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Llenar las plazas es fácil, si se sabe cómo.

La prestigiosa empresa Google, a través de su filial Google Books, ha llegado a la conclusión de que en el mundo hay en la actualidad 129.864.880 libros publicados, de los cuales, según una aproximación realizada por diversas librerías, el 30% serían de “autoayuda”

De ser ciertas ambas valoraciones, en los fondos editoriales del mundo se recogerían nada menos que 39 millones de títulos dedicados a  “conseguir cosas tales como la actualización de las potencialidades humanas (psicológicas y espirituales)”

Cierto es que el género literario de la “autoayuda” aporta ideas y principios de actuación y pensamiento, si bien los propios autores reconocen a menudo que lo fundamental para que tenga un valor práctico es creer lo que se lee y, especialmente, dar el paso de aplicarlo.

A los organizadores de funciones de toros les está ocurriendo algo parecido. Aseguran conocer las claves del éxito empresarial, algunos en base a varias generaciones practicando, si bien parece que no tienen la suficiente confianza o determinación para jugarlas con éxito.

Dígale usted a un empresario medio que tiene que aplicar la imaginación para componer carteles y le responderá: “Sí, pero aquí sólo llenan las figuras”

Dígale que el espectáculo recurrente ha hastiado ya al público y le responderá: “Sí, pero es que la afición es la que es”

Dígale lo que quiera decirle, que él tendrá en su pensamiento la siguiente idea: “Ya, pero la cosa está muy mal por la crisis”,  y una fracción de segundo después estará soñando en alguna subvención que jamás llegará.

En síntesis: el estamento organizador de espectáculos taurinos vive instalado en la depresión y, lo que es aún más grave, también en la resignación.

La experiencia más reciente de la corrida inaugural de la temporada taurina en Madrid supone una demostración práctica de que llenar la plazas es posible, incluso en las fechas menos propicias, siempre que se aplique una serie de principios de gestión, principios muy elementales que llevan empleándose con éxito en muchos sectores económicos desde tiempo inmemorial.

Primero: Son precisos toros.

Aunque parezca una evidencia lo primero necesario para llenar los tendidos son toros. Lo que el maestro Joaquín Vidal describió como “el milagro español”, esto es, “las corridas de toros sin toros”, ya no funciona. La afición sabe de encastes aborricados y de líneas aborregadas del mismo modo que reconoce el abolengo de los hierros que conservan intacta la sangre brava y detecta el perfil soberbio y punzante del toro íntegro.

El “producto cárnico” tuvo su predicamento durante los años en los que ir a la feria era un acto social arraigado en las costumbres de los españoles, si bien la realidad socioeconómica ha variado lo suficiente como para que sea precisa la comparecencia sobre la arena de algo más que media tonelada de carne bovina desnaturalizada.

Los términos Partido de Resina (antes Pablo Romero), Adolfo Martín, Cebada Gago, José Escolar, Victorino Martín y Palha no dejan indiferente a ningún espectador, antes al contrario, las retinas de los aficionados reviven sus enhiestos perfiles, sus capas por lo general cárdenas, su tranco decidido y su atávica tendencia a embestir humillando.

El aficionado sabe que cuando esa ralea pisa en albero lo hace para vender cara su casta brava y recrear en breves instantes toda la esencia de su indómita estirpe.

Segundo: Son necesarios toreros, o al menos uno.

Asumir en octubre un reto como éste y prepararse pacientemente en el campo, modelando el cuerpo y el espíritu para culminar semejante gesta no es envite que acepte cualquiera.

Para llenar plazas son precisos hombres curtidos, las más de las veces renegridos por el sol, capaces, que derrochen torería y le digan al toro ¡je!, y el toro se venga encelado en los percales, recrecido en su encastada nobleza, y ya está su lidiador dándole fiesta. Que le marquen la distancia y el trazo templado a su furibunda embestida. Hombres que no se arredren, que carguen la suerte y que, cuando la faena ya está concluida, pues el toro ha agotado ya su torrente de bravura, le citen con decisión, dando el pecho y hundan el acero en el hoyo de las agujas.

