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Ofrenda al arte del toreo

Diego Urdiales y Sebastián Castella rindieron ayer, en el coso de la Ribera, cumplida ofrenda al eterno arte del toreo, oficiando sin ambages el milagro de la casta brava aleada con la sutil inspiración artística. Ambos olvidaron su cuerpo mortal y afloraron su dimensión espiritual, casi mística, para esparcir sobre el albero frescas esencias de romero el primero, y secos efluvios de almizcle y maderas nobles el segundo. Dos aromas diferentes, dos orígenes alejados, dos culturas distintas que convergen en un mismo concepto, que no es otro que la mixtura del valor y la inspiración, y como por ensalmo recrean la Tauromaquia.

El maestro Urdiales, que estrenaba la cátedra del toreo clásico ganada dos días atrás, comparecía pleno de crédito y con fuerza de ánimo inquebrantable. Dio una nueva clase magistral de su materia, fundamentada en el temple y la colocación, convirtiendo en hilo de seda la hosca acometida inicial de su lote, en terciopelo los derrotes y en aire de primavera cada pase y cada serie.

Sebastián Castella vino a mostrar su toreo incontestable y propuso una verticalidad y una quietud vertiginosas. Citó de lejos, aplicó el valor sereno para pasar a sus toros a una distancia inverosímil de sus femorales, no se enmendó, allá amague el toro con cornearlo y si le prende, como ocurrió ayer en su último trasteo, se recupera de la paliza en un instante, y vuelve a la cara del toro aún con mayor valor si cabe. Sebastián Castella es un gallo, tiene orgullo y no tolera que otro torero, ya sea catedrático, le gane la pelea y obtenga un triunfo aún mayor que el suyo.

Pero ayer no se trataba de aritmética sino de emoción, de la emoción indescriptible que sintió el aficionado al vivir en el mismo coso la encastada nobleza de la corrida de Fuente Ymbro y el valor sereno de dos auténticos titanes.

Ofrendas así engrandecen el arte y lo convierten en una manifestación sublime de la capacidad del ser humano para engendrar belleza. Los que compartimos el ritual sentimos por instantes el brillo magnético de la plenitud y el legítimo orgullo de pertenecer a la estirpe de estos dos creadores. Vivimos una lección de humanismo y sensibilidad que quedará grabada en nuestro corazón hasta el final de los días. Gracias maestros.

 

Reseña:

 

Plaza de toros de “La Ribera” de Logroño, veintitrés de septiembre de 2015, más de media plaza en tarde fresca.

Toros de Fuente Ymbro, desiguales de presentación, nobles, bravos y encastados, salvo el primero de comportamiento incierto, manso, tal vez burriciego.

 

Diego Urdiales, de azul marino y oro: Dos pinchazos y estocada, silencio. Estocada, dos orejas. Estocada desprendida, un golpe de descabello, una oreja.

Sebastián Castella, de coral y oro: Estocada trasera, oreja. Gran estocada, dos orejas. Estocada, oreja.

 

Diego Urdiales y Sebastián Castella salieron a hombros aclamados por el público.

 

Diego Urdiales gana la cátedra.

El maestro Diego Urdiales ganó ayer la cátedra del toreo clásico con explícita y merecida distinción “cum laude”. Después de su clase magistral en Bilbao, aún hoy comentada en los mentideros, comparecía el diestro riojano ante conspicuo tribunal, presidido por Curro Romero, catedrático emérito de la materia, y antes de que pudiera abrirse de capa ya estaba la parroquia ovacionando con fervor. Tal vez conmemorando las dos excelentes faenas vividas un año antes en este mismo coso de la Ribera o quizá como homenaje a la brillante temporada que se le conoce en su tierra, la afición riojana rindió tributo al hombre que comienza a ser un torero de culto. El temario que expuso se centró en cuatro materias; a saber: la distancia, el temple, la reunión y la colocación, y aún tuvo tiempo de desplegar el anexo de la torería. Empleó para su disertación práctica el caso “Delicado”, torito negro de Jandilla, avieso ante capotes y rehileteros, que rindió su encastada nobleza a la delicada muleta de Urdiales. Se venía el torito a la flámula con alegre galope, humillado, buscando su presa con codicia y encontraba cada vez un pase más templado. Recargaba el de Jandilla cada vez que lo burlaba Urdiales y ya estaba el maestro colocado en el lugar de torear. Entregaba su exigente embestida y el torero lo embarcaba con la muleta planchada y remataba en la cadera con un sencillo giro de muñeca. Con semejante libreto ciñó naturales, mandó en redondo, adornó trincherazos y cobró una estocada señera que le valió la cátedra. El aroma que dejó en el aire eclipsó la labor de sus dos compañeros, pues Manzanares, de catafalco y azabache, gastando postura aflamencada, como caído de un cuadro de Romero de Torres, no superó la prueba del remate en la cadera y, magnetizado por el toreo periférico, dibujó dos faenas pulcras, mas alejadas del canon clásico propuesto por Urdiales. Garrido manejó las capas con inspiración renacentista, si bien hubo de recurrir al encimismo en el último tercio como recurso para justificar el desconocimiento de los arcanos del toreo clásico. Arcanos que bien maneja y ha preservado durante decenios el acreditado catedrático Curro Romero y, al parecer, ha confiado ya al nuevo titular de la causa. Gloria para ellos y para el toreo.

 

 

Reseña:

 

Plaza de toros de “La Ribera” de Logroño, veintiuno de septiembre de 2015, tres cuartos de plaza en tarde calurosa.

Toros de Las Ramblas (los tres primeros) flojos y descastados. Toros de Jandilla, noble y encastado en cuarto, avisado en quinto y flojo y noble el sexto.

 

Diego Urdiales, de verde botella y oro: Pinchazo y estocada, una oreja. Gran estocada, dos orejas.

José María Manzanares, de catafalco y azabache: Pinchazo y estocada, silencio. Estocada, silencio.

José Garrido, de azul pavo y oro: Estocada, oreja. Estocada, ovación.

 

Diego Urdiales fue sacado a hombros entre el delirio de la afición y la satisfacción de Curro Romero, a quien brindó el toro del triunfo.

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