Morante fue al sorteo.

Morante fue al sorteo, y no se entiende, porque allí no había nada que sortear.

Envió el ganadero un lote de ocho toros ligeros de romana, escasos de alzada y capas vistosas, que iban desde el negro zaíno al sardo, pasando por el castaño.

El genio de la Puebla observaba la corrida desde lo alto de una pasarela, con gesto solemne, acompañado por su gente de confianza quien le susurraba al oído detalles sobre cornamentas, morrillos, culatas y alzadas.

También el mayoral de El Ventorrillo entró en escena y desplegó a la vista de todos el árbol genealógico de cada toro, así como algún detalle de la vida en la dehesa, pues ésta suele generar el comportamiento en la plaza según las corrientes conductistas.

Una vez seleccionados titulares y sobreros, las cuadrillas hicieron lotes que fueron sorteados como manda la tradición y apartados en corrales individuales a la espera de la luz de la tarde.

Lo ocurrido a partir de las seis en el multiusos vitoriano pone en cuestión la conveniencia de aventurar hipótesis sobre el comportamiento de las reses de lidia, aún las basadas en hechos objetivos como genotipo y fenotipo.

Fueron desfilando los seis de la partida en el orden que quiso el sagrado sorteo, más un sobrero jugado en segundo lugar, y se veía sin necesidad de apellidarse Cañabate que escaseaban las fuerzas y que la casta brava que debe acompañar siempre al toro era ayer una simple quimera.

En tal coyuntura, Morante, tal vez enojado con los dioses, decidió abreviar, lo que le supuso una monumental bronca en su segundo, al que mató mal y tarde. A estas horas los morantólogos, que son legión, aún discuten en cenáculos y mentideros la causa de tal desenlace; los hay que lo atribuyen a motivos cósmicos, otros a un guiño imperceptible del toro que hacía cuarto, los más a que la inspiración es cara y debe dosificarse. Sea como fuere el rostro caprichoso del azar no sonrió ayer al torero sevillano, pese a su notable presencia en el apartado.

El Juli, ese hombre al que le valen todos los toros sea cual sea el resultado del sorteo, aprovechó inercias y querencias para construir dos faenas breves y superficiales que contaron con el fervor del público vitoriano y fueron premiadas con un trofeo.

Alejandro Talavante hizo un toreo despegado y efectista que resultó suficiente para abrochar la tarde con un nuevo trofeo y se retiró del ruedo sonriente, en clave de triunfo, disfrutando del fervor del bondadoso tendido.

Tardes así dejan en evidencia a la fortuna y ponen en valor el esfuerzo y la profesionalidad, que siempre fueron el fundamento del arte de torear.

 

 

Reseña:

 

Multiusos de Vitoria, cinco de agosto de 2015, casi tres cuartos de plaza en tarde calurosa.

Morante de la Puebla: Silencio. Sonora bronca.

El Juli: Oreja. Ovación y saludos tras petición.

Talavante: Silencio. Oreja.

 

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