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El futuro de la Tauromaquia se gana con cuatro claves antropológicas

La correcta interpretación de la historia anticipa de manera precisa lo que habrá de ocurrir en el futuro, pues el ser humano tiene una natural tendencia a repetir actitudes, ciclos, triunfos y derrotas.

El pensador de origen israelí Yuval Noah Harari ha ganado fama mundial al difundir en sus obras “Sapiens” y “Homo Deus” la esencia de la historia de la humanidad de forma práctica y didáctica, mostrando las claves del éxito de un determinado grupo humano o de una cultura, siempre a la luz del método científico.

Sus principios son de aplicación al toreo, ya que se observa el evidente paralelismo que guardan las artes del toro con civilizaciones y culturas extintas, a las que nadie dio la oportunidad de una reflexión serena y metódica, como es el caso hoy del toreo.

Son cuatro las claves que pueden extraerse del profundo discurso de Harari que la Fiesta debe hacer suyas, pues está en juego la perpetuación de un arte ancestral, que ha sobrevivido a graves amenazas, y hoy se asoma lamentablemente al abismo.

Primero: Crear y difundir un relato fundacional atractivo.

Los grupos humanos necesitan una explicación convincente de su pasado, de un pasado común que justifique el presente, y constituya un punto vital de identificación.

Desde la revolución cognitiva, acaecida hace 70.000 años, el hombre es capaz de compartir ideas elaboradas, cada vez más sofisticadas, y de crear conocimiento abstracto, generando discursos primarios pero convincentes.

El relato debe ser atractivo y emocionante, pues moldea los valores del grupo y actúa como sustrato fértil para el crecimiento cultural del colectivo.

Debe ser además concluyente, en muchos casos mitológico, y aceptado por el grupo como el origen entusiasta de la unión de personas con un propósito común.

El transcurso de los siglos muestra ejemplos sugerentes de este principio, algunos de los cuales fueron falaces, y sin embargo su creencia ha surtido un efecto nutritivo para el crecimiento del colectivo que los asume y transmite con pasión.

El relato fundacional de la Tauromaquia puede ser rigurosamente cierto, y tener su origen hace 23.000 años, momento en el que el hombre de Cro-Magnon se representa a si mismo burlando las acometidas del toro, y haciéndole frente para dignificar su figura, y valerse de su carne y de su piel. Es posiblemente la primera vez que un humano tiene conciencia de su propio ser y decide representarse a si mismo con afán de transcendencia.

Desde ese momento hasta hoy han transcurrido 230 siglos en los que el hombre ha interpretado tauromaquias muy diversas en lugares alejados como Egipto, Grecia, Iberia, Centro y sur américa, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, norte de África e incluso China, donde tuvieron lugar acontecimientos taurinos de forma esporádica. Existen pocas aventuras humanas con ancestros más sugerentes que el toreo. Obviar este recurso es un error que puede ser letal en el medio plazo.

El exhaustivo trabajo que André Viard realiza en Tierras Taurinas documentando con rigor las Tauromaquias Universales, es una aportación de enorme dimensión intelectual, que sirve como discurso modélico, y ha de ser conocido y difundido por todo el universo taurino.

El relato fundacional del toreo puede y debe ser apasionante, sólido y universal. Debe difundirse sin rubor, pues enfrentarse a la bravura desatada del toro para engendrar arte es una de las epopeyas más hermosas que ha vivido el hombre desde el origen de los tiempos.

Segundo: Colaborar entre extraños.

Los grupos humanos eran en el paleolítico reducidos. No más de medio centenar de homínidos que disponían de un conocimiento muy precario y empleaban herramientas muy rudimentarias.

El punto de inflexión que cimenta el progreso se encuentra en la capacidad que esas pequeñas colonias desarrollaron para crear redes de cooperación sofisticadas y eficaces. Entendieron que la colaboración era en camino más directo hacia el bienestar, y superaron el concepto de clan para integrarse en minúsculas sociedades que con el transcurso de los siglos se afianzarían y crecerían.

Una frecuente y precisa comunicación generó la confianza necesaria para la colaboración masiva.

La capacidad para transmitir información sobre objetos que no existen, leyendas, mitos, dioses y religiones propia de la revolución cognitiva es condición sine qua non para la colaboración sincera que acredita a un colectivo.

