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El futuro de la Tauromaquia se gana con cuatro claves antropológicas

La correcta interpretación de la historia anticipa de manera precisa lo que habrá de ocurrir en el futuro, pues el ser humano tiene una natural tendencia a repetir actitudes, ciclos, triunfos y derrotas.

El pensador de origen israelí Yuval Noah Harari ha ganado fama mundial al difundir en sus obras “Sapiens” y “Homo Deus” la esencia de la historia de la humanidad de forma práctica y didáctica, mostrando las claves del éxito de un determinado grupo humano o de una cultura, siempre a la luz del método científico.

Sus principios son de aplicación al toreo, ya que se observa el evidente paralelismo que guardan las artes del toro con civilizaciones y culturas extintas, a las que nadie dio la oportunidad de una reflexión serena y metódica, como es el caso hoy del toreo.

Son cuatro las claves que pueden extraerse del profundo discurso de Harari que la Fiesta debe hacer suyas, pues está en juego la perpetuación de un arte ancestral, que ha sobrevivido a graves amenazas, y hoy se asoma lamentablemente al abismo.

Primero: Crear y difundir un relato fundacional atractivo.

Los grupos humanos necesitan una explicación convincente de su pasado, de un pasado común que justifique el presente, y constituya un punto vital de identificación.

Desde la revolución cognitiva, acaecida hace 70.000 años, el hombre es capaz de compartir ideas elaboradas, cada vez más sofisticadas, y de crear conocimiento abstracto, generando discursos primarios pero convincentes.

El relato debe ser atractivo y emocionante, pues moldea los valores del grupo y actúa como sustrato fértil para el crecimiento cultural del colectivo.

Debe ser además concluyente, en muchos casos mitológico, y aceptado por el grupo como el origen entusiasta de la unión de personas con un propósito común.

El transcurso de los siglos muestra ejemplos sugerentes de este principio, algunos de los cuales fueron falaces, y sin embargo su creencia ha surtido un efecto nutritivo para el crecimiento del colectivo que los asume y transmite con pasión.

El relato fundacional de la Tauromaquia puede ser rigurosamente cierto, y tener su origen hace 23.000 años, momento en el que el hombre de Cro-Magnon se representa a si mismo burlando las acometidas del toro, y haciéndole frente para dignificar su figura, y valerse de su carne y de su piel. Es posiblemente la primera vez que un humano tiene conciencia de su propio ser y decide representarse a si mismo con afán de transcendencia.

Desde ese momento hasta hoy han transcurrido 230 siglos en los que el hombre ha interpretado tauromaquias muy diversas en lugares alejados como Egipto, Grecia, Iberia, Centro y sur américa, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, norte de África e incluso China, donde tuvieron lugar acontecimientos taurinos de forma esporádica. Existen pocas aventuras humanas con ancestros más sugerentes que el toreo. Obviar este recurso es un error que puede ser letal en el medio plazo.

El exhaustivo trabajo que André Viard realiza en Tierras Taurinas documentando con rigor las Tauromaquias Universales, es una aportación de enorme dimensión intelectual, que sirve como discurso modélico, y ha de ser conocido y difundido por todo el universo taurino.

El relato fundacional del toreo puede y debe ser apasionante, sólido y universal. Debe difundirse sin rubor, pues enfrentarse a la bravura desatada del toro para engendrar arte es una de las epopeyas más hermosas que ha vivido el hombre desde el origen de los tiempos.

Segundo: Colaborar entre extraños.

Los grupos humanos eran en el paleolítico reducidos. No más de medio centenar de homínidos que disponían de un conocimiento muy precario y empleaban herramientas muy rudimentarias.

El punto de inflexión que cimenta el progreso se encuentra en la capacidad que esas pequeñas colonias desarrollaron para crear redes de cooperación sofisticadas y eficaces. Entendieron que la colaboración era en camino más directo hacia el bienestar, y superaron el concepto de clan para integrarse en minúsculas sociedades que con el transcurso de los siglos se afianzarían y crecerían.

Una frecuente y precisa comunicación generó la confianza necesaria para la colaboración masiva.

La capacidad para transmitir información sobre objetos que no existen, leyendas, mitos, dioses y religiones propia de la revolución cognitiva es condición sine qua non para la colaboración sincera que acredita a un colectivo.

La ficción puede ser perniciosa y puede hacer perder el tiempo productivo, mas correctamente enfocada es un aval al desarrollo humano por vía de la cooperación que permite compartir proyectos, luchar por ellos y colaborar de forma flexiblemente en gran número de individuos.

Un grupo de extraños puede cooperar a gran escala si cree en mitos comunes, si comparte principios y valores, por muy elementales que resulten.

El universo taurino es críptico y estanco. Cinco familias lo dominan y manejan junto con una corta red de colaboradores necesarios. Se desconfía del nuevo. Se desacredita al diferente. Se proscribe al innovador. Se ningunea a todos los que no tengan un pedigrí generacional o lleguen avalados por familias de rancio abolengo.

