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A Víctor Barrio le mata un toro

Alberto Aguilar lidia el sexto de José Escolar en Pamplona y los gestos de los periodistas , ajenos a lo que sucede en La Monumental, muestran una inquietud creciente. En Teruel Víctor Barrio ha sido corneado de manera certera en el pecho y retirado del ruedo desmadejado e inerte. La confusión es grande, y las noticias que llegan a través del teléfono y los foros, contradictorias. Un toro de Los Maños habría aprovechado un instante en que el torero quedó destapado por el viento lanzando un derrote en el muslo que lo derriba, y ya en el suelo buscarlo, hacer presa en el costado y lanzarlo al aire de forma violenta. Morenito de Aranda, con quien alterna esta tarde, se aproxima a izarlo y llévalo a la enfermería, pero los hombres de plata le piden que se aparte para que no vea el boquete. Algunos medios aventuran que estaría siendo estabilizado en la enfermería de la plaza para ser trasladado a un hospital, otros temen por su vida. Lamentablemente se confirman los peores presagios y, cuando dobla el último en el coso navarro, se certifica la muerte de Víctor Barrio, víctima de una cornada letal de necesidad, que le atraviesa el pecho y causa grandes destrozos.

Mientras las peñas pamplonicas toman sus pancartas y enfilan con estruendo la calle Estafeta, hay un torero cabal sobre una camilla, con el pecho desgarrado por un pitón lacerante, que ha rendido su vida por el sueño de engendrar arte y ser considerado un héroe.

Novillero admirado y premiado, matador modesto, que tan solo se ha vestido de luces tres veces esta temporada, ha sido el tributo a pagar para que la lidia, que se celebra cada atardecer en el orbe taurino, siga siendo considerada una gesta.

El toro mata porque su ancestral sangre brava le impulsa a acometer sin descanso hasta su último aliento. El toro no es un animal más, sino una fiera temible con una anatomía portentosa creada para el combate. El toro es admirado por el hombre desde hace veintitrés mil años por su fuerza, su nobleza y su fertilidad, conquista la condición de divinidad, y desde entonces inspira el sueño de vencerle para apropiarse de sus valores.

El torero es un artista de fina sensibilidad, mas también un guerrero capaz de exponer su vida cada segundo que permanece sobre el albero. El hombre desafía al dios desde la inferioridad, y vencerle le acerca al olimpo. Víctor Barrio encontró el camino más rápido y más seguro para entrar en la leyenda de la tauromaquia.

Esta fiesta singular, denostada en muchos ámbitos, debe mostrarse con toda su grandeza y toda su crudeza, pues es la epopeya más hermosa que perpetúa el hombre desde que existe la memoria.

Gloria y honor a la memoria de Víctor Barrio.

 

Reseña:

 

Plaza de toros Monumental de Pamplona, nueve de julio de 2016. Lleno en tarde calurosa. Toros de José Escolar de excelente presentación, cárdenos, finos de cabos y asaltillados. Correosos y mansos en distinta medida.

 

Francisco Marco, de palo de rosa y oro: Dos pinchazos y estocada caída (silencio). Dos pinchazos y estocada casi entera trasera y tendida (silencio)

 

Juan Bautista, de crema y oro: Media estocada fulminante (aplausos). Estocada (oreja)

 

Alberto Aguilar, de azul marino y oro: Pinchazo y estocada (ovación y saludos). Pinchazo y estocada (ovación)

 

 

 

Curro Díaz: “No he seguido ningún patrón, me han hecho la vida y el toro”

Curro Díaz es un hombre vital, que rige su vida por instinto, lejos del cálculo racional que trataron de inculcarle, volcado en su pasión eterna que es el toreo.

Ha crecido, como hombre y como artista, sin sujeción a otro canon que no sea su propio concepto y su propia personalidad; ha redactado su propio credo, y dibuja cada tarde sobre el albero, una Tauromaquia propia y diferente.

Es un torero que hace del carácter virtud y de la inspiración bandera. Sabe de miedos y de formas de conjurar a ese compañero molesto que vive en hoteles caros, se activa de madrugada, y le acompaña en el coche hasta el mismísimo patio de cuadrillas.

Entiende que el presente es el único patrimonio del hombre, que no puede vivir de sus éxitos pretéritos y que el futuro está por escribir, apasionante, pero lleno de incertidumbres.

Es y se siente un privilegiado por hacer lo que hace, por sentir lo que siente, y por compartir con miles de personas los instantes mágicos que sus muñecas le permiten vivir en compañía del toro.

El maestro acude puntual a su cita con Toro Cultura en el hotel Carlton de Bilbao, acompañado por Joxin Iriarte, su nuevo apoderado, hombre de plena confianza, con quien tardó un instante en cerrar el acuerdo, ya que, según el propio matador, las cosas importantes de la vida surgen por casualidad y sin pensarlas mucho.

 

Maestro Curro Díaz, ¿qué se siente al abrir la puerta grande de Las Ventas?

Cuando se está delante del toro uno quiere hacer lo que siente. Cuando acaba la corrida una inmensa alegría porque te das cuenta de lo que significa una puerta grande en Madrid.

 

Supongo que uno sale levitando ¿cuándo toca suelo de nuevo?

Se vive una realidad con muchas celebraciones y mucha alegría, pero tienes que tener en cuenta que eso hay que hacerlo todos los días. Es un momento muy bonito; he tenido la suerte de salir dos veces por la puerta grande de Madrid, pero te das cuenta de que lo importante es el día a día. No se vive del pasado. Está claro que te arregla muchas cosas, pero ahora hay que ir día a día y regularizar el éxito.

 

Curro Díaz - Toro Cultura

 

¿Por qué se hizo usted torero?

La vida tiene casualidades; creo que un día me puse delante de una becerra y tuve la suerte de que aquello pasó, y sin saber lo que estás haciendo te entra el gusanillo, y a partir de ese momento te ilusionas. Fue por eso, porque el primer día no lo pasé mal, sino que fue una sensación única. No sé lo que estaba sintiendo pero si sé que me atraía mucho.

 

¿Había tradición en su familia?

Mi padre es muy aficionado y llegó a torear con caballos, pero no fue un torero importante, no tomó la alternativa.

 

¿Cómo de dura ha sido su trayectoria desde aquel momento hasta hoy?

Ha habido luces y sombras. He tenido la suerte de conocer el éxito y conocer también momentos en los que no han rodado las cosas. Es parte de la profesión. Los altos y los bajos y el sabor dulce y el amargo. Creo que cualquier momento dulce compensa la amargura anterior.

 

¿Cuál es el momento de mayor intensidad, la sensación que recuerda con mayor cariño?

