar por el mundo de manera permanente. Don Antonio y su colaborador infatigable, don José María, reciben ofertas de obras sueltas o bibliotecas completas, pues su bibliofilia es bien conocida, viajan a Francia y otros países taurinos, rastrean, compran y disfrutan del tacto suave del papel, de su aroma seco que recuerda a maderas nobles, y de los testimonios de autores de seis siglos diferentes.

Además de los libros puramente taurinos, a Carriquiri le interesan los mixtos, es decir, aquellos que de manera colateral abordan el toreo. Hay obras compilación de entrevistas a personajes españoles, siempre que contengan conversaciones con matadores, ganaderos u otros protagonistas de la fiesta. También libros que abordan obras artísticas inspiradas en el toreo, como las Tauromaquias de Goya o Picasso, y tantas otras basadas en la escultura, la música y la arquitectura taurina.

Calcula el director que en total son 18.000 volúmenes, contando manuscritos, revistas y álbumes de postales. Pese al interés que despierta la fotografía en sus próceres, hasta la fecha no son objeto de coleccionismo, ya que haría falta un gran nuevo espacio, y las condiciones de conservación de películas exigirían cambios notables en el actual espacio de Carriquiri.

Como cualquier gran colección, la biblioteca dispone de su joyas, y de entre ellas nuestro guía destaca un ejemplar de la primera tirada de la Tauromaquia de Goya de 1816. En la actualidad es muy difícil que salga a la venta completa, por lo que su valor es realmente elevado. La de Carriquiri ha sido expertizada por la Calcografía Nacional, observándose todas la características, incluso las más nimias, que la acreditan como el conjunto de grabados procedentes de la plancha creada por el pintor aragonés. También cuenta con otros trabajos originales del XIX, entre ellos un álbum de Daniel Perea titulado “A los toros” con la peculiaridad de disponer también sus dibujos originales, base de la obra litográfica. En bibliografía mixta existen también grandes piezas que serían del interés de bibliófilos de campos muy diversos, como la literatura, la pintura, la música, la agricultura, la religión e incluso la filosofía.

 

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El orden:

En un universo así nada debe dejarse al albur de los elementos; cada libro tiene su ficha de identidad y existe un procedimiento perfectamente contrastado para el acogimiento de nuevas obras.

Cuando llega un ejemplar se le ofrece a don Antonio para que lo lea durante el tiempo que estime oportuno. Después se ficha por obra de la bibliotecaria, y se conduce a su ubicación exacta, haciendo uso de dos coordenadas. Abscisas y ordenadas permiten identificar el estante que habita, y como quiera que la ficha identitaria describe bien sus dimensiones y encuadernación, la localización es siempre sencilla. El criterio de asignación de ubicación es el tamaño de cada ejemplar, y no la temática, porque de este modo se aprovecha mejor el espacio, siempre escaso, y se facilita el mantenimiento de los libros, puesto que en caso contrario la luz, pese a ser tenue, decoloraría la parte expuesta de la cubierta. También, admite el señor Sotomayor, la estética de los anaqueles incide en el procedimiento de ordenación elegido, pues una biblioteca de quien ama los libros ha de ser siempre un espacio bello.

 

El seguimiento de un libro:

Tanto Briones como Sotomayor se definen como “bibliófilos cuerdos”. En las subastas tratan de conservar la cabeza fría, pujando sólo por el precio que consideran adecuado. Esto no siempre es fácil, puesto que la oportunidad de obtener un ejemplar escaso y deseado desata la emoción de cualquier coleccionista. Sin embargo su experiencia les dota de prudencia, y saben que el libro que cotiza caro volverá a cruzarse en su camino a un precio más ajustado.

Pese a tratarse de coleccionistas expertos con posibilidades económicas, la actitud de estos dos hombres se encuadra en el modelo de la felicidad de la psicología de vanguardia, que asegura que “la felicidad se encuentra en la antesala de la felicidad”. Tal vez por eso son conscientes de que el proceso de perseguir un libro es más placentero que poseerlo. Conocer un título, ahondar en su contenido, investigar sobre su autor, saber de su editor, rastrear la edición príncipe, conocer su formato, tipo de encuadernación, signatura tipográfica, marcas al agua si las hubiera, llegar a saber quiénes lo poseyeron antes, e incluso cuantos ejemplares más quedan íntegros, es un cometido hermoso que emociona y satisface a estos dos investigadores. Disfrutan de la simetría de corondeles y puntizones, de la originalidad de un exlibris, de la firma de su autor y de las notas que ilustran un viejo ejemplar, que dan fe del modo en que fue leído y entendido por sus primeros poseedores. Todos los libros tienen su pequeña historia también por las vicisitudes que han ocurrido hasta conseguirlo. Viajes precipitados, encuentros casuales, informes confidenciales, ofertas de intermediarios, consejos de amigos o noticias de una subasta, forman parte del itinerario que ha de seguirse hasta conseguir una pieza valiosa.

José María Sotomayor recuerda con admiración el libro de Mendoza “La pasión por los libros”, que narra las andanzas de un bibliófilo decidido a vender su extensa colección por el simple placer de ir comprándola de nuevo en sucesivas subastas. La experiencia de estos dos hombres es una demostración más de que desear es más emocionante que poseer.

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La difusión del fondo:

Aunque la biblioteca es privada, Antonio Briones es un hombre generoso y permite que, bajo ciertas condiciones, acudan personas a investigar y a visitar la colección. Es habitual que grupos de personas interesadas en el toreo la visiten, como el Aula Tauromaquia de CEU, y prensa especializada, si bien el grupo se limita a no más de 20 personas, pues del mismo modo que la empresa rebosa generosidad, es también garante de la continuidad de la colección y por tanto celosa en su vigilancia.

Tal vez llegue un tiempo en el que los aficionados al toreo tengan que vivir sólo de recuerdos. Quizá llegue un día en que el acoso a la Tauromaquia pretenda destruir la “memoria histórica”, para lo cual habrá de aniquilarse cualquier vestigio que invoque al pasado glorioso. Es posible que, en un futuro remoto, el aficionado deba ocultarse, como han hecho a lo largo de la historia los practicantes de credos prohibidos. Si ese día llegara, la biblioteca Carriquiri será un santuario furtivo y tierra de promisión para todos los que admiren el perfil soberbio del toro y el valor sereno de los hombres capaces de darle lidia.

 

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura.

Escuela Taurina de Madrid, forja de hombres libres.

En el frontispicio del hangar que acoge las sesiones de toreo de salón de la Escuela Taurina de Madrid hay un cartel de firme grafía que dice “Llegar a ser figura en el toreo es casi un milagro”

Nadie puede decir que los aprendices de torero viven en un engaño. Antes al contrario, esta sentencia denota la libertad de la que disfrutan estos jóvenes, pues no hay ser más libre que quien decide dar la vida para perseguir una quimera. Los que aquí aspiran a la gloria saben que la libertad no se reivindica, se tiene. Saben que la libertad no se suplica, se ejerce, y que el tiempo para disfrutarla comienza ahora y finaliza con el último aliento.

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La Escuela se encuentra ubicada en la Venta del Batán, espacio de la Casa de Campo madrileña que sirve de esparcimiento a vecinos y visitantes, en la que no hace mucho tiempo se mostraban los toros que iban a ser lidiados en la Feria de San Isidro.

La Venta comprende algo más de 10.000 metros cuadrados, que acogen plaza de toros, hangar para el entrenamiento, aula de formación, modestas oficinas, vivienda del mayoral y corrales.

La situación actual del centro es de necesidad perentoria, puesto que el Ayuntamiento de Madrid, titular del mismo, ha cambiado de viento político y sus actuales cargos son aversos al toreo. Sin embargo los codirectores de la Escuela, los maestros Joselito, Fundi, Bote y de Julia, tienen un compromiso que supera le ámbito de lo profesional, pues los cuatro se formaron aquí, y muchos de sus sueños infantiles duermen aún esparcidos en las aulas, el albero y el aroma sereno del bosque que lo circunda.

 

Origen:

Enrique Martín Arranz, novillero en su juventud y más tarde apoderado y ganadero, la funda en 1976 con el nombre de Escuela Nacional de Tauromaquia. Poco después se une el maestro y escritor Manuel Martínez Molinero formando un equipo valioso y comprometido. En 1982 se hace pública a través de un convenio con el Ayuntamiento de Madrid y su Diputación, y pasa a denominarse Escuela Taurina de Madrid, nombre al que poco después se añade el del mítico matador local Marcial Lalanda.

En aquella época la vida de los maletillas era dura, llena de privaciones que incluyen hambre y frío. Algunos especialmente necesitados rayaban el delito como único recurso para subsistir.

El slogan que sus fundadores proponen es toda una declaración de intenciones: “Para ser torero no hace falta tener hambre ni dedicarse a las capeas”, provocando sí un punto de inflexión en la concepción de la formación de los toreros.