El principal problema del toreo es que los intereses particulares prevalecen sobre los generales. Los dominadores de la Fiesta no entienden se sinergias ni miran más allá del corto plazo. Un mundo tan extenso en manos de tan pocos se convierte en radicalmente inmovilista y falto de proactividad.

Tercero: Colaborar de manera flexible.

La historia de la humanidad demuestra que el cambio es inherente al devenir del tiempo. Cambia el clima, la flora, la fauna, los recursos naturales, la organización social, las costumbres. Cambia el escenario y el modo en que sus habitantes lo perciben. Cambian los paradigmas sociales y las propias personas. Los memes, unidades de pensamiento acuñadas por Richard Dawkins, se transmiten, evolucionan y mutan. Esa evolución puede ser gestionada al servicio de los intereses colectivos creando opinión, o puede propiciar el desastre si se abandona toda iniciativa de creación de pensamiento.

En un entorno así sobrevive el que mejor se adapta a los cambios. No es necesario ser el más fuerte, el más sano, el mejor dotado para el entendimiento. La única certeza es que el mundo cambia, y lo sustantivo es la adaptación.

Los estamentos taurinos no se han adaptado al paradigma social del siglo XXI. Aún viven anquilosados en un modelo decimonónico, bello y romántico, mas anacrónico. El modelo de negocio está obsoleto. La reflexión de marketing es una rarísima excepción. La oferta es corta y focalizada exclusivamente en la corrida. No se invierte en imagen. Se está perdiendo de manera casi definitiva a la opinión pública. Las fuerzas políticas, obligadas por ley a promocionarla, emplean a la Fiesta como objeto del debate partidista, sin otro objetivo que el rédito electoral a corto plazo. No existe el marketing digital. Las más de la plazas son inhabitables. El circo mediático propio de los deportes o eventos culturales se abstiene de aliarse con el toreo, pues éste no purifica, y puede contaminar.

La más hermosa epopeya del siglo XXI se celebra sin puesta en valor, sin brillo, sin presencia mediática más allá del endogámico mundo de la comunicación específicamente taurina. La fiesta más deslumbrante de nuestro tiempo se encamina hacia la más fría obscuridad, y corre peligro de convertirse en clandestina.

No sobreviven los eventos culturales más bellos, sino los que mejor se adaptan al los nuevos paradigmas sociales y mediáticos.

Cuarto: Soñar con un futuro posible y satisfactorio.

El factor esencial que cohesiona a un colectivo humano es vislumbrar un futuro compartido y satisfactorio. Para ello es preciso crear nuevas realidades, o más e rigor, crear irrealidades seductoras, y luchar por lograrlas. Realidades inventadas que prometan un mundo mejor. Y el mundo es una construcción mental de quien lo vivencia, y por tanto sustancialmente interpretable.

La ciencia establece tres tipos de realidades; la realidad objetiva, irrefutable y regida por las leyes de la naturaleza; la realidad subjetiva, que sólo existe en la mente de los creyentes; y la realidad colectiva, que es cierta para un gran número de personas, aún siendo subjetiva.

Los derechos humanos, las deidades, el dinero, las leyes, las naciones y otras muchas realidades que conforman nuestro mundo son plenamente subjetivas, si bien una vez que se colectivizan ya nadie las cuestiona.

Todo el mundo cree en el dinero, que es la ficción más exitosa de la historia, pero un billete no pasa de ser un trozo de papel, inútil en sí mismo, ya sin respaldo en un patrón oro, que está avalado sólo por la palabra de quien lo acuña. El dinero que cifran las cuentas corrientes no existe, y si los ciudadanos dejara de confiar en los bancos y exigiera su dinero en metálico la sociedad se colapsaría sin remedio, y el actual paradigma económico quebraría con estrépito. El dinero es además el fundamento del crédito, y éste el de la investigación técnico científica, que a su vez es la que impulsa el desarrollo y el bienestar de cualquier sociedad. El papel moneda es valioso en la medida en que un gran número de ciudadanos creen que lo es y actúan como si lo fuera, sin cuestionarse siquiera su autenticidad. Confiamos en los extraños en base a una fábula que ha hecho fortuna al ser compartida y nos promete un futuro mejor.

El ser humano del siglo XXI vive en un contexto dual, con realidades objetivas avaladas por la ciencia, y realidades imaginarias compartidas, regidas por su dimensión emocional.

Un diagnóstico objetivo del presente demuestra que está dominado por entidades que nos parecen reales pero sólo existen en nuestra imaginación. Son las realidades colectivas, en esencia subjetivas, las que marcan el rumbo de la sociedad, las que hacen progresar a la humanidad, y las que establecen lo que puede hacerse y lo que no. Los valores sociales que hoy nadie se atreve a discutir no existían dos generaciones atrás, y los que dominen el mundo dentro de pocos lustros son hoy difíciles de imaginar. Los más inteligentes y poderosos maquinan ya para lograr instaurar los principios que más les interesan, y en ese nuevo entorno habrán de lidiar todas las culturas, incluida la Tauromaquia.

