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Evolución o involución.

El reconocido científico Gerald Crabtree, director del Laboratorio de Genética de la Universidad de Stanford, ha publicado varios artículos en los que afirma que el ser humano, en los  últimos tiempos, en vez de evolucionar ha involucionado y que, salvo que la tendencia cambie, en pocas generaciones, los nuevos humanos serán incapaces de realizar tareas elementales.

Las causas de la presunta degradación se encuentran en el proteccionismo hacia los ricos,  la proliferación de comodidades, la falta de exigencia y la inexistencia de la selección natural, motor del progreso de las especies.

El resultado, siempre según Crabtree, es una progresiva disminución de las capacidades racionales y emocionales de los seres humanos que tendrá como consecuencia la vuelta a estados mucho más primitivos.

Tal vez la moderna Tauromaquia esté sufriendo un proceso similar.


El péndulo avanza.

Desde que el hombre de las cavernas se vio fascinado por la figura soberbia del toro y sintió atracción por su áspera acometida, hasta que, en el momento presente, las llamadas figuras firman exclusivas sustanciosas para matar bureles indecorosos, dejando a muchos auténticos toreros fuera de los circuitos por falta de oportunidades, han pasado más de 20.000 años.

Sin embargo el arte de torear, tal y como hoy se conoce, tiene sólo tres siglos. Atrás quedaron el toreo caballeresco y los festejos populares en los que hombres anónimos de toda condición libraban las embestidas del toro con el único avío de su propio cuerpo. La invención de la muleta por parte de Francisco Romero, a principios del siglo XVIII, posibilitó la estocada de frente tal y como ahora se entiende, si bien mucho antes se abatían reses a estoque de modo poco ortodoxo, primando más la eficacia que la estética.

Esa es la fecha de referencia, ahora hace trescientos años. Desde ese momento el toreo a pie comienza a gustar al pueblo y adquiere un predicamento progresivo. Grandes maestros como Pepe Hillo, con su primitiva Tauromaquia,  Cúchares, inventor del volapié, Paquiro, con un nuevo tratado sobre el arte de torear, Lagartijo y Frascuelo, competidores temerarios, Joselito, dominador de las reses como nadie antes, Belmonte, impulsor del toreo en redondo y de la invasión de los terrenos del toro, Chicuelo, perfeccionador de la técnica Belmontina, Manolete, El Viti, Curro Romero, Manzanares I, Luis Francisco Esplá, son eslabones necesarios de la cadena que, a fecha de hoy, termina con Morante, Manzanares II, El Juli, Perera y Talavante.

Es evidente que a estos lidiadores les ha correspondido vivir un tiempo distinto y que no debe buscarse en su actitud la causa única del presente de la Tauromaquia, si bien es conveniente analizar el milimétrico paralelismo entre el modelo de Gerald Crabtree y lo que le sucede a la fiesta de toros.

 

“Proteccionismo hacia los ricos”

La conversión de un rito ancestral en negocio implica la primacía de los aspectos económicos sobre cualquiera otros. Para ello es necesario que el artista, oficialmente reconocido, ejecute la obra artística de manera contumaz, esto es, la misma obra, muchas veces, para correspondes a las expectativas de quien paga.

Para lograr este objetivo los taurinos han erigido en figuras sublimes a algunos toreros que han mostrado capacidad y determinación en ciertos momentos, pero son incapaces, por su propia esencia humana, de sentir inspiración, engendrar arte y provocar emoción a fecha y hora fija.

“Proliferación de comodidades”

Para facilitar la ardua tarea de la creación se les propone un antagonista que molesta poco, con dosis de nobleza excesivas y que está en vías de perder el elemento esencial del rito taurino: la casta brava. La evolución del toro comercial ha llegado a un punto de insulsez que ya no representa un oponente que permita calibrar las capacidades del torero.

“Falta de exigencia”

El aficionado escasea, pues es malo para el negocio por su criterio, capacidad de análisis, espíritu crítico y tendencia a la exigencia de autenticidad.

Para que la empresa rente es preciso el público, poco conocedor de la fiesta, de su génesis, de las condiciones del toro, de la técnica y valor del torero, que se deje impresionar por un estética devaluada y las expectativas de contemplar a lidiadores que son tenidos por paradigmas del arte taurico.

“Inexistencia de selección natural”

El albero ha dejado de ser el espacio en el que los toreros dirimían rivalidades y se jugaban el contrato del día siguiente. La selección de las ternas no se rige por el natural criterio de elegir a los más capaces, si no por el artilugio de los padrinos y la connivencia de empresas, toreros, apoderados y ganaderos dentro de una misma corporación.

Triunfos sonados de grandes toreros, como Diego Urdiales, Victor Barrio, Alberto Aguilar, Oliva Soto y una larga lista de arrojados matadores no sirve ya para ganar ajustes. La selección se realiza en los despachos antes de apreciar los méritos cobrados sobre la arena.

El péndulo retrocede.

En una coyuntura así, los espectáculos taurinos sufren temporada tras temporada el desgaste que genera la monotonía y la profunda injusticia.

No resulta extraño que el rejoneo, heredero del arte de alancear toros a la gineta, y los espectáculos populares de capeas y recortes, origen de la actual tauromaquia, estén siendo de nuevo demandados por los aficionados.

Es posible que el péndulo de los tiempos se haya detenido ya en su cénit y que su movimiento natural de retroceso, llamado involución, esté comenzando a generar un nuevo escenario.

Tal vez los espectáculos taurinos deban optar de modo definitivo por la evolución activa hacia la recuperación de la emoción y la leal competencia o se vean abocados de modo indefectible al retroceso a los tiempos pretéritos.

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura.