Digno epílogo para una bella historia

El lazo de parentesco afectivo de Juan José Padilla con Bilbao viene de lejos. Desde que debutó en Vista Alegre en 2000 con una corrida de Cebada Gago y continuó un año más tarde encerrándose con seis toros de Miura, son dieciocho las veces que ha hollado el ruedo ceniciento, casi siempre en clave de triunfo, y en todos los casos recibiendo el reconocimiento de una afición que valora su valentía y su entrega.

Ayer el público de Bilbao quería despedirle como merece un matador comprometido y audaz, y jaleó cada lance, celebró cada pase como si fuera Joselito redivivo, más allá del temple o la ligazón que imprimiera, deseando el triunfo casi tanto como el propio torero.

La admiración se ha transformado en un cariño sincero, y el lidiador comienza a verse como un hombre que encarna unos valores admirables. Ayer en un coloquio con jóvenes aficionados celebrado por la mañana en la Sociedad Bilbaína le preguntaban sobre su forma de entender la superación de la adversidad, la pasión, el control de las emociones, la humildad, la determinación, y se descubrió que todas ellas son virtudes que adornan al sencillo panaderito que se convirtió en un hombre reconocido por su coraje.

Si la corrida es un exponente efímero de la vida, una escuela súbita de lo que la naturaleza depara al hombre, este torero es el referente de los valores que posibilitan el éxito justo.

No importó tanto que recibiera a su segundo con largas cambiadas en el tercio, que lanceara a la verónica y por chicuelinas, que pasa de muleta al natural y en redondo, que se desplantara en tablas con un manso, que matara a ley con dos estocadas, o que el palco le otorgara una oreja. Lo valioso es lo que ha hecho sentir a la afición durante casi un cuarto de siglo, que le ha granjeado el estatus de hijo predilecto, también de Bilbao.

Sus compañeros de terna, dos de las máximas figuras del escalafón, volvieron a enfrentarse a toros descastados, salvo el sexto, de arrancada alegre, que propició los momentos más artísticos de la tarde.

El Juli volvió a exhibir un conocimiento enciclopédico de psicología bovina, aprovechando inercias y querencias en todos los tercios en que intervino, manejó la mansedumbre de sus dos oponentes con mano firme y extrajo algún natural largo que el público ovacionó.

José María Manzanares hizo lo propio con su primero y sometió y templó la impetuosa embestida del que hacía sexto, demostrando que puede con todos los toros, si bien los de casta son los que ofrecen mayores posibilidades de lucimiento.

Bilbao despidió ayer a uno de sus toreros predilectos en un sincero homenaje poniendo el colofón a una bella historia de ambición y superación de la que la afición ha sido testigo de privilegio.

Larga vida al Ciclón de Jerez.

 

Reseña:

 

Plaza de toros de Vista Alegre de Bilbao, 22 de agosto de 2018, dos tercios de entrada en tarde nubosa.

 

Toros de Garcigrande los tres primeros, bien presentados, en capas negras. Mansos y descastados. Toros de Domingo Hernández los tres últimos, bien presentados, en capas negras salvo el último castaño, de juego diverso. Primero: Dos puyazos. Manso y descastado. Pitos en el arrastre. Segundo: Un puyazo al relance y otro muy medido. Manso y descastado. Pitos. Tercero: Dos puyazos. Manso y descastado. Algunos silbidos. Cuarto: Dos puyazos, el primero trasero. Manso. Palmas. Quinto: Dos puyazos. Manso. Palmas. Sexto: Dos puyazos. Encastado. Palmas al arrastre.

 

Juan José Padilla, de fucsia y azabache: Estocada (silencio). Estocada (oreja).

 

El Juli, de pizarra y oro: Media estocada trasera (silencio). Un pinchazo y estocada casi entera (ovación y saludos).

 

José María Manzanares, de azul marino y oro: Estocada desprendida (ovación y saludos). Dos pinchazos y estocada (ovación tras aviso).

 

 

Incidencias:

 

Cuarta corrida a pie de la feria de Semana Grande de Bilbao.

Juan José Padilla, que se despedía de Bilbao, fue homenajeado en los prolegómenos del festejo con un “aurresku”, baile vasco honorífico.

 

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

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