Crean además un incipiente plan de estudios, pensando más en el hombre que en el torero. La premisa es clara: si no hay hombre no puede haber torero, y aún habiendo torero, es necesario saber más para ganarse la vida con dignidad. Todo evoluciona, y bien entrado el siglo XXI la intolerancia de algunos fundamentalistas es la principal amenaza que se cierne sobre estos jóvenes. Las penurias económicas de hace cuarenta años han sido sustituidas por la saña de unos pocos radicales. El maestro Bote emplea términos muy claros “El chaval que quiere ser hoy torero tiene mucho mérito. Cuando yo empecé era dios, por la calle me animaban y en el colegio me admiraban. Hoy sin embargo tienen que esconderlo porque hay quien no entiende su afición y emplea el insulto”

Escuela Taurina de Madrid

La aportación de este centro a la Fiesta es muy notable, pues en sus cuarenta años de vida ha formado a 2.500 alumnos, de los cuales 130 se han convertido en matadores de toros. También surgen banderilleros, apoderados y empresarios. Algunos han seguido caminos divergentes, desarrollando aptitudes artísticas, como “El Loren”, pintor o José Luis Ramón, escritor, lo que demuestra que aquí también se desarrollan valores humanos y culturales. El maestro Joselito tiene una fe inquebrantable, no solo en la escuela, sino también en la Tauromaquia: “El futuro de la Fiesta es espléndido. La gente sabe que esto es verdad. Aquí se vive y se muere de verdad. Eso sólo pasa en el torero. Hace falta que al aficionado se le den facilidades y comodidades para disfrutar de este espectáculo único” En cuanto a los alumnos a los que instruye día a día el maestro es también categórico: “Esto tiene aún margen de mejora. Ya esta entrenándose el torero que tiene el duende de Morante y el valor de José Tomás. Va a llegar y va a llenar las plazas”

 

Valores:

Resulta insólito que en 2015 un centro de formación consagre su existencia a la perpetuación de una serie de valores. La Escuela Taurina de Madrid lo hace de forma decidida y explícita, bajo la premisa fundamental de que “La moral permite al hombre orientarse en la vida”. Siendo éste el valor fundamental, encuentra cumplido desarrollo en un decálogo que contempla el aprendizaje, la voluntad, el sacrificio, la superación, la perseverancia, la responsabilidad, el respeto, la puntualidad, la honestidad y la valentía. Sin duda se trata de un ideario que cualquier empresa desearía implantar en su plantilla, pues son principios que potencian a la persona en cualquier actividad.

El maestro Bote sonríe cuando abordamos este capítulo, mostrando un punto de orgullo por la trascendencia del decálogo :“Somos afortunados por que nuestros alumnos respetan a la gente. Lo hacen en la escuela, en su casa y en la vida diaria con pequeños detalles como ceder el asiento a los mayores en el metro”

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Asignaturas:

Cuando el nuevo equipo directivo asume la titularidad de la Escuela se produce una redefinición del plan de estudios. Joselito y Bote se encierran en el Centro de Alto Rendimiento para Toreros de Guadalajara (CEART) y redactan un programa que aborda cuatro áreas fundamentales para la formación de toreros, como son la lidia, las suertes, la autosuficiencia y la preparación física. Además incorporan un capítulo práctico que permite verificar las destrezas adquiridas. Cada uno de ellos tiene cumplido desarrollo como evidencian los siguientes planes de trabajo:

La lidia: Estrategia y táctica. Condicionantes para la colocación. Condicionantes por la morfología y los encastes. Capas y encornaduras. Posición del torero. Los sentidos del toro. Terrenos y querencias. Distancias, alturas y presentación del engaño. Recorridos y colocación. Cruzarse. Ligar los pases. El tentadero (hembras y machos). El toro en la plaza. El toro a campo abierto.

Las suertes: La pureza del toreo. Axiomas: Belmonte parar mandar templar. Axiomas: Domingo Ortega incluye cargar la suerte. Axiomas: Rafael Ortega añade el momento de citar (el recurso sale solo). Suertes de capa. Llevar y sacar al toro del caballo. Tercio de quites. Banderillas. Suertes de muleta. La estocada. El descabello. La puntilla.

Autosuficiencia: Capacidad de satisfacer las necesidades propias. Liturgia y bases del toreo. Indumentaria. Limpieza y conservación. Cómo atarse los machos y el nudo del corbatín. Limpiar capote y vestido. Afilar espada. Hábitos para vivir en torero. Trato persona y profesional con la cuadrilla. Administración y fiscalidad. Cómo rellenar boletines y contratos.

Educación física: Un método para los toreros. Resistencia. Velocidad. Flexibilidad. Fuerza. El esfuerzo del torero. Instantes explosivos. Fases de relajación.

Formación práctica: La Escuela organiza tentaderos, clases prácticas en becerradas para alumnos de más de 14 años y, como colofón, novilladas en las que los alumnos desarrollan su destreza.

 

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Calendario y horario lectivo:

La Escuela es el centro de Madrid con más días lectivos al año puesto que aquí no se descansa ninguno.

Los laborables se imparte la docencia de 16,30 hasta las 21, mientras que los festivos la actividad es de 10 a 13 horas. Todo el año. Sin vacaciones, siendo agosto es un mes especialmente hábil por la efervescencia del toreo en esos días. Existe un calendario con horarios y materias para cada día de la semana, alternando materias teóricas, como las suertes o la lidia, con otras más dinámicas, como educación física o toreo de salón. El objetivo es ofrecer una preparación de calidad, equilibrada y completa para futuros lidiadores.

El periodo de formación de los aspirantes comienza en el instante en que se presentan e inscriben, y finaliza el día en que debutan en novilladas picadas, momento a partir del cual los nuevos toreros reciben el aliento de sus compañeros y mentores, mas se considera que el nuevo torero tiene preparación suficiente y debe poner en valor lo aprendido en la Escuela.

 

Titulación:

La formación impartida en la Escuela no tiene reconocimiento oficial, si bien el centro expende un diploma y confecciona un cuadro de honor de los alumnos más destacados. Hay un proyecto por parte del Ministerio de Educación de un nuevo formato para profesionalizar a los chavales, dado que ser figura es poco probable. Se trata de que se preparen también en materias convencionales para ejercer otras profesiones más o menos próximas al toreo.

El centro emite también certificamos para poder conseguir el carnet profesional de torero, si bien uno de los profesores advierte de que tiene que ser más exigente porque ha habido cierto “compadreo”.

Junto con los directores ya citados existen otros profesionales que colaboran desinteresadamente en la formación de los jóvenes, aportando conocimientos y experiencias de campos diversos, necesarios para el desarrollo humano, técnico y artístico de los estudiantes.

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La economía de la Escuela:

En 2014 los alumnos pagaban 20 euros al mes, desde mayo no se cobra cuota alguna, si bien la actual coyuntura política, tendente a estrangular el toreo, podría revertir la situación.

El maestro Bote asegura que en la actualidad no existe un presupuesto, producto de una gestión económica incomprensible, y que los codirectores llevan ya cuatro meses sin cobrar. Pero hay más gastos corrientes, como los suministros y los desplazamientos para los tentaderos, todos desde la modestia, que pueden asfixiar al centro. Afortunadamente otros colaboradores, como el preparador físico, el psicólogo y otros docentes ocasionales lo hacen de manera desinteresada. El Ayuntamiento de Carmena amenaza con desentenderse de desplazamientos y seguros de los estudiantes, y prohíbe el tentadero de animales en el recinto del Batán, prohibición inútil, puesto que desde hace casi diez años no pisa el albero res brava alguna.

La Comunidad de Madrid, por boca de su presidenta Cristina Cifuentes, manifiesta su disposición a hacerse cargo de la Escuela, cuyo presupuesto en años precedentes rondaba los 60.000 euros. Sin embargo la pugna política imposibilita este tránsito ya que el Ayuntamiento no está dispuesto a ceder y, según el propio José Luis Bote, “quiere dejarla morir sin escándalos”

El actual claustro de profesores es beligerante con la causa y asegura que les va a costar desahuciarlos, ya que se convertirán en “ocupas” y se encadenarán antes de dejar lo que consideran debe pervivir. Bien podrían estos docentes cambiar de escuela y prestar su conocimiento en otro punto, pero el vínculo emocional que tienen con el espacio que les vio nacer como toreros es prácticamente irreductible.

Las cuentas de la tauromaquia en Madrid son muy claras. El canon que el empresario de Las Ventas paga a la Comunidad de Madrid es de 2,3 millones, mientras que los ingresos por IVA que genera la feria de San Isidro se aproximan a los 5 millones de euros. La fiesta no necesita subvenciones, sólo destinar una parte de su rendimiento a la promoción del toreo, como se hace en cualquier otra actividad cultural.

