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Talavante prendido por el estro

Alejandro Talavante viste con elegancia discreta, peina brillantes cabellos con milimétrica precisión, gasta mentón belmontino, y cuando, como esta tarde en el coso de la Ribera, encuentra nobleza y bravura, recrea una Tauromaquia única, barroca, rica en matices, que sorprende por la armónica improvisación con que encadena las suertes. Talavante es despacioso y solemne, profundo e inescrutable, sutil y proceloso al mismo tiempo. Su muleta tiene vuelo sedoso, sus pies calculada levedad, y sus muñecas tendones tan flexibles que parece que su torsión esté siempre al límite de la rotura.

Hoy ha sido prendido por una refinada inspiración, una pulsión a dejarse llevar desmayado, tal vez olvidándose del cuerpo, y ceñir naturales de ensueño, afarolados de recurso, manoletinas ajustadas, e incluso pases mirando al tendido que evidenciaban el dominio al que sometió a un noble ejemplar de Jandilla que hacía segundo. Un aroma así de intenso debió calar en el tendido, pues demandó con clamor el segundo trofeo que tal vez merecía, mas el toreo estaba ya hecho, y por tanto el mérito bien contraído. El arte de Talavante no sabe de rigideces, no entiende de destajismo, ignora la planificación, y surge con tal naturalidad que nadie, tal vez ni siquiera él mismo, sabe cómo va a ser el siguiente embroque. El numen de Talavante es arte en si mismo, y se entiende su dimensión cuando se compara a la industria de fabricar pases que muchas reconocidas figuras han instaurado en el sistema, para desgracia del aficionado que lo es. El estro de Talavante es pleno e imprevisible, y ahí radica la grandeza de su arte sublime.

Roca Rey volvió a demostrar sus grandes capacidades para la lidia, sus brazos poderosos, su corazón caliente, la variedad en las suertes, y su capacidad para llegar a los tendidos y ganar trofeos.

Pablo Hermoso de Mendoza exhibió su legendaria monta, su dominio de los terrenos y el valor necesario para cabalgar cerca de los toros.

Ayer, sin embargo, las musas miraban sólo a un artista vestido de azul y oro, que sigue agrandando su leyenda.

Reseña:

Plaza de Toros de la Ribera de Logroño, diecinueve de septiembre de 2017, tres cuartos del aforo cubierto en tarde de tiempo agradable.

 

Dos toros de Sánchez hermanos de excelente presentación, en tipo murubeño, despuntados reglamentariamente, en capas negras zaínas. Primero: Dos rejones de castigo; flojo y noble. Silencio al arrastre. Cuarto: Un rejón de castigo; flojo y manso. Silencio.

Cuatro toros de Jandilla, desiguales de presentación, el primero chico, los otros de aceptable presentación, en capas negras y castañas. Segundo: Un puyazo y un picotazo, bravo y noble. Palmas. Tercero: Tres picotazos; flojo y noble. Silencio. Quinto: Un puyazo y un picotazo. Flojo y noble. Silencio. Sexto: Un puyazo y un picotazo. Flojo y manso. Silencio.

 

Pablo Hermoso de Mendoza, de grana: Rejón trasero (ovación). Rejón trasero (silencio).

 

Alejandro Talavante, de azul y oro: Estocada (oreja). Estocada y un golpe de descabello (oreja).

 

Roca Rey, de verde oliva y oro: Estocada (silencio). Estocada (oreja).

 

 

Incidencias:

Segundo festejo de la Feria de San Mateo 2017

En las postrimerías de la primera faena de Talavante un conocido militante antitaurino de origen holandés con varias causas pendientes intentó saltar al ruedo, siendo retenido por los aficionados en el tendido y desalojado por la policía.

 

 

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

 

Leo Valadez abre la puerta grande de Logroño

Salían alegres los novillos de La Quinta de toriles con su mirada de azabache, sus capas cárdenas y su bruñida cornamenta y ya estaban pidiendo fiesta a quien supiera dársela. Trapío de corrida de toros y comportamiento diverso, mas nunca insulso, pues hubo bravura en los turnos tercero y cuarto, y mansedumbre geniuda en el quinto, que añoraba la dehesa, y allí nadie se aburrió.

Enfrente una terna que, con distintos estilos, plantó cara y demostró que quieren forjarse como toreros asumiendo las dificultades que entraña la empresa.