Hombres que ejerzan con rigor el sacerdocio secular de encarar al dios tauro y  desafiarlo hasta vencerle. Hombres capaces de transitar cada atardecer por el estrecho lindero de la tragedia, y de salir victoriosos para celebrar, una vez más, el discurso alegre de la vida ganada.

Hombres, en definitiva, ambiciosos, que sientan pasión por el arte que desgranan cada tarde sobre el albero de los cosos del mundo.

Tercero: Conviene apelar a la épica.

La Tauromaquia no es un mero espectáculo, más al contrario, es un espectáculo sin igual en el que se vive y se muere de verdad. El toro es el único animal con el privilegio de matar al hombre como designio natural. El hombre desafía a la bestia despidiéndose cada tarde de su vida, para poder escribir así una página más de la heroica historia del toreo.

Un acontecimiento épico debe venderse como tal, con toda su crudeza, pleno de autenticidad, y el espectador debe sentir una emoción indescriptible desde que suenan los timbales hasta que el tiro de mulillas cascabelea en el arrastre.

Iván Fandiño hizo uso de este valor al declarar en las fechas anteriores a su gesta frases como “La entrega del cuerpo se parece al dolor. Algo se quebranta en el alma cuando surgen tantos sentimientos” o “Para mí la libertad no es acomodamiento, sino un acto de rebeldía del día a día” e incluso  “Tengo un compromiso con la historia, y si he de morir lo haré libre” La afición lo entendió, se entregó y llenó el coso de Las Ventas.

Cuarto: Resulta imprescindible emplear la comunicación y la imagen.

Las empresas que comercializan productos o servicios saben que la imagen es tan importante como la materialidad de lo que se vende. Indudablemente hay que ser, pero también es necesario parecer. Por esta razón las compañías más prestigiosas destinan a crear una imagen atractiva porcentajes de su facturación que alcanzan el treinta y hasta el cuarenta.

Una feria media de una ciudad media apenas si invierte en la impresión de los carteles, en la inserción de anuncios, las más de las veces desafortunados, en la prensa local y, si el ayuntamiento lo permite, gran aparato megafónico adosado a unidades móviles en la mañana anterior al festejo.

La presencia de las ferias en las redes sociales es aún insuficiente y los mensajes que se envían son seriados y tópicos, hasta el punto de generar más rechazo que adhesión. Emitir información trivial no asegura el éxito comercial. Repetir un modelo caduco jamás ofrecerá un resultado diferente al que se produce contumaz cada verano en multitud de pueblos y ciudades del orbe taurino.

La encerrona del pasado día 29 en Las Ventas fue un claro ejemplo de que hay otros modos que aventuran otros resultados.

Iván Fandiño está forjando su leyenda de acuerdo con su voluntad y su concepto de la vida y del toreo. Él sabe lo que quiere y lo dice. Él escoge a sus exégetas y son ellos los que van torneando el perfil anguloso del valeroso matador vizcaíno. Sus mensajes son claros, diferenciadores y perfectamente dosificados, empleando además en cada caso el medio más conveniente. Iván Fandiño ha logrado superar la “normalidad” para convertirse en un torero diferente, con señas de identidad claras y un discurso coherente y emocionante.

Los días posteriores al evento multitud de personas ajenas por completo a la Tauromaquia sabían que se había llenado la plaza, que los toros eran temibles y que el torero no había podido triunfar. Claro síntoma de que la gesta del matador había trascendido del ámbito meramente taurino para transformarse en un acontecimiento social.

Quinto: Es necesario internacionalizar el espectáculo.

La movilidad de la población y el gusto por conocer otras culturas facilita la incorporación a los tendidos a personas de orígenes muy diversos. La Tauromaquia y el toro son los motivos que más se identifican en el exterior con España y ofrecen un potencial asombroso a quien decida capitalizarlos.

En la corrida inaugural de la temporada 2015 en Las Ventas había público local, por supuesto, pero también se hacía notar la presencia de aficionados de fuera de Madrid y de fuera de España.

Los criterios de selección del cliente en la comercialización de espectáculos taurinos no pueden ser meramente locales, muy al contrario, el mercado de referencia debe ampliarse y considerarse al mundo como ámbito de trabajo. Para lograrlo cada corrida debe ser un evento único y distinto.

Sexto: Es preciso preparar el evento con antelación.