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Resultados académicos:

El actual consejo rector se responsabilizó del centro en 2014 compitiendo lealmente con otras escuelas cercanas. En el presente siglo la Marcial Lalanda había perdido terreno. Los 200 alumnos de mediados los noventa quedaron reducidos a 14, si bien el nuevo claustro ha estimulado el incremento de las matrículas hasta las actuales 74. Sin embargo no todos viven el toreo con la misma pasión y son 40 los que acuden de manera regular al recinto de la Casa de Campo “porque algunos son muy listos y en cuanto les aprietas un poco las clavijas se pasan a otra escuela”

El maestro Bote asegura con un destello de orgullo en la mirada: “Empezamos a ver los frutos, el año pasado se plantó la semilla y en el concurso Camino hacia Las Ventas de tres puestos dos son nuestros. El ganador fue un chico de nuestra escuela. En otros certámenes tenemos cantidad de trofeos”

Los profesores saben que para consolidar y mejorar estos resultados es necesaria constancia y práctica. Por eso en 2014 se sumaron 422 reses toreadas. “Taurodelta da siete novilladas, 20 añojos y 50 vacas. Se lo exigía la Comunidad por pliego, pero en 2016 se termina y harán uno nuevo. Esperamos que todo se resuelva favorablemente”

 

Escuela Taurina de Madrid

El parque temático de la Tauromaquia:

El Ayuntamiento de Madrid aprobó en la anterior legislatura un proyecto para restaurar la Venta del Batán, hacer un parque temático sobre el toreo, recuperar la exposición de los toros en San Isidro y realizar actividades taurinas todo el año, como cursos, congresos, exposiciones, etc. La partida presupuestaria estaba ya aprobada, y uno de los objetivos era facilitar la autofinanciación de la Escuela.

Sin embargo el cambio político, con la llegada de coaliciones de izquierda radical que repudian la cultura del toro, ha provocado el replanteamiento del proyecto alejándolo de la Tauromaquia sin saber muy bien qué hacer. El maestro Bote hace sus cábalas al respecto y sólo se atreve a pronosticar la recreación de una granja.

La paradoja es notable. Aniquilar eventos culturales, fundamentados en el valor, la inspiración y la libertad de creación artística, para generar un espacio anodino en el que los seres vivos pierden su identidad y son manipulados impunemente.

Tal vez sea un aviso sobre los tiempos que corren y que afectan al toreo, pero también al resto de dimensiones culturales del hombre. Tal vez se trate de prohibir lo que no se puede controlar. Tal vez sea un nuevo intento de imponer el pensamiento único.

Sin embargo alumnos, profesores y otros estamentos relacionados con el torero no están dispuestos a permitir que se cercene su derecho al libre pensamiento y a la creación artística. Con frecuencia la historia muestra que el inconformismo de pequeños grupos de hombres justos es el detonante que desencadena nuevas ansias de libertad y la rebeldía cívica.

Tal vez no haya hoy mayor acto de rebeldía cívica que apoyar el sueño ancestral de medirse a la fuerza bruta del toro y engendrar belleza.

 

Javier Bustamante para Toro Cultura.

 

Escuela Taurina de Madrid

 

José Luis Bote: “Les pido que se dejen la vida en ésto”

La carrera de este torero es un torbellino de pasiones con luces y sombras, que van desde el éxito clamoroso en México hasta cornadas durísimas que le arrojan al borde de la muerte, y ponen a prueba su inquebrantable confianza. Nadie sabe a dónde habría podido llegar si los toros y los despachos le hubieran tratado con más equidad. Tal vez a torero de culto. Hoy disfruta del sosiego que dan los años, paladeando su trayectoria, al tiempo que instruye a jóvenes aspirantes en la Escuela Taurina de Madrid, centro en el que se formó como torero y como hombre.

La crónica de Joaquín Vidal en El País del día 18 de mayo de 1992 es un buen referente para entender la carrera de este torero, y contiene, entre otras, las siguientes consideraciones: “Un torero con mala suerte es este José Luis Bote. Un torero magnífico con muy mala suerte, procede precisar. (…) Apena el accidentado destino del hombre, naturalmente, mas también son de lamentar las frustraciones que sufre el torero, estilista en el arte de lidiar reses bravas y conocedor profundo de las suertes. De qué le vale tanta técnica y tanto estilo (…) cuando le es prácticamente imposible desarrollar todo ese bagaje artístico, pues ha de pechar con lo que no quiere nadie.” Aquel día fue corneado de máxima gravedad por un toro de Moreno de la Cova, causándole fractura de dos vértebras y pérdida de movilidad en las piernas. Cuatro años después, vistiendo el mismo terno blanco y oro, entusiasmó al público en Aguascalientes, logrando dos rabos y dejando un recuerdo indeleble en las retinas de los aficionados mexicanos. La cara y la cruz de un oficio que tan bien conoce el torero madrileño y que cada tarde se esmera en transmitir con rigor a sus alumnos del centro que codirige.

Nos recibe en el despacho de la dirección de la escuela situada en la Venta del Batán. Anochece en Madrid cuando nos saluda con cordialidad después de despedir al equipo de la BBC británica, que le acaba de entrevistar para elaborar un reportaje sobre el momento presente del toreo. Viste atuendo clásico, sonríe con franqueza, subraya sus palabras con mirada cómplice y, en ocasiones precisos silencios retóricos. Es el maestro Bote, un estilista de suerte esquiva.

 

Maestro Bote, usted se formó aquí. Su docencia en este centro es el broche dorado para una meritoria trayectoria dedicada al toreo.

Sí, es un privilegio dedicarme a la enseñanza del toreo una vez retirado y poder aportar mis vivencias a los chavales. Cuando ves que funcionan es una gran satisfacción.

Son treinta años de distancia ¿Es ahora igual que antes?

En lo esencial sí, pero antes, cuando yo me formaba aquí, venía en el metro con una muleta o una ayuda y la gente te admiraba y te animaba. En el colegio era un pequeño dios. Hoy sin embargo, estos chicos tienen que esconder su condición de alumnos de la escuela, porque les insultan.

¿Cuáles son las claves de la formación que aquí imparten?

Lo primero es el hombre y después el torero. Tenemos un plan de estudios completo, pero sobretodo formamos a los aspirantes en valores, en los valores del toreo que tan importantes son para desenvolverse en la vida de forma honesta.

¿Cuál es el consejo más difícil que da usted a un chaval en la Escuela?

Sin duda que tiene que dejarse la vida en ésto. Es lo más duro, profundo y emocionante. Decirle “arrímate, pasa esa barrera”, es llevarle a ese límite tras el cual que le puede coger y reventar. Para mi eso es terrible. Tener que exigirle eso es muy duro. Cuando uno de los chavales es corneado de gravedad es muy amargo, porque me doy cuenta de que ha sido herido porque ha hecho lo que le he pedido.

Sin embargo ese sacrificio es necesario para prosperar en el toreo.

Sin duda. No hay más que fijarse en la figuras, que lo tienen todo ganado y van a cara de perro, con las heridas abiertas de nuevo a la plaza. Y toreros a los que han metido en la enfermería con conmoción y un cornalón tremendo y que cuando medio despiertan se van otra vez al ruedo. O en el mismo ruedo se ven con el muslo abierto y siguen toreando.

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Maestro, cuando ve a un chaval venir tres días a entrenarse y le tiene cuatro días en el aula ¿puede predecir si ese chaval va a triunfar?

Desde el primer día, y sin saber torear.

Usted se fija en el estilo, los andares, la actitud…

Esa es la clave, la actitud, y a partir de esa actitud viene lo demás. Lo que pasa es que esa actitud es cambiante y cuando mengua dejas de apostar y te centras en otro. Siempre hay una búsqueda de ese perfil que te gusta e ilusiona.

El que no tiene esa determinación no será torero, pero el que la tiene puede desfallecer, ya que esto es una carrera de fondo…

Al final, te lo digo por experiencia, la constancia es imprescindible. Un buen ejemplo es López Simón, al que tuve en otra escuela desde el primer día. Llegó sin saber coger un capote, y cuando salió para debutar con caballos no había hecho más que crecer. Desde el primer día hasta el último; nunca me decepcionó. Lo que yo sentía al verle entrenarse el primer día lo sentía también el último. Tiene todas las capacidades, buena cabeza y mucha voluntad. Tiene una capacidad bárbara, y si no se deja influir por el entorno llegará muy lejos en el toreo.

¿Cuáles son los valores de un torero así?

Se emociona toreando. Cuando no le sale bien se lleva un gran disgusto. Es un chaval que no falla ningún día, es constante, se lo ves en la cara el primer día y lo compruebas minuto a minuto, hora tras hora, día tras día. Evoluciona, quiere, quiere y quiere.

¿Es eso más importante que la inspiración, las maneras la estética…?

Eso es más importante que todo. Hay palos en el arte de distinta inspiración, pero esa actitud es universal, querer, querer y volver a querer. Rondeña versus sevillana, más o menos pinturería … Ambas tienen su aportación, pero la voluntad está por encima de todo.