La ficción puede ser perniciosa y puede hacer perder el tiempo productivo, mas correctamente enfocada es un aval al desarrollo humano por vía de la cooperación que permite compartir proyectos, luchar por ellos y colaborar de forma flexiblemente en gran número de individuos.

Un grupo de extraños puede cooperar a gran escala si cree en mitos comunes, si comparte principios y valores, por muy elementales que resulten.

El universo taurino es críptico y estanco. Cinco familias lo dominan y manejan junto con una corta red de colaboradores necesarios. Se desconfía del nuevo. Se desacredita al diferente. Se proscribe al innovador. Se ningunea a todos los que no tengan un pedigrí generacional o lleguen avalados por familias de rancio abolengo.

El principal problema del toreo es que los intereses particulares prevalecen sobre los generales. Los dominadores de la Fiesta no entienden se sinergias ni miran más allá del corto plazo. Un mundo tan extenso en manos de tan pocos se convierte en radicalmente inmovilista y falto de proactividad.

Tercero: Colaborar de manera flexible.

La historia de la humanidad demuestra que el cambio es inherente al devenir del tiempo. Cambia el clima, la flora, la fauna, los recursos naturales, la organización social, las costumbres. Cambia el escenario y el modo en que sus habitantes lo perciben. Cambian los paradigmas sociales y las propias personas. Los memes, unidades de pensamiento acuñadas por Richard Dawkins, se transmiten, evolucionan y mutan. Esa evolución puede ser gestionada al servicio de los intereses colectivos creando opinión, o puede propiciar el desastre si se abandona toda iniciativa de creación de pensamiento.

En un entorno así sobrevive el que mejor se adapta a los cambios. No es necesario ser el más fuerte, el más sano, el mejor dotado para el entendimiento. La única certeza es que el mundo cambia, y lo sustantivo es la adaptación.

Los estamentos taurinos no se han adaptado al paradigma social del siglo XXI. Aún viven anquilosados en un modelo decimonónico, bello y romántico, mas anacrónico. El modelo de negocio está obsoleto. La reflexión de marketing es una rarísima excepción. La oferta es corta y focalizada exclusivamente en la corrida. No se invierte en imagen. Se está perdiendo de manera casi definitiva a la opinión pública. Las fuerzas políticas, obligadas por ley a promocionarla, emplean a la Fiesta como objeto del debate partidista, sin otro objetivo que el rédito electoral a corto plazo. No existe el marketing digital. Las más de la plazas son inhabitables. El circo mediático propio de los deportes o eventos culturales se abstiene de aliarse con el toreo, pues éste no purifica, y puede contaminar.

La más hermosa epopeya del siglo XXI se celebra sin puesta en valor, sin brillo, sin presencia mediática más allá del endogámico mundo de la comunicación específicamente taurina. La fiesta más deslumbrante de nuestro tiempo se encamina hacia la más fría obscuridad, y corre peligro de convertirse en clandestina.

No sobreviven los eventos culturales más bellos, sino los que mejor se adaptan al los nuevos paradigmas sociales y mediáticos.

Cuarto: Soñar con un futuro posible y satisfactorio.

El factor esencial que cohesiona a un colectivo humano es vislumbrar un futuro compartido y satisfactorio. Para ello es preciso crear nuevas realidades, o más e rigor, crear irrealidades seductoras, y luchar por lograrlas. Realidades inventadas que prometan un mundo mejor. Y el mundo es una construcción mental de quien lo vivencia, y por tanto sustancialmente interpretable.

La ciencia establece tres tipos de realidades; la realidad objetiva, irrefutable y regida por las leyes de la naturaleza; la realidad subjetiva, que sólo existe en la mente de los creyentes; y la realidad colectiva, que es cierta para un gran número de personas, aún siendo subjetiva.

Los derechos humanos, las deidades, el dinero, las leyes, las naciones y otras muchas realidades que conforman nuestro mundo son plenamente subjetivas, si bien una vez que se colectivizan ya nadie las cuestiona.

Todo el mundo cree en el dinero, que es la ficción más exitosa de la historia, pero un billete no pasa de ser un trozo de papel, inútil en sí mismo, ya sin respaldo en un patrón oro, que está avalado sólo por la palabra de quien lo acuña. El dinero que cifran las cuentas corrientes no existe, y si los ciudadanos dejara de confiar en los bancos y exigiera su dinero en metálico la sociedad se colapsaría sin remedio, y el actual paradigma económico quebraría con estrépito. El dinero es además el fundamento del crédito, y éste el de la investigación técnico científica, que a su vez es la que impulsa el desarrollo y el bienestar de cualquier sociedad. El papel moneda es valioso en la medida en que un gran número de ciudadanos creen que lo es y actúan como si lo fuera, sin cuestionarse siquiera su autenticidad. Confiamos en los extraños en base a una fábula que ha hecho fortuna al ser compartida y nos promete un futuro mejor.