El cargo en taquilla de las plazas importantes se aproxima al millón de euros. Cualquier empresa del mundo prestaría atención máxima a un pedido de esa magnitud, especialmente si el beneficio puede ser del treinta, cuarenta e incluso el cincuenta por ciento de la facturación.

Sus empleados viajarían hasta lo más recóndito del planeta, se reunirían con el cliente cuantas veces fuera necesario, se ocuparían en conocer sus expectativas, configurarían una oferta plenamente convincente, tratarían de superar a la competencia, negociarían precios, cerrarían plazos, estipularían garantías, agasajarían al cliente y, además, se comprometerían a mantener impoluto el producto durante uno o más años.

Afortunadamente existen algunos empresarios que trabajan con intensidad y velan por todos los detalles. Sin embargo todavía subsiste la figura del que busca el tacazo fácil. El empresario taurino que llega la víspera de comenzar la feria, come y bebe bien, pronuncia palabras de encomio a las autoridades locales, rara vez concede una entrevista a la prensa y se oculta de los aficionados, que son los que pagan, no vaya a ser que malinterpreten los nuevos precios.

Una vez finalizado el serial hace balance de sus resultados, paga si puede sus deudas, maldice a la lluvia o cualquiera otra circunstancia que haya mermado la taquilla y toma la maleta hasta la plaza siguiente.

El torero que lo es, se entrena desde que es un niño para ser figura, renunciando a su juventud, cincela su cuerpo y su espíritu para las privaciones y el sufrimiento. Asume el riesgo supremo de perder la vida, entrega su talento en cada embroque, ofrece ventajas al toro y juega a toma y daca en la suerte suprema. Todas las tardes, todas las temporadas, y aún cuando ya se ha cortado la coleta, sueña íntimamente con la faena perfecta y torea de salón cada vez que tiene un trapo en las manos.

El ganadero vocacional selecciona sangres en el laboratorio de la tienta, cría con mimo al toro durante cinco años, mantiene a su prole, asume riesgos y mermas, negocia precios y lotes, que no siempre se respetan, y hasta que no ha rodado el último toro no tiene el espíritu en paz.

El espectáculo del pasado día 29 contó con un torero que quiere ser eterno y seis ganaderos que entienden que la crianza del toro no es un privilegio, sino la alta responsabilidad de mejorar cada día la gloriosa especie del toro bravo.

Séptimo: Ayuda vender las entradas con suficiente anticipación.

Los carteles rematados a última hora, con baile de corrales y súbitas indisposiciones de las figuras, son moneda corriente en las ferias sin sustancia, y conducen, como no puede ser de otro modo, a la ruina económica y al desprestigio del espectáculo.

El compromiso del pasado día 29 de marzo fue anunciado con antelación, publicitado como gran evento meses antes de su celebración, sin complejos ni ambages, la taquilla virtual funcionó y la afición tenía su boleto en el bolsillo días antes de que los alguaciles despejaran el ruedo, pues desde días antes se hablaba de lleno histórico en la plaza.

Octavo: Es necesario asegurar la dignidad del espectáculo.

Según un aserto del maestro Joaquín Vidal “El toreo es grandeza”

Afirmación irónica cuando el festejo se celebra en un lugar recóndito de nombre desconocido y en él interviene el novel lidiador Angelito, auxiliado por Juvenal, apoderado por Posibles, quien a su vez pretende coyunta con Esperanza Carcajosa, también conocida por “Sperance´s Sensitive”

Una corrida de éxito es un absoluto derroche de recursos. Es el acto final en el que convergen cinco años de crianza del toro y muchos más de aprendizaje y anhelo del torero. Es un rito iniciático y culminante a la vez. Es un momento de fiesta y como tal los actuantes se engalanan de sedas y oros. Destellos de lujo en chaquetillas y taleguillas confeccionadas para la ocasión. Cabellos brillantes, milimétricamente ordenados, avíos pulcros, esportones lustrosos, monteras tersas, corbatines y fajas armónicos.

El paseíllo es solemne, según jerarquías, con paso breve y mirada perdida en la aventura que se avecina. La lidia ordenada, con roles definidos y absolutamente respetuosa con lo que preceptúan los cánones centenarios de la lidia.