Cuando volví a torear en el campo después de la cornada de Sevilla. De hecho a los diez días de la cogida me dicen que no voy a torear más, que me iba a quedar con poca sensibilidad en la pierna. Había perdido la movilidad. Cuando soy capaz de ponerme delante de una becerra a los 28 días de la cornada, creyendo que nunca más iba a volver a torear, siento la emoción más intensa. Esa ha sido la sensación más bonita. Es algo que no soy capaz de expresar.

 

Sorprende que no recuerde alguno de los triunfos importantes que ha tenido, en grandes plazas, ante decenas de miles de aficionados, sino algo tan básico como ponerse a torear una becerra en la soledad del campo.

Sí, lo he pensado muchas veces y creo que el momento más bonito de mi vida fue ese. Y uno de los más duros también, porque te das cuenta de que no estás bien, pero esos segundos mágicos no tienen parangón con ninguna otra sensación.

 

Curro Díaz - Toro Cultura

 

Todos los toreros tienen algún sueño que les ronda la cabeza por las noches. ¿Tiene usted algún sueño recurrente?

Los toreros estamos muchas veces al límite de muchas cosas, nos pasan muchas ideas por la cabeza. Ya no solo del toro, sino por la presión de estar siempre bien. Cuando mejor se torea es cuando más relajado se está, pero no puedes estar relajado porque tienes que triunfar siempre. Es un contrasentido que te quita la tranquilidad. Hay momentos en que tengo sueños buenos y otras sueños más complicados, pero lo importante es poder seguir soñando, porque eso significa que uno está todavía vivo.

 

¿No hay alguno que se le repita?

Hay momentos en los que he tenido pesadillas y otros en los que he tenido sensaciones muy buenas. Gracias a Dios.

 

¿Para usted qué es torear?

No se explicarlo, pero es mi vida. Necesito torear para vivir. Es una forma de expresión artística. Es una forma de realizar lo que uno siente.

 

Curro Díaz - Toro Cultura

 

Las emociones son muy contagiosas y cuando se asiste a los momentos previos de una corrida en el patio de cuadrillas se siente el miedo de los toreros a flor de piel. Yo, que estoy en el callejón, me contagio también de ese miedo ¿Puede definir qué pasa por su cabeza en ese instante?

La sensación que se tiene antes de torear es incertidumbre. Miedo a lo desconocido. Miedo al toro, a la plaza, al público, al ridículo. Miedo a muchas cosas. Se juntan tantos miedos … No existe un solo miedo, no existe sólo el miedo físico, existe también el miedo al ridículo. Posiblemente si mato ese mismo toro en el campo paso la mitad de miedo. A mí me da miedo la plaza, el hotel bueno. Me da pánico. Cuando voy a un hotel bueno y el vestido de torear es muy bueno, es que voy a una plaza de mucha responsabilidad, y paso mucho miedo.

 

Esto se lo he oído decir a muchos matadores pero me cuesta creer que los toreros tengan más miedo a hacer el ridículo y al público que al propio toro.

Sí, a la responsabilidad. Y al toro también. Es que es complicado. Tu tienes un instinto de conservación, tienes que luchar contra él, estar bien y triunfar. Si te dejas llevar por el instinto en el campo y te quitas no pasa nada, pero si lo haces en la plaza hay una repercusión artística en términos de imagen y contratos. Hay una lucha titánica entre el instinto de conservación y la responsabilidad del torero.

 

Cuando usted está en el platillo del ruedo citando al natural y escucha el jaleo del público enfervorecido ¿qué sensaciones tiene?

Es una expresión artística, pero que haya una conexión con el público, que le guste, se emocione con tu toreo es el éxtasis. Es una sensación que no se puede comparar con ninguna otra. Yo no sé como explicarlo, hay un instante de gran felicidad que compensa todos los momentos malos que uno haya podido pasar antes.

 

Maestro, hace un par de meses pulsé la opinión del público asistente a una conferencia sobre valores del toreo en la sala Cossío de Las Ventas. El resultado fue que el torero con un sello personal más diferenciador fue Morante, y el segundo, para esa parte de la afición madrileña, fue usted. ¿Es consciente de que el público valora su personalidad?

Para mi es un orgullo y una satisfacción que usted me diga eso. A mi me ha marcado mucho mi vida. Yo he ido a mi aire siempre. El tiempo me ha hecho, como el viento o la ola que moldea la roca; no ha habido una mano que me haya maleado. Soy un privilegiado. No he tenido ningún patrón ni nadie a quien seguir, sino que me he dejado, la vida y el toreo me han hecho. Lo que yo llevaba dentro lo he sacado con los años, sin que haya alguien que me cincele, más allá del tiempo y el toro. Por eso tengo esa personalidad, tengo esa suerte y el tiempo me ha dado eso. En mis primeros años no podría hacer lo que hago ahora. Se necesita un plazo de curación, de maduración. Todo tiene un proceso. Que usted me diga eso me halaga mucho.

 

Curro Díaz - Toro Cultura

 

Reconozco que no me sorprendió esa valoración, porque usted fundamenta su toreo en la naturalidad, en su naturalidad.

Hay una base técnica. La técnica en el toreo es fundamental. Es importante que cada torero tenga su propia técnica, pero cuando embiste un toro hay que olvidarse de la técnica para que no sea tan frío. Un toreo que se basa en la técnica peca de frialdad. La técnica está bien para el toro regular; pero para el toro bueno no. Con unos años de alternativa y con un oficio la técnica no sirve para nada. Sólo para defenderse y el toreo no es de defensa, no sé si es ataque, pero sí es dejarse llevar. Yo fundamento mi toreo en la personalidad.

 

El maestro Joselito nos decía hace unos meses que cuando un toreo piensa mucho lo que va a hacer el público piensa que torear es fácil. ¿Está de acuerdo?

Uno torea mucho de salón para que la muleta y el capote sean la prolongación de tus brazos, pero no para hacer una faena preconcebida y llevarla a la plaza. Lo peor que puede ser un artista es predecible. Ir con un guión aprendido y saber lo que va a ocurrir deja a los aficionados en su casa. Eso no les interesa.

 

¿A qué toreros admira más?

Cuando era un niño mi padre me llevó a la plaza y vi torear a Manzanares. Me impactó por la forma. No tenía noción de lo que estaba viendo pero sabía que era algo único. Cerraba los ojos y la sensación que tenía era de felicidad.

 

¿Y de los actuales?

Hay muchos en la actualidad, pero me gusta mucho Joselito. Es otro hombre al que le ha condicionado mucho su vida y sabe lo que quiere. Es otro hombre que ha hecho siempre lo que ha querido. Es uno de los toreros con más personalidad que he visto. No le conozco personalmente, pero es uno de los que me vienen rápido a la mente, se cómo habla, cómo vestía, su forma de pensar; cierro los ojos y le veo la cara. En la calle ha sido un tío con mucha personalidad, y eso es lo que más admiro.

Hacen falta muchos Joselitos ahora, no sólo en el toreo, sino también en la sociedad.

 

¿Vive usted el toreo como un estilo de vida?

Sí, un torero es un torero; no se puede separar el torero del hombre. No te puedes quitar el vestido de torear y dejar de ser torero.

 

¿Cómo se detecta un torero y se diferencia de gente normal que pasa por la calle?

No es la forma de vestir, es algo más. El Cordobés, Manolete, los grandes toreros tienen un aura especial, que los hace distintos incluso a los ojos de quienes no les conocen. Pero no se puede fingir, no te puedes disfrazar de torero. Tiene que parirte tu madre con esa gracia.

 

¿Qué valores del toreo son los que más admira?

La personalidad. Tenga el concepto que tenga es necesaria una gran personalidad. Toree de una u otra manera tienes que saber, viéndole de espaldas, quién es. Que lo distinga del resto.

 

Una de las habilidades de los toreros que más valora la afición es la capacidad para superación de los instintos. ¿Cómo se hace?

Un tío que en el siglo XXI sea capaz de jugarse la vida haciendo arte es algo que no tiene sentido, es algo extraordinario. Cuando a uno le apetece huir quedarse quieto y torear despacio. Es algo irreal, es ese punto de magia que tiene el toreo. Que ese toro con esos kilos y ese trapío vaya a destrozar al torero, y que con una muleta le desafíe y cree arte es lo máximo. Abandonar todo instinto de conservación y quedarte ahí. Que te coja un toro y que a las pocas semanas o días ya estés de nuevo en la cara; o herido lidiar el segundo de tu lote es de locos. Esto puede gustar más o menos pero debería ser respetado por todos. En el fondo es algo que no tiene sentido de puro grande que es.

 

Es pura emoción.

Lo que yo sentí cuando vi a Manzanares, esa sensación fue tan intensa que no me fijaba en que se estaba jugando la vida. Me dejó conmocionado y yo me preguntaba ¿esto qué es? La plaza, los olés, la gente, un señor vestido de torero; es algo único.

 

Curro Díaz - Toro Cultura

 

Hablaba maestro de la capacidad que tienen hoy los toreros de reponerse a los percances y volver a la cara del toro inmediatamente incluso con heridas graves ¿Qué efecto tiene para un torero anímicamente la cornada?

Depende de el momento en el que te la pega. Si te coge en un momento regular es un lastre que vas arrastrando. Los toreros tienen una gran capacidad de recuperación y la cornada es lo que menos duele. Lo peor es el fantasma de la cornada, la forma en que te ha cogido. Hay ahora mismo toreros que son cogidos y a los pocos días vuelven a ponerse delante, y parece que jamás hayan sido cogidos. Hay una capacidad y una mentalización tremenda. Se rehacen y destierran al fantasma de la cornada. Aquí no se acuerda nadie de nada. Aquí vuelven a ponerse en ese sitio con los puntos, y hay una capacidad de sacrificio, de aguante y de superación que no existe en ningún otro mundo.

 

El fantasma de la cornada, volver, recordar … cuesta mucho ponerse de nuevo en ese sitio. ¿Justifica eso que el torero se alivie?

Eso sería lo lógico. Pero el torero vence al instinto.

 

Otra faceta admirable de los toreros es la perseverancia. ¿Cómo se madura en este ámbito?

A mi lo que más me hizo seguir fue la cornada aquella. Perdí un nervio, pero realmente no me costó, porque es mi vida. No puedes separar el torero de la persona. Yo he escuchado muchas veces que el torero salva al hombre; anda el hombre perdido por la vida, pero que el toreo le reorienta. Yo no puedo analizar la vida desde otra perspectiva que no sea el toreo, no soy consciente de otras realidades, siempre veo la vida a través del prisma del toreo.

 

Es el valor de la constancia.

En cualquier faceta de la vida. Sobre todo la superación, ser un inconformista de la vida.

 

¿Recuerda algún toro que se lo haya hecho pasar especialmente mal?

También tengo esa facilidad para olvidar. Seguro que si me acuesto una noche me acuerdo de ese toro, pero en este momento tan bonito, en esta sala tan bonita no te acuerdas de ningún toro malo.

 

¿Cómo es su día a día, qué estilo de vida tiene?

Sobre todo soy ordenado. El torero tiene un orden, en el entrenamiento, en la disciplina. Siempre hay alguna celebración, pero normalmente la vida de un torero es muy ordenada. Para ponerse en eses sitio y pasar los toros necesitas un orden y un entrenamiento.

 

¿Se entrena usted habitualmente en el campo?

En el campo y sobretodo de salón. Hay que estar bien físicamente porque el toreo es muy exigente, pero el toreo de salón es fundamental.

 

¿Cómo fue el toro de Torrealba que le tocó en Madrid y facilitó su triunfo?

Un toro con una edad, casi cumplía seis años, con la seriedad del toro de Madrid, fue enrazado y transmitió mucho. Lo puede torear despacio al natural. Es de los toros que marcan la carrera.

 

¿Cómo es para usted el toro ideal?

La fijeza es importante, que atienda a los toques, y el ritmo también. Recorrido puede tener más o menos, pero que siempre esté al toque y que tenga ese ritmo que llega a los tendidos.

 

¿Cuáles son sus ganaderías favoritas?

He tenido suerte con encastes diferentes; toros de Núñez, Domecq, Santa Coloma. He tenido suerte. No tengo predilección por ningún encaste, siempre tengo en la cabeza toros de diversos orígenes.

 

Santa Coloma también.

Sí. He tenido triunfos grandes con toros de ese origen. Recuerdo un toro de La Quinta en Nimes que me proporcionó un triunfo importante en aquel momento en Francia y eso abre muchas puertas.

 

Veo en su programación que tiene muchos contratos firmados para Francia en los próximos meses.

Antes del triunfo en Madrid ya tenía muchos festejos. Los franceses fueron los primeros en contratarme; después, gracias a Dios, se amplió el calendario, pero los primeros fueron los franceses. La temporada pasada toreé en poblaciones menores y este año me han contratado para plazas de primera.

 

La Fiesta en Francia es rigurosa y la afición exigente, y sin embargo parece que usted está allá cómodo.