¿Qué toreros le gustan en la actualidad?

El que más me ha impactado en los últimos años ha sido José Tomás. Me quito el sombrero. Verdaderamente, yo que me he puesto delante del toro y se lo que hace el toro, y se cual es la barrera que hay que pasar, me parece que este tío la traspasa. Ha puesto el torero muy caro. Después de José Tomás las figuras tienen que hacer cosas que en otros tiempos no se hacían. Antes cuando salía un toro complicado tenías más o menos recursos, pero es que José Tomás se lo hace al bueno, al malo y al regular, poniéndose en el mismo sitio con todos. Otro detalle: el viento. A mi el viento me preocupaba, era algunas veces terrorífico. Nosotros nos excusábamos con el viento, pero llegó José Tomás sin inmutarse, se ponía a 20 metros del toro y el tío, con la muleta medio volando, lo citaba si menearse. Para esto hay que ser un dios.

El Niño de la Capea dijo que ser torero exige ir algunas tardes a la plaza sabiendo que vas a morir. ¿Opina usted lo mismo?

Totalmente. Eso es real.

¿Ha ido usted a la plaza pensando que esa era tu última tarde?

Sí. Yo he toreado en Madrid un 15 de agosto, pensando en quitarme del toreo, porque llevaba una mala racha. Sabiendo que tenía que pasar algo muy importante. Y estuve a punto de abrir la puerta grande. No lo conseguí porque pinché, pero le corté una oreja al primero y ese segundo aún pinchándolo logré una vuelta al ruedo. Y a partir de ahí volví a tomar confianza e ilusión, y a sentirme con futuro.

¿Cómo vivía usted esos instantes críticos en los que puede triunfar o perder la vida?

Hay veces en que uno ni siquiera es consciente de que está pasando esa barrera del riesgo máximo. Yo en aquella corrida de Madrid me asusté viendo después el vídeo, y no tanto en la plaza. Recuerdo que mi segundo toro, me hizo una de las cosas que más temor me causaban, que es cuando los toros se emplazan. A mi me cogió un toro en Benidorm porque se emplazó. Me cogió y me corneó el pecho contra el caballo; era un toro muy manso. Estuve 48 horas al borde de la muerte. Me reventó por dentro, páncreas, duodeno, hígado… un destrozo considerable.

A partir de ese día, cuando se me emplazaba un toro, me recordaba a aquel y pasaba un quinario. Pues aquella tarde en Madrid me hizo eso mismo el toro, pero no le di importancia. Me fui para el toro y lo paré como si fuera una becerra en el campo. ¿Cómo se explica eso? Cuando vi el vídeo me preguntaba que me había pasado para verlo tan claro, sin pasar miedo, y más con las sensaciones de aquel cornalón.

Dicen muchos toreros que en la plaza se pasa miedo sobre todo en los momentos previos; que cuando sale el toro uno se suelta y se disipa. Sobre todo tienen miedo a no estar a la altura de las circunstancias, a defraudar al público más que a la cornada ¿Cómo vive usted el miedo?

Depende de las épocas. Ha habido tardes que las he vivido con pánico, bueno, casi con pánico. Pero en otras tardes estás tan a gusto con el toro. La plaza que más me pesaba de todas era Madrid. Pues bien yo he tenido tardes en Madrid en las que me he sentido muy bien y no deseaba que se acabara aquello, y otras en las que cada minuto se me hacía eterno. Creo que depende del momento de los toreros. Depende de la mentalización, por eso nosotros trabajamos mucho la mente. Que el torero no se descentre, que piense en el toreo. Creo que la mentalización es fundamental y lo veo también ahora que no me visto de luces. Ahora veo esos toros enormes y me da la impresión de que no me he puesto delante de ellos, y me he puesto con esos y con otros más grandes. Si me tuviera que poner delante de ellos hoy, sólo con oírles la respiración estaría majareta perdido. O sea que es una cuestión de cabeza. Si estás con la necesidad de triunfar en ese momento haces lo que haga falta para cortar orejas. Luego cuando no tienes esa necesidad ya no es tan fácil. Pensar en volver ante esos pitones da mucho miedo. Ahora no sería capaz de ponerme delante de ese toro.

Si yo le enseñara una foto de un toro que ha lidiado usted, por ejemplo en 1990, ¿sería capaza de recordar el comportamiento del toro y como fue la faena?

Sí. Aquí se pasa mucho miedo. También con el toro actual que es más noble, pero si te equivocas te revienta.

¿Pasaba miedo físico?

Sí, también. En realidad va por momentos. Yo por ejemplo en los hoteles lo pasaba peor que delante del toro. Yo, si no estaba muy cansado, prefería evitar el hotel, porque encerrarme entre esas cuatro paredes, empezar a darle vueltas, pensar en qué toro me va a tocar, cómo será, qué viento habrá, eso es terrible. Como también se sufre en el patio de cuadrillas. Por ejemplo en Madrid, cuando vas llegando a la plaza no veas la que te entra. Cuando entras en la plaza y pasas del patio de caballos al portón, ese momento es criminal.

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Decía Belmonte que ningún torero firmaría un contrato en un patio de cuadrillas.

Claro. Ese momento es criminal, es uno de los instantes en que nunca me he sentido cómodo, nunca me he sentido bien.

Sin embargo, afortunadamente, casi todos los toreros salen por su pie de la plaza ¿no es posible aferrarse a la estadística?

Pero es que la estadística dice que hay muchas cornadas, lo que ocurre es que en la actualidad mueren pocos toreros, pero mueren menos porque la medicina ha mejorado mucho. Tenemos unos fenómenos que se llaman cirujanos que son unos verdaderos artistas.

¿Cómo ve el futuro, concretamente el de esta Escuela que usted codirige?

Nosotros tenemos un proyecto y vamos a llevarlo adelante. Estamos siendo acosados y desde el Ayuntamiento nos amenazan de desahucio. No creo que lo consigan porque estamos dispuestos incluso a encadenarnos para evitarlo. Lo más fácil sería abandonar e ir a otra escuela, pero esta tiene más de cuarenta años de historia y es le lugar en el que nosotros nos formamos.

 

La entrevista toca a su fin. Los maestros Fundi y Rafael de Julia, codirectores también, se acercan a la reunión que se convierte ya en tertulia. Mientras, los alumnos de la escuela depuran su técnica practicando toreo de salón en un hangar cercano a la plaza de tientas de El Batán. Es tarde, el frío y la humedad han tomado el parque, pero en la oscuridad sigue latiendo el deseo ferviente de los chavales por ser toreros, y la ilusión de sus maestros por ayudarles a conseguirlo.

 

 

Colección Joly, legado histórico de la Tauromaquia

_DSC0741Federico Joly Höhr vivió 68 años durante los que, entre otras cosas, fue capaz de coleccionar importantes documentos sobre la historia de Cádiz, la Constitución de 1812, autógrafos de reyes españoles, cartas náuticas, y ediciones príncipe de los autores de la generación del 27

El coleccionista paciente.

Hombre reservado y generoso con sus amigos, encontró en la Tauromaquia una de sus mayores pasiones, y disfrutó buscando y adquiriendo carteles, entradas, cartas, contratos, tratados relacionados con el arte de torear y cuantos motivos inspiraran su alma de torero.

Bibliófilo confeso, persona de amplia cultura, abogado y periodista, tuvo el honor de conocer a personalidades de relieve en el ámbito cultural, como el premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez, a quien regaló en su última visita a Cádiz un ejemplar de la primera edición de la Carta Magna de 1812

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Su concepto del coleccionismo rayaba en la perfección, pues a la cuidada selección de los objetos conseguidos añadía un matiz relevante: trataba siempre de lograr dos ejemplares. Sin embargo el segundo no estaba destinado a la venta con beneficio, si no a homenajear a algún amigo que suspirara por la pieza.

Oriundo de Francia, país que abandonaron sus bisabuelos en 1820 para instalarse en Cádiz, Federico Joly fue heredero que la tradición periodística familiar, dirigió El Diario de Cádiz, fundado en 1867, hasta su muerte en 1999, dejando un importante legado empresarial y cultural que le mantiene vivo en la memoria de muchos gaditanos.

La colección de la Fundación Joly descansa hoy, algo atacada por la humedad de la bahía, en el Centro Reina Sofía de Cádiz, que puede ser visitado previa cita telefónica, si bien los fondos de la Fundación no se exhiben, salvo en ocasiones especiales.

El Centro se encuentra ubicado en un edificio Neoclásico y luminoso construido 1758 y situado frente al Baluarte de la Candelaria, en una zona castiza de amplia tradición gaditana.