Leo Valadez está a tres semanas escasas de doctorarse y eso exige técnica y decisión de las que hizo gala en el coso de la Rivera. Pasó a su primero al natural y en redondo, ensayó estatuarios y se tiró a matar con verdad, resultando cogido sin consecuencias aparentes. En su siguiente turno lanceó a la verónica, por chicuelinas y lopecinas, se hincó de rodillas en el platillo de la plaza y trasteó con solvencia, en una faena de entrega, finalizada con manoletinas y una excelente estocada que el publico y el placo premiaron con dos apéndices, lo que le franqueó la puerta grande.

Alfonso Cadaval sorteó un lote complicado pues su primero distraído embestía sin convicción, casi siempre con la cara alta, y el diestro sevillano hizo una faena pinturera, con pasajes inspirados y regusto torero. El que hizo quinto era manso de libro, y desarrolló un instinto guerrero basado en el genio que lo convirtió en un novillo difícil y deslucido. Llegó al último tercio muy entero y con la comprensible intención de coger, y cuando el público de la Ribera esperaba una lidia clásica de aliño y una estocada de recurso se encontró con una faena pulcra y dominadora. Pudo al utrero, pisando terrenos comprometidos, sorteando derrotes y aviesas miradas, lo mató al primer intento y ganó una meritoria oreja.

Toñete logró un trofeo tras una faena intermitente al tercero, a la que le faltó reposo, y mostró mayor firmeza en el que hacía sexto, al que pasó por ambos pitones con inteligencia y suficiencia técnica, confirmando su condición de novillero valeroso que promete tardes importantes.

Hubo sobre el dorado albero logroñés novillos interesantes, dos de ellos de encastada bravura, y aspirantes a matadores que dejaron impronta de querer, y también de poder.

 

Reseña:

Plaza de Toros de la Ribera de Logroño, dieciocho de septiembre de 2017, menos de un cuarto del aforo cubierto en tarde de tiempo variable.

 

Novillos de La Quinta de excelente presentación, en tipo santacolomeño, finos de cabos, degollados, en capas cárdenas y entrepeladas. Todos ovacionados de salida, especialmente en sexto, un cárdeno de armónica lámina. Primero: Un puyazo y un picotazo; flojo y noble. Silencio al arrastre. Segundo: Un puyazo y un picotazo; noble con muchos pies. Silencio. Tercero: Dos duros puyazos, bravo. Ovación. Cuarto: Dos puyazos; bravo. Vuelta al ruedo. Quinto: Cuatro picotazos, dos de ellos en la querencia; distraído, manso y geniudo, con vocación de coger. Pitos. Sexto: Dos duros puyazos; distraído y deslucido. Silencio.

 

Leo Valadez, de grana y oro: Pinchazo resultando cogido y estocada (vuelta al ruedo). Estocada de ley (dos orejas).

 

Alfonso Cadaval, de rioja y oro: Estocada desprendida (vuelta). Estocada trasera (oreja).

 

Toñete, de azul Bilbao y oro: Estocada (oreja). Pinchazo, estocada y dos golpes de descabello (silencio).

 

Incidencias:

Primer festejo de la Feria de San Mateo 2017

Leo Valadez fue prendido por el primer novillo sin consecuencias aparentes. Salió a hombros por la puerta grande.

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

 

El hieratismo de Sebastián Castella

El rigor que imprime Sebastián Castella a la lidia denota la personalidad del diestro francés, cincelada a lo largo de dieciséis años de alternativa en los que ha conocido grandes triunfos, e incluso liderado el escalafón en 2006

Su toreo es verdad absoluta, sin ambages ni espacio para la especulación. Se pone en el terreno que corresponde, hunde el mentón en el pecho y espera paciente la acometida del toro para conducirla, ya sea pastueña, encastada o descompuesta, sin otra meta que evidenciar su valor y el dominio del toro.

Compareció ayer en el coso de la Ribera para reeditar el cartel que constituyó un año atrás una memorable ofrenda al arte del toreo, pues en esa fecha el propio Castella rivalizó con Diego Urdiales, titular de la cátedra del toreo clásico, lidiando un encierro encastado de Fuente Ymbro que propició el logro de siete trofeos y la clamorosa salida a hombros de los dos por la puerta grande del coso riojano.

