De la tierra al cielo
Morante yacía sobre el albero en el platillo de Las Ventas boca arriba, inmóvil, solo en la inmensidad del mar de arena, vestido de Chenel y oro. Movió los ojos como implorando ayuda y acertó a levantar torpemente la mano derecha. Seguía solo, con la espalda pegada a la tierra, derrotado junto al capote de vueltas verdes arrebuñado a un metro. Tripulante, un imponente toro de Garcigrande acababa de prenderlo y lanzarlo hacia el arriba para caer sobre las cervicales en una mala torsión del cuello, con una negra mancha de sangre en el vientre. Fueron los lances de recibo ejecutados por chicuelinas que iba a rematar con una verónica los que propiciaron la cogida de mal presagio. Parecía estar herido en los intestinos, lesionado severamente en la médula, o las dos cosas a la vez. Tardaron las asistencias en abrazarlo desmadejado, alzarlo y correrlo hasta un burladero junto al que lo pusieron en pie tambaleante. Pidió agua para el cuello e intentó un paso que fue vacilante y desequilibrado. Se tapó tras la barrera y ordenó que continuara la lidia de su segundo toro. Con la asistencia de su apoderado, médico dentista, y de su cuadrilla recobró la orientación en unos pocos minutos, y con la paliza en el cuerpo se fue a por los trastos para inicial la faena. No se demoró en probaturas y al tercer pase ya hervían los tendidos por la pureza de los cites, el temple de las muñecas, la hondura del remate y la verdad de su toreo canónico. Pocas series pero muy profundas. Poco alarde pero mucho valor. De adelante hacia atrás y de arriba hacia abajo, rematando en la cadera, como arcanos de la belleza y secretos del temple. Fue un recital de temeridad discreta e inspiración que no se anuncia porque se siente. Morante, que siempre fue el más artista, es ahora también el más valiente. Y se tiró a matar como un titán, bajando la muleta y hundiendo el estoque en todo lo alto, mirando al morrillo como se mira a la tierra prometida, pasando el fielato de los pitones sin alardes gimnásticos, con elegancia y contundencia a la vez.
Y el palco concedió dos merecidas orejas que paseó quedo entre el clamor de un público entregado al hombre y a su toreo, el mejor de su tiempo y uno de los más grandes de todos los siglos. Y después llegó la hecatombe que pocos esperaban y ninguno sabía. Sin recogerse volvió al platillo donde minutos antes yacía inmóvil e inerme para llevarse las manos a la nuca, arrancarse la coleta y ofrecérsela al público con llanto vivo en el rostro.
Morante entraba así en la historia dejando sin consuelo a los veinticuatro mil que abarrotábamos el coso y a los muchos más que seguían la corrida por televisión. Morante, levantado inerte de la tierra por los brazos de su cuadrilla, se aprestaba a ser izado ahora a hombros hasta el cielo de la gloria por los miles de partidarios que invadieron el ruedo y la explanada donde había inaugurado la víspera el monumento a Chenel. La procesión fue larga e intensa, y el que no tardará en tener un monumento justo en ese punto penaba con rostro afligido en la nostalgia con la mirada perdida, tal vez construyendo el recuerdo de lo que acababa de vivir.
Nadie sabe a ciencia cierta por qué ni para qué se quita del toreo, mas es la realidad que tardaremos en asumir. De la tierra al cielo. Como me diría Diego Urdiales por la noche: “eso es el toreo”
De la tierra al cielo.
Gracias, maestro, por este bello viaje.
Reseña:
Plaza de toros de Las Ventas de Madrid. Domingo 12 de octubre de 2025. Lleno de “no hay billetes” en tarde cálida y soleada.
Toros de Garcigrande, bien presentados en capas variadas, justos de raza salvo el quinto, como a continuación se detalla.
Primero: Negro atacado hondo. Un puyazo y un picotazo. Flojo y descastado. Palmas en el arrastre.
Segundo: Castaño claro corpudo. Dos puyazos. Descastado e incierto. Pitos.
Tercero: Colorado ojo de perdiz. Dos puyazos arrancando de largo. Con poca raza. Pitos.
Cuarto: Colorado ojo de perdiz. Dos puyazos. Incierto y complicado. Palmas.
Quinto: Negro serio. Dos puyazos. Noble, pronto y repetidor. Palmas.
Sexto: Castaño. Un puyazo y un picotazo. Deslucido. Silencio.
Morante de la Puebla, de Chenel y oro: Cuatro pinchazos y estocada (división de opiniones). Gran estocada (dos orejas).
Fernando Robleño, de grana y oro: Tres pinchazos y estocada caída y tendida (silencio). Pinchazo y estocada (oreja).
Sergio Rodríguez, de primera comunión y oro: Estocada baja (ovación y saludos). Pinchazo y estocada baja (silencio).
Incidencias:
Último festejo de la Feria de Otoño 2025
La banda interpretó el himno nacional al finalizar el paseíllo.
El público ovacionó tras romperse el paseíllo saliendo los tres matadores a saludar. Un nueva ovación inmediata fue respondida por Fernando Robleño quien se retiraba del toreo.
Morante de la Puebla se cortó la coleta emocionado en el platillo tras lidiar el cuarto toro.
Morante de la Puebla salió a hombros secundado por miles de personas desde el ruedo hasta el coche de cuadrillas.
Fernando Robleño fue paseado a hombros por las cuadrillas.
La corrida duró dos horas y veinte minutos.
Javier Bustamante
para Toro Cultura










