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Decimos que el toreo es cultura sin saber lo que estamos diciendo: (4) Estilos de vida

Cuarto vector: Estilos de vida.

El modo en que se ve la vida y el mundo desde el toreo es poco convencional, y se aleja de los modelos dominantes y socialmente más comunes. El temperamento y el carácter de los que, de una u otra manera, forman parte del colectivo taurino son específicos e identificables.

Es habitual encontrarse con una persona a la que no se conoce, y tras pocos minutos de interacción descubrir en ella un halo imperceptible que le habilita como taurino. Aspectos meramente formales como el porte, la manera de andar, el modo de expresarse, la gestualidad, e incluso la forma de vestir denotan una sensibilidad especial y un estilo afín al toreo. Si la conversación se alarga y aborda cuestiones más profundas pronto se descubrirá que lo formal y lo material se funden en una manera de ser específica y próxima al arte de la lidia.

En el ámbito del ejercicio profesional esta condición se hace aún más perceptible. Un torero asume los riesgos con naturalidad, va por derecho, entiende las derrotas como oportunidades para la superación, y actúa con un sentido estético concreto asociado al arte en movimiento. Un torero camina erguido, hace las cosas sin prisa, y tiene en la mirada el brillo de la ilusión por lo improbable.

El torero es torero. No se puede hacer de torero. Hay taxistas y abogados que son toreros y hacen de taxistas y abogados. No existen taxistas ni abogados que hagan de toreros sin serlo previamente. Sería tanto como banalizar lo sustantivo. Lo esencial del estilo de vida del torero es que lo es antes que nada, que vive como torero, siente como torero y piensa como torero. Cuando alcanza ese status queda definido por la mayor, y todos los demás elementos que conforman su idiosincrasia son superfluos o al servicio del sentimiento primigenio.

La cultura del toreo impregna y magnetiza a los tocados por el arte y la inspiración, y hace de ellos seres distintos, con un estilo de vida sobrio y profundo, diferente e identificable.

Hay toreros de albero, de asfalto y de moqueta, y todos ellos tienen en común un carácter apasionado y una personalidad vibrante que los delatan.

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

 

Decimos que el toreo es cultura sin saber lo que estamos diciendo: (3) Simbolos

Tercer vector: Los símbolos.

La simbología del toreo es variada y profunda. El propio toro es admirado y venerado desde épocas remotas por su fortaleza, nobleza y fertilidad, conceptos que simboliza. Egipto, Grecia y Roma, tal vez las tres culturas más reconocidas de la historia, confieren al toro estatus divino y lo sacrifican para engrandecer su leyenda. La silueta del toro es un icono con un gran valor mercantil, que es empleado por distintas marcas de consumo para infundir a sus productos un marcado carácter.

Todos los países sueñan con disponer de un referente que les permita proyectar una imagen potente y diferenciadora en el mundo. Según los estudios demoscópicos que periódicamente realiza el Real Instituto El Cano en el ámbito internacional, el mundo identifica a España con el toro incluso por encima de el sol, o la gastronomía. El toro como emblema es una excelente oportunidad para los intereses económicos de empresas, instituciones e incluso del propio país.

El torero es también símbolo de valentía. El propio término trasciende de la función de lidiar toros en plaza para erigirse en el emblema del valor, el arrojo y la capacidad de asumir retos arriesgados.

Los hierros y divisas simbolizan a cada criador en una amalgama de formas y colores identitarios, que siempre se deben a causas históricas o al propósito que cada ganadero pretende con sus toros. El aficionado lee en la piel del toro su origen y el año de nacimiento, y en su morrillo al saltar al albero las cintas que le identifican.

Los vestidos de torear tienen también una profunda simbología. La propia concepción de la taleguilla ajustada, la chaquetilla corta, las amplias hombreras, y las medias de vivo cromatismo acentúan la masculinidad y la sensación de fortaleza del hombre que se enfrenta a la poderosa divinidad. Cada color del raso, cada alamar, cada cairel y cada tipo de bordado tienen también su significación. Un terno grana indica disposición máxima para el triunfo, otro azul predica una lidia más reposada, el blanco es propio de toricantanos, mientras que el catafalco dota a quien lo viste de un porte solemne. El bordado en oro se reserva para matadores y piqueros, mientras que el plata y el azabache pueden ser empleados también por los banderilleros.