Ayer no se repitió el evento, pues el ganado enviado por Ricardo Gallardo careció, salvo el sexto, de casta y de poder, generando insulsas embestidas y lidias planas y previsibles, carentes de emoción.

Se había presentado el torero de Beziers en el patio de cuadrillas vestido de berenjena y oro, con rictus solemne y halo de concentración máxima, previendo ya las acometidas de los toros y vislumbrando un nuevo éxito, y hubo de esperar al epílogo de la corrida para encontrar un antagonista digno de su toreo enhiesto y vertiginoso.

Fue entonces cuando dictó una nueva lección de hieratismo, con asombrosa verticalidad, gesto grave, zapatilla fija en el albero y muñeca poderosa. Se pasó a Valdivia cerca de las femorales, sin rectificar terrenos, con tal precisión que parecía tener un pacto con el toro para engendrar su toreo y electrizar la cálida atmósfera del coso logroñés.

Ensayó el pase cambiado con arrojo, el natural con hondura, el redondo con templanza, el pase del desprecio con suficiencia, y aún tuvo tiempo de trastear mirando al tendido con gesto de absoluto dominio. Cuando el toro estaba dominado y su casta brava había brillado en el bello combate, se tiró tras la espada con decisión de quien otea el triunfo, dejando una estocada trasera que fue suficiente para abatir al toro y desatar la pasión en los tendidos que pedían trofeos.

Ayer, una vez más, Sebastián Castella desarrolló su libreto e hizo gala de su valor indómito y de su corazón de torero grande.

 

Reseña:

 

Coso de la Ribera de Logroño, veintiuno de septiembre de 2016, casi tres cuartos plaza en tarde soleada y calurosa.

Cinco toros de Fuente Ymbro, terciados, de hechuras diversas; nobles, flojos y descastados, salvo el sexto, bravo y encastado.

Un sobrero de Juan Manuel Criado jugado en quinto lugar, con gran trapío, bravo y noble.

 

Diego Urdiales, de turquesa y oro: Pinchazo y gran estocada (ovación y saludos tras aviso); Estocada caída (silencio); Media estocada (silencio tras aviso)

 

Sebastián Castella, de berenjena y oro: Estocada caída (silencio); Estocada caída y dos golpes de descabello (silencio); Estocada trasera (oreja)

 

 

Incidencias: Última corrida de la Feria de San Mateo en la que se repetía el exitoso cartel de la temporada anterior.

 

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

 

Los valores del toro

El toro Planteadito, del hierro de Victorino Martín, rindió ayer en el coso de la Ribera de Logroño un emotivo homenaje a sus criadores, y demostró por qué el bravo es un animal excepcional al que el hombre admira y venera desde hace más de 23.000 años.

Saltó a la arena con su media tonelada de músculo acerado, fino de cabos, mirada azabache y armónico galope, y no dio tregua hasta que, tras media hora de combate, cayó abatido por la espada del Cid.

Acometió con entrega a muletas, capotes y cuantos estímulos desfilaron por su campo visual, sin descanso, y dio la sensación de que, si su matador hubiera decidido continuar con la lidia, el toro habría aceptado gustoso el envite hasta el mismo instante de la extenuación.

Hizo demostración de que la casta brava es fijeza, pues sus ojos no apartaban la mirada ni por un instante de la franela del torero, manifestando en todo momento un instinto agresivo propio de un animal único, tocado por los dioses.

Humilló hasta arrastrar el hocico por el albero con tal codicia que perseguía los señuelos con un ansia que sólo puede emanar de la más refinada bravura.

Acreditó altas cotas de nobleza, pues acometía sin dudar, siguiendo los señuelos con bondad, componiendo las armónicas figuras que el torero proponía, en una pugna plena de estética y emoción.

Vendió cara su vida, pues se resistió a doblar las manos, aún con tres palmos de acero cerca del morrillo, y tuvo aún arrestos para levantarse desafiante cuando el machetero se acercaba para finarlo con la puntilla.

Hubo clamorosa petición de indulto, y su matador, tras las últimas series, miraba al palco esperando ver el pañuelo salvador, mas no hubo caso y sí nuevas tandas de naturales, cada cual más lenta y profunda, hasta completar una obra de arte que quedará en la memoria de los aficionados y consagra a El Cid y a Planteadito como paradigma de la Tauromaquia.

Ayer pudo verse sobre el albero riojano un animal adornado por los valores que el ser humano admira desde los albores del tiempo, pues fue fuerte, noble, codicioso y constante, lo que le encumbra al olimpo de los toros memorables.

 

 

Reseña:

 

Coso de la Ribera de Logroño, diecisiete de septiembre de 2016, un cuarto de plaza en tarde fresca y nublada.

Toros de Victorino Martín, todos negros entrepelados, bien presentados en el tipo de la casa. El primero bravo y noble; el segundo bravo, encastado, de asombrosa fijeza y nobleza, premiado con la vuelta al ruedo; el tercero flojo y noble; el cuarto descastado y distraído; el quinto descastado, distraído y avisado; el sexto flojo y noble.

 

Curro Díaz, de palo de rosa y oro: Estocada caída (oreja); Estocada y dos golpes de descabello (silencio)

 

El Cid, de azul marino y oro: Estocada trasera (dos orejas tras dos avisos); Dos pinchazos, media estocada, metisaca, estocada caída y un golpe de descabello (ovación y saludos)

 

Paco Ureña, de azul turquesa y oro: Cuatro pinchazos, estocada y un golpe de descabello (silencio tras aviso); Estocada delantera caída de efecto fulminante (palmas)

 

Incidencias: Fuerte petición de indulto para el segundo toro de nombre Planteadito, de excepcional casta brava, al que se dio una vuelta la ruedo honorífica.

 

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

Ofrenda al arte del toreo

Diego Urdiales y Sebastián Castella rindieron ayer, en el coso de la Ribera, cumplida ofrenda al eterno arte del toreo, oficiando sin ambages el milagro de la casta brava aleada con la sutil inspiración artística. Ambos olvidaron su cuerpo mortal y afloraron su dimensión espiritual, casi mística, para esparcir sobre el albero frescas esencias de romero el primero, y secos efluvios de almizcle y maderas nobles el segundo. Dos aromas diferentes, dos orígenes alejados, dos culturas distintas que convergen en un mismo concepto, que no es otro que la mixtura del valor y la inspiración, y como por ensalmo recrean la Tauromaquia.

El maestro Urdiales, que estrenaba la cátedra del toreo clásico ganada dos días atrás, comparecía pleno de crédito y con fuerza de ánimo inquebrantable. Dio una nueva clase magistral de su materia, fundamentada en el temple y la colocación, convirtiendo en hilo de seda la hosca acometida inicial de su lote, en terciopelo los derrotes y en aire de primavera cada pase y cada serie.

Sebastián Castella vino a mostrar su toreo incontestable y propuso una verticalidad y una quietud vertiginosas. Citó de lejos, aplicó el valor sereno para pasar a sus toros a una distancia inverosímil de sus femorales, no se enmendó, allá amague el toro con cornearlo y si le prende, como ocurrió ayer en su último trasteo, se recupera de la paliza en un instante, y vuelve a la cara del toro aún con mayor valor si cabe. Sebastián Castella es un gallo, tiene orgullo y no tolera que otro torero, ya sea catedrático, le gane la pelea y obtenga un triunfo aún mayor que el suyo.

Pero ayer no se trataba de aritmética sino de emoción, de la emoción indescriptible que sintió el aficionado al vivir en el mismo coso la encastada nobleza de la corrida de Fuente Ymbro y el valor sereno de dos auténticos titanes.

Ofrendas así engrandecen el arte y lo convierten en una manifestación sublime de la capacidad del ser humano para engendrar belleza. Los que compartimos el ritual sentimos por instantes el brillo magnético de la plenitud y el legítimo orgullo de pertenecer a la estirpe de estos dos creadores. Vivimos una lección de humanismo y sensibilidad que quedará grabada en nuestro corazón hasta el final de los días. Gracias maestros.

 

Reseña:

 

Plaza de toros de “La Ribera” de Logroño, veintitrés de septiembre de 2015, más de media plaza en tarde fresca.

Toros de Fuente Ymbro, desiguales de presentación, nobles, bravos y encastados, salvo el primero de comportamiento incierto, manso, tal vez burriciego.

 

Diego Urdiales, de azul marino y oro: Dos pinchazos y estocada, silencio. Estocada, dos orejas. Estocada desprendida, un golpe de descabello, una oreja.

Sebastián Castella, de coral y oro: Estocada trasera, oreja. Gran estocada, dos orejas. Estocada, oreja.

 

Diego Urdiales y Sebastián Castella salieron a hombros aclamados por el público.

 

Tauromaquia desnaturalizada.

Lo que sucedió ayer en el coso de la Ribera de Logroño no fue sino una subversión del arte de lidiar toros en plaza, pues se propuso una fiesta insulsa y cruelmente desnaturalizada. Comparecieron en el ruedo dos figuras consagradas de la Tauromaquia, Morante y El Juli, junto con un joven matador recién doctorado, Roca Rey, y no tuvieron mejor quehacer que medirse a un encierro chico, débil y descastado de Zalduendo. El aficionado, que acude a estas citas con la ilusión de vivir emociones intensas, salió de la plaza con serias y profundas dudas sobre el devenir del arte de Cúchares. La primera atañe al ganadero, pues no se explica el esmero en la selección y la crianza de reses de lidia, cultura ancestral del campo bravo, para echar semejante media docena de inválidos descastados. La segunda concierne al genio de La Puebla del Río, torero de esencias donde los haya, que se empecina en lidiar toros que no tienen lidia, pues en algunos casos salen moribundos del toril. Véase su faena al cuarto y se comprobará que no hay más que medios pases y postura aflamencada sin atisbo alguno de desafío, pues el toro claudicó en cuanto vio el señuelo. La tercera afecta a El Juli, torero poderoso como pocos, que se vio obligado a interrumpir sus insustanciales trasteos por exigencia del público, quien veía en los amagos de pase un sainete de mal gusto. La cuarta tiene como referente a Roca Rey, matador de nuevo cuño, prometedor y entregado, a quien corridas así terminarán desacreditando, pues está aún por ganar el título de maestro, y para lograrlo habrá de mostrar conocimiento, inspiración y arrojo. La quinta cuestión atañe a la empresa, quien habrá hecho ya su cálculo sobre el efecto que esta neotauromaquia puede tener sobre futuras ferias, y específicamente sobre el ingreso esperado en taquilla. La sexta duda tiene como protagonista a Iván García, valeroso torero madrileño que se despidió del escalafón de oro hace un mes, matando en Cenicientos una corrida de José Escolar y ayer pareó y lidió vestido de azabache. Las razones de su decisión fueron la falta de oportunidades y unos emolumentos cercanos a cero. Seis dudas que inquietan al aficionado y afectan gravemente al arte y al negocio. La Tauromaquia es emoción, y lo que emociona al público es el valor de hombres que asumen riesgos para engendrar arte ante toros poderosos que venden cara su vida. Eventos como éste contribuyen a la degradación ética y estética del arte de torear y pueden convertirlo en una escenificación de escaso sentido.

 

 

Reseña:

 

Plaza de toros de “La Ribera” de Logroño, veintidós de septiembre de 2015, casi tres cuartos de plaza en tarde fresca.

Toros de Zalduendo, chicos, anovillados, flojos y descastados. El sexto tuvo algo más de aliento.

 

Morante de la Puebla, de nazareno y oro: Silencio. Vuelta al ruedo.

El Juli, de añil y oro: Silencio. Silencio.

Roca Rey, de rioja y oro: Oreja. Oreja tras aviso.

 

Iván García, de azul y azabache, saludó tras parear al tercero.

Andrés Roca Rey salió a hombros.

Diego Urdiales gana la cátedra.