El ser humano del siglo XXI vive en un contexto dual, con realidades objetivas avaladas por la ciencia, y realidades imaginarias compartidas, regidas por su dimensión emocional.

Un diagnóstico objetivo del presente demuestra que está dominado por entidades que nos parecen reales pero sólo existen en nuestra imaginación. Son las realidades colectivas, en esencia subjetivas, las que marcan el rumbo de la sociedad, las que hacen progresar a la humanidad, y las que establecen lo que puede hacerse y lo que no. Los valores sociales que hoy nadie se atreve a discutir no existían dos generaciones atrás, y los que dominen el mundo dentro de pocos lustros son hoy difíciles de imaginar. Los más inteligentes y poderosos maquinan ya para lograr instaurar los principios que más les interesan, y en ese nuevo entorno habrán de lidiar todas las culturas, incluida la Tauromaquia.

El estamento taurino no ha sido capaz aún de imaginar irrealidad alguna, y menos aún de proponer un futuro evolutivo e ilusionante. Es cierto que cualquier aspirante a torero sueña con el éxito, con cruzar bajo el dintel de las puertas grandes de los cosos más prestigiosos, con reconocimiento y con la consumación de la más exquisita de las artes. Tal vez también el ganadero anhela la generación del toro perfecto, arquetipo de la bravura, amalgama equilibrada de casta y nobleza. También el empresario quiere llenar las plazas, gestionar eventos memorables y nutrir las arcas en cada feria. Pero eso no basta. El aficionado, y específicamente el público que acude a los tendidos, es el protagonista del futuro, y debe soñar. El taurinismo debe convertirse en un colectivo con propia conciencia, saber que el futuro le depara algo mejor, experiencias transformadoras, incluso un nuevo paradigma social al que dedicar sus esfuerzos.

El futuro de la Tauromaquia.

La Tauromaquia es una refinada manifestación cultural, producto de siglos de evolución, profesada con devoción por decenas de millones de personas en el mundo. Cuenta con dos asombrosas fortalezas que han de sustentar el futuro. La primera es su solidez cultural, radicada en siglos de progreso, que han generado un ritual de épica singular, belleza conmovedora y autenticidad descarnada. El segundo es su carácter trasnacional, pues en 2018 son ocho los países de Europa y América en los que la lidia es consustancial a su cultura. Su futuro, como el de cualquier otro grupo humano, está cifrado en la observación de cuatro condiciones que la antropología prescribe.

La primera condición es erigirse de manera consciente en colectivo con conciencia cultural propia, tener sensación de grupo, sentimiento solidario, orgullo de clase, para lo cual es imprescindible crear, difundir y consolidar un relato fundacional convincente.

La segunda es la cooperación entre iguales y distintos como estrategia para ampliar la base social y alcanzar metas ambiciosas mediante las sinergias.

La tercera es la flexibilidad y adaptación a los cambios que el entorno experimenta y propone cada día como nuevos retos.

La cuarta es imaginar una irrealidad realizable que comprometa a los actores en un trabajo concienzudo, e ilusione a los miembros de este inmenso clan con un sueño de progreso y mejora.

Aún queda tiempo para implementar el modelo de éxito que muestra la ciencia, mas no se puede desperdiciar un solo minuto, pues el trabajo es arduo y complejo.

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

La Monumental de Sevilla: el sueño de Joselito.

Hay un muro enlucido, desconchado, enmarcado por dos pilastras y un frontispicio de color albero, anexo a un edificio moderno de ladrillo y a una verja, en la calle Eduardo Dato de Sevilla. Encima reposa un dintel, con un friso  geométrico y dos pináculos estriados. Un árbol cercano lo acaricia con sus ramas y un banco oxidado le da la espalda con desprecio. Soporta el conjunto en uno de sus extremos un grueso entramado de cables y dos armarios eléctricos de uso urbano.