Siempre Francia ha sido para mí un resurgir. Cuando mi carrera iba a coger vuelo, antes que nadie, me contrataban los franceses. Fue premonitorio de lo que pudo pasar en aquella temporada.

 

Pese a ser el primero en abrir la puerta grande de Las Ventas en 2016 usted no está anunciado en San Isidro.

Cuando salí a hombros de Las Ventas en Marzo los carteles de San Isidro estaban ya cerrados. Indudablemente iré a Madrid antes de que acabe el año. Nunca se sabe qué es mejor, si haber estado o no, aunque a mi me hubiese encantado ir. Pero bueno, la fecha buena fue esa, el domingo de Ramos, se triunfó y ahora llega la feria, que los toreos toreen y siempre hay muchas fechas para ir a Madrid.

 

¿Cree que el toreo tiene valores del toreo exportables al resto de la sociedad?

La constancia sobretodo. Yo veo valores que son muy normales en el mundo del toro y a lo mejor no lo son tanto en otros ámbitos. Tal vez hagan falta muchos toreros en la sociedad para enfrentarse a muchos problemas que hay, y venirse arriba. Hacen falta esos valores, sin duda.

 

¿Cómo ve el presente y el futuro de la Fiesta?

En el presente hay grandes toreros. El toreo está atacado porque es fácil atacar a algo que es muy fuerte pero a la vez es débil. Ha tenido detractores, después de momentos de crisis, pero hemos superado instantes complicados. También creo que ese momento se ha superado. Hemos sido capaces de defendernos de multinacionales que han invertido muchísimos millones de euros, hemos aguantado estoicamente el ataque de los políticos, que no han sido capaces de defender otras cosas que tenían que defender y han atacado a algo tan grande como es el toreo, tan grande no sólo en lo cultural, sino también en lo económico. Deberían poner el punto de mira en otras cuestiones negativas que hay en este país, y no en los toros que crean riqueza. Me parece un ataque desleal, cobarde, de los políticos y de otros colectivos que actúan desde fuera de España con unos intereses absurdos.

 

Los antitaurinos son una nueva casta.

Se definen bien así porque son gente que no tiene los valores que tiene el toro ni la gente del toro. La palabra antitaurino me parece adecuada. Es antiheróica, antinatura, antitodo. Me siento muy bien cuando ellos mismos se definen así. Actúan con bajeza igualando la vida de un hombre con la de un animal. Yo no tengo dobleces, pero no quiero hablar con un antitaurino. He sentido ataques en mi propia persona deseándome la muerte y la de mis compañeros. Yo no tengo porque defenderme ni convencer a nadie. No tengo porque hablar con malas personas. Soy torero, no negociador ni quiero convencer a nadie. No quiero hablar con una persona que me desea la muerte.

 

Según un ensayo, cuyo resumen se encuentra en nuestra página, el toro disfruta de 24 privilegios, únicos y asombrosos que deberían hacer pensar a la sociedad sobre la realidad del toro y el toreo.

Así es. Muchas de estas conversaciones con esta gente se convierten en diálogo de besugos, no conocen los privilegios del toro, ni quieren conocerlos. El tener que defenderte tú comparándote con un animal es antinatura. No quiero convencer a nadie, no quiero debates, las lechugas no hablaban, y seguirán sin hablar, pero a algunos se les ha ido la cabeza completamente. No quiero debates absurdos.

 

¿Cómo ve su futuro, a qué aspira, cómo se ve dentro de cinco o seis años?

El futuro me da mucho miedo. Me da miedo la incertidumbre. Me da miedo no saber lo que va a ocurrir. Hemos empleado mucho en esta conversación la palabra miedo y creo que es fundamental para vivir. Esa sensación de incertidumbre y ese inconformismo me hace estar muy vivo. No digo disfrutar como si cada día fuese el último de mi vida, pero sí de disfrutar de las compañías, de los momentos, de los lugares; y saborearlo. Es un privilegio ser torero porque puedo ir a sitios y conocer personas que no habría conocido con otra profesión.

 

Decía José Saramago “Nadie puede iniciar la frase estoy vivo con la seguridad de poder terminarla”

Claro, así es. Todo en la vida tiene su sentido, si no hubiese momentos malos no disfrutaríamos de los buenos, todo tiene su sentido. La vida es una mezcla de sensaciones, unas amargas y otras dulces, que son las que te compensan. Una vida plana es un desastre, tiene que haber altos y bajos. Tengo también el carácter mío, con subidas y bajadas. Yo no soy igual siempre, hay momentos en que soy dulce y otros en que soy más complicado.

 

Admiro a los toreros por muchas razones, pero valoro el que el torero tenga la capacidad de crear arte en fecha y hora fija, pese a que por dentro esté roto, tenga mil problemas y esté al borde del desánimo.

Eso es un milagro. Tal vez el toro sea una realidad paralela, como un mundo a parte. Cuando te vistes de luces te olvidas de que tienes padre, de que tienes madre, quién eres; todo te lo da y todo te lo quita. Estamos hablando muy místico, pero es que es así. El toreo son sensaciones que vive el que está toreando y el que está viendo torear. Hay momentos de arte irrepetible, para el que los realiza y para el que los vive.

 

¿En el patio de cuadrillas puede olvidarse de todos esos universos paralelos y centrarse sólo en lo que va a pasar en el ruedo?

Hay momentos en los que se pasa muy mal en el patio de cuadrillas, hay otros que sin embargo está a gusto. Cada día es distinto.

 

Esa frase de Belmonte “Ningún torero firmaría un contrato en un patio de cuadrillas” ¿Es cierta?

Ahí no conoces ni a tu padre.

 

¿Cuántas veces se ha arrepentido de firmar un compromiso?

No veas. Hay días que me digo a mí mismo vestido ya de luces ¿Qué hago yo aquí? Pero no en lo bajito, sino en lo fuerte ¿Qué coño hago yo aquí?

 

¿Cómo se resuelve esa disyuntiva?

Normalmente cuando he dicho esa frase, he liberado tanto miedo y tantas tensiones que después las faenas han salido bien.

Curro Díaz - Toro Cultura

Gracias maestro Curro Díaz por su amabilidad y por las experiencias que comparte con nuestros lectores. Es indudable que su forma tan personal de vivir el toreo resultará muy estimulante para todos.

Gracias a ustedes y un placer.

 

 

Javier Bustamante

Para Toro Cultura

 

 

José Luis Bote: “Les pido que se dejen la vida en ésto”

La carrera de este torero es un torbellino de pasiones con luces y sombras, que van desde el éxito clamoroso en México hasta cornadas durísimas que le arrojan al borde de la muerte, y ponen a prueba su inquebrantable confianza. Nadie sabe a dónde habría podido llegar si los toros y los despachos le hubieran tratado con más equidad. Tal vez a torero de culto. Hoy disfruta del sosiego que dan los años, paladeando su trayectoria, al tiempo que instruye a jóvenes aspirantes en la Escuela Taurina de Madrid, centro en el que se formó como torero y como hombre.