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El equipo de Toro Cultura es recibido amablemente por los señores Lacave y Orgambide, conservador del museo y periodista experto en la historia de la ciudad, dispuestos a mostrar el tesoro de papel para disfrute de nuestros lectores y seguidores. Las luces claras de la mañana, la frescura de la brisa y el suave rumor del mar generan el clima perfecto para indagar en carpetas, observar grabados y escrutar anaqueles en los que encuentra acomodo uno de los fondos taurinos más sugerentes de Andalucía.

La colección, amplia, bien organizada y conservada, puede dividirse en cinco ámbitos diferenciados: carteles e impresos promocionales; documentos históricos; entradas; periódicos y revistas; y libros. Cada categoría está integrada a su vez por cientos de referencias, algunas de inusual riqueza, otras piezas únicas, auténticos eslabones de la cultura de la Tauromaquia.

Revistas y periódicos singulares:_DSC0727

El fondo dispone de ejemplares de las revistas decimonónicas “El látigo”, “Carta Tauromáquica”, “El enano” y “Frascuelo” entre otras; cauce de críticas, muchas veces furibundas y marco para la confrontación de partidarios y detractores de toreros como “El Tato”, “Lagartijo”, “Frascuelo” o “El Guerra”.

La hemeroteca incluye, como es natural, todos los números del “Diario de Cádiz”, que totalizan casi cincuenta mil, cuya primera entrega se hace eco de la grave cornada sufrida por Bocanegra horas antes del estreno de la cabecera.


Documentos históricos:

La colección dispone de auténticas joyas, volúmenes muy difíciles, como la edición príncipe de la Pragmática Sanción de Carlos IV, prohibiendo los toros, editada en Valencia en 1790. Brilla de modo especial el contrato suscrito por el rey

_DSC0742Fernando VII que le otorga la propiedad de parte de la vacada de Vicente José Vázquez, que luego sería de Veragua, así como la crónica manuscrita del traslado a Aranjuez desde Andalucía de las reses en un largo y difícil desplazamiento. Éste trabajo fue encargado al picador Sebastián Mínguez, hombre de vida azarosa muerto por un toro con más de 70 años, e incluye el diario, los itinerarios, la relación pormenorizada de gastos, los salarios pagados a los vaqueros, así como otras referencias precisas que ilustran el modo de vida de los españoles a principios del siglo XIX.

Otro documento de enorme valor histórico son las pruebas de grabado de la Tauromaquia de Hillo, hito de la preceptiva taurina universal, que fueron impresas en Cádiz por Bosque.

Conmueve contemplar un contrato suscrito por Hillo el 2 de mayo de 1801 para torear en Aranjuez alternando con José Romero y Antonio de los Santos. Tal vez ese sea la última firma estampada por el torero sevillano, puesto que nueve días después se encontraría en Madrid con Barbudo, toro que le daría muerte.

 

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Entradas evocadoras:

La historia de la tipografía taurina ha sido una carrera por lograr la máxima sofisticación para dificultar la falsificación de lo boletos. A eso se une un inusual gusto por los detalles que llega a conformar billetes armónicos, fruto de la inspiración de los diseñadores que hoy causan admiración entre los profesionales de la ilustración. Motivos como barcos, astros, toros, toreros, perfiles geométricos, edificios o paisajes son tratados con delicada armonía hasta componer imágenes por si solas sugerentes._DSC0746

El señor Joly coleccionó cientos de entradas, algunas de ellas de plazas y momentos emblemáticos, inauguraciones de los cosos, tardes en lugares exóticos y fechas inevitablemente fatídicas, como la tarde fatal de Manolete en Linares en 1947.

La colección muestra también un recurso en desuso y poco conocido, como son los boletos impresos en la imprenta médica con contraseña para entrar y salir, como por ejemplo “Un beso” y “Morir”

Este ardid, según los organizadores, era la mejor garantía para evitar intrusiones en los espectáculos, tanto taurinos como musicales y teatrales.

 

Carteles e impresos promocionales prodigio de la ilustración:

Pese a que Federico Joly, lejano a la mitomanía, jamás manifestó su militancia a favor de diestro alguno, la acumulación de reliquias relacionados con Pepe-Hillo hace pensar que profesaba por él una admiración especial. No puede faltar en una colección de este rango el cartel anunciador de la corrida en que el diestro sevillano encontró la muerte en la plaza de la corte en el primer año del siglo XIX, ni una serie de grabados conmemorativos de la cogida trágica de Hillo en Madrid, en base a dibujos de Juan de la Cruz.

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En otra esfera se encuentran carteles anunciadores de trenes especiales para asistir a corridas fuera de Cádiz organizados para facilitar a los aficionados el seguimiento de ganaderías y toreros de la tierra.

Avisos de sustituciones de toreros e incluso banderilleros como “El Cuco”, muy querido en esta tierra, cuya ausencia injustificada era causa suficiente para una trifulca.

La vida gaditana es pródiga en anécdotas y se encuentra habitada por personajes muy diversos, algunos consumados artistas, otros con aureola de héroes, pocos con perfiles siniestros. Tal es el caso de Francisco del Pino, “Sanguijuela”, aficionado práctico amigo de Montes de quién llegó a ser mozo de estoques, poseedor de un estanco en la calle nueva donde vendía tabaco, sal, pólvora y sanguijuelas. Cuando se acercaba al medio siglo de vida descubrió su vocación taurina y se anunció en plazas locales con muy escaso éxito, lo que le convirtió en blanco fácil de la guasa local. Su estilo era espantoso y su técnica tan discreta que más de un día se clavó el estoque, causándose severas hemorragias. Todo ello no fue óbice para que creara su propia escuela de Tauromaquia de la que salieron algunos toreros de cierto reconocimiento.

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Libros imprescindibles:

Custodiados por finos enrejados, apoyados en anaqueles de maderas nobles, situados en lo más recóndito de las sala, descansan los libros. Conforman una armónica colección de títulos de los siglos XVIII, XIX y XX que evidencia el conocimiento y el criterio de Federico Joly, así como el amor al libro y a las artes propias de su creación.

Reseñar lo más selecto de entre varios miles de volúmenes resulta complicado, si bien hay cinco obras, todas ellas en su edición príncipe, que despiertan la admiración de los aficionados y son objeto de deseo de cualquier coleccionista.

Un bello ejemplar, excelentemente conservado, de “La Tauromaquia” de Pepe-Hillo (1796), muestra su breve lomo en piel curtida en una balda alta.

“La Tauromaquia” de Montes, publicada por primera vez en 1836, se encuentra dos estantes más abajo, exhibiendo en su interior el retrato de Paquiro realizado por Cavana en base a un daguerrotipo.

“El toreo” de Sánchez Neira escrito en 1879, dividido en dos volúmenes de lomo grueso y nervios dorados.

El más romántico de los libros de toros, el codiciado Bedoya, publicado en 1850 cargado de magníficas litografías es, posiblemente, uno de los ejemplares más bellos que se hayan encuadernado en su siglo.

“El espectáculo más nacional”, del conde de las Navas, libro de referencia de 1900, nutrido de profundas reflexiones sobre la fiesta en los albores del siglo XX, muchas de las cuales permanecen vigentes en un momento tan convulso como el actual.

La vigencia de una gran colección:

La colección Joly recoge casi tres siglos de cultura taurina, encarnada en bellos objetos respetados por el tiempo, aromas a celulosa, vainilla y tintas añejas, que debe difundirse para comprender el presente de la Tauromaquia y encarar el futuro con garantías.

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Llenar las plazas es fácil, si se sabe cómo.

La prestigiosa empresa Google, a través de su filial Google Books, ha llegado a la conclusión de que en el mundo hay en la actualidad 129.864.880 libros publicados, de los cuales, según una aproximación realizada por diversas librerías, el 30% serían de “autoayuda”

De ser ciertas ambas valoraciones, en los fondos editoriales del mundo se recogerían nada menos que 39 millones de títulos dedicados a  “conseguir cosas tales como la actualización de las potencialidades humanas (psicológicas y espirituales)”

Cierto es que el género literario de la “autoayuda” aporta ideas y principios de actuación y pensamiento, si bien los propios autores reconocen a menudo que lo fundamental para que tenga un valor práctico es creer lo que se lee y, especialmente, dar el paso de aplicarlo.

A los organizadores de funciones de toros les está ocurriendo algo parecido. Aseguran conocer las claves del éxito empresarial, algunos en base a varias generaciones practicando, si bien parece que no tienen la suficiente confianza o determinación para jugarlas con éxito.

Dígale usted a un empresario medio que tiene que aplicar la imaginación para componer carteles y le responderá: “Sí, pero aquí sólo llenan las figuras”

Dígale que el espectáculo recurrente ha hastiado ya al público y le responderá: “Sí, pero es que la afición es la que es”

Dígale lo que quiera decirle, que él tendrá en su pensamiento la siguiente idea: “Ya, pero la cosa está muy mal por la crisis”,  y una fracción de segundo después estará soñando en alguna subvención que jamás llegará.

En síntesis: el estamento organizador de espectáculos taurinos vive instalado en la depresión y, lo que es aún más grave, también en la resignación.

La experiencia más reciente de la corrida inaugural de la temporada taurina en Madrid supone una demostración práctica de que llenar la plazas es posible, incluso en las fechas menos propicias, siempre que se aplique una serie de principios de gestión, principios muy elementales que llevan empleándose con éxito en muchos sectores económicos desde tiempo inmemorial.

Primero: Son precisos toros.

Aunque parezca una evidencia lo primero necesario para llenar los tendidos son toros. Lo que el maestro Joaquín Vidal describió como “el milagro español”, esto es, “las corridas de toros sin toros”, ya no funciona. La afición sabe de encastes aborricados y de líneas aborregadas del mismo modo que reconoce el abolengo de los hierros que conservan intacta la sangre brava y detecta el perfil soberbio y punzante del toro íntegro.

El “producto cárnico” tuvo su predicamento durante los años en los que ir a la feria era un acto social arraigado en las costumbres de los españoles, si bien la realidad socioeconómica ha variado lo suficiente como para que sea precisa la comparecencia sobre la arena de algo más que media tonelada de carne bovina desnaturalizada.

Los términos Partido de Resina (antes Pablo Romero), Adolfo Martín, Cebada Gago, José Escolar, Victorino Martín y Palha no dejan indiferente a ningún espectador, antes al contrario, las retinas de los aficionados reviven sus enhiestos perfiles, sus capas por lo general cárdenas, su tranco decidido y su atávica tendencia a embestir humillando.

El aficionado sabe que cuando esa ralea pisa en albero lo hace para vender cara su casta brava y recrear en breves instantes toda la esencia de su indómita estirpe.

Segundo: Son necesarios toreros, o al menos uno.

Asumir en octubre un reto como éste y prepararse pacientemente en el campo, modelando el cuerpo y el espíritu para culminar semejante gesta no es envite que acepte cualquiera.

Para llenar plazas son precisos hombres curtidos, las más de las veces renegridos por el sol, capaces, que derrochen torería y le digan al toro ¡je!, y el toro se venga encelado en los percales, recrecido en su encastada nobleza, y ya está su lidiador dándole fiesta. Que le marquen la distancia y el trazo templado a su furibunda embestida. Hombres que no se arredren, que carguen la suerte y que, cuando la faena ya está concluida, pues el toro ha agotado ya su torrente de bravura, le citen con decisión, dando el pecho y hundan el acero en el hoyo de las agujas.

Hombres que ejerzan con rigor el sacerdocio secular de encarar al dios tauro y  desafiarlo hasta vencerle. Hombres capaces de transitar cada atardecer por el estrecho lindero de la tragedia, y de salir victoriosos para celebrar, una vez más, el discurso alegre de la vida ganada.

Hombres, en definitiva, ambiciosos, que sientan pasión por el arte que desgranan cada tarde sobre el albero de los cosos del mundo.

Tercero: Conviene apelar a la épica.

La Tauromaquia no es un mero espectáculo, más al contrario, es un espectáculo sin igual en el que se vive y se muere de verdad. El toro es el único animal con el privilegio de matar al hombre como designio natural. El hombre desafía a la bestia despidiéndose cada tarde de su vida, para poder escribir así una página más de la heroica historia del toreo.

Un acontecimiento épico debe venderse como tal, con toda su crudeza, pleno de autenticidad, y el espectador debe sentir una emoción indescriptible desde que suenan los timbales hasta que el tiro de mulillas cascabelea en el arrastre.

Iván Fandiño hizo uso de este valor al declarar en las fechas anteriores a su gesta frases como “La entrega del cuerpo se parece al dolor. Algo se quebranta en el alma cuando surgen tantos sentimientos” o “Para mí la libertad no es acomodamiento, sino un acto de rebeldía del día a día” e incluso  “Tengo un compromiso con la historia, y si he de morir lo haré libre” La afición lo entendió, se entregó y llenó el coso de Las Ventas.

Cuarto: Resulta imprescindible emplear la comunicación y la imagen.

Las empresas que comercializan productos o servicios saben que la imagen es tan importante como la materialidad de lo que se vende. Indudablemente hay que ser, pero también es necesario parecer. Por esta razón las compañías más prestigiosas destinan a crear una imagen atractiva porcentajes de su facturación que alcanzan el treinta y hasta el cuarenta.

Una feria media de una ciudad media apenas si invierte en la impresión de los carteles, en la inserción de anuncios, las más de las veces desafortunados, en la prensa local y, si el ayuntamiento lo permite, gran aparato megafónico adosado a unidades móviles en la mañana anterior al festejo.

La presencia de las ferias en las redes sociales es aún insuficiente y los mensajes que se envían son seriados y tópicos, hasta el punto de generar más rechazo que adhesión. Emitir información trivial no asegura el éxito comercial. Repetir un modelo caduco jamás ofrecerá un resultado diferente al que se produce contumaz cada verano en multitud de pueblos y ciudades del orbe taurino.

La encerrona del pasado día 29 en Las Ventas fue un claro ejemplo de que hay otros modos que aventuran otros resultados.

Iván Fandiño está forjando su leyenda de acuerdo con su voluntad y su concepto de la vida y del toreo. Él sabe lo que quiere y lo dice. Él escoge a sus exégetas y son ellos los que van torneando el perfil anguloso del valeroso matador vizcaíno. Sus mensajes son claros, diferenciadores y perfectamente dosificados, empleando además en cada caso el medio más conveniente. Iván Fandiño ha logrado superar la “normalidad” para convertirse en un torero diferente, con señas de identidad claras y un discurso coherente y emocionante.

Los días posteriores al evento multitud de personas ajenas por completo a la Tauromaquia sabían que se había llenado la plaza, que los toros eran temibles y que el torero no había podido triunfar. Claro síntoma de que la gesta del matador había trascendido del ámbito meramente taurino para transformarse en un acontecimiento social.

Quinto: Es necesario internacionalizar el espectáculo.

La movilidad de la población y el gusto por conocer otras culturas facilita la incorporación a los tendidos a personas de orígenes muy diversos. La Tauromaquia y el toro son los motivos que más se identifican en el exterior con España y ofrecen un potencial asombroso a quien decida capitalizarlos.

En la corrida inaugural de la temporada 2015 en Las Ventas había público local, por supuesto, pero también se hacía notar la presencia de aficionados de fuera de Madrid y de fuera de España.

Los criterios de selección del cliente en la comercialización de espectáculos taurinos no pueden ser meramente locales, muy al contrario, el mercado de referencia debe ampliarse y considerarse al mundo como ámbito de trabajo. Para lograrlo cada corrida debe ser un evento único y distinto.

Sexto: Es preciso preparar el evento con antelación.

El cargo en taquilla de las plazas importantes se aproxima al millón de euros. Cualquier empresa del mundo prestaría atención máxima a un pedido de esa magnitud, especialmente si el beneficio puede ser del treinta, cuarenta e incluso el cincuenta por ciento de la facturación.

Sus empleados viajarían hasta lo más recóndito del planeta, se reunirían con el cliente cuantas veces fuera necesario, se ocuparían en conocer sus expectativas, configurarían una oferta plenamente convincente, tratarían de superar a la competencia, negociarían precios, cerrarían plazos, estipularían garantías, agasajarían al cliente y, además, se comprometerían a mantener impoluto el producto durante uno o más años.

Afortunadamente existen algunos empresarios que trabajan con intensidad y velan por todos los detalles. Sin embargo todavía subsiste la figura del que busca el tacazo fácil. El empresario taurino que llega la víspera de comenzar la feria, come y bebe bien, pronuncia palabras de encomio a las autoridades locales, rara vez concede una entrevista a la prensa y se oculta de los aficionados, que son los que pagan, no vaya a ser que malinterpreten los nuevos precios.

Una vez finalizado el serial hace balance de sus resultados, paga si puede sus deudas, maldice a la lluvia o cualquiera otra circunstancia que haya mermado la taquilla y toma la maleta hasta la plaza siguiente.

El torero que lo es, se entrena desde que es un niño para ser figura, renunciando a su juventud, cincela su cuerpo y su espíritu para las privaciones y el sufrimiento. Asume el riesgo supremo de perder la vida, entrega su talento en cada embroque, ofrece ventajas al toro y juega a toma y daca en la suerte suprema. Todas las tardes, todas las temporadas, y aún cuando ya se ha cortado la coleta, sueña íntimamente con la faena perfecta y torea de salón cada vez que tiene un trapo en las manos.

El ganadero vocacional selecciona sangres en el laboratorio de la tienta, cría con mimo al toro durante cinco años, mantiene a su prole, asume riesgos y mermas, negocia precios y lotes, que no siempre se respetan, y hasta que no ha rodado el último toro no tiene el espíritu en paz.

El espectáculo del pasado día 29 contó con un torero que quiere ser eterno y seis ganaderos que entienden que la crianza del toro no es un privilegio, sino la alta responsabilidad de mejorar cada día la gloriosa especie del toro bravo.