Un pequeño azulejo adorna el cuadro: “Aquí estuvo la Monumental de Sevilla (1918-1921) impulsada por Joselito El Gallo, rey de los toreros” Septiembre de 2012, centenario de la alternativa de Joselito. Sus partidarios.

Es necesario hacer volar los sentidos para adivinar en estas ruinas el soberbio coliseo del que formó parte esta puerta de cuadrillas, vislumbrar la silueta de los lidiadores ganando el coso, oír los vítores de 23.000 gargantas aclamando al genio de Gelves y sentir la emoción de verle salir a hombros victorioso tras haber burlado una vez más a la muerte. Hay que esforzarse para revivir el aroma a azahar, a perfumes caros y a puros habanos, escuchar el sonido seco de los cascos de los caballos sobre los adoquines, el tintineo de los cascabeles de las mulillas y el ajetreo de la afición expectante, deseosa de presenciar nuevas gestas.

Hoy queda sólo un difícil recuerdo, ignorado, de lo que fue el más ambicioso sueño del pontífice de la edad de oro del toreo.

A principios del siglo XX Sevilla era una ciudad pinturera y colorista, con ciento cincuenta mil habitantes, partida en dos: los que tenían y los que no. El espectro social era muy diverso: agricultores, ganaderos, industriales incipientes, comerciantes prósperos, pícaros, obreros, truhanes, señoritos, peones, gallistas y belmontistas. La mayor parte de la población vivía hacinada en corralas del vetusto casco urbano o en chabolas del extrarradio, en condiciones de higiene deplorables junto a suntuosos palacios y viviendas de lujo aparente. Los sombreros de fieltro y terciopelo contrastaban con las gorrillas y las viseras, las mantillas de seda o blonda con las pañoletas ajadas de algodón y los botines lustrosos de cueros nobles con las alpargatas remendadas.

Los alimentos escaseaban para muchos sevillanos y las crecidas del Guadalquivir emponzoñaban con frecuencia las calles con un manto de fango putrefacto que propagaba enfermedades infecciosas, hasta el punto que la esperanza de vida al nacer apenas llegaba a los 35 años.

El grado de instrucción de los ciudadanos era muy básico, con un 60% de analfabetos, junto a una reducida élite intelectual, interesada en el juego social y en las bellas artes, añorante aún de las colonias y el pasado glorioso de España.

En un ambiente intrincado y melancólico como este se vistió por primera vez de luces Joselito en 1908, con tan sólo trece años, hijo y hermano de toreros de trayectoria diversa, apuntando ya sus sueños y sus valores.

José Gómez Ortega no habría alcanzado la cumbre de no coincidir con Juan Belmonte García, tan grandes ambos como diferentes, tan distintos como complementarios, aleación perfecta forjada en las 257 tardes que compartieron cartel, que produce la edad de oro en el toreo.

José es la ortodoxia, la técnica más depurada, la seguridad de la lidia perfecta, el canon de pureza que puede con todos los toros, la ambición, el portento físico y la agilidad, que torea con todo el cuerpo. Y con el instinto.

Juan es la transgresión, el riesgo, el audaz torero que gana terreno al propio toro, desafiante, imprevisible, vulnerable, temerario algunas veces, el diestro sin facultades que prescinde por necesidad de las piernas para torear sólo con los brazos. Y con el corazón.

José es torero de los aficionados clásicos y estandarte de la tradición sevillana. Juan es pronto apadrinado por la élite intelectual y lleva público poco entendido a la plaza.

Joselito vive por y para el toreo hasta el límite, lo que le permite perfeccionar la técnica de la lidia como nadie había hecho antes, mostrar a los ganaderos la evolución que debe experimentar el toro para hacer posible el lucimiento del espectáculo, encumbrando el encaste Vistahermosa vía Murube Ybarra, ordenar la lidia, profesionalizar a su cuadrilla y diseñar la primera plaza de toros moderna, funcional y capaz de hacer de la tauromaquia un espectáculo popular: la plaza de toros Monumental de Sevilla.

