Alberto Aguilar al natural con uno de Pedraza.

Evolución o involución.

El reconocido científico Gerald Crabtree, director del Laboratorio de Genética de la Universidad de Stanford, ha publicado varios artículos en los que afirma que el ser humano, en los  últimos tiempos, en vez de evolucionar ha involucionado y que, salvo que la tendencia cambie, en pocas generaciones, los nuevos humanos serán incapaces de realizar tareas elementales.

Las causas de la presunta degradación se encuentran en el proteccionismo hacia los ricos,  la proliferación de comodidades, la falta de exigencia y la inexistencia de la selección natural, motor del progreso de las especies.

El resultado, siempre según Crabtree, es una progresiva disminución de las capacidades racionales y emocionales de los seres humanos que tendrá como consecuencia la vuelta a estados mucho más primitivos.

Tal vez la moderna Tauromaquia esté sufriendo un proceso similar.

El péndulo avanza.

Desde que el hombre de las cavernas se vio fascinado por la figura soberbia del toro y sintió atracción por su áspera acometida, hasta que, en el momento presente, las llamadas figuras firman exclusivas sustanciosas para matar bureles indecorosos, dejando a muchos auténticos toreros fuera de los circuitos por falta de oportunidades, han pasado más de 20.000 años.

Sin embargo el arte de torear, tal y como hoy se conoce, tiene sólo tres siglos. Atrás quedaron el toreo caballeresco y los festejos populares en los que hombres anónimos de toda condición libraban las embestidas del toro con el único avío de su propio cuerpo. La invención de la muleta por parte de Francisco Romero, a principios del siglo XVIII, posibilitó la estocada de frente tal y como ahora se entiende, si bien mucho antes se abatían reses a estoque de modo poco ortodoxo, primando más la eficacia que la estética.

Esa es la fecha de referencia, ahora hace trescientos años. Desde ese momento el toreo a pie comienza a gustar al pueblo y adquiere un predicamento progresivo. Grandes maestros como Pepe Hillo, con su primitiva Tauromaquia,  Cúchares, inventor del volapié, Paquiro, con un nuevo tratado sobre el arte de torear, Lagartijo y Frascuelo, competidores temerarios, Joselito, dominador de las reses como nadie antes, Belmonte, impulsor del toreo en redondo y de la invasión de los terrenos del toro, Chicuelo, perfeccionador de la técnica Belmontina, Manolete, El Viti, Curro Romero, Manzanares I, Luis Francisco Esplá, son eslabones necesarios de la cadena que, a fecha de hoy, termina con Morante, Manzanares II, El Juli, Perera y Talavante.

Es evidente que a estos lidiadores les ha correspondido vivir un tiempo distinto y que no debe buscarse en su actitud la causa única del presente de la Tauromaquia, si bien es conveniente analizar el milimétrico paralelismo entre el modelo de Gerald Crabtree y lo que le sucede a la fiesta de toros.

 

“Proteccionismo hacia los ricos”

La conversión de un rito ancestral en negocio implica la primacía de los aspectos económicos sobre cualquiera otros. Para ello es necesario que el artista, oficialmente reconocido, ejecute la obra artística de manera contumaz, esto es, la misma obra, muchas veces, para correspondes a las expectativas de quien paga.

Para lograr este objetivo los taurinos han erigido en figuras sublimes a algunos toreros que han mostrado capacidad y determinación en ciertos momentos, pero son incapaces, por su propia esencia humana, de sentir inspiración, engendrar arte y provocar emoción a fecha y hora fija.

“Proliferación de comodidades”

Para facilitar la ardua tarea de la creación se les propone un antagonista que molesta poco, con dosis de nobleza excesivas y que está en vías de perder el elemento esencial del rito taurino: la casta brava. La evolución del toro comercial ha llegado a un punto de insulsez que ya no representa un oponente que permita calibrar las capacidades del torero.

“Falta de exigencia”

El aficionado escasea, pues es malo para el negocio por su criterio, capacidad de análisis, espíritu crítico y tendencia a la exigencia de autenticidad.