Séptimo: Ayuda vender las entradas con suficiente anticipación.

Los carteles rematados a última hora, con baile de corrales y súbitas indisposiciones de las figuras, son moneda corriente en las ferias sin sustancia, y conducen, como no puede ser de otro modo, a la ruina económica y al desprestigio del espectáculo.

El compromiso del pasado día 29 de marzo fue anunciado con antelación, publicitado como gran evento meses antes de su celebración, sin complejos ni ambages, la taquilla virtual funcionó y la afición tenía su boleto en el bolsillo días antes de que los alguaciles despejaran el ruedo, pues desde días antes se hablaba de lleno histórico en la plaza.

Octavo: Es necesario asegurar la dignidad del espectáculo.

Según un aserto del maestro Joaquín Vidal “El toreo es grandeza”

Afirmación irónica cuando el festejo se celebra en un lugar recóndito de nombre desconocido y en él interviene el novel lidiador Angelito, auxiliado por Juvenal, apoderado por Posibles, quien a su vez pretende coyunta con Esperanza Carcajosa, también conocida por “Sperance´s Sensitive”

Una corrida de éxito es un absoluto derroche de recursos. Es el acto final en el que convergen cinco años de crianza del toro y muchos más de aprendizaje y anhelo del torero. Es un rito iniciático y culminante a la vez. Es un momento de fiesta y como tal los actuantes se engalanan de sedas y oros. Destellos de lujo en chaquetillas y taleguillas confeccionadas para la ocasión. Cabellos brillantes, milimétricamente ordenados, avíos pulcros, esportones lustrosos, monteras tersas, corbatines y fajas armónicos.

El paseíllo es solemne, según jerarquías, con paso breve y mirada perdida en la aventura que se avecina. La lidia ordenada, con roles definidos y absolutamente respetuosa con lo que preceptúan los cánones centenarios de la lidia.

El día de la encerrona el público masculino asistió vestido de padrino de tan singular ceremonia y las mujeres enseñoreaban su figura vestidas de seda oliendo a perfume caro, derrochando sus mejores sonrisas.

Alguaciles y mulilleros estrenaban atuendo, investidos de la solemnidad que la ocasión requería y hasta los monosabios lucían el porte propio de las grandes fechas.

Una corrida así es el espectáculo más digno que pueda celebrarse, pues actuantes y espectadores comparten el sentimiento de grandeza, de la secular grandeza del toreo.

Noveno: Es definitivo recuperar el orgullo de ser aficionado.

La presión social que ejercen colectivos antitaurinos financiados por multinacionales con ambiciosos objetivos económicos está surtiendo su efecto. A fecha de hoy son muchas las poblaciones en las que declararse admirador de la Tauromaquia es un baldón e incluso una carga profesional. En algunos casos equivale a asumir la marginalidad propia de quien se instala en un modelo caduco y condenado por la vanguardia imperante.

Estos grupos minoritarios pero perfectamente organizados, están ganando la opinión pública y se ha instalado en el imaginario colectivo la idea de que el toro produce lástima; la idea de que el torero es un torturador; la idea de que los ganaderos son señoritos decimonónicos; y la idea de que el espectador acude a la plaza al conjuro de la sangre derramada.

Es evidente que nada de lo anterior es cierto, si bien el las disciplinas sociales, como la política y la administración local, no importa tanto lo que sea, como lo que la gente crea que es.

La pugna por invertir el movimiento del péndulo es ardua y larga, si bien es esencial conseguir difundir la cultura y los valores de la Tauromaquia urbi et orbe. Como dijo Morante de La Puebla “La fiesta no necesita defensa, necesita difusión”

El aficionado a los toros debe saber que forma parte de un colectivo cultural específico y que como tal tiene derecho a manifestarse, a disfrutar de su pasión, a ser protegido por los poderes públicos e, incluso, a defenderse de las agresiones y amenazas.

El aficionado a los toros es un ser con una sensibilidad especial, capaz de apreciar en pequeños matices la catadura del toro, y en las prestaciones de la labor del diestro destellos de una técnica compleja y centenaria que por instantes se convierte en un arte sublime.

El aficionado al toreo es un ser eminentemente culto, tanto como la fiesta que admira y vivencia, puesto que es consecuencia de un extraño refinamiento,  que hace posible vencer a un fuerza desatada con un leve giro de muñeca.

El aficionado a los toros en el mayor admirador de la estirpe del toro de lidia y el mejor garante su supervivencia. En cada entrada que paga está financiando el pasto que come, la finca en que vive, la sanidad de que disfruta y la libertad sin igual en que el toro de lidia inscribe su gozosa vida.

El aficionado a los toros debe vivir orgulloso por contribuir a la recreación de un rito secular que no tiene parangón en el mundo, a la supervivencia de una estirpe animal tan seductora como improbable, y a la perpetuación de una de las manifestaciones culturales de mayor calado emocional que han alumbrado los siglos.

Javier Bustamante

Para Toro Cultura

Ensayo sobre la inmortalidad

Se hace presente Iván Fandiño en el patio de cuadrillas de Las Ventas con paso breve y mirada ausente, gana la esquina más recóndita envuelto en tinieblas y silencios, y permanece allá, inescrutable, solo ante su destino, durante no más de un suspiro.

Una cámara de televisión prende su potente foco y la luz troca por completo la escena: ahora es un altar. El vestido de torear refulgente devuelve la luz enriquecida en oros y sedas caras plomizas, dibujando un aura casi imperceptible entre su anguloso perfil y los temidos ladrillos del patio de cuadrillas de Las Ventas.

Proporciones canónicas en su cuerpo musculado, esculpido con sacrificio en largas jornadas de trabajo en el campo, parecido a un dios clásico, deslumbrante, ritual, simbólico, poderoso y vulnerable a la vez.

Manos amplias y capaces, perfiladas por anchas venas, desmayadas ahora, prendiendo la levedad del capote de seda, prestas a manejar percales y aceros, muñeca rota, caricia al aire, guía de la brutal acometida de pitones diamantinos.

Su rostro, enjuto de bronce, parece el de un mesías atormentado por la vigilia. Pómulos salientes, ojos hundidos, ojeras apenas esbozadas junto a la nariz, ceño levemente fruncido, mentón prominente, labio grueso, boca apretada, mandíbula tensa, cuello estrecho, patilla fina, cabello azabache. Mira sin ver, impasible, sin mover un músculo del rostro, con rictus de elocuente trascendencia.

Alterna breves elevaciones del rostro con instantes de barbilla clavada en el pecho, algún discreto resoplido y mirada desafiante siempre al frente, buscando con ansiedad la luz que se cuela a borbotones por el portón y anuncia  la inminencia de la hora convenida meses atrás, la única hora, la definitiva.

Los que contemplamos la escena estamos absortos, magnetizados por el perfil vertiginoso del hombre que ha venido a Las Ventas a ensayar la inmortalidad. Nadie osa romper el silencio denso que rodea la escena. El maestro había pedido respeto para este trance y respeto tiene, pocos y próximos, embargados ya por su intensa emoción, sabedores de lo que se va a jugar sobre el albero venteño.

Había dicho el torero que venía a Madrid preparado para lo que pudiera ocurrir. Había dicho que la libertad no es acomodamiento, si no la rebeldía del día a día. Había dicho que el pueblo quiere héroes y gestas. Había dicho que era capitán de su alma y que buscaba la soledad y el silencio. Había dicho Fandiño que tenía una cita con la historia, y que si hubiera de morir esta tarde sobre el albero lo haría libre.

Los que allí estamos sabemos del misticismo del diestro, y también de su ambición, de su ardiente deseo de salir a la calle Alcalá izado a hombros en el ocaso de la tarde. Nadie sabe qué fuerza podrá más, nadie aventura un desenlace, nadie está en paz, nadie.

Torear es perder la noción del tiempo e ignorar si llegará mañana. Fandiño no imagina la nueva madrugada, no ha hecho cuentas más allá de esta tarde, no hay más tiempo, no hay más que esperar a que el destino resuelva la brutal encrucijada que él ha querido para sí.

Le observamos en silencio reverente, de lejos y de cerca, de frente y de perfil,  y su efigie se obstina en devolvernos siempre oro, bronce y plomo. Su determinación no hace sino agudizar nuestra duda, ¿qué puede impulsar a un humano a someterse a este trance?. Dijo Belmonte que ningún torero firmaría un contrato en un patio de cuadrillas, pero eso es para humanos, y Fandiño se apresta a lograr un nuevo estatus.

El torero prescinde de la compañía anestésica de sus hombres de confianza, ahora desperdigados en este espacio mágico y atroz que pisan al atardecer los hombres que piensan que su destino ya está escrito. Fandiño está solo, dramáticamente solo, como habrá de estarlo cuando cruce el circo y prenda con delicadeza la esclavina del percal y reciba uno tras otro los seis toros que ha convenido lidiar para conocer qué página recogerá su nombre. Para saber si su lugar en la historia es el del triunfador vivo o el del héroe que se inmola para subir directo al Olimpo junto a Granero, Manolete y Paquirri, sus referencias, los toreros que admira y dibujaba de niño en sus carpetas de estudiante.