El estamento taurino no ha sido capaz aún de imaginar irrealidad alguna, y menos aún de proponer un futuro evolutivo e ilusionante. Es cierto que cualquier aspirante a torero sueña con el éxito, con cruzar bajo el dintel de las puertas grandes de los cosos más prestigiosos, con reconocimiento y con la consumación de la más exquisita de las artes. Tal vez también el ganadero anhela la generación del toro perfecto, arquetipo de la bravura, amalgama equilibrada de casta y nobleza. También el empresario quiere llenar las plazas, gestionar eventos memorables y nutrir las arcas en cada feria. Pero eso no basta. El aficionado, y específicamente el público que acude a los tendidos, es el protagonista del futuro, y debe soñar. El taurinismo debe convertirse en un colectivo con propia conciencia, saber que el futuro le depara algo mejor, experiencias transformadoras, incluso un nuevo paradigma social al que dedicar sus esfuerzos.

El futuro de la Tauromaquia.

La Tauromaquia es una refinada manifestación cultural, producto de siglos de evolución, profesada con devoción por decenas de millones de personas en el mundo. Cuenta con dos asombrosas fortalezas que han de sustentar el futuro. La primera es su solidez cultural, radicada en siglos de progreso, que han generado un ritual de épica singular, belleza conmovedora y autenticidad descarnada. El segundo es su carácter trasnacional, pues en 2018 son ocho los países de Europa y América en los que la lidia es consustancial a su cultura. Su futuro, como el de cualquier otro grupo humano, está cifrado en la observación de cuatro condiciones que la antropología prescribe.

La primera condición es erigirse de manera consciente en colectivo con conciencia cultural propia, tener sensación de grupo, sentimiento solidario, orgullo de clase, para lo cual es imprescindible crear, difundir y consolidar un relato fundacional convincente.

La segunda es la cooperación entre iguales y distintos como estrategia para ampliar la base social y alcanzar metas ambiciosas mediante las sinergias.

La tercera es la flexibilidad y adaptación a los cambios que el entorno experimenta y propone cada día como nuevos retos.

La cuarta es imaginar una irrealidad realizable que comprometa a los actores en un trabajo concienzudo, e ilusione a los miembros de este inmenso clan con un sueño de progreso y mejora.

Aún queda tiempo para implementar el modelo de éxito que muestra la ciencia, mas no se puede desperdiciar un solo minuto, pues el trabajo es arduo y complejo.

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

Paulita y Cuadri recrean la Tauromaquia

El centenario coso de Azpeitia fue ayer el marco perfecto para una nueva entrega del arte ancestral de lidiar toros en plaza.

Para que este evento pudiera producirse fue capital que don Fernando Cuadri enviara un lote de seis hercúleos toros azabache, cercanos a los seiscientos kilos, de acerada musculatura y pitones diamantinos. Salían los negros pupilos de Comeuñas del toril enseñoreando figura, acometiendo sin descanso, evidenciando el arcano de la casta que su propio criador recuerda cuando se le pregunta: “Un toro de casta embiste para coger, el descastado lo hace para que le dejen en paz”

Impulsados por su estirpe brava los toros arremetían con obstinación cuantos estímulos encontraran en su campo visual, ya fueran capotes, muletas, caballos o toreros, observando con escrúpulo las directrices de la casa que les patrocina.

Una corrida así exige grandes fajadores, y la terna entera mostró las razones por las que tienen un hueco en los carteles de San Ignacio y que aconsejó a la Comisión Taurina repetir la combinación de la edición precedente. Cabales lidiadores, guerreros de corazón, hombres tenaces, dominadores de sus emociones, artistas de fina sensibilidad; toreros en la más estricta acepción del término.

Pérez Mota ganó una oreja un año antes en este mismo albero, y tal vez no saliera por la puerta grande porque un hermano de estos toros le mandó a la enfermería con una cornada de tres trayectorias esculpidas a pedernal en el muslo derecho. Ayer ensayó el natural con clasicismo y toreó en redondo con hondura, mas su deficiente manejo del arma blanca le privó de la gloria que los aficionados guardaban en la memoria y acabará obteniendo, pues es torero de amplio registro.

Sergio Serrano, transfigurado en la feria del año precedente, pechó con dos fieras que buscaban al torero, se revolvían y tranqueaban siempre en corto, mostrando desde los primeros lances que iban a vender cara su vida. Por momentos parecían minotauros tratando de revertir el mito de Teseo. El torero les propuso dos lidias graves y generosas, ofreciéndoles ventaja en cada embroque, demostrando que no necesita artificios para emocionar al tendido y que ha venido al escalafón para quedarse, pues es un torero de hondo sentido.