El maestro Diego Urdiales ganó ayer la cátedra del toreo clásico con explícita y merecida distinción “cum laude”. Después de su clase magistral en Bilbao, aún hoy comentada en los mentideros, comparecía el diestro riojano ante conspicuo tribunal, presidido por Curro Romero, catedrático emérito de la materia, y antes de que pudiera abrirse de capa ya estaba la parroquia ovacionando con fervor. Tal vez conmemorando las dos excelentes faenas vividas un año antes en este mismo coso de la Ribera o quizá como homenaje a la brillante temporada que se le conoce en su tierra, la afición riojana rindió tributo al hombre que comienza a ser un torero de culto. El temario que expuso se centró en cuatro materias; a saber: la distancia, el temple, la reunión y la colocación, y aún tuvo tiempo de desplegar el anexo de la torería. Empleó para su disertación práctica el caso “Delicado”, torito negro de Jandilla, avieso ante capotes y rehileteros, que rindió su encastada nobleza a la delicada muleta de Urdiales. Se venía el torito a la flámula con alegre galope, humillado, buscando su presa con codicia y encontraba cada vez un pase más templado. Recargaba el de Jandilla cada vez que lo burlaba Urdiales y ya estaba el maestro colocado en el lugar de torear. Entregaba su exigente embestida y el torero lo embarcaba con la muleta planchada y remataba en la cadera con un sencillo giro de muñeca. Con semejante libreto ciñó naturales, mandó en redondo, adornó trincherazos y cobró una estocada señera que le valió la cátedra. El aroma que dejó en el aire eclipsó la labor de sus dos compañeros, pues Manzanares, de catafalco y azabache, gastando postura aflamencada, como caído de un cuadro de Romero de Torres, no superó la prueba del remate en la cadera y, magnetizado por el toreo periférico, dibujó dos faenas pulcras, mas alejadas del canon clásico propuesto por Urdiales. Garrido manejó las capas con inspiración renacentista, si bien hubo de recurrir al encimismo en el último tercio como recurso para justificar el desconocimiento de los arcanos del toreo clásico. Arcanos que bien maneja y ha preservado durante decenios el acreditado catedrático Curro Romero y, al parecer, ha confiado ya al nuevo titular de la causa. Gloria para ellos y para el toreo.

 

 

Reseña:

 

Plaza de toros de “La Ribera” de Logroño, veintiuno de septiembre de 2015, tres cuartos de plaza en tarde calurosa.

Toros de Las Ramblas (los tres primeros) flojos y descastados. Toros de Jandilla, noble y encastado en cuarto, avisado en quinto y flojo y noble el sexto.

 

Diego Urdiales, de verde botella y oro: Pinchazo y estocada, una oreja. Gran estocada, dos orejas.

José María Manzanares, de catafalco y azabache: Pinchazo y estocada, silencio. Estocada, silencio.

José Garrido, de azul pavo y oro: Estocada, oreja. Estocada, ovación.

 

Diego Urdiales fue sacado a hombros entre el delirio de la afición y la satisfacción de Curro Romero, a quien brindó el toro del triunfo.

El vuelo del capote de José Garrido.

Se hace presente con gesto solemne José Garrido en los medios de la plaza de La Ribera, se echa el capote a la espalda y cita con su vuelo sutil al primer toro de Paco Ureña recién picado. El toro se viene noble al señuelo, humillado, al trote y el torero extremeño dibuja cuatro gaoneras plenas de temple y ajuste, rematando con una revolera airosa. Recibe a los toros que habrá de matar a la verónica, manos bajas, movimiento sutil de cadera, suerte cargada y mentón clavado en el pecho con perfil belmontino, y ya está la atmósfera bullendo de aroma a toreo caro.

Y eso es todo. Al menos todo lo memorable que va a ocurrir el día de la fecha en el moderno coso riojano.

No está la plaza para festejar la recreación de la verónica, pues los cerca de tres mil espectadores son más partidarios del muleteo alegre que de las esencias. Jalean dos faenas largas y superficiales del propio Garrido y de Paco Ureña, y las premian con sendas orejas, sin que se atisbe duende ni inspiración en ninguna de ellas. Faenas contumaces y repetitivas, con largas series, las más de las veces escasas de ajuste, fiel recreación del toreo seriado al que se abona la mayor parte del escalafón.

Cuarto de plaza para testificar la realidad de una tarde escasa de arte, escasa de emoción, escasa de público, en la que las gotas de fino perfume las aporta el torero pacense, y tal vez valgan por si solas la contrata del día siguiente.

 

Reseña:

Plaza de toros de “La Ribera” de Logroño, veinte de septiembre de 2015, un cuarto de plaza en tarde calurosa.

Toros de José Cruz, con capas castañas y negras, de diferentes hechuras. Nobles los dos primeros, flojo el tercero e inválidos los tres últimos.

 

Miguel Abellán: Palmas. Silencio.

Paco Ureña: Oreja tras aviso. Palmas.

José Garrido: Oreja tras aviso. Silencio.

 

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