Gravitación Universal.

Gravitación Universal.

Cuando Isaac Newton, en su libro Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, publicado en 1687, enunció la ley de Gravitación Universal, ignoraba, sin duda, lo que iba a acontecer ayer en el coqueto y diminuto ruedo Azpeitiarra.

Ocurrió que los hermosos toros de don Celestino Cuadri desplazaban su masa, en algunos casos cercana a los seiscientos kilos, con majeza y casta brava, y eran tanto más atraídos por los lidiadores cuanto mayor era la distancia entre toro y torero. En contra de los principios enunciados por el insigne científico británico, cuanto más evidente era la proximidad entre los contendientes menor era la atracción que mutuamente se profesaban, de modo que puede decirse que las tesis, hasta hoy respetadas y admiradas por el cuerpo científico internacional, fueron falsadas por una terna de coletudos, con un contraejemplo que quedará para los restos.

Este fenómeno, ajeno a las leyes de la física elemental, no tiene explicación científica según los modelos clásicos, de modo que ha de recurrirse a la Tauromaquia para encontrar cabal entendimiento.

Ya en su célebre obra “Tratado de Tauromaquia” en el año 1796 Pepe Hillo disertaba sobre la importancia de las distancias en el comportamiento del toro, asegurando que determinados cornúpetas, ante una excesiva proximidad de los engaños, inhibían su instinto agresivo y se manifestaban abúlicos y faltos de codicia. La preceptiva taurina establecía para estos casos la terapia de la distancia, alfa y omega del arte de torear, recurso indispensable para la lidia ortodoxa.

Sin embargo ayer los bien dispuestos matadores optaron por el encimismo, antítesis de de la lidia emocional y bella. Si sir Newton hubiese estado ayer en el coso Azpeitiarra lo mismo se dedica a la música.

Reseña:

Azpeitia, 1 de agosto de 2014, segunda de feria, tres cuartos de plaza.

Toros de Cuadri, lustrosos, con trapío y romana, poderosos y encastados.

Javier Castaño: Silencio tras aviso y oreja tras aviso.

Paulita: Ovación tras aviso y oreja.

Sergio Serrano: Silencio y silencio.

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