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La pasión de Curro

Este hombre de mirada profunda, rostro enjuto y finos cabos vive el arte de torear como pocos lo hacen en nuestro siglo, y contagia de su pasión desatada a cuantos contemplan su obra, que es efímera, pero también inmortal en la memoria.

Este hombre, que no puede explicar lo que es el toreo, pero sabe que es su vida, que lo necesita, y que es el mejor medio que ha encontrado para realizar lo que siente, lleva en su ánima el estigma de un creador de cante grande.

Este hombre, dueño de glorias, testigo de tragedias, pisa el albero con natural solemnidad, y se envuelve en un ritual que magnetiza a la afición, pues cada movimiento, por nimio que sea, está poseído por ese don indefinible que conocemos por torería.

Curro piensa, piensa mucho, sin que nadie alcance a saber qué idea merodea por su mente un instante antes de irse al toro y recrear, tarde tras tarde, la Tauromaquia, mas ha de ser una idea clara y recurrente, pues parece que inspira el perfeccionamiento.

Curro siente, siente mucho, y son sus emociones, tal vez confrontadas, el sustrato fértil sobre el que edifica obras de arte incomparables, plenas de fervor, tan etéreas e intensas como el propio fuego con el que forjó su carácter indómito.

Curro se trae el toro con un leve toque, echa a volar el señuelo y traza líneas imposibles que siempre acaban junto a la cadera, tangentes a su leve cuerpo.

Curro dispone su anatomía al servicio de la creación de belleza, sin artificios, sin ventajas, al dictado de sus sentimientos, sin tan siquiera pensar en la huida, pues sabe que cada embroque va a resolverse tal y como él ha soñado.

El diminuto coso de Azpeitia fue ayer el escenario elegido por el maestro para dictar una nueva clase de toreo emocional. Compareció vestido de primera comunión y oro, melena al viento, y pronto presentó sus credenciales: no hay reglas, no hay normas, sólo la emoción que brota de las entrañas en cada instante. El corazón de este hombre alberga tanto toreo que podría realizar tres lidias diferentes a cada toro, y todas serían distintas, e igualmente emotivas.

La faena al colorado que hizo segundo fue una ofrenda a las bellas artes, pues dibujó naturales con técnica impresionista, esculpió el toreo en redondo con series adinteladas, inspiró la creación literaria con su toreo al compás, y hasta algún arpegio pareció escucharse en las trincherillas de remate. El público azpeitiarra celebró con entusiasmo una propuesta tan colorista y reconoció los méritos del maestro con una clamorosa vuelta al ruedo con aroma de gran triunfo, que habría sido con las orejas en la mano de haber manejado con mayor destreza el estoque.

Este hombre, que se sabe privilegiado por hacer lo que hace, deja en la memoria la sensación de torero distinto, capaz de un arte tan personal que atrapa los corazones de los aficionados, algunos de los cuales salían de la plaza ensayando el natural y otros preguntándose dónde torea Curro el sábado. Es la pasión, la bendita pasión de Curro.

 

Reseña:

 

Plaza de toros de Azpeitia, uno de agosto de 2016. Lleno en tarde fresca y soleada. Toros de Pedraza de Yeltes, de capas coloradas y negras, con romana y trapío en diversos tipos. Primero y cuarto inciertos, de corto recorrido. Segundo y sexto nobles y encastados. Tercero y quinto con querencia marcada en las tablas. Se emplearon en varas con poder.

 

Rafaelillo, de grana y oro: Estocada y dos golpes de descabello (ovación y saludos); Dos pinchazos y estocada (ovación y saludos)

 

Curro Díaz, de primera comunión y oro: Pinchazo, estocada caída y dos golpes de descabello (clamorosa vuelta al ruedo); Pinchazo y estocada caída (ovación y saludos)

 

Joselito Adame, de malva y oro: Pinchazo, estocada y descabello (silencio); Pinchazo y estocada (oreja)

 

Incidencias: Gran ambiente en los tendidos pese a que la corrida fue retransmitida por una cadena de pago privada.

 

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

El toreo es un estado de ánimo

Curro Díaz llegó a la Monumental pamplonesa veinte horas después de haber vivido la muerte de Víctor Barrio sobre el albero de Teruel, y de haber estoqueado a “Lorenzo”, el toro que partió en dos el pecho del torero de Sepúlveda. Puede aventurarse que la noche no fue plácida y que el recuerdo de la cornada y el llanto desconsolado de la joven viuda le acompañaron en un duermevela impregnado de sudores fríos. Otras estirpes habrían buscado una excusa en forma de inoportuna lesión o indisposición repentina. La grey de toreros no. Estos hombres tienen un código de honor inquebrantable al que se deben y que ratifican en tardes como la de ayer. Torear como homenaje al compañero caído. Torear para dar ejemplo a los más jóvenes. Torear para engrandecer la leyenda viva del toreo. Torear porque los valores no se negocian.

El rostro del diestro de Linares al entrar al patio de cuadrillas era de dolor contenido. Boca sellada, ceño levemente fruncido y mirada ausente. Los que le conocemos sabemos que su espíritu indómito es capaz de revertir las situaciones adversas, y que su inspiración nunca espera vientos favorables.

Sonaron los cerrojos de la barrera y la banda atacó el pasodoble del paseíllo. A la izquierda Iván Fandiño, en el centro Juan del Álamo, testigo de la alternativa de Víctor Barrio y a la derecha Curro Díaz. Cruzaron el circo con gesto grave y andar despacioso hasta ganar el tercio y escuchar un minuto de música solemne en memoria del matador caído. Lo que pasa por la cabeza de un torero en un instante así sólo lo comparte con los más íntimos, y sólo aquel que tiene la habilidad de verbalizarlo. Curro se abrió de capa y plantó cara a sus dos oponentes, con su sello personal, la pinturería que le acompaña cada tarde, dibujó el natural, templó en redondo y dejó algún pase de adorno de muñeca rota. Fandiño estuvo firme, con su toreo clásico, macizo en algún instante. Juan del Álamo entendió a sus toros y planteó lidias de recorrido, desplazando al toro todo lo que su bravura pudo ofrecer. El lustroso lote que envió el ganadero lució trapío, bellas capas y romana propios de su origen. Nada diferente a lo que, cada uno en su estilo, ofrecen cada tarde. Sin embargo los aromas que emanan de cada embroque no calaron en el tórrido aire pamplonés, la casta brava de los de Pedraza se diluyó en las querencias, y la afición no prendió la llama de la emoción, pues en la conciencia de quienes formábamos el foro había un sentimiento de profunda tristeza. Tristeza y también admiración a los oficiantes del rito, cuyo ánimo estaba comprensiblemente mermado. Y el toreo es un estado de ánimo.

 

 

Reseña:

 

Plaza de toros Monumental de Pamplona, diez de julio de 2016. Lleno en tarde calurosa. Toros de Pedraza de Yeltes con trapío y romana. Mansos, descastados y nobles.

 

Curro Díaz, de palo de rosa y oro: Estocada casi entera delantera y caída (palmas). Tres pinchazos y estocada delantera y caída (silencio).

 

Iván Fandiño, de palo de rosa y oro: Pinchazo y estocada (silencio). Dos metisacas y tres pinchazos (silencio tras aviso).

 

Juan del Álamo, de verde manzana y oro: Media estocada caída y delantera (aplausos). Media estocada y quince golpes de descabello (silencio)

 

Se guardó un minuto de silencio en memoria de Víctor Barrio, muerto la víspera por una cornada en el pecho en el coso de Teruel.

 

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

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