La dignidad de una leyenda
Miura y Pamplona mantienen un idilio gestado en 1899 que llega hasta hoy, habiendo lidiado de manera casi ininterrumpida en los cosos pamploneses. Este año de celebra una efeméride que pocos ganaderos sueñan alcanzar: sesenta años seguidos con presencia en los carteles, a salvo los años de la pandemia en que no hubo feria. En una historia tan larga hay luces y sombras, corridas fieras, mansas, bravas, duras, flojas, triunfos, cogidas, galardones y, sobre todo dignidad, ese término que tan difícil es de conjugar en el año de la fecha. Dignidad que implica mantenerse fiel a los valores propios, aunque no vayan con los tiempos, aunque resulte incómodo, aunque la crítica se cebe, aunque se pierdan oportunidades y dinero. Los señores de Zahariche han mantenido su esencia desde que en 1842 Juan Miura fundara la vacada hasta hoy, con seis generaciones comprometidas en la crianza del toro bravo, de un toro bravo de origen Cabrera que es el totem por antonomasia del campo español. En Lora del Río apellidarse Miura no es un privilegio, sino un compromiso, el compromiso de mantener y hacer brillar un encaste legendario, que es a su vez un legado excepcional.
La corrida que voló ayer sobre los adoquines de la Estafeta y salió de chiqueros en la Monumental no engrosará en escalafón de las destacadas, tal vez tampoco resulte memorable, pero si que constituye un eslabón más en la cadena del rigor y la seriedad que parece nunca tendrá fin. Los seis bien presentados, tercero, cuarto y quinto especialmente, todos cárdenos obscuros, todos zancudos, largos y huesudos, con más o menos cara, con mayor o menor alzada, con más o menos casta, pero Miuras al fin y al cabo. No desarrollaron sentido, ninguno se empleó con malas artes, no los hubo tobilleros ni taleguilleros, y sí que el sexto acudió alegre a los cites con nobleza.
La terna, que habrá dormido esta noche sin pesadillas, se empleó según el estilo de cada uno, manteniendo siempre el respeto debido a la sangre que da temperamento a esta estirpe.
Manuel Escribano volvió a mostrar el compromiso que tiene con el toreo dando una nueva lección de profesionalidad, tanto en lo artístico como en lo intangible, lo que no se ve, lo que hace de él un excelente director de lidia. Recibió a sus dos de rodillas frente a chiqueros largando tela, paró a la verónica, galleó por chicuelinas, pareó con más variedad que acierto, pasó sobre ambas manos en el platillo y en tablas, ensayó manoletinas, se arrimó y desplantó tirando la muleta, estoqueó mejor al primero que al cuarto, y sin llegar a componer faenas rotundas agradó a los tendidos con su tesón y su entrega. Una oreja que pudieron ser dos si el palco hubiese considerado también mayoritaria la petición del público en su segundo turno. Quitó además en los segundos tercios de manera providencial a dos toros que veían accesible la presa, y estuvo atento tras las barreras al devenir de la lidia.
Pepe Moral concedía a la tarde la categoría de principal oportunidad de la temporada. Un triunfo resonante en la capital navarra le habría abierto las puertas de algunas ferias de septiembre y la temporada venidera habría tenido otro cariz, mas no vio la manera de dar el paso adelante y ponerse donde la tierra quema. Cabe destacar el toreo sobre la izquierda de su primero, si bien su faena no tuvo la continuidad que esta plaza requiere.
Jesús Enrique Colombo sigue fiel a su estilo, ese que le reporta triunfos en las plazas en las que el público festivo se une a su causa por la vía del tremendismo, manteniendo además una comunicación gestual continua con la solanera. Largó tela de rodillas junto a las tablas en su primera intervención y recibió a su segundo tirando verónicas sentado en el estribo, pareó sin precisión pese a lo cual el sol lo aclamó por su espectacularidad, pasó sin ortodoxia por ambas manos, se adornó, especialmente en el tercero que se partió el cuerno izquierdo por la cepa sin llegar a desprenderse, y estoqueó sin brillantez, ganando un trofeo. El sexto, que era un toro de triunfo, llegó al desolladero con la orejas intactas, lo que evidencia que su matador perdió una gran oportunidad de haberse consagrado como máxima figura del toreo efectista.
Larga vida a Miura, a su leyenda y, sobre todo, a la dignidad con la que se maneja.
Reseña:
Monumental de Pamplona. Lunes 13 de julio de 2026. Lleno en tarde tórrida y soleada.
Toros de Miura, cárdenos de gran trapío, duros de pezuña y de juego desigual, como a continuación se detalla.
Primero: Cárdeno, bien presentado. Dos puyazos, el primero caído, sin emplearse. Fuerte con poco celo. Leves palmas en el arrastre.
Segundo: Cárdeno, de buena presencia. Dos puyazos empujando. Fuerte sin entrega. Silencio.
Tercero: Cárdeno en tipo miureño, alto y bien armado. Un picotazo y un puyazo saliendo suelto. Duro y correoso. Silencio.
Cuarto: Cárdeno en el tipo de la casa, de impresionante cornamenta. Un puyazo y un picotazo. Con carbón y poco celo. Silencio.
Quinto: Cárdeno bragado muy serio. Dos puyazos duros dejándose pegar. Bronco justo de casta. Silencio.
Sexto: Cárdeno listón bien presentado. Un puyazo y un picotazo sin emplearse. Noble, pronto, fijo y largo. Palmas.
Manuel Escribano, de marino y oro: Estocada casi entera (oreja). Media estocada caída trasera tendida (vuelta al ruedo tras aviso).
Pepe Moral, de primera comunión y plata: Media estocada caída atravesada y un golpe de descabello (silencio). Pinchazo, metisaca, estocada y dos golpes de descabello (leves pitos tras aviso).
Jesús Enrique Colombo, de caldero y oro: Estocada baja fulminante (oreja tras aviso). Media estocada tendida y dos golpes de descabello (ovación tras aviso).
Incidencias:
Octavo festejo de la Feria de San Fermín 2026
Jesús Enrique Colombo recibió a su primero con un capote en el que figuraba la leyenda «Fuerza Venezuela»
La corrida duró tres horas.
Javier Bustamante
para Toro Cultura












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