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El toreo es un estado de ánimo

Curro Díaz llegó a la Monumental pamplonesa veinte horas después de haber vivido la muerte de Víctor Barrio sobre el albero de Teruel, y de haber estoqueado a “Lorenzo”, el toro que partió en dos el pecho del torero de Sepúlveda. Puede aventurarse que la noche no fue plácida y que el recuerdo de la cornada y el llanto desconsolado de la joven viuda le acompañaron en un duermevela impregnado de sudores fríos. Otras estirpes habrían buscado una excusa en forma de inoportuna lesión o indisposición repentina. La grey de toreros no. Estos hombres tienen un código de honor inquebrantable al que se deben y que ratifican en tardes como la de ayer. Torear como homenaje al compañero caído. Torear para dar ejemplo a los más jóvenes. Torear para engrandecer la leyenda viva del toreo. Torear porque los valores no se negocian.

El rostro del diestro de Linares al entrar al patio de cuadrillas era de dolor contenido. Boca sellada, ceño levemente fruncido y mirada ausente. Los que le conocemos sabemos que su espíritu indómito es capaz de revertir las situaciones adversas, y que su inspiración nunca espera vientos favorables.

Sonaron los cerrojos de la barrera y la banda atacó el pasodoble del paseíllo. A la izquierda Iván Fandiño, en el centro Juan del Álamo, testigo de la alternativa de Víctor Barrio y a la derecha Curro Díaz. Cruzaron el circo con gesto grave y andar despacioso hasta ganar el tercio y escuchar un minuto de música solemne en memoria del matador caído. Lo que pasa por la cabeza de un torero en un instante así sólo lo comparte con los más íntimos, y sólo aquel que tiene la habilidad de verbalizarlo. Curro se abrió de capa y plantó cara a sus dos oponentes, con su sello personal, la pinturería que le acompaña cada tarde, dibujó el natural, templó en redondo y dejó algún pase de adorno de muñeca rota. Fandiño estuvo firme, con su toreo clásico, macizo en algún instante. Juan del Álamo entendió a sus toros y planteó lidias de recorrido, desplazando al toro todo lo que su bravura pudo ofrecer. El lustroso lote que envió el ganadero lució trapío, bellas capas y romana propios de su origen. Nada diferente a lo que, cada uno en su estilo, ofrecen cada tarde. Sin embargo los aromas que emanan de cada embroque no calaron en el tórrido aire pamplonés, la casta brava de los de Pedraza se diluyó en las querencias, y la afición no prendió la llama de la emoción, pues en la conciencia de quienes formábamos el foro había un sentimiento de profunda tristeza. Tristeza y también admiración a los oficiantes del rito, cuyo ánimo estaba comprensiblemente mermado. Y el toreo es un estado de ánimo.

 

 

Reseña:

 

Plaza de toros Monumental de Pamplona, diez de julio de 2016. Lleno en tarde calurosa. Toros de Pedraza de Yeltes con trapío y romana. Mansos, descastados y nobles.

 

Curro Díaz, de palo de rosa y oro: Estocada casi entera delantera y caída (palmas). Tres pinchazos y estocada delantera y caída (silencio).

 

Iván Fandiño, de palo de rosa y oro: Pinchazo y estocada (silencio). Dos metisacas y tres pinchazos (silencio tras aviso).

 

Juan del Álamo, de verde manzana y oro: Media estocada caída y delantera (aplausos). Media estocada y quince golpes de descabello (silencio)

 

Se guardó un minuto de silencio en memoria de Víctor Barrio, muerto la víspera por una cornada en el pecho en el coso de Teruel.

 

 

Javier Bustamante

para Toro Cultura

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