Paulita, triunfador de la tarde, hizo el toreo caro. Desde que se abrió de capa con gesto solemne, hasta que salió a hombros, actuó con majeza y naturalidad, con un regusto clásico, privilegio exclusivo de media docena de toreros contemporáneos. Recibió a sus oponentes, auténticos obuses al principio de la lidia, con verónicas ajustadas, sin probaturas, ganando terreno al toro, y rematando en su segundo con lances de fantasía que arrancaron un sentida ovación. Pasó de muleta con ajuste, pisando terrenos en los que decide el toro, templando la embestida en tandas de naturales plenas de pureza y de hondura. Toreó despacio, atemperando la fiereza, cargando por momentos la suerte, con pausa propia de torero de muchas ferias. Se tiró a matar con arrojo cobrando dos estocadas a pecho descubierto que el público azpeitiarra reconoció con sendas orejas. Paulita probó la hiel un año atrás en forma de cornada en el cuello, y ayer disfrutó del honor y la gloria de un triunfo de ley. Esa es la verdad del toreo.

En Azpeitia volvieron a conjugarse la encastada nobleza de seis temibles fieras con el arte valeroso de tres generosos jóvenes, y como por ensalmo surgió la Tauromaquia.

 

 

 

Reseña:

 

Plaza de toros de Azpeitia, treinta y uno de julio de 2016. Tres cuartas partes del aforo cubierto en tarde fresca y plomiza. Toros de Celestino Cuadri, negros, musculados, con romana y trapío de plaza de primera, encastados, poderosos y nobles.

 

Paulita, de malva y oro: Estocada (oreja); Estocada saliendo trompicado (oreja)

 

Pérez Mota, de azul marino y oro: Dos pinchazos, estocada trasera caída, seis golpes de descabello (silencio tras aviso); Tres pinchazos y cinco golpes de descabello (silencio tras aviso)

 

Sergio Serrano, de tabaco y oro: Estocada baja trasera (ovación y saludos); Dos pinchazos, metisaca y estocada casi entera caída (ovación tras dos avisos)

 

Incidencias: Paulita fue izado a hombros y conducido al coche de cuadrillas entre el fervor de la afición.

 

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

Librería Rodríguez, la casa del libro de toros

Entrar en la Librería Rodríguez de Madrid supone transportarse a un universo diferente, mezcla de historia en color sepia y de presente polícromo; pues junto a volúmenes decimonónicos, se encuentran las últimas novedades de la literatura taurina, completando un fondo de más de tres mil títulos.

Cuando la puerta se cierra tras el visitante un silencio denso envuelve el lugar, y es en ese instante cuando se toma conciencia del seco aroma de los papeles nobles y de la riqueza de las pieles que visten los libros; y el reloj del bibliófilo comienza a mostrar anomalías, ya que las horas transcurren aquí tan rápido que parecen simples minutos.

Las cuatro paredes de este espacio único, ubicado en el número 31 del Paseo Marqués de Zafra, se encuentran cubiertas hasta el techo de anaqueles de madera obscura, ocupados en su totalidad por los lomos de obras diversas, en una gama de colores que van de negros a púrpuras, pasando por mostazas, yedras e índigos. En su centro hay una mesa y varios cartapacios que contienen carteles, láminas y otras obras gráficas que cubren un espectro temporal de más de doscientos años.

Librería Rodríguez

El principio

El origen de este establecimiento singular, el más antiguo de Madrid en su género, se encuentra hace un siglo, momento en el que don Estanislao Rodríguez funda en la calle de San Bernardo una librería generalista, que pronto deriva hacia el libro antiguo y desde 1980 se especializa en obras de temática taurina.

Son cuatro las generaciones que han compartido la pasión por el libro, ya que al primer Estanislao le sucedió su hijo homónimo, a éste su hija Victoria, quien acaba de abdicar en favor de Carlos Ballesteros Rodríguez, savia nueva para un tiempo nuevo y convulso.

La posición actual de la empresa es la del referente mundial en la distribución de literatura taurina, proveedora de las mejores colecciones del mundo, como la biblioteca Carriquiri, la de Marco Antonio Ramírez y la de Javier Aresti, director del Museo Taurino de Bilbao. Así mismo es punto de referencia para ganaderos, como Joao Folque de Mendoza y toreros, como Manolo Dosantos, César Rincón, Curro Vázquez y Rafael de Julia. Junto a ellos la nómina de clientes se engrosa con centenares de coleccionistas o simples aficionados que encuentran en la casa tal amplitud temática, que es sencillo hallar algún libro de su interés.

Librería Rodríguez

El fondo

El fondo de la casa es impresionante y no es extraño encontrar libros románticos, origen real de la literatura taurina, como los cotizados “Historia del toreo y de las principales ganaderías de España” (1850) escrito por Fernando García Bedoya, “Anales del toreo” (1868) obra de José Vázquez y Sánchez, e incluso una de las referencias básicas y escasas de la preceptiva taurina, la “Tauromaquia” de Pepe-Illo, escrita por el célebre Joseph Delgado en 1796. Cualquiera de estos ejemplares cotiza por miles de euros, y proveerse en Rodríguez es una garantía de autenticidad y de rigor.

Además es también posible encontrar obras menores contemporáneas a precios cercanos a los diez euros, e incluso algún libro descatalogado del que se hizo una edición demasiado larga, por un par de monedas. Cualquier aficionado sale satisfecho de la visita a la librería, pues dispone de obras que abordan ámbitos muy diversos del toreo a precios también variados.

Victoria Rodríguez

La regente y el negocio

Con la amabilidad propia de la casa nos recibe Victoria, regente del negocio durante toda una generación, mujer discreta y observadora, filóloga, profunda conocedora de la literatura y de las artes del libro. Por sus manos han pasado cientos de miles de volúmenes, cuyo tacto y aroma le estimulan casi tanto como la nicotina. Sin embargo no va a la plaza por falta de tiempo y porque prefiere la lectura sobre el arte que la observación directa de los avatares de la lidia.

Es una gran conversadora y en pocos rasgos dibuja la naturaleza del negocio: comprar a editoriales consagradas y otras emergentes el libro nuevo, y permanecer vigilante ante la salida al mercado de bibliotecas consolidadas que contengan obras valiosas. Reunir una buena nómina de coleccionistas y valorar la eventualidad de acudir a subastas para ofrecer piezas únicas o muy cotizadas, como el propio Bedoya, la tauromaquia de Delgado o la serie de la revista “La lidia”, obra decimonónica que rara vez se encuentra completa y encuadernada según las artes de la época.

Su observatorio le permite una amplia perspectiva tanto del pasado que fue, como del futuro que se avecina, y diagnosticar los problemas que acucian al sector, que no son otros que el libro electrónico, la impresión bajo demanda o el desplome de precios, que en algunos libros fáciles ha llegado a ser del 40%

Sin embargo el libro romántico y la cartelería decimonónica, e incluso la incipiente de los siglos XVI y XVII, tienen aún un público fiel que paga por ellos el precio adecuado.

Existe además un nuevo segmento, el de coleccionistas extranjeros, sin afición al toreo, que ven en el libro raro un valor seguro para materializar sus inversiones. Actúan asesorados por operadores locales, conocedores del valor del libro romántico, que compran lotes en su nombre con ánimo especulativo. La discreción de Victoria es tal que nos pide que obviemos detalles sobre el origen y, por supuesto, la identidad de estos inversores que pueden sanear el mercado y poner en valor la literatura taurina.

 

La colección imprescindible

Pedimos a Victoria Rodríguez que nos sugiera los títulos que no deben faltar en ninguna biblioteca taurina y ella, sin dudar, nos propone diecisiete obras que, bajo su experto punto de vista, son de obligado conocimiento y lectura.

Es evidente que los libros de alto interés son muchos más, pero pedimos a nuestra anfitriona que sea selectiva y que en menos de veinte volúmenes compendie lo más necesario, una suerte de biblioteca mínima imprescindible.

Su propuesta es la siguiente:

 

  • “Tauromaquia o arte de torear”. Josep Delgado “Pepe-Illo”. Primera edición en 1796. Posteriormente se suceden ediciones en rústica. Desde 10 euros.
  • “Tauromaquia completa”. Francisco Montes “Paquiro”. Primera edición en 1836. Posteriormente aparecen nuevas ediciones en rústica. Desde 10 euros.
  • “¿Qué es torear?”. Gregorio Corrochano. Primera edición de 1953. Posteriormente se imprimen nuevas ediciones en rústica. Desde 20 euros.
  • “El toreo”. Luis Bollaín. Primera edición de 1968. En 2008 se produce otra edición. Desde 35 euros.
  • “Ritos y juegos del toro”. Ángel Álvarez de Miranda. Primera edición en 1962. Posteriormente se suceden ediciones en rústica. Desde 12 euros.
  • “El toro bravo”. Álvaro Domecq. Primera edición de 1985. Posteriormente se sucede otra edición. Desde 60 euros.
  • “El toreo fundamental”. José Luis Ramón. Primera edición de 2015. Desde 35 euros.
  • “Historia ilustrada de la Tauromaquia” (dos tomos). Fernando Claramunt. Primera edición de 1988. Posteriormente se suceden ediciones en rústica. Desde 90 euros.
  • “La liturgia taurina”. Alejandro Pizarroso. Primera edición de 2000. Desde 50 euros.
  • “El cartel taurino”. Rafael Zaldívar. Primera edición de 1990. Desde 60 euros.
  • “Los toros en el arte”. José Luis Morales. Primera edición de 1987. Existe otra edición posterior. Desde 65 euros.
  • “El siglo de oro de la poesía taurina”. Aula Cultural la Venencia. Primera edición de 2003. Existe otra edición posterior. Desde 40 euros.
  • “Lenguaje taurino y sociedad”. Andrés Amorós. Primera edición de 1990. Desde 30 euros.
  • “¡Derecho al toro! El lenguaje de los toros y su influencia en lo cotidiano”. Carlos Abella. Primera edición de 1996. Desde 20 euros.
  • “Revisión del toreo”. Domingo Delgado de la Cámara. Primera edición de 2002. Desde 40 euros.
  • “Cómo ver una corrida de toros”. José Antonio del Moral. Primera edición de 2007. Hay otra edición posterior. Desde 10 euros.
  • “Juan Belmonte: matador de toros”. Manuel Chaves Nogales. Primera edición en 1934. Posteriormente se suceden ediciones en rústica. Desde 25 euros.

Victoria Rodríguez

 

El planteamiento de Victoria es variado y amplio. Cualquiera que lo contemple concluirá que con pocos libros es posible llegar a conocer facetas del toreo que superan el ritual de la lidia, y enriquecen la cultura en ámbitos como el lenguaje, la poesía, las artes plásticas, la escultura, la música y la propia historia de los países taurinos.

Es un placer para cualquier aficionado visitar lugares como éste, y contar con el certero consejo de personas que entienden y difunden con pasión la cultura de la Tauromaquia.

 

Javier Bustamante

Para Toro Cultura

La Tauromaquia de Romero de Torres.

Julio Romero de Torres, fiel intérprete del espíritu cordobés, es aficionado al toreo, y frecuenta la compañía de grandes maestros de la época, a algunos de los cuales retrata, mas nunca en el ruedo, pues prefiere escenas estáticas, alegóricas, plenas de simbolismo que, en si mismas, alumbran una Tauromaquia.

La pintura de Romero de Torres se rige por unas claves que coinciden con los valores universales de la lidia, hasta el punto que puede decirse que el genial pintor cordobés mece sus pinceles al compás de la verónica y enfoca sus cuadros del mismo modo que un torero administra terrenos y distancias.

Su obra pictórica puede interpretarse en dos dimensiones: por un lado los motivos propiamente taurinos y por otro la magia de sus demás cuadros, que constituyen una continua y lúcida alegoría de los valores del toreo.

Tauromaquia iniciática.

Siendo aún niño da sus primeros pasos en la modesta revista “El Toreo cordobés”, de la que es durante varios años director artístico, publicando sencillos dibujos a plumilla inspirados en esencia de la fiesta.

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Años más tarde, reviviendo el espíritu juvenil, retrata a Belmonte de novillero en 1909, cuando sólo contaba con 17 años y era aún desconocido para el público. El torero aparece vestido con corbata, imberbe, mirando con seriedad casi infantil al observador. En la esquina inferior derecha del lienzo, junto a la firma del pintor, aparece la siguiente leyenda: “Al gran novillero Juanito Belmonte en prueba de nuestra amistad y también por tu brindis”

Tal vez como manera de completar este ciclo iniciático, en 1929, un año antes de morir, pinta “La niña torera”. En la penumbra bajo tendido, una joven de mirada enigmática, vestida con una taleguilla plúmbea cubre su dorso con un capote de paseo del mismo color. Mira al espectador al tiempo que la luz del ruedo se filtra por una puerta arqueada de la plaza de Las Ventas, situada en la parte superior del cuadro. La influencia del Art Decó resulta evidente en este lienzo, lo mismo que la identidad de su musa, la actriz Elena Pardo, a quien Romero pintó no menos de diecisiete veces.

Tauromaquia magistral.

A principios del siglo XX Romero de Torres acomete un audaz proyecto: quiere realizar una serie de retratos de los grandes toreros de la época. Así en 1900 retrata a Guerrita, segundo califa, algo avejentado tras su retirada de los ruedos. La obra es uno de los emblemas de la pintura taurina y representa al torero con el capote de paseo al hombro junto a las escaleras de su casa. El cuadro se realiza por encargo del banquero López de Alvear y preside el club taurino de Guerra hasta la muerte del espada.

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Recientemente ha sido autentificado un retrato al óleo de Lagartijo, primer califa, al parecer realizado pos mortem, en el que el torero aparece en busto, mirando hacia la izquierda con aire ausente, vestido de paisano.

En 1911 pinta a Machaquito, tercer califa, de cuerpo entero, en postura garbosa posando de luces. El cuerpo del torero se representa fornido y esbelto y tiene como fondo la plaza de la Corredera de Córdoba, lugar en el que años atrás se corrían toros. Hoy se exhibe con gran éxito en el museo de Bellas Artes cordobés.

Seis años después vuelve a representar a Belmonte, en esta ocasión con el capote al hombro, posando desnudo, cubierto apenas por una capa, con registros similares a “La niña torera” y tal vez complemento de un díptico.

El pintor apalabra varias veces el posado de Joselito, rey indiscutible de los toreros, si bien la vida intensa de Gallito y su carácter inquieto dificultan el ajuste, hasta el punto que poco antes de la tarde de Talavera pudo haberse fijado un fecha para el encuentro, encuentro que ya nunca podría producirse.

Tauromaquia simbólica.

El simbolismo de Romero de Torres es uno de los más celebrados de su tiempo, y ha pasado a la historia de la pintura española por su profundidad y clarividencia. En el ámbito taurino existen tres obras que deben conocerse, por mostrar con nitidez el concepto de la Tauromaquia de los primeros años del siglo XX

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“La consagración de la copla” es, para muchos, el cuadro más representativo de la obra del pintor, puesto que en ella confluyen todas las fuentes de inspiración de sus pinceles. Es creada en 1912 y en primer plano aparece Machaquito, en pose idéntica a la de su retrato de un año antes, y al fondo dos estatuas que representan a Guerrita y Lagartijo, completando así el califato. Este cuadro pone de relieve la pasión del pintor por el toreo y la importancia que le atribuye como elemento inspirador y significativo de la cultura cordobesa.

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“Ofrenda al arte del toreo” es, posiblemente, una de las obras más simbólicas y sensuales del pintor. En el lienzo aparece una mujer desnuda, apoyada en una columna, que cubre sus piernas con una capa y sujeta en su mano derecha una rama de laurel, signo del triunfo. Al fondo, iluminado por una luz crepuscular, se aprecia el perfil de un coso en ruinas. En la explanada que separa a la mujer de la plaza existe una gran cruz, simbolizando el sacrificio necesario para obtener el éxito en la Tauromaquia. A los pies de la voluptuosa mujer hay una lápida con tres nombres, Lagartijo, Guerrita y Belmonte. La ruptura del califato por sustitución de Machaquito por Belmonte fue muy comentada en la época, si bien no existe una explicación cabal y no consta que el pintor la justificara en momento alguno.

Una de las obras de mayor carga lírica de Romero es el “Poema de Córdoba”, políptico fechado en 1913 en el que, haciendo uso de su habitual registro alegórico, representa con asombroso patetismo las siete almas de la ciudad. Córdoba guerrera, barroca, judía, cristiana, romana, religiosa y torera se suceden en escenas ricas en simbología, encarnadas siempre por graves mujeres. En el caso de la Córdoba Taurina es la modelo Ángeles Muñoz quien inspira al pintor, portando una capa roja sobre su hombro, cubriendo un rico vestido dorado, y un clavel en su mano derecha. El fondo representa la plaza de la Corredera, engalanada con mantones de manila y, en escultura sobre columna, al gran maestro Lagartijo. Al pie de la estatua aparece el propio Lagartijo brindando la muerte de un toro recién abatido. Es una de las obras que más satisface al pintor y la define como “la reencarnación del pasado en el presente”

Romero también cultiva la ilustración con éxito, elaborando carteles anunciadores, como los de la Feria de la Salud o la gran corrida patriótica que se celebra en Madrid en 1921, siempre respetando su estilo y el aroma refinado de su trazo.

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Tauromaquia póstuma.

En uno de sus más dolorosos trabajos, pues se trata de un amigo, retrata a la plumilla el rostro cadáver de Lagartijo. El torero, que había retado a la muerte sobre el albero más de mil de tardes, fallece en su domicilio de la calle Osario de Córdoba de forma natural el día primero de agosto de 1900 y el dibujo es publicado en Madrid por “El liberal” el día tres. España entera tiene así noticia directa del óbito y llora al maestro, pues fue un torero valiente y hombre generoso y cortés.

Tauromaquia transversal.

El estilo de Romero puede considerarse renacentista y es por ello que, junto al retrato psicológico, pinta al fondo un paisaje explicativo de la realidad del modelo. La influencia de Tiziano y Leonardo, admirados fervientemente por el artista cordobés, es palpable en cada una de sus obras, con luces y sombras conmovedoras.

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Su pintura es profunda y serena; alegórica y simbólica; es femenina y trascendente; y en algunos momentos melancólica y dramática.

La mirada de cualquiera de sus mujeres destila una carga emocional tan intensa que no deja al observador indiferente. Son miradas sobrias, profundas, rigurosas y a la vez enigmáticas. Mujeres atormentadas, sensuales y temibles, que hechizan y atemorizan en un solo instante.

No hay lugar para la frivolidad, no hay artificio ni sonrisas, salvo en Sibila de la Alpujarra en el cuadro “Pecado”, cargado de ironía.