La crónica de Joaquín Vidal en El País del día 18 de mayo de 1992 es un buen referente para entender la carrera de este torero, y contiene, entre otras, las siguientes consideraciones: “Un torero con mala suerte es este José Luis Bote. Un torero magnífico con muy mala suerte, procede precisar. (…) Apena el accidentado destino del hombre, naturalmente, mas también son de lamentar las frustraciones que sufre el torero, estilista en el arte de lidiar reses bravas y conocedor profundo de las suertes. De qué le vale tanta técnica y tanto estilo (…) cuando le es prácticamente imposible desarrollar todo ese bagaje artístico, pues ha de pechar con lo que no quiere nadie.” Aquel día fue corneado de máxima gravedad por un toro de Moreno de la Cova, causándole fractura de dos vértebras y pérdida de movilidad en las piernas. Cuatro años después, vistiendo el mismo terno blanco y oro, entusiasmó al público en Aguascalientes, logrando dos rabos y dejando un recuerdo indeleble en las retinas de los aficionados mexicanos. La cara y la cruz de un oficio que tan bien conoce el torero madrileño y que cada tarde se esmera en transmitir con rigor a sus alumnos del centro que codirige.

Nos recibe en el despacho de la dirección de la escuela situada en la Venta del Batán. Anochece en Madrid cuando nos saluda con cordialidad después de despedir al equipo de la BBC británica, que le acaba de entrevistar para elaborar un reportaje sobre el momento presente del toreo. Viste atuendo clásico, sonríe con franqueza, subraya sus palabras con mirada cómplice y, en ocasiones precisos silencios retóricos. Es el maestro Bote, un estilista de suerte esquiva.

 

Maestro Bote, usted se formó aquí. Su docencia en este centro es el broche dorado para una meritoria trayectoria dedicada al toreo.

Sí, es un privilegio dedicarme a la enseñanza del toreo una vez retirado y poder aportar mis vivencias a los chavales. Cuando ves que funcionan es una gran satisfacción.

Son treinta años de distancia ¿Es ahora igual que antes?

En lo esencial sí, pero antes, cuando yo me formaba aquí, venía en el metro con una muleta o una ayuda y la gente te admiraba y te animaba. En el colegio era un pequeño dios. Hoy sin embargo, estos chicos tienen que esconder su condición de alumnos de la escuela, porque les insultan.

¿Cuáles son las claves de la formación que aquí imparten?

Lo primero es el hombre y después el torero. Tenemos un plan de estudios completo, pero sobretodo formamos a los aspirantes en valores, en los valores del toreo que tan importantes son para desenvolverse en la vida de forma honesta.

¿Cuál es el consejo más difícil que da usted a un chaval en la Escuela?

Sin duda que tiene que dejarse la vida en ésto. Es lo más duro, profundo y emocionante. Decirle “arrímate, pasa esa barrera”, es llevarle a ese límite tras el cual que le puede coger y reventar. Para mi eso es terrible. Tener que exigirle eso es muy duro. Cuando uno de los chavales es corneado de gravedad es muy amargo, porque me doy cuenta de que ha sido herido porque ha hecho lo que le he pedido.

Sin embargo ese sacrificio es necesario para prosperar en el toreo.

Sin duda. No hay más que fijarse en la figuras, que lo tienen todo ganado y van a cara de perro, con las heridas abiertas de nuevo a la plaza. Y toreros a los que han metido en la enfermería con conmoción y un cornalón tremendo y que cuando medio despiertan se van otra vez al ruedo. O en el mismo ruedo se ven con el muslo abierto y siguen toreando.

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Maestro, cuando ve a un chaval venir tres días a entrenarse y le tiene cuatro días en el aula ¿puede predecir si ese chaval va a triunfar?

Desde el primer día, y sin saber torear.

Usted se fija en el estilo, los andares, la actitud…

Esa es la clave, la actitud, y a partir de esa actitud viene lo demás. Lo que pasa es que esa actitud es cambiante y cuando mengua dejas de apostar y te centras en otro. Siempre hay una búsqueda de ese perfil que te gusta e ilusiona.

El que no tiene esa determinación no será torero, pero el que la tiene puede desfallecer, ya que esto es una carrera de fondo…

Al final, te lo digo por experiencia, la constancia es imprescindible. Un buen ejemplo es López Simón, al que tuve en otra escuela desde el primer día. Llegó sin saber coger un capote, y cuando salió para debutar con caballos no había hecho más que crecer. Desde el primer día hasta el último; nunca me decepcionó. Lo que yo sentía al verle entrenarse el primer día lo sentía también el último. Tiene todas las capacidades, buena cabeza y mucha voluntad. Tiene una capacidad bárbara, y si no se deja influir por el entorno llegará muy lejos en el toreo.

¿Cuáles son los valores de un torero así?

Se emociona toreando. Cuando no le sale bien se lleva un gran disgusto. Es un chaval que no falla ningún día, es constante, se lo ves en la cara el primer día y lo compruebas minuto a minuto, hora tras hora, día tras día. Evoluciona, quiere, quiere y quiere.

¿Es eso más importante que la inspiración, las maneras la estética…?

Eso es más importante que todo. Hay palos en el arte de distinta inspiración, pero esa actitud es universal, querer, querer y volver a querer. Rondeña versus sevillana, más o menos pinturería … Ambas tienen su aportación, pero la voluntad está por encima de todo.

¿Qué toreros le gustan en la actualidad?

El que más me ha impactado en los últimos años ha sido José Tomás. Me quito el sombrero. Verdaderamente, yo que me he puesto delante del toro y se lo que hace el toro, y se cual es la barrera que hay que pasar, me parece que este tío la traspasa. Ha puesto el torero muy caro. Después de José Tomás las figuras tienen que hacer cosas que en otros tiempos no se hacían. Antes cuando salía un toro complicado tenías más o menos recursos, pero es que José Tomás se lo hace al bueno, al malo y al regular, poniéndose en el mismo sitio con todos. Otro detalle: el viento. A mi el viento me preocupaba, era algunas veces terrorífico. Nosotros nos excusábamos con el viento, pero llegó José Tomás sin inmutarse, se ponía a 20 metros del toro y el tío, con la muleta medio volando, lo citaba si menearse. Para esto hay que ser un dios.

El Niño de la Capea dijo que ser torero exige ir algunas tardes a la plaza sabiendo que vas a morir. ¿Opina usted lo mismo?