Había dicho que la sangre del hombre sobre la arena candente dignifica la profesión del torero. Había dicho que sentía la llamada de la trascendencia, había pensado que venía a dejar esta fecha en los anales de la historia de la Tauromaquia. Había dicho y la afición le había entendido.

Faltan seis minutos para el paseo. Los alguaciles despejan el ruedo y la otra autoridad el patio de cuadrillas. El matador se ciñe su capotillo de seda, mira sin ver y ya no escucha nada porque nada hay que escuchar, más allá del silencio y de las lejanas notas del pasodoble que rasga el aire festivo del circo.

Tras un violento cerrojazo se abre el portón y Fandiño pisa la arena, ruge el público al ver su tez de bronce, su terno de plomo y oro, y sabe que le acecha su leyenda, que va a ensayar la inmortalidad.

Cuando llega al platillo del ruedo, justo en la mitad del paseo, la afición puesta en pie atrona con su ovación, y el hombre que quiere ser inmortal ignora si viste de púrpura brillante o de sudario.

Reseña:

Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid, 29 de marzo de 2015. Lleno de “no hay billetes” en la corrida inaugural de la temporada.

 

Toros de diversas ganaderías:

Primero de Partido de Resina: De bellísima estampa, aplaudido de salida, flojo y descastado.  Segundo de Adolfo Martín: Flojo y noble. Tercero de Cebada Gago: Manso y orientado.  Cuarto de José Escolar: Bravucón y correoso.  Quinto de Victorino Martín: Se descuerda en la suerte de varas y es devuelto al corral. Quinto bis de  Adolfo Martín:  Flojo y descastado. Sexto de Palha: Descastado.

 

Iván Fandiño, de gris plomo y oro con cabos blancos. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. División de opiniones.

 

 

Incidencias:

Se guardó un minuto de silencio por las víctimas del reciente accidente aéreo en Los Alpes.

 

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

El lenguaje secreto de los banderilleros.

El subalterno es un hombre de piel de bronce, cuando no renegrida, que enseñorea su torería con leve movimiento de hombros en el paso, gesto adusto en la mirada y un cierto aire solemne en cuantas empresas acomete, que entre el alba y el ocaso es consciente de ser portador de un aura especial propia del sacerdocio que ejerce.

Ya en el patio de cuadrillas un subalterno que se precie viste terno agitanado, gasta postura aflamencada, mira con recelo a cuantos se acercan al matador, ya sean prohombres de la fiesta, se dice a si mismo profesional cada vez que pinta la ocasión y habla con su maestro quedo y en bajo registro.

Los doctores en Tauromaquia aún no han discernido cuál es el sortilegio que opera durante el paseíllo, pues los más de los banderilleros demudan su actitud al cambiar sedas por percales, estiran los brazos, sueltan la lengua y transmutan en personas sustancialmente diferentes, procaces y, en caso extremos, histriónicas.

El, hasta instantes antes, auxiliador, se convierte en oráculo y el ayuda de cámara en conspicuo consejero. Resulta difícil de comprender  qué mecanismo opera para que consumados maestros con veinte años de alternativa y centenares de festejos a sus espaldas sean tan sensibles a las consignas que su cuadrilla va desgranando desde el callejón, y como cumplen, de forma cabal, cuantas indicaciones llegan a sus oídos, sin cuestionarlas en punto alguno, como si emanaran del propio Olimpo taurino.

El ambiente que se crea en el callejón, especialmente si la lidia tiene lugar cerca de la barrera, constituye en microcosmos que con frecuencia no coincide en nada con el ánimo de los tendidos, y puede decirse que en veinte metros cuadrados tiene lugar una auténtica conferencia privada, en la que el matador es el intérprete del libreto que los peones, y algunas veces el apoderado, recitan al tiempo que redactan.

Como en cada uno de los ámbitos de la cultura de la Tauromaquia, en éste también se ha desarrollado un lenguaje propio, rico y exuberante, cambiante con el transcurso de los años, que facilita la comunicación entre el matador y su cuadrilla, mas no siempre resulta inteligible para los no iniciados.

A continuación se expone un breve prontuario que facilita la comprensión de las conversaciones que se dan entre profesionales de oro y plata a lo largo de la lidia.

Acostúmbralo: Encélalo, es decir, invitación a provocar la vehemencia del toro en la persecución de los señuelos.

Aire: Conminación a guardarse mediante la lejanía a los pitones del toro, dejando un amplio espacio de distancia.

Alquilarse: Trabajar puntualmente en una cuadrilla diferente a la habitual a cambio de unos emolumentos.

Atácale: Invitación a realizar un toreo más próximo a la res y dinámico a fin de provocar la repetición de la envestida.

Cerrado: Dícese del toro cuando ocupa una posición cercana a las tablas.

Como los ángeles: Símil empleado por los peones para referirse a la calidad del toreo realizado por su maestro.

Crúzate: Exhorto para que el muletero se sitúe en línea con el pitón contrario, para provocar la envestida profunda y emocionante.

Dale distancia: Conminación a citar al toro desde lejos para no frustrar su celo.

Date importancia: Invitación a solemnizar la actuación muletera del maestro.

Desmayaíto: Condición del cite con gesto de desmayo cercano a la levedad.

Duélete:  Consigna tendente a evidenciar ante el público que el torero sufre, por efecto de la lidia, algún tipo de lesión que pondrá en valor su entrega y su abnegación.

En el mundo: Término con dos acepciones diferentes. Si el subalterno pronuncia esta frase con el dedo índice de la mano derecha alzado está significando que su matador ese el número uno del mundo, de los toros se entiende. Si se vocaliza sin gesto adicional su significado es que no se ha visto un toreo más ajustado a los cánones en el mundo entero.

Enséñale: Encélalo.

Enséñalo: Invitación a mostrar la aviesa condición del toro para justificar la falta de lucimiento en la faena.

Es un dije: Descripción del toro cómodo y falto de trapío, también conocido por “bonito”. La reiteración de la expresión a lo largo de la lidia pretende estimular el ánimo del matador e inhibir sus miedos.

Hueco: Se emplea en imperativo para conminar al muletero a guardar distancias con el toro.

Ole los toreros “güenos”: Elogio castizo y corriente en el habla del callejón.

Pónsela: Consejo de aproximar la muleta a la cara del toro para provocar la embestida.

Quítale las moscas: Invitación a machetear por la cara, para mermar la condición física del toro y prepararlo para la suerte suprema.

Róbale: Sugerencia para que el torero aproveche el viaje hacia la querencia, y obtenga un pase fácil y de poco riesgo.

Rómpelo: Incitación a practicar el toreo por bajo, exigiendo la entrega física del toro, lo que merma sus condiciones.

Se deja: Expresión que significa que el toro no presenta especiales dificultades para consumar el toreo actual.

Sí: Frase afirmativa para refrendar un pase especialmente bien rematado.

Sin molestarle: Conminación a ejecutar el toreo a media altura para evitar que el toro humille y sea quebrantado.

Tiempo: Invitación a evitar la precipitación en el cite, posponiendo el toque para distanciar los embroques.

Tócale: Recomendación de agitar levemente la pañosa para llamar la atención del toro.

Va a servir: Reflexión sobre las adecuadas condiciones del toro para la lidia moderna.

Vámonos: Voz empleada para conminar al lidiador a que finalice la tanda de pases.

Vamos a gustarnos: Invitación a vivir la lidia con intensidad y pasión.

Vamos a perdérselo: Sugerencia para que el muletero retroceda cada vez que se aproxime el embroque, perdiendo un paso en cada pase.

Vamos a sentirnos toreros: Apelación a la interpretación del toreo desde la pasión más intensa que en ocasiones raya en el patetismo.

Véndelo: Imperativo que incita al matador a solemnizar el pase con gestualidad histriónica previa al mismo.

Venga ya: Voz de protesta hacia la presidencia empleada para excitar al público en la petición de trofeos.

Visto: Expresión para significar que el toro ha mostrado su condición y ésta ha sido interpretada por los lidiadores.

Una vez finalizado el festejo el subalterno retomará su gestualidad solemne y su verbo discreto, y guardará para sí cuantos detalles, por nimios que parezcan, que expliquen el comportamiento del toro y la actitud del torero.

Si algún aficionado se le aproxima en tono amistoso, con afán de descifrar las claves que han marcado el devenir de la tarde, el subalterno permanecerá impertérrito, mirará al suelo, se ajustará la casaca con un leve gesto de hombros, fruncirá el ceño con desdén y añadirá en tono críptico: “Es que lo que pasa en el ruedo no puede describirse con palabras”