El sueño de Joselito se dibuja en diciembre de 1915 de mano del arquitecto José Espiau y del ingeniero Francisco Urcola, con el patrocinio del empresario José Julio Lissén. Los planos minuciosos del nuevo coso son presentados al Ayuntamiento para proceder a su edificación en la Huerta de la Salud, en un extenso solar en el barrio de San Bernardo propiedad del mismo Lissén. Durante dos años un enjambre de operarios se aplica en el hormigón, el acero y la piedra y el 24 de marzo de 1917, días antes de la inauguración, el comité de seguridad del Ayuntamiento se persona en la obra y somete a la nueva estructura a una prueba rigurosa e inopinada: cada metro cuadrado debe soportar un peso de 500 kilogramos durante 24 horas. El hormigón se resiente y el informe de los peritos sugiere una nueva prueba para el 10 de abril a condición de establecer  refuerzos importantes en la obra. Este segundo examen no llega a realizarse ya que un tercio de los tendidos se desmorona con estrépito una noche obscura pocos días antes.

El sueño debe esperar un año más. Tras meses de intenso trabajo las rectificaciones y el refuerzo de la estructura resultan suficientes y será el día 6 de junio de 1918 cuando salte al albero Vallehermoso, negro zaíno de Juan Contreras al que Joselito recibe de capa, lidia y estoquea con éxito, cortando una oreja, compartiendo cartel con Curro Posada y Diego Mazquiarán “Fortuna”

A partir de este instante la Real Maestranza de Caballerías, coso privado con derecho a organizar corridas desde que en 1729 Felipe V le otorgara tal privilegio, administrado por los poderosos e influyentes Caballeros Maestrantes, debe convivir con la nueva plaza que casi dobla su aforo y resulta mucho más funcional y mucho más económica.

La influyente prensa sevillana se muestra primero escéptica y después mordaz con el nuevo coso.  Plumas del prestigio de don Criterio, de El Liberal, Gregorio Corrochano, del ABC o Selipe II, de La Unión, emplean la ironía y la acidez para referirse al la nueva plaza, su mentor, la empresa y hasta la banda de música, llegando en algunos casos al desprecio más lacerante.

Entre ese día, 6 de junio, y el 3 de noviembre se celebran 25 corridas en el nuevo recinto, con buenos resultados artísticos, más comodidades para los aficionados, mayor facilidad de acceso y salida de la plaza y boletos más baratos. La plaza del pueblo comienza a ser lo que su promotor siempre deseó.

En esa temporada el maestro de Gelves alterna cinco tardes en el escenario de sus sueños sin que Juan Belmonte, exiliado voluntariamente en Perú pueda hollar el nuevo albero.

En 1919 son 29 los espectáculos programados en la monumental con once comparecencias de su impulsor sin que se tengan noticias de Juan Belmonte salvo en el coso rival, la Maestranza. Es de nuevo una temporada gloriosa y Lissén, estimulado por sus éxitos, lanza una oferta a los caballeros maestrantes para hacerse también con la gestión de la antigua plaza, si bien su oferta es declinada.

En 1920, año aciago para la tauromaquia, Joselito realiza dos veces el paseíllo en la Monumental y hubiera realizado algunos más si no se cruza con el toro Bailaor, de la viuda de Ortega, quien le hiere mortalmente sobre la arena de Talavera de la Reina. La tauromaquia se conmociona, la afición llora, las calles se visten de luto, Sevilla asiste incrédula al sepelio, sin explicación ni consuelo. Para parte de la afición ha muerto el toreo mismo. La Monumental pierde a su principal valedor y su propietario, Lissén, que atraviesa una situación financiera delicada por el declive de sus negocios en Europa, es de nuevo acosado para que cierre su coliseo. El número de festejos desciende a 12, siendo el 10 de octubre el último día en que un toro rindió su bravura en el ruedo monumental.

Las autoridades locales, presionadas desde diversos ámbitos, perciben las flaquezas del proyecto y tardan poco en dictar la clausura de la plaza condenando al nuevo recinto a una lenta agonía, víctima del óxido y del tiempo, y a un duro escarnio al sueño de su inspirador. Un decenio más tarde, cuando sólo queda en pie parte de la estructura y el hormigón renegrido es sólo una sombra, la plaza Monumental es definitivamente demolida.

Del arte efímero de Joselito queda sólo alguna película imprecisa, una colección de instantáneas en sepia que apuntan su solvencia y su técnica, retazos menores de sus gestas. El maestro de Gelves no esculpió ni pintó, no compuso melodía alguna, no legó testimonio escrito de su arte y huyó del populismo y de la prensa, prodigándose poco en entrevistas. El único testimonio tangible de su definitiva aportación a la tauromaquia es el pequeño fragmento de la Monumental, de ese gran sueño que se desmorona entre la ignorancia y la indiferencia.

 

Javier Bustamante
para Toro Cultura