El día de la encerrona el público masculino asistió vestido de padrino de tan singular ceremonia y las mujeres enseñoreaban su figura vestidas de seda oliendo a perfume caro, derrochando sus mejores sonrisas.

Alguaciles y mulilleros estrenaban atuendo, investidos de la solemnidad que la ocasión requería y hasta los monosabios lucían el porte propio de las grandes fechas.

Una corrida así es el espectáculo más digno que pueda celebrarse, pues actuantes y espectadores comparten el sentimiento de grandeza, de la secular grandeza del toreo.

Noveno: Es definitivo recuperar el orgullo de ser aficionado.

La presión social que ejercen colectivos antitaurinos financiados por multinacionales con ambiciosos objetivos económicos está surtiendo su efecto. A fecha de hoy son muchas las poblaciones en las que declararse admirador de la Tauromaquia es un baldón e incluso una carga profesional. En algunos casos equivale a asumir la marginalidad propia de quien se instala en un modelo caduco y condenado por la vanguardia imperante.

Estos grupos minoritarios pero perfectamente organizados, están ganando la opinión pública y se ha instalado en el imaginario colectivo la idea de que el toro produce lástima; la idea de que el torero es un torturador; la idea de que los ganaderos son señoritos decimonónicos; y la idea de que el espectador acude a la plaza al conjuro de la sangre derramada.

Es evidente que nada de lo anterior es cierto, si bien el las disciplinas sociales, como la política y la administración local, no importa tanto lo que sea, como lo que la gente crea que es.

La pugna por invertir el movimiento del péndulo es ardua y larga, si bien es esencial conseguir difundir la cultura y los valores de la Tauromaquia urbi et orbe. Como dijo Morante de La Puebla “La fiesta no necesita defensa, necesita difusión”

El aficionado a los toros debe saber que forma parte de un colectivo cultural específico y que como tal tiene derecho a manifestarse, a disfrutar de su pasión, a ser protegido por los poderes públicos e, incluso, a defenderse de las agresiones y amenazas.

El aficionado a los toros es un ser con una sensibilidad especial, capaz de apreciar en pequeños matices la catadura del toro, y en las prestaciones de la labor del diestro destellos de una técnica compleja y centenaria que por instantes se convierte en un arte sublime.

El aficionado al toreo es un ser eminentemente culto, tanto como la fiesta que admira y vivencia, puesto que es consecuencia de un extraño refinamiento,  que hace posible vencer a un fuerza desatada con un leve giro de muñeca.

El aficionado a los toros en el mayor admirador de la estirpe del toro de lidia y el mejor garante su supervivencia. En cada entrada que paga está financiando el pasto que come, la finca en que vive, la sanidad de que disfruta y la libertad sin igual en que el toro de lidia inscribe su gozosa vida.

El aficionado a los toros debe vivir orgulloso por contribuir a la recreación de un rito secular que no tiene parangón en el mundo, a la supervivencia de una estirpe animal tan seductora como improbable, y a la perpetuación de una de las manifestaciones culturales de mayor calado emocional que han alumbrado los siglos.

Javier Bustamante

Para Toro Cultura

La Monumental de Sevilla: el sueño de Joselito.

Hay un muro enlucido, desconchado, enmarcado por dos pilastras y un frontispicio de color albero, anexo a un edificio moderno de ladrillo y a una verja, en la calle Eduardo Dato de Sevilla. Encima reposa un dintel, con un friso  geométrico y dos pináculos estriados. Un árbol cercano lo acaricia con sus ramas y un banco oxidado le da la espalda con desprecio. Soporta el conjunto en uno de sus extremos un grueso entramado de cables y dos armarios eléctricos de uso urbano.

Un pequeño azulejo adorna el cuadro: “Aquí estuvo la Monumental de Sevilla (1918-1921) impulsada por Joselito El Gallo, rey de los toreros” Septiembre de 2012, centenario de la alternativa de Joselito. Sus partidarios.

Es necesario hacer volar los sentidos para adivinar en estas ruinas el soberbio coliseo del que formó parte esta puerta de cuadrillas, vislumbrar la silueta de los lidiadores ganando el coso, oír los vítores de 23.000 gargantas aclamando al genio de Gelves y sentir la emoción de verle salir a hombros victorioso tras haber burlado una vez más a la muerte. Hay que esforzarse para revivir el aroma a azahar, a perfumes caros y a puros habanos, escuchar el sonido seco de los cascos de los caballos sobre los adoquines, el tintineo de los cascabeles de las mulillas y el ajetreo de la afición expectante, deseosa de presenciar nuevas gestas.

Hoy queda sólo un difícil recuerdo, ignorado, de lo que fue el más ambicioso sueño del pontífice de la edad de oro del toreo.

A principios del siglo XX Sevilla era una ciudad pinturera y colorista, con ciento cincuenta mil habitantes, partida en dos: los que tenían y los que no. El espectro social era muy diverso: agricultores, ganaderos, industriales incipientes, comerciantes prósperos, pícaros, obreros, truhanes, señoritos, peones, gallistas y belmontistas. La mayor parte de la población vivía hacinada en corralas del vetusto casco urbano o en chabolas del extrarradio, en condiciones de higiene deplorables junto a suntuosos palacios y viviendas de lujo aparente. Los sombreros de fieltro y terciopelo contrastaban con las gorrillas y las viseras, las mantillas de seda o blonda con las pañoletas ajadas de algodón y los botines lustrosos de cueros nobles con las alpargatas remendadas.

Los alimentos escaseaban para muchos sevillanos y las crecidas del Guadalquivir emponzoñaban con frecuencia las calles con un manto de fango putrefacto que propagaba enfermedades infecciosas, hasta el punto que la esperanza de vida al nacer apenas llegaba a los 35 años.

El grado de instrucción de los ciudadanos era muy básico, con un 60% de analfabetos, junto a una reducida élite intelectual, interesada en el juego social y en las bellas artes, añorante aún de las colonias y el pasado glorioso de España.

En un ambiente intrincado y melancólico como este se vistió por primera vez de luces Joselito en 1908, con tan sólo trece años, hijo y hermano de toreros de trayectoria diversa, apuntando ya sus sueños y sus valores.

José Gómez Ortega no habría alcanzado la cumbre de no coincidir con Juan Belmonte García, tan grandes ambos como diferentes, tan distintos como complementarios, aleación perfecta forjada en las 257 tardes que compartieron cartel, que produce la edad de oro en el toreo.

José es la ortodoxia, la técnica más depurada, la seguridad de la lidia perfecta, el canon de pureza que puede con todos los toros, la ambición, el portento físico y la agilidad, que torea con todo el cuerpo. Y con el instinto.

Juan es la transgresión, el riesgo, el audaz torero que gana terreno al propio toro, desafiante, imprevisible, vulnerable, temerario algunas veces, el diestro sin facultades que prescinde por necesidad de las piernas para torear sólo con los brazos. Y con el corazón.

José es torero de los aficionados clásicos y estandarte de la tradición sevillana. Juan es pronto apadrinado por la élite intelectual y lleva público poco entendido a la plaza.

Joselito vive por y para el toreo hasta el límite, lo que le permite perfeccionar la técnica de la lidia como nadie había hecho antes, mostrar a los ganaderos la evolución que debe experimentar el toro para hacer posible el lucimiento del espectáculo, encumbrando el encaste Vistahermosa vía Murube Ybarra, ordenar la lidia, profesionalizar a su cuadrilla y diseñar la primera plaza de toros moderna, funcional y capaz de hacer de la tauromaquia un espectáculo popular: la plaza de toros Monumental de Sevilla.

El sueño de Joselito se dibuja en diciembre de 1915 de mano del arquitecto José Espiau y del ingeniero Francisco Urcola, con el patrocinio del empresario José Julio Lissén. Los planos minuciosos del nuevo coso son presentados al Ayuntamiento para proceder a su edificación en la Huerta de la Salud, en un extenso solar en el barrio de San Bernardo propiedad del mismo Lissén. Durante dos años un enjambre de operarios se aplica en el hormigón, el acero y la piedra y el 24 de marzo de 1917, días antes de la inauguración, el comité de seguridad del Ayuntamiento se persona en la obra y somete a la nueva estructura a una prueba rigurosa e inopinada: cada metro cuadrado debe soportar un peso de 500 kilogramos durante 24 horas. El hormigón se resiente y el informe de los peritos sugiere una nueva prueba para el 10 de abril a condición de establecer  refuerzos importantes en la obra. Este segundo examen no llega a realizarse ya que un tercio de los tendidos se desmorona con estrépito una noche obscura pocos días antes.

El sueño debe esperar un año más. Tras meses de intenso trabajo las rectificaciones y el refuerzo de la estructura resultan suficientes y será el día 6 de junio de 1918 cuando salte al albero Vallehermoso, negro zaíno de Juan Contreras al que Joselito recibe de capa, lidia y estoquea con éxito, cortando una oreja, compartiendo cartel con Curro Posada y Diego Mazquiarán “Fortuna”

A partir de este instante la Real Maestranza de Caballerías, coso privado con derecho a organizar corridas desde que en 1729 Felipe V le otorgara tal privilegio, administrado por los poderosos e influyentes Caballeros Maestrantes, debe convivir con la nueva plaza que casi dobla su aforo y resulta mucho más funcional y mucho más económica.

La influyente prensa sevillana se muestra primero escéptica y después mordaz con el nuevo coso.  Plumas del prestigio de don Criterio, de El Liberal, Gregorio Corrochano, del ABC o Selipe II, de La Unión, emplean la ironía y la acidez para referirse al la nueva plaza, su mentor, la empresa y hasta la banda de música, llegando en algunos casos al desprecio más lacerante.

Entre ese día, 6 de junio, y el 3 de noviembre se celebran 25 corridas en el nuevo recinto, con buenos resultados artísticos, más comodidades para los aficionados, mayor facilidad de acceso y salida de la plaza y boletos más baratos. La plaza del pueblo comienza a ser lo que su promotor siempre deseó.

En esa temporada el maestro de Gelves alterna cinco tardes en el escenario de sus sueños sin que Juan Belmonte, exiliado voluntariamente en Perú pueda hollar el nuevo albero.

En 1919 son 29 los espectáculos programados en la monumental con once comparecencias de su impulsor sin que se tengan noticias de Juan Belmonte salvo en el coso rival, la Maestranza. Es de nuevo una temporada gloriosa y Lissén, estimulado por sus éxitos, lanza una oferta a los caballeros maestrantes para hacerse también con la gestión de la antigua plaza, si bien su oferta es declinada.

En 1920, año aciago para la tauromaquia, Joselito realiza dos veces el paseíllo en la Monumental y hubiera realizado algunos más si no se cruza con el toro Bailaor, de la viuda de Ortega, quien le hiere mortalmente sobre la arena de Talavera de la Reina. La tauromaquia se conmociona, la afición llora, las calles se visten de luto, Sevilla asiste incrédula al sepelio, sin explicación ni consuelo. Para parte de la afición ha muerto el toreo mismo. La Monumental pierde a su principal valedor y su propietario, Lissén, que atraviesa una situación financiera delicada por el declive de sus negocios en Europa, es de nuevo acosado para que cierre su coliseo. El número de festejos desciende a 12, siendo el 10 de octubre el último día en que un toro rindió su bravura en el ruedo monumental.

Las autoridades locales, presionadas desde diversos ámbitos, perciben las flaquezas del proyecto y tardan poco en dictar la clausura de la plaza condenando al nuevo recinto a una lenta agonía, víctima del óxido y del tiempo, y a un duro escarnio al sueño de su inspirador. Un decenio más tarde, cuando sólo queda en pie parte de la estructura y el hormigón renegrido es sólo una sombra, la plaza Monumental es definitivamente demolida.

Del arte efímero de Joselito queda sólo alguna película imprecisa, una colección de instantáneas en sepia que apuntan su solvencia y su técnica, retazos menores de sus gestas. El maestro de Gelves no esculpió ni pintó, no compuso melodía alguna, no legó testimonio escrito de su arte y huyó del populismo y de la prensa, prodigándose poco en entrevistas. El único testimonio tangible de su definitiva aportación a la tauromaquia es el pequeño fragmento de la Monumental, de ese gran sueño que se desmorona entre la ignorancia y la indiferencia.

 

Javier Bustamante
para Toro Cultura