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El sorteo de los toros, primer acto de la liturgia.

El ritual taurino comienza al mediodía, cuando el sol alcanza su cénit y las luces son más claras. En ese momento, cuando aún no existen las sombras, se reúnen en los corrales de la plaza los protagonistas del festejo junto con la autoridad, encarnada por un delegado gubernativo, para invocar a la suerte.

El carácter supersticioso de algunos toreros e incluso su concepción determinista de la vida y la lidia, convierten a este acto solemne en un rito de gran trascendencia, hasta el punto de enviar embajadores de plena confianza y, una vez celebrado, solicitar informes precisos de cuanto haya podido vivirse, si bien nunca están presentes, para conjurar el mal fario._DSC0541 copia

No siempre fue así, pues hasta 1896 el ganadero determinaba el orden en que se jugaban los toros, atendiendo a su interés, reservando para el final las mejores reses al objeto de generar una buena impresión en los aficionados y a mantener el interés del público hasta el último momento del festejo. De ese tiempo data la expresión “no hay quinto malo” para significar que el criador reservaba para ese turno el toro de mejores expectativas para la lidia. Si embargo muchos ganaderos eran acusados de favorecer a los toreros más poderosos, los que podían exigir, destinando para ellos los toros de mejor nota. Fue el torero guipuzcoano Luis Mazzantini el pionero en exigir por contrato la asignación del orden de lidia por sorteo, harto de que la gran figura del momento, Guerrita, fuera sistemáticamente favorecido por los criadores.

A partir de ese momento es el azar el que determina el destino de los hombres de luces, establecido ya como precepto en los reglamentos taurinos de todo el mundo.

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Ganadero o mayoral, matadores, habitualmente representados por banderilleros de confianza, gerente de la empresa organizadora, apoderados y algún periodista reconocido forman un grave conciliábulo pródigo en gestos serios y palabras a media voz. Estos hombres, las más de las veces frunciendo el ceño, observan quedos los siete u ocho toros enviados desde la dehesa, que previamente han superado el reconocimiento veterinario y son considerados aptos para la lidia.

La mirada experta de los banderilleros escruta astas, culatas, cuellos, morrillos, extremidades y proporciones, así como el fenotipo general del toro, especulando con su similitud al llamado “toro tipo”, es decir, aquel cuyo perfil es el clásico del encaste al que pertenece, promesa tácita de comportamiento ejemplar.

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Estudian la geneaología de cada res, asistidos con frecuencia por el mayoral e indagan en su recuerdo el comportamiento de sus ancestros, tomando en consideración la familia a la que pertenecen, el semental que padreó y la vaca que engendró y crió a cada uno.

Cada detalle narrado por el mayoral, por nimio que pueda parecer, es tenido por cuestión mayor, mientras éste desgrana livianas reflexiones sobre el comportamiento del toro y su biografía.

Los subalternos mueven con pequeños cites a los toros en el corral, constatando su viveza, prontitud, gestualidad en la acometida y actitud en el grupo, pues no todos los toros tienen el mismo comportamiento ni la misma condición.

Un toro sereno, atento que coma y beba con naturalidad es un animal seguro de sus fuerzas, descansado y apto para el combate. Si además su aspecto se parece al perfil clásico de la casa se dirá que “está en tipo” y eso cotiza en el mercado de los sorteos taurinos.

Tras densos minutos de observación, reflexión y debate ya tienen los banderilleros una previsión clara de lo que puede esperarse de cada res, y de manera consensuada, eligen seis de los toros enviados, dejando al resto como sobreros. El criterio que emplean es el de la igualdad, es decir, que los toros seleccionados tengan similar trapío, relegando a la suplencia a aquellos que desentonen con la línea media del encierro.

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El siguiente paso es más complejo, por cuanto se procede a enlotar, esto es, a emparejar los toros en tres pares de modo que se respete el equilibrio, de forma que el toro más fuerte será enlotado con el más débil y el mejor hecho con el de peor aspecto, logrando así un reparto equitativo de las opciones de lucimiento y de los riesgos propios de la lidia.

Una vez que existe consenso sobre los lotes, el representante del matador que encabeza el cartel toma tres hojas de papel de fumar y escribe con parsimonia sobre cada uno los números que luce en el costillar el lote correspondiente.

Otro banderillero procede a doblar con mesura y precisión los papeles hasta conseguir una bola perfecta, sin aristas ni indicios que permitan la identificación del lote que contiene.

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El mayoral ofrece su sombrero en cuya copa se depositan las tres bolas, se tapa con el cartel de la corrida o una carpeta, se agita y, sin mirar, los representantes de las cuadrillas van extrayendo por orden de antigüedad las bolas en cuyo vientre está tatuada la suerte.

Las expresiones suelen ser discretas y graves, si bien siempre hay un subalterno que traga saliva maldiciendo el día en que Mazzantini instituyó el sorteo, pues la han correspondido a su matador los toros más aviesos del encierro.

Tras un nuevo vistazo a los toros, los miembros de las cuadrillas deciden el orden en que van a jugarse, habitualmente el más bonito por delante, salvo en el caso del primer matador, pues no es común que rompa plaza un toro chico, ya que el público está aún acomodándose y tomado contacto con el espectáculo.

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Algunos subalternos descubren en este instante matices que habían pasado por alto, finura exagerada en los pitones, culata demasiado musculada, mirada amenazante, y convienen que el lote es más agresivo de lo que en principio parecía. Sin embargo la suerte está ya echada y la ceremonia no admite rectificaciones.

Tras esta nueva evaluación comunican al delegado de la autoridad el orden de lidia para poder enchiquerar las reses, esto es, disponerlas en corrales individuales en los que descansarán hasta el momento en que salten a la arena para confirmar o desmentir la cábala de los banderilleros.

Este proceso es realizado por los empleados de la plaza con sumo cuidado, pues la casta brava de los toros les impulsa a rematar en las puertas que unen los diferentes corrales y estos con los chiqueros individuales, pudiendo astillar sus defensas y, por tanto, que dar inutilizados para la lidia. Para ello se emplea la voz del mayoral, conocida por el toro desde el día de su nacimiento, leves silbidos y, si algún toro rehusa tomar las puertas, se utiliza una vieja bandera colgada de una garrocha como señuelo para lograr el desplazamiento del toro.

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En algunas plazas como las de Madrid, Pamplona y Bilbao el sorteo y enchiqueramiento de las reses es público y son muchos los aficionados que, previo pago de una pequeña cantidad, se agolpan en el escaso espacio de
los corrales para ser testigos de la ceremonia. En otras muchas el ritual está sólo al alcance de los iniciados, y es un reducido grupo de personas el que tiene el privilegio de presenciar el enchiqueramiento, ya sea por su participación en el mismo o por amistad con los oficiantes.

A partir de ese momento las reses velan armas en la calma de su chiquero, a la espera de que se abra el portón y salten a la arena para enfrentarse a sus lidiadores y esparcir en el aire de la tarde el aroma seco de la bravura.

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