En la obra de Romero no hay fiesta, sino rito solemne.

No hay alegría sino trascendencia.

No hay lugar para la impostura y si aroma intenso, trágico a veces, y siempre grave.

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En sus cuadros nada es casual y todo tiene un significado profundo de raigambre cultural e histórica.

Su obra huye de lo evidente para sugerir al espectador el esfuerzo de la comprensión de una realidad estimulante.

Tal vez el pintor intente, valiéndose de una asombrosa simbología, conectar con el público iniciado y desarrollar una visión de su mundo, de un mundo vigoroso, plural y pleno de contenido.

Los valores que afloran en la obra de Julio Romero de Torres son los de la Tauromaquia eterna.

 

Javier Bustamante para Toro Cultura.

 

Por qué nos gustan los toros: neurociencia y tauromaquia (parte primera)

La tauromaquia es una actividad de tal dimensión emocional que genera intensas pasiones, a favor y en contra, sin dejar a nadie indiferente.

Este es un hecho constatable desde hace siglos, si bien es en el momento presente, con la aparición de las neurociencias, cuando es posible encontrar una explicación rigurosa de este fenómeno y disponer de recursos para intensificar los sentimientos.

Las investigaciones de Antonio Damasio (Lisboa, 1944), uno de los más reputados neurocientíficos de la historia y líder natural del avance actual en esta materia, demuestran empíricamente, con sus estudios en la Universidad del Sur de Carolina (USA),  que el ser humano se rige por el cerebro triuno, es decir, por las tres dimensiones que componen este órgano vital.

En el estrato más recóndito y ancestral se manifiesta el sistema reptiliano, gestor de los instintos básicos, como son la búsqueda de la seguridad, la alimentación y el impulso sexual.

Alrededor de éste se encuentra el cerebro límbico, escenario natural de emociones y sentimientos.

Como tercer componente se observa el córtex, prodigio de la evolución humana, que asiste a las personas en su pensamiento lógico desde hace cuatro millones de años.

Los procesos mentales otorgan preeminencia al cerebro reptiliano, guardián y garante de la supervivencia de la especie. En segundo lugar es el sistema límbico quien, a través de los impulsos emocionales, determina el comportamiento de las personas. En última instancia será el córtex quien mediante un sistema de juicios lentos, apruebe lo que instintos y emociones dictan.

Por consiguiente nos encontramos ante una jerarquía clara en la que se anteponen los instintos sobre las emociones y éstas sobre el pensamiento lógico.

El premio Nobel de economía Daniel Kahneman explica este fenómeno de una manera más sencilla y no por ello menos precisa. Su teoría diferencia dos sistemas en la mente humana: el “sistema uno”, emocional e intuitivo, rápido y dominante, y el “sistema dos”, racional, lento y perezoso, puesto que sólo actúa cuando se le exige y casi siempre es desbordado por el primer sistema.

Kahneman (Tel Aviv, 1934) postula y demuestra mediante la praxis con sus profundas investigaciones en la Universidad de Princeton (USA), que el ser humano se encuentra con el sistema uno permanentemente activado, de modo que son centenares los impulsos, instintivos y emocionales que surgen y se manifiestan de un modo espontáneo. La función del sistema dos es intervenir cuando es necesario tomar una decisión crítica, valorar las diversas alternativas que surgen por intuición o instinto, y validar aquella que parece más adecuada.

Como quiera que el sistema dos consume una gran cantidad de energía y su activación agota al ser humano, su concurso es sólo puntual, y su protagonismo relativo, ya que con frecuencia la decisión ha sido ya tomada por el sistema uno y el dos sólo le otorga un carácter consciente.

El fervor o la repulsa que la tauromaquia generan son perfectamente explicables son estos dos modelos complementarios, y ha de buscarse en los instintos y las emociones los resortes más elementales del comportamiento que cautivan al espectador de una corrida.

En las próximas entregas de este artículo va a analizarse el impacto que los espectáculos taurinos tienen sobre el cerebro reptiliano, y cómo los instintos ancestrales son activados generando un impulso de enorme intensidad.

También se hará una revisión de las emociones básicas, entre las que están el miedo, la ira, la sorpresa y la alegría, y otras derivadas de gran relevancia, y el modo en que la lidia genera un estado de profunda emotividad.

En última instancia se referirá el conjunto de recursos que el intérprete del arte y los demás protagonistas de la tauromaquia pueden emplear para causar emociones positivas, generar recuerdo y, volviendo al enfoque científico de Antonio Damasio, crear marcadores somáticos, fundamento del éxito en cualquier actividad.

De este modo, de acuerdo con nuestro objetivo de difundir los valores de la tauromaquia, abrimos una nueva línea de desarrollo, que pone al alcance de un arte milenario conocimientos de vanguardia, útiles y de aplicación inmediata.

No se trata de opiniones, es ciencia, ciencia al servicio del arte.

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