Para que la empresa rente es preciso el público, poco conocedor de la fiesta, de su génesis, de las condiciones del toro, de la técnica y valor del torero, que se deje impresionar por un estética devaluada y las expectativas de contemplar a lidiadores que son tenidos por paradigmas del arte taurico.

“Inexistencia de selección natural”

El albero ha dejado de ser el espacio en el que los toreros dirimían rivalidades y se jugaban el contrato del día siguiente. La selección de las ternas no se rige por el natural criterio de elegir a los más capaces, si no por el artilugio de los padrinos y la connivencia de empresas, toreros, apoderados y ganaderos dentro de una misma corporación.

Triunfos sonados de grandes toreros, como Diego Urdiales, Victor Barrio, Alberto Aguilar, Oliva Soto y una larga lista de arrojados matadores no sirve ya para ganar ajustes. La selección se realiza en los despachos antes de apreciar los méritos cobrados sobre la arena.

El péndulo retrocede.

En una coyuntura así, los espectáculos taurinos sufren temporada tras temporada el desgaste que genera la monotonía y la profunda injusticia.

No resulta extraño que el rejoneo, heredero del arte de alancear toros a la gineta, y los espectáculos populares de capeas y recortes, origen de la actual tauromaquia, estén siendo de nuevo demandados por los aficionados.

Es posible que el péndulo de los tiempos se haya detenido ya en su cénit y que su movimiento natural de retroceso, llamado involución, esté comenzando a generar un nuevo escenario.

Tal vez los espectáculos taurinos deban optar de modo definitivo por la evolución activa hacia la recuperación de la emoción y la leal competencia o se vean abocados de modo indefectible al retroceso a los tiempos pretéritos.

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura.

3 replies
  1. JOSE ALEDON ESBRI
    JOSE ALEDON ESBRI says:

    En las últimas décadas (demasiadas ya) ha habido una no sé si deliberada tendencia a identificar el arte en los toros con ciertas características de dos de las Bellas Artes: la danza y la escultura. Según esa deriva, todo lo que no sea más o menos coreográfico en el acto de torear, carece de arte. Incluso ciertas actitudes caprichosas de ciertos matadores son aceptadas y hasta jaleadas como “genialidades” propias de un músico, pintor, escultor, etc.
    Como era de esperar, para lograr esa euritmia se tuvo que modificar en lo posible (sin perder las apariencias) la materia prima con la que el “artista” trabaja: el toro, antaño llamado de lidia, hogaño toro artista… con el resultado que todos conocemos. Peligro tiene también ese toro, naturalmente, al igual que el bailarín puede sufrir lesiones si no cuida su entrenamiento o actuación pero, todos sabemos que no es ese el peligro que ofrecía el toro con el que se las vieron Pepe-Illo (“ La Tauromaquia o Arte de Torear”), Romero, Lagartijo, Guerrita, Joselito, Belmonte o Domingo Ortega.
    El arte de torear, tal y como lo concibieron los grandes maestros citados, tiene sobre todo que ver con el sentido primigenio del vocablo, tal y como nos lo legó Grecia: tekné o técnica. Así lo entendió Pepe-Illo, pues en su época no existía el toro artista, aunque sí había ya excelentes pintores y escultores… Ese es el sentido del “arte de navegar” o del “arte de curar”. No imagino a un capitán en el puente de su barco “poniéndose bonito” para trazar el rumbo correcto de la nave o resolver un problema inesperado. Tampoco imagino a un cirujano haciendo lo mismo mientras lleva a cabo una complicada intervención en el quirófano. La estética nunca estará por encima de la eficacia en tales casos. Tampoco en el toreo.
    El arte de torear equivale a poseer la TÉCNICA necesaria para poder resolver los problemas que un toro problemático (no artista) pueda crear en el ruedo. Si, además el torero (matador, picador o banderillero) puede ofrecer una imagen elegante de su trabajo, tanto mejor.
    José Aledón

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