Totalmente. Eso es real.

¿Ha ido usted a la plaza pensando que esa era tu última tarde?

Sí. Yo he toreado en Madrid un 15 de agosto, pensando en quitarme del toreo, porque llevaba una mala racha. Sabiendo que tenía que pasar algo muy importante. Y estuve a punto de abrir la puerta grande. No lo conseguí porque pinché, pero le corté una oreja al primero y ese segundo aún pinchándolo logré una vuelta al ruedo. Y a partir de ahí volví a tomar confianza e ilusión, y a sentirme con futuro.

¿Cómo vivía usted esos instantes críticos en los que puede triunfar o perder la vida?

Hay veces en que uno ni siquiera es consciente de que está pasando esa barrera del riesgo máximo. Yo en aquella corrida de Madrid me asusté viendo después el vídeo, y no tanto en la plaza. Recuerdo que mi segundo toro, me hizo una de las cosas que más temor me causaban, que es cuando los toros se emplazan. A mi me cogió un toro en Benidorm porque se emplazó. Me cogió y me corneó el pecho contra el caballo; era un toro muy manso. Estuve 48 horas al borde de la muerte. Me reventó por dentro, páncreas, duodeno, hígado… un destrozo considerable.

A partir de ese día, cuando se me emplazaba un toro, me recordaba a aquel y pasaba un quinario. Pues aquella tarde en Madrid me hizo eso mismo el toro, pero no le di importancia. Me fui para el toro y lo paré como si fuera una becerra en el campo. ¿Cómo se explica eso? Cuando vi el vídeo me preguntaba que me había pasado para verlo tan claro, sin pasar miedo, y más con las sensaciones de aquel cornalón.

Dicen muchos toreros que en la plaza se pasa miedo sobre todo en los momentos previos; que cuando sale el toro uno se suelta y se disipa. Sobre todo tienen miedo a no estar a la altura de las circunstancias, a defraudar al público más que a la cornada ¿Cómo vive usted el miedo?

Depende de las épocas. Ha habido tardes que las he vivido con pánico, bueno, casi con pánico. Pero en otras tardes estás tan a gusto con el toro. La plaza que más me pesaba de todas era Madrid. Pues bien yo he tenido tardes en Madrid en las que me he sentido muy bien y no deseaba que se acabara aquello, y otras en las que cada minuto se me hacía eterno. Creo que depende del momento de los toreros. Depende de la mentalización, por eso nosotros trabajamos mucho la mente. Que el torero no se descentre, que piense en el toreo. Creo que la mentalización es fundamental y lo veo también ahora que no me visto de luces. Ahora veo esos toros enormes y me da la impresión de que no me he puesto delante de ellos, y me he puesto con esos y con otros más grandes. Si me tuviera que poner delante de ellos hoy, sólo con oírles la respiración estaría majareta perdido. O sea que es una cuestión de cabeza. Si estás con la necesidad de triunfar en ese momento haces lo que haga falta para cortar orejas. Luego cuando no tienes esa necesidad ya no es tan fácil. Pensar en volver ante esos pitones da mucho miedo. Ahora no sería capaz de ponerme delante de ese toro.

Si yo le enseñara una foto de un toro que ha lidiado usted, por ejemplo en 1990, ¿sería capaza de recordar el comportamiento del toro y como fue la faena?

Sí. Aquí se pasa mucho miedo. También con el toro actual que es más noble, pero si te equivocas te revienta.

¿Pasaba miedo físico?

Sí, también. En realidad va por momentos. Yo por ejemplo en los hoteles lo pasaba peor que delante del toro. Yo, si no estaba muy cansado, prefería evitar el hotel, porque encerrarme entre esas cuatro paredes, empezar a darle vueltas, pensar en qué toro me va a tocar, cómo será, qué viento habrá, eso es terrible. Como también se sufre en el patio de cuadrillas. Por ejemplo en Madrid, cuando vas llegando a la plaza no veas la que te entra. Cuando entras en la plaza y pasas del patio de caballos al portón, ese momento es criminal.

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Decía Belmonte que ningún torero firmaría un contrato en un patio de cuadrillas.

Claro. Ese momento es criminal, es uno de los instantes en que nunca me he sentido cómodo, nunca me he sentido bien.

Sin embargo, afortunadamente, casi todos los toreros salen por su pie de la plaza ¿no es posible aferrarse a la estadística?

Pero es que la estadística dice que hay muchas cornadas, lo que ocurre es que en la actualidad mueren pocos toreros, pero mueren menos porque la medicina ha mejorado mucho. Tenemos unos fenómenos que se llaman cirujanos que son unos verdaderos artistas.

¿Cómo ve el futuro, concretamente el de esta Escuela que usted codirige?

Nosotros tenemos un proyecto y vamos a llevarlo adelante. Estamos siendo acosados y desde el Ayuntamiento nos amenazan de desahucio. No creo que lo consigan porque estamos dispuestos incluso a encadenarnos para evitarlo. Lo más fácil sería abandonar e ir a otra escuela, pero esta tiene más de cuarenta años de historia y es le lugar en el que nosotros nos formamos.

 

La entrevista toca a su fin. Los maestros Fundi y Rafael de Julia, codirectores también, se acercan a la reunión que se convierte ya en tertulia. Mientras, los alumnos de la escuela depuran su técnica practicando toreo de salón en un hangar cercano a la plaza de tientas de El Batán. Es tarde, el frío y la humedad han tomado el parque, pero en la oscuridad sigue latiendo el deseo ferviente de los chavales por ser toreros, y la ilusión de sus maestros por ayudarles a conseguirlo.

 

 

El vestido de torear: simbología y estado del arte.

Si el mariscal francés Claude Victor y las tropas napoleónicas no hubieran sometido a cerco a la ciudad de Cádiz entre 1810 y 1812, Francisco Montes Paquiro, nacido en Chiclana en 1805, no habría podido sentir el asombro propio de un niño e inspirarse en la brillante indumentaria de los dragones galos para diseñar el vestido de torear, y el atuendo de los lidiadores sería hoy, posiblemente, muy diferente al que conocemos.

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Breve síntesis histórica.

Hasta el siglo XVI la Tauromaquia está dominada por la praxis ecuestre, la lidia a pie no se considera arte, de modo que cada torero viste a su manera, de acuerdo con la tradición de su origen y condición, predominando entre los pajes atuendos de corte rural, en telas toscas, tonos obscuros, líneas discretas y sencillez en el diseño.

En el siglo XVII el ayuntamiento de Madrid proporciona a los lidiadores bandas de colores con las que se engalanan y dan mayor vistosidad a las suertes, iniciativa que es imitada por otras ciudades, en algunas de las cuales se instituye una gama cromática oficial que se respeta en cualquier evento y aportan señas de identidad a los festejos que tienen lugar en cada coso.

En el XVIII se producen novedades significativas en la indumentaria de los toreros y son  prestigiosos pintores como Juan de la Cruz o Francisco de Goya los que representan retratos de lidiadores luciendo calzón, coleto de ante, mangas acolchadas y cinturón ceñido, y es a finales de este siglo cuando Costillares introduce bordados, pasamanería de oro, camisa con chorrera, calzón corto, pañoleta, alamares metálicos y vistosos botones como primer atisbo de orden estético en la concepción del vestido.

Desde ese momento y hasta la publicación por parte del genio de Chiclana de “Tauromaquia o arte de torear” en Madrid, 1836, obra fundamental para comprender  el rito de la lidia, la vestimenta que se emplea es esencialmente costumbrista, sin variar en lo sustancial del atuendo que chulos o majos visten en sus jornadas festivas, con las innovaciones formales introducidas por Costillares antes citadas, y es en este momento cuando Paquiro propone un nuevo concepto que ha perdurado en lo esencial hasta la actualidad. Aparecen las lentejuelas, los botones de adorno y los alamares con fines exclusivamente estéticos. Las hombreras crecen y la chaquetilla mengua para otorgar mayor prestancia a la efigie de los lidiadores, los machos ganan en funcionalidad para ceñir el vestido de torear al cuerpo de su portador, la montera se instituye con rango de ley y se introduce el terno como unidad estética entre la taleguilla, el chaleco y la chaquetilla.

Este devenir de los usos sociales y de la Tauromaquia a lo largo de los siglos ha gestado una indumentaria única en la historia, que ha inspirado a grandes modistas como Giorgio Armani, Francisco Montesinos, Lorenzo Caprile, o Francisco Rodríguez fascinados por la figura del torero y la grandeza de la lidia, vistiendo a matadores como Cayetano Rivera, César Jiménez, Enrique Ponce o Rivera Ordóñez. Incluso un irredento aficionado que ha dejado una huella indeleble en la historia del arte como Picasso diseñó un vestido para Luis Miguel Dominguín, dando fe de origen a un nuevo concepto, como es el vestido picassiano, que ha perdurado hasta nuestros días y constituye la esencia de la corrida a la que nomina.

Caso similar es el de la indumentaria goyesca, fundamentada en la estética de la obra del maestro de Fuendetodos, profundo conocedor de la Tauromaquia, alumno de Martín Barcáiztegui, practicante de suertes diversas, si bien conviene precisar que no hay constancia documental de que el pintor diseñara vestido de torear alguno, siendo este atuendo concebido e incorporado al profundo armario de la moda taurina con mucha posterioridad.

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Simbología.

Lo sustantivo del traje de luces no es, en modo alguno,  su practicidad.  Basta con ceñirse una chaquetilla y calarse una montera para comprobar la enorme incomodidad que generan y hasta qué punto dificultan los movimientos del torero en la plaza. Lo que, a lo largo de los siglos, ha alimentado este proceso creativo ha sido su espectacularidad y la virtualidad de resaltar los rasgos atléticos de quien lo viste.

Si convenimos que la longitud de las piernas es atributo propio del un varón fuerte y capaz, veamos la longa taleguilla y la breve chaquetilla como recursos para ampliar el efecto visual de las extremidades. Si concedemos que la anchura de hombros denota fortaleza y vigor atendamos a las floreadas y amplias hombreras que adornan la casaca. Si el aparato reproductor fuera indicativo del poder físico y de los niveles de testosterona en sangre, observemos cómo se muestra la entrepierna del lidiador, explícita, libada tan solo por una breve capa de seda. Y si la esbeltez de la anatomía es inspiradora de deseo, entendamos el ceñimiento de sedas, platas  y oros alrededor del cuerpo torero, envoltorio mágico y críptico de la liturgia.

De igual modo los colores vistosos de las sedas cubren una amplia gama cromática que oscila entre el primera comunión y el catafalco, el blanco y el negro, la iniciación y el culmen de la vida, mantilla y sudario, principio y fin de los días de un lidiador.  Entre ambos extremos, luz pura y oscuridad absoluta, caben centenares de matices, pues la nómina de colores en rica y caprichosa, como atestiguan el celedón, el fanta o el nazareno, e indican el estado de ánimo del torero, su situación profesional, su estilo lidiador, su origen étnico y la disposición con la que acude esa tarde al coso.

No se conoce toricantano que haya prescindido del blanco en su ceremonia iniciática, confirmando con bordados en plata la pureza de su ánimo. El grana es tono intenso, que estimula la acción y el arrojo y genera un torrente de emociones, de ahí que se hable del grana y oro como terno de matadores valientes, vitales y ambiciosos. El amarillo y sus tonalidades afines como el crema o el caña es portador de mal agüero, de modo que es evitado por casi todos los lidiadores, si bien algunos lo emplean significando reflexión y conocimiento. El azul en su riqueza de registros como el pavo, arzobispo, eléctrico, cobalto, rey, Bilbao, marino y celeste es un cromo estable y elegante que transmite profundidad y reposo. El tabaco es uno de los tonos más clásicos y se asocia desde antiguo con magisterio y la madurez y es por tanto empleado por toreros veteranos que dictan sus clases magistrales sobre el candente albero. El verde con sus múltiples matices botella, olivo, celedón, hoja y manzana simbolizan la esperanza y la fe con la que el diestro comparece en el cónclave. El catafalco es propio de toreros al final de su andadura, desprende poca luz y es símbolo de la introversión con la que muchos matadores actúan en sus últimas tardes, cuando afirman sin ambages que torean para ellos mismos por el puro placer de versa aún capaces de engendrar arte. Los brillos de oro y plata de pedrería, canutillo, lentejuelas y abalorios confieren al matador una gran vistosidad y lo rodean de una aura mágica que hipnotiza al público y hace del torero un sacerdote en contacto con la divinidad, capaz de jugar cada tarde en la leve frontera que distancia la vida de la muerte. Sólo los elegidos son capaces de adentrarse cada puesta de sol en los confines de la vida y penetrar en el terreno ignoto que establece límite con la muerte, permanecer ahí mientras dure la inspiración y volver incólume a celebrar al anochecer el éxito obtenido y la continuidad de la vida.

Los bordados de oro fueron empleados en el siglo XIX inicialmente por los varilargueros pues suyo era el protagonismo de una lidia basada en el primer tercio, hasta que los espadas se adueñan del espectáculo y se arrogan en honor de vestir con el metal más preciado. Los banderilleros no tiene ese privilegio . Los bordados en plata indican humildad y los remates blancos pureza juvenil. Los enigmáticos hilados en azabache, propios de toreros con duende, transportan al espectador al escenario de lo críptico  con un punto de transgresión propio de los toreros gitanos.

Nada es casual en la indumentaria y todo es para engrandecer la figura del torero que realiza el rito de la lidia enfrentándose precisamente al toro, tótem de culturas ancestrales, símbolo sagrado desde épocas remotas del poder y la masculinidad.

Algún debate hay centrado en la terminología, puesto que “vestido” es más propio de la indumentaria femenina, y sobre si el matador, en su antagonismo con el toro, desarrolla el rol de la mujer, burlando al macho, obcecado por su fuerza bruta y sus instintos, haciendo uso de la astucia y la inteligencia. Esto, como todo en el apasionante ejercicio de la interpretación del arte, es cuestión de opiniones, de sensibilidades y de leves matices.

No se conoce actividad humana en la que se disponga tal de riqueza ornamental para pertrechar a un guerrero para la lucha a muerte, y que, de modo implícito, esté impregnado de la estética de la mantilla iniciática, del sudario final. Tal es la grandeza de los hombres capaces de desafiar a Tauro para la gloria o para la tragedia.

El arte de elaborar vestidos de torear.

En la actualidad la elaboración de vestidos de torear es una actividad artesanal, desarrollada por sastres especializados que han elevado a la categoría de arte el vestido del guerrero.  Son pequeños negocios, casi siempre de carácter familiar que emplean a no más de diez personas y abastecen a clientes fieles que confían en el buen hacer y la experiencia de sus maestros sastres. Poco más de dos docenas de sastrerías suministran en España a los ocho mil profesionales del toreo y además diversifican su actividad hacia otros sectores, como la indumentaria religiosa, disfraces especiales e incluso vestimenta y atrezo para películas y series de televisión.

Estas pequeñas empresas han encontrado también en el aficionado a la Tauromaquia un cliente sensible que adquiere capotes semiprofesionales, trajes de luces en miniatura, bolsos y carteras adornados con golpes y alamares, cinturones, llaveros, pulseras, broches y una larga relación de complementos que permiten tangibilizar el arte de torear y adoptar un estilo de vida formalmente diferente.

La localidad aragonesa de Utebo acoge a la Sastrería Daniel Roqueta, torero en el estilo, los andares y el modo de conversar. Su voz ronca, su rigor y el trato respetuoso son sus señas de identidad. No tarda el maestro en sastrería en recordar sus duros inicios en el mundo del toro, pues hubo de fugarse de casa para poder viajar a las dehesas y a las plazas donde se ofrecía una oportunidad a los jóvenes. Para evitar a sus padres la agonía les escribía desde los lugares que visitaba hasta que el destino, y la información que manejaba su padre, hicieron que confluyeran en Madrid el día en que iba a celebrarse una capea. Su buen porte, su estilo agitanado y una ilusión desmedida no fueron suficientes y Daniel Roqueta hubo de buscar un oficio del que poder vivir, y pronto vio en la sastrería taurina una buena salida para alimentar su nostalgia al mismo tiempo que mitigaba el hambre.

El proceso de elaboración de un traje de luces comienza con una primera visita del torero a la sastrería en la que elige el color, el hilo, que puede ser oro, plata, blanco o azabache, el bordado en lentejuela o canutillo, las guarniciones, esto es, los alamares, caireles, golpes y cazoletas y, en ocasiones, los motivos y formas a representar sobre la tela. Salvo que haya realizado un encargo poco tiempo antes, se toman las medidas para ajustar al máximo el vestido a la anatomía del torero, pues se trata de un elemento de precisión del que puede depender la salud de su portador.

En la siguiente fase el sastre realiza acopio de materiales, tela de raso, forro, textil encolada, hilo y pasamanería al gusto del lidiador, y cuando está todo en el obrador comienza a tomar cuerpo la cábala, haciendo uso de un orden lógico, meditado, lento, pleno de simbolismo y tradición, de acuerdo con el canon que el fundador aprendió y hoy comparte con su hijo, su nuera y un empleado.

La elaboración del patrón, piedra angular del vestido, requerirá mente ágil y manos hábiles para disponer del señuelo en torno al cual va a articularse cada una de las piezas que compondrán el arte final. La chaquetilla es elemento más complejo puesto que requiere un armazón rígido que aporta apresto, mientras que la taleguilla y el chaleco no precisan más que de las oportunas medidas y el corte correspondiente del raso que se prenderá a un forro liviano. El patrón se dibuja en papel y se esculpe después en telas gruesas encoladas que darán cuerpo a las tres piezas clave de la chaquetilla: las dos laterales y la posterior. Lego se materializan hombreras, con idéntico concepto, y las mangas, flexibles y desprovistas de soporte.

En este momento el puzle del señor Roqueta consta ya de tantas piezas como acaba de referirse, que habrán de ser enriquecidas con el bordado, realizado con máquinas de asombrosa precisión, el cordoncillo y las lentejuelas, maniobras estas últimas que precisan de manos certeras, capaces de plasmar cada golpe con la pulcritud propia de un pintor flamenco. Acto seguido se incorporarán alamares y caireles, rúbrica necesaria del arte del maestro, se unirán los machos, hasta culminar el proceso con las rosas o cazoletas y la pedrería, que añadirá fulgor y quilates al vestido de torear.

Para que la obra esté completa sólo resta hilvanar las tres piezas básicas de la chaquetilla, laterales y posterior, añadir las hombreras y acoplar las mangas, sólo por la parte superior, ya que la axila queda libre para entorpecer lo menos posible los naturales movimientos de los brazos del torero durante la lidia.

El sastre Roqueta apuesta por la tradición en las formas y la innovación en el fondo, concibiendo un vestido de luces más ligero y flexible que los tradicionales, empleando materiales sintéticos, mas evitando la más fútil concesión que pueda, ya sea remotamente, poner en cuestión la profunda torería de cada una de las piezas que componen la indumentaria de los oficiantes.

El maestro Roqueta es un testimonio vivo de la existencia de actividades artesanales ancestrales, unidas a un estilo de vida distinto, que en cualquier país serio sería motivo de orgullo y sería exportado al mundo causando admiración. Como muestra de ello toma un capote y dibuja el lance despacioso, mudando el rostro hacia la nostalgia, rememorando tal vez, el día que sus padres le encontraron en Madrid y tuvo el valor de dedicarles, como epílogo de su gran aventura, tres verónicas y media.

 

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