El rito de la corrida es esencialmente simbólico pues se escenifica de manera pública el poder de la naturaleza, encarnada por el toro, y el ingenio y el valor del torero, en una lucha a muerte apasionada. La forma circular del ruedo, significa la perfección. La hora del sorteo de las reses, mediodía, cuando la luz es más intensa, implica transparencia. La equidistancia de los tendidos al ruedo, el carácter popular del acontecimiento. El sol es la luz de los jóvenes, y la sombra el refugio de los mayores. El paseíllo es un desfile en el que cada maestro muestra a sus huestes perfectamente organizadas. La presentación de un torero en una plaza implica que comience destocado, en muestra de respeto hacia el público y para facilitar su identificación. El orden en que actúan los matadores se debe a su antigüedad profesional, comenzando por el más veterano. Los pañuelos de diversos colores que maneja la presidencia significan decisiones distintas. La entrega de trofeos, orejas y rabos, rememora la época en que el matador que triunfaba ganaba también la carne del propio toro. La salida a hombros de un torero, mostrando las palmas de las manos que han posibilitado el éxito, justo en el momento del crepúsculo por la puerta de poniente es el reconocimiento del triunfo de la inteligencia, y un tributo al sol. Lo hace izado por la multitud, convirtiéndole en un gigante que emerge del pueblo.

Cada detalle, cada matiz de la Tauromaquia está provisto de un refinado simbolismo. Quien se adentre en el conocimiento del ritual encontrará una vitalidad cultural rebosante, que alumbra un arte ancestral.

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

Decimos que el toreo es cultura sin saber lo que estamos diciendo: (2) Tradiciones

Segundo vector: Tradiciones.

Las tradiciones son costumbres, doctrinas y relatos que perviven y se transmiten de generación en generación con poca o ninguna mutación. Este asunto es consubstancial al toreo, puesto que son muchos los ámbitos de la Fiesta que conservan y difunden sus tradiciones, muchas de ellas de manera secular.

Existen ganaderías, como la de Atenco en México, con una acreditada antigüedad, pues crían toros bravos desde 1522, año en el que Hernán Cortés introduce toros españoles con permiso explicito del emperador Carlos V. Desde ese momento más de 25 generaciones han visto como se perpetúa, transmite y perfecciona la ciencia de la crianza del bravo.

El enfrentamiento del hombre con el toro es casi tan antiguo como la humanidad, pues existen pinturas rupestres en la localidad francesa de Villars que dan fe de que el ritual se hacía ya 23.000 años atrás, e incluso se han descubierto restos óseos que atestiguan que hace 40.000 años el hombre abatía uros y los empleaba como alimento sagrado. El combate, perfeccionado con el transcurso de los siglos, ha pervivido hasta nuestros días con el mismo simbolismo que en la noche de los tiempos, con un sustrato místico que ha fascinado y sigue fascinando a varios miles de generaciones.

En 1215 el obispo de Segovia convoca un sínodo para advertir a todos los clérigos de que serán excomulgados si participan en los juegos de toros. Los encierros de esta población son incluso previos a esa fecha, lo que documenta más de ochocientos años de tradición ininterrumpida de tauromaquias populares. La fiestas de toros son muy anteriores al propio nacimiento de España, y hunden sus raíces en las tradiciones populares ricas en matices culturales.

Existe un encarnizado debate en torno a la antigüedad de los cosos, se establecen rankings que todos quieren encabezar, y con frecuencia se apela a la tradición oral para datar plazas cuya fábrica no está perfectamente documentada. Las plazas de Béjar (1711), Santa Cruz de Mudela (1722), Zaragoza (1764), y Ronda (1785) están entre las más antiguas, si bien hubo otras más primitivas que fueron derruidas o abandonadas, de las que no quedan ya resquicios. En muchas de ellas el hombre sigue jugando al toro, y sus sillares, ajados por el sol demoledor del verano y los hielos pétreos del invierno, son testigos inalterables de gestas y tragedias, que se suceden al mismo ritmo que el pálpito del corazón del hombre, erigiendo bellas tradiciones.

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

Decimos que el toreo es cultura sin saber lo que estamos diciendo: (1) Conjunto de conocimientos

Primer vector: Conjunto de conocimientos.

La técnica de la lidia es compleja a la vez que complicada, y ha sido necesario el arrojo y el sacrificio de miles de hombres para inventar, perfeccionar y legar cualquiera de las suertes.

El natural, pase emblemático del arte, puede parecer una nimiedad, un suave giro de muñeca, un cimbreo sutil de cintura, y sin embargo existe un sólido fundamento técnico y empírico. La distancia a la que se cita, el terreno en el que se hace, la altura a la que se ofrece le señuelo, el temple con el que se desplaza, y el lugar en el que se remata el pase son variables que deben considerarse en cada uno de los embroques, de cuya comprensión y dominio dependerá el éxito e incluso la integridad física del torero. Cada pase es una frágil obra, pues el toro, como animal bravo e imprevisible que es, se guía por un instinto inescrutable, que puede impulsarle a desbaratar con un brusco giro de cuello la armonía del instante. Por esta razón la confianza del lidiador en su técnica debe ser férrea, y su conocimiento sólido, pues es la experiencia acumulada la que ofrece posibilidades de éxito.

Estos principios han sido transmitidos en muchos casos por tradición oral, y afianzados por la preceptiva taurina, que arranca con la cartilla de Osuna, manuscrito de hacia 1700 en el que se proponen “Algunas reglas de torear a pie en verso y en prosa”, toma cuerpo con la Tauromaquia de Pepe Hillo (1796) , y se cimenta definitivamente con la de Montes (1836), en obras brillantes para su tiempo, en las que aún es posible encontrar un refinado conocimiento sobre las técnicas del toreo. En los años posteriores se han redactado obras muy diversas, y en la actualidad existen más de 18.000 títulos que abordan el toreo desde ópticas muy diferentes.

El conocimiento ganadero es también intenso, pues la alquimia de la tienta genera desde la naturalidad animales con características comportamentales cada vez más sofisticadas, dentro de una genealogía profunda, que es conocida, analizada y normativizada por el ganadero en busca de la fórmula magistral de la bravura, una hermosa quimera que dura ya más de cinco siglos.

José María Sotomayor, uno de los intelectuales del toreo más brillantes de nuestro tiempo, codifica más de cinco mil términos para describir al toro bravo. Detrás de cada una de esas palabras hay conceptos que constituyen en si mismos un profundo y extenso conocimiento. El lenguaje taurino es de una riqueza asombrosa, pues esxisten voces variadas y precisas para referirse al más nimio de los detalles con una exactitud cartesiana, tal vez como no exista en ningún otro campo del conocimiento humano.

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

 

 

 

 

Decimos que el toreo es cultura sin saber lo que estamos diciendo

La defensa del toreo se fundamenta en los últimos años en la recurrente afirmación de que “es cultura”, y en muchos casos se cree que semejante oráculo es suficiente para exorcizar a la Fiesta de cualquier amenaza, sin reparar en la profundidad del aserto, ni en la complejidad de la idea.

Federico García Lorca aporta una certera reflexión sobre esta materia cuando afirma que “los toros es la fiesta más culta del mundo” y “la riqueza poética y vital de España”, contextualizando de forma categórica el valor de la Tauromaquia en el ámbito cultural.

Sin embargo, algunos aficionados identifican cultura con la literatura, otros con la pintura, los más con el conocimiento, sin reparar en la trascendencia que tiene el concepto ni el amplio alcance del mismo.

Obviar una realidad tan trascendente como esta supone malograr opciones de difusión del toreo, y limitarlo al ámbito meramente estético que, siendo notable, no constituye su principal valor.

Existen más de doscientas cincuenta definiciones de “cultura” homologables con matices diferentes, si bien prácticamente todas comparten varios elementos comunes que deben ser conocidos por los aficionados para poder argumentar con rigor. Puede asegurarse que la cultura es un conjunto de conocimientos, tradiciones, símbolos, estilos de vida, creencias y valores que son compartidos por un colectivo humano. Los seis vectores que la conforman son extraordinariamente vigorosos en el caso de la Tauromaquia, lo que facilita una cultura viva y dinámica con un gran potencial de desarrollo en el espacio y en el tiempo.

En los siguientes enlaces se aborda de manera individal cada uno de los seis capítulos que muestran la auténtica dimensión del toreo, y ponen en valor su enorme relieve cultural, tal vez único en el mundo.

 

Primer vector: Conjunto de conocimientos.

Segundo vector: Tradiciones. 

Tercer vector: Símbolos.

Cuarto vector: Estilos de vida.

Quinto vector: Creencias.(Próximamente)

Sexto vector: Valores.(Próximamente)

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura