Antonio Ferrera con uno de Torrestrella en Bilbao

El toro de casta retrata a los toreros

El toro de casta salta al albero desatado, con alegría, galopa hasta el extremo opuesto del ruedo si no lo circunda, otea en su rededor, detecta los capotes y cuanto cuerpo haya en movimiento, y ya está acometiendo con arrebato pasional.

El toro de casta se arranca de largo, remata en los burladeros con la penca del rabo enhiesta, levanta astillas si no arranca los tableros de cuajo, embiste con codicia, no da tregua a los lidiadores, y se emplea siempre con el comprensible ánimo de coger y cornear con saña.

El toro de casta puede vestir capa negra, blanca o colorada, puede tener orígenes diversos, mas tiene mirada fija y penetrante que hiela la sangre de los lidiadores.

El toro de casta no se altera por los lances del combate, no se aflige por la sangre derramada, es paciente, confía en su indómita reata, es contumaz, conoce su descomunal poderío, y jamás se da por vencido, pues tiene una fe ciega en la victoria.

Al toro de casta no quieren verlo las figuras ni en pintura, pues su lidia implica siempre un alto riesgo, y puede dejar en evidencia aptitudes y actitudes que no sean plenamente toreras.

Hoy, sobre el ceniciento albero de Vista Alegre, se ha jugado una corrida de Torrestrella fuerte, astifina y encastada que ha dado la justa medida del momento que atraviesan tres de los espadas cabeza del escalafón, mostrando el retrato de cada uno según daguerrotipo clásico.

El retrato de Antonio Ferrera se muestra sereno y colorista, con media sonrisa, tal vez un cuarto, y las primeras arrugas en el rostro, signo inequívoco de madurez. Ha reivindicado el estado de sazón como el óptimo para el toreo, y podría decirse que ya sabe con certeza lo que le gusta hacer y lo que no; lo que le produce satisfacción y lo que representa un mero artificio; lo que propicia su lucimiento y lo que no pasa de ser un trámite. Hoy ha aceptado los envites de sus dos oponentes, con firmeza y serenidad, ha administrado los tiempos de la lidia con pausa y regusto torero, y ha corrido las manos con magisterio, especialmente al natural. Hoy Antonio Ferrera ha toreado como le dicta su conciencia, sin buscar el aplauso fácil, de acuerdo con su concepto de la lidia y del arte de torear, tal vez porque haya concluido que el oropel del toreo es efímero, mas los quilates de pureza en las suertes quedan prendidos en el corazón de la afición, y son eternos.

Juan José Padilla ha mostrado a la cámara un rostro anguloso, carne de cicatrices ganadas por valor, sombrío en algunos rasgos, rictus por momentos atormentado, lejano ya de la sonrisa franca que le hizo cabeza del escalafón y le granjeó el fervor del público. Este hombre, de evidente mérito, se ha ganado el respeto y la admiración del universo del toro por su entrega al rito y su valor temerario. Más allá de su excelente estadística, nos devuelve una imagen distorsionada, fuera de su rango natural que habrá de hacerle pensar. Ha lanceado con arrojo, de pie y de rodillas, clavado con determinación y gran mérito al perder al toro de vista en momentos clave, y trasteado con grandes reservas en el primero, y aparente audacia en el cuarto, mas no ha alcanzado a reconocer su imagen, la que siempre tuvo de torero bullidor y arrojado que rayaba la temeridad.

El tiempo de exposición necesario para la obtención del daguerrotipo es, como se sabe, prolongado, luego la quietud de los modelos es condición necesaria para el buen retrato. El Fandi hace del movimiento un estilo, lo que ha desvirtuado la precisión de la imagen que han recogido las placas. Es el torero con mejor condición atlética de todo es escalafón, un portento físico, capaz de parar a los toros con la mano en el testuz después de clavar un par, valeroso en los lances de recibo, que consuma algunas veces de rodillas, y variado en los quites, mas los trasteos son de común periféricos, faltos de ajuste y quietud. Esta tarde ha escenificado de nuevo su tauromaquia, que no ha sido suficiente para doblegar la casta de sus oponentes, viéndose desbordado en algunos pasajes, ganado dos silencios por recompensa.

El toro de casta retrata siempre a los toreros, captando colores, formas y matices que de otra manera no son registrados por la cámara.

 

 

Reseña:

 

Plaza de Toros de Vista Alegre de Bilbao, veinte de agosto de 2017, un cuarto del aforo cubierto en tarde soleada y agradable.

 

Toros de Torrestrella, con trapío, finos de cabos, en tipo, serios y fuertes; con comportamiento diverso, si bien predominó la casta. Primero: Dos puyazos; bravo y encastado. Palmas y pitos al arrastre. Segundo: Dos duros puyazos; fuerte, bravo y encastado. Ovación. Tercero: De gran trapío, aplaudido de salida. Dos puyazos; de viaje corto, deslucido y berreón. Palmas. Cuarto: Dos puyazos el último muy trasero; deslucido, de corta embestida a media altura. Quinto: Dos puyazos; bravo, encastado y codicioso. Ovación. Sexto: Dos puyazos; encastado y codicioso. Palmas.

 

Juan José Padilla, de azul marino y oro: Estocada y un golpe de descabello (silencio). Metisaca, estocada contraria que escupe, cuatro golpes de descabello, estocada caída, y quinto golpe de descabello (silencio).

 

Antonio Ferrera, de fucsia y oro: Pinchazo y estocada (ovación y saludos tras aviso). Estocada desprendida, renuncia a descabellar (oreja tras aviso)

 

El Fandi, de azul Bilbao y oro: Estocada casi entera trasera (palmas). Estocada trasera saliendo desarmado y un golpe de descabello (silencio).

 

 

Incidencias:

Segundo festejo de abono de las Corridas Generales.

Antonio Ferrera renunció a parear al quinto toro al recibir tímidos pitos entre una gran ovación, tras salir al tercio y dedicar al público un par con los colores de la bandera de España.